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Fernando de la Luz

...De sobra sé que fui, soy y seré siempre el mismo...

De la tierra húmeda

Prefacio

En Altotonga, tu pueblo y el mío...

Con palabras parecidas, en uno de los poemas más bellos escritos en lengua castellana, Miguel Hernández habló de su amigo Ramón Sijé; vaya pues, la paráfrasis, la licencia, como homenaje dentro del homenaje.

Tierra Húmeda. Todavía no sé, bien a bien, cuáles son las lindes de la Tierra Húmeda, o de la tierra húmeda: Puebla, Veracruz, no sé si Tlaxcala… No me queda claro, ¿hay más de una tierra húmeda? En realidad, importa más bien poco.

Pensar en ello, eso sí, me lleva de viaje imaginario; regreso a mi patria de origen, a esa España castellana, seca, curiosamente: al Campo Charro, a la Tierra de Campos, a la Tierra del Pan, a la Tierra del Vino. Pues, sí, allí también encuentro humedad, pero de otro género.

Lo que sí sé es que hay una Tierra Húmeda que es de Fernando, sólo suya, aunque la habiten gentes diversas y entrañables.

Una Tierra Húmeda que es mucho más que un lugar; es, por supuesto, un paisaje literario, un lugar mítico, primigenio. Y de esa Tierra Húmeda tan propia de Fernando, Altotonga es el centro. Altotonga es la Comala de Fernando, su Macondo, aunque suene a lugar común; y Altotonga es, a la vez, su Toboso y su Ínsula Barataria, el origen de sus más personales locuras, único lugar donde la lucidez es plena, absoluta.

Sin embargo, o no, porque es algo que ocurre también con alguno de los lugares mencionados, Altotonga es, existe; como existen Glorio, Grivaldo o Doña Chepa; como así es, y cualesquiera podemos comprobarlo, un día de plaza en Altotonga: así fue, así es y así seguirá siendo, ténganlo por seguro; y así se siente cuando, entre el misterio, el miedo y el respeto, se habla de apariciones: no sé si existirán los fantasmas, las brujas, los demonios y las apariciones; no sé si existen, pero como dicen los gallegos, habitantes también de su propia tierra húmeda, haberlas haylas.

Existe, también, como existe Ítaca, o como existe la Isla del Tesoro; ya lo decía, Altotonga es ínsula, es isla en la tierra, como lo son Teziutlán, Jalacingo o cualquiera de las congregaciones; juntos, esos lugares nos indican que Fernando, literariamente hablando, posee un reino que no se circunscribe a una isla; Fernando reina sobre todo un archipiélago rodeado de árboles, de verde.

Altotonga existe, es real, como son reales los chilposos, los chilehuates o el pan de dulce —quesadillas, laureles, roscas de agua, rodeos, y mejor no le sigo—, la leche bronca, las natas, las garnachas o las carnitas; todo ello existe, forma parte de la realidad, pero sobre todo, del paisaje interior que un escritor va recorriendo, descubriendo, contando —recorriéndonos, descubriéndonos, contándonos—; esos lugares, gentes, comidas o momentos que nos entrega De la Tierra Húmeda son hitos, parajes literarios, en ese viaje que Fernando, como todo escritor que se precie, hace tiempo que emprendió hacia sí mismo, aunque con él nos lleve.

En Altotonga confluyen tierras y momentos, tiempos y espacios; en algunos cuentos, Altotonga forma parte de un paisaje brumoso, con reminiscencias centroeuropeas; en otros, es la España emigrante, trabajadora y orgullosa; de ella, al Trópico en plenitud.

Y, por supuesto, Altotonga es de Fernando; Altotonga es Fernando. Y eso que Fernando, de casualidad, no nació en Altotonga; y eso que pasó su infancia en Sinaloa, o que nos puede llevar, también, en el camión que utilizaba a diario para ir a la escuela, ya en la ciudad de México; o contarnos sus días con Trudy Duby de Blom, o llevarnos…

Es igual, estamos en Altotonga; es igual, porque Fernando es hombre de principios: y, ¿qué son los principios sino las raíces? Esas raíces, literarias y humanas, que, en el caso de Fernando, a pesar de sus periplos, están en Altotonga, son Altotonga. Esas raíces podemos encontrarlas si bajamos, con cuidado, por la cañada que nos lleva desde el rancho al nacimiento del río de Pancho Poza.

Y de ahí, al pueblo, al que llegó, en 1827, don Rodrigo Bello Toscano, su tatarabuelo venezolano, sobrino del insigne Andrés Bello —o sea, que a Fernando, el respeto a la palabra le viene por vía genética—; se instaló en la Casa de Juárez, precioso caserón en el que, en 1840, nació don Luis Bello Arcos, su bisabuelo.

También en Altotonga, por seguir la saga, en 1870 viene al mundo don Emiliano Bello Rodríguez, su abuelo; en 1915, don Emiliano se casa con Tomasa Rojo Gómez, asturiana —ya ven, otra tierra verde y húmeda, pródiga y arisca—; y claro, en 1917, en Altotonga, nace don Luis Bello Rojo, padre de Fernando, el papá Luis.

Y a Altotonga va a regresar Manuel Antonio, en una realidad tan llena de ficción, o viceversa; el círculo que se cierra, Pandiello y Mecacalco, Asturias y Veracruz…

Sin embargo, a pesar de tanto mito, esa Altontonga que, indudablemente, es tan de Fernando, no es su lugar de nacimiento; ya ven, Fernando no nació en Altotonga; quizá es que desde pequeño, desde antes de nacer, quiso tomar distancia, para poder regalarnos su Altotonga; porque aunque no nació allí, Fernando creció en Altotonga; miento, no creció, porque sigue creciendo, y dudo mucho que deje de hacerlo nunca. Además, de Altotonga son sus hijas; y en Altotonga han nacido sus nietos, cuatro hasta ahora; y Altotonga lo tuvo como Presidente Municipal, entre 1979 y 1982. Creo que lo disfrutó, por el respeto y el cariño que, más de veinte años después, muchos de sus convecinos, sobre todo los más humildes, le siguen manifestando al “Licenciado”.

Así pues, y perdón por ponerme como ejemplo, si como yo digo de mí mismo, desde hace muchos años soy chilango —aunque la Secretaría de Relaciones Exteriores no me lo reconociera hasta 2003—, siempre he pensado que la patria de uno son los amigos, los quereres; por eso mismo, Fernando es altotonguense de pura cepa, porque él así lo decidió hace mucho: Fernando quiso que Altotonga fuera su patria, su hogar, su vida; eligió Altotonga para nacer a diario, para crecer, para vivir, para perderse, para encontrarse, para ser, o para sér, que hubiera dicho César Vallejo… Para recordar personas y personajes, o para inventarlos, o para recordarlos inventándolos; o para…

La suerte de Fernando es que él no necesita ni certificado de nacimiento ni carta de naturalización; mejor dicho, Fernando sí tiene un papel que demuestra su evidente e innegable vínculo con Altotonga y su tierra, con la tierra húmeda, con la Tierra Húmeda: este libro.

Ignacio Javier Martín Sánchez
Altotonga, Veracruz
Enero 2005

El pichi - Tres velorios

...era lo que más había que cuidar, para que al cocinarse no se quemara. Ella lo hacía con esmero porque en esos días casi
siempre venían de la capital sus hijos que radicaban allá. Había que poner el maíz cacahuazintle, descabezado y bien limpio,
dentro de una olla de barro de buen tamaño. Las hacían especiales para la ocasión y el cocimiento debía ser lento y hacerse en un anafre con carbón de encino. Lentamente, muy lentamente, se tenía que ir moviendo la olla durante toda la noche para que no se pegara. Se ponía el maíz, yerbas de olor como el orégano, laurel y hojas de pimiento frescas, con carne de cerdo, de preferencia una cabeza partida en varios pedazos, algo de carne maciza y espinazo, además de sal al gusto. Toda la noche se tenía que velar para que el maíz reventara con el jugo de la carne y algo de agua, pero muy poca. Ése era el pichi. El legendario guiso que le habían enseñado sus padres y a éstos, sus abuelos. Ya muy pocos lo conocían porque los que habían salido y viajaban lejos de ahí, lo confundían con el pozole y a éste, de ninguna manera se le debería confundir. Lo que ella preparaba se llamaba pichi y se sentía orgullosa de que en cincuenta años de hacerlo, nunca se le había pegado. Por eso tenía que velarlo toda la noche; de lo contrario, si se pegaba, tomaría un sabor a ahumado y de nada serviría.

En Todos Santos, el pichi era el platillo principal y ahora, por primera ocasión, no lo cocinaría ella personalmente...

De bien nacido

Diez años de gestación pueden ser pocos dentro del universo de las letras y, sin embargo, hubo textos que afloraron en segundos y otros tuvieron que dormir años antes de ver la luz. Todo surgió de un vehemente deseo por plasmar y aprisionar entre las páginas de un libro la cotidianidad de una región hecha pueblo y de un pueblo convertido en región, que tiene como mojoneras las nubes, el viento y la lluvia salpicados de días soleados; por encima de todo, surgió y se hizo un proyecto viable gracias a mis amigos, cuyos comentarios y sugerencias me animaron a seguir adelante.

Gracias a todos y cada uno de los habitantes de Altotonga y sus congregaciones con los que interactué y me brindaron la invaluable presea de su amistad y confianza; a mis queridos hermanos: Mela, Luis, Popy, Mary, Javier y Alejandro por su solidaridad y cariño; a Maximino Rodríguez Acosta, Chimino, porque en su café-internet transcribí los primeros cuentos, entre charlas amenas y anécdotas de los parroquianos; a Aurora Piñeiro Carballeda, insigne maestra y muy apreciada amiga, que fue la primera persona con quien compartí estos textos; a Ignacio Javier Martín Sánchez, mexicano por voluntad propia, amigo amigo, poeta, escritor y filólogo de la Universidad de Salamanca, España, quien leyó y releyó mis textos y, con sus comentarios y sapiencia, me animó a seguir adelante; a Armando Maya Ruiz, excelente diseñador gráfico que, al formar una y otra vez, hizo los ajustes necesarios de las cajas, la tipografía y el interlineado: muchas gracias por su paciencia, amistad y solidaridad; a Ricardo Venegas Gómez, joven amigo y compañero de mil batallas por los caminos del arte y el diseño, creador cingular, por haber diseñado la portada del libro; a Amiritzia Toledano Montelongo, de cariño Ami, condiscípula de antaño y entrañable amiga, por su paciente y esmerada labor en la revisión ortográfica; a Pedro Navarro Martínez, el más joven de mis amigos, entusiasta y solidario que, dentro del proceso editorial, se tomó la molestia de leer todo el libro y hacerme sus comentarios; a Rocío Castillo Arcos, mi querida cuñada, que me prestó la acuarela que ilustra la portada, cuyo autor es el maestro Cosme Landa Alfonso, altotonguense de grata memoria a quien tuve el privilegio de conocer y ser su amigo; al ingeniero Enrique Delgado Flores, mi querido cuñado, que ha hecho viable este proyecto; y a Enrique Alfaro, escritor, maestro y amigo generoso por su apoyo editorial; a todos ellos gracias, sobre todo, por ser mis amigos.

Fernando de la Luz