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Fernando de la Luz

...De sobra sé que fui, soy y seré siempre el mismo...

...De sobra sé que fui, soy

y seré siempre el mismo...

Sin remitente, un relato postal

Llegó a paso lento desde sus tierras de labor, allá por la cañada de Salsipuedes, y con toda la parsimonia del mundo se apeó de manera cansada y comenzó a pasear a su caballo alrededor del pequeño y desangelado parque de aquel caserío, mitad pueblo, mitad rancho, para que se enfriara después de una larga jornada. Le aflojó el cincho, le quitó la silla y sólo dejó la carona y las mantas para que la bestia no fuera a sufrir un enfriamiento.

Mientras paseaba a su cuaco, al sonar de las herraduras flojas cavilaba con la mirada fija en el piso y con los tacones de sus botines marcaba el paso sobre el desgastado y escaso empedrado de las calles, siguiendo el compás del repiqueteo de los cascos de su caballo. No sabía si mandar la carta o esperar la respuesta. Estaba en un predicamento: con ésta que pensaba escribir ya serían cinco las cartas enviadas y cuatro las contestadas. Lo bueno es que guardaba cuidadosamente la carta del jefe de Correos de México, por si alguien dudaba que él era gente de entendimiento y el único decidido a denunciar los hechos.

Traía su morral colgado al hombro y no le quitaba la vista de encima al sobre amarillo tamaño oficio que asomaba revuelto entre unas mazorcas de maíz pinto. Lo había cerrado muy bien con engrudo y a simple vista se transparentaba un billete de diez dólares. Se tardó toda la noche en rehacer una carta de su sobrino Felipe, proveniente de San Clemente, California, y la arregló de tal manera que parecía recién llegada del extranjero.

Después de varias vueltas alrededor del parque, se fue hacia una esquina y, bajo la sombra de un árbol de piñón, amarró su caballo. Todavía estaba entumido de tanto trotar y con paso vacilante enfiló hacia la miscelánea de la esquina, “Las Batallas de la Vida”, donde compró una hoja de papel rayada y un sobre aéreo, porque sabía bien que las cartas que enviaba a México viajaban en avión, aunque le dieran la vuelta a todo el estado. A diario, ya bien oscura la noche, se trepaba por entre las ramas de un encino cercano a su casa y desde ahí contemplaba los foquitos intermitentes de los aviones. “Por aquí pasan todos, dice el maestro de la escuela”, meditaba en voz alta, “pues siguen como guía el faro de Nautla”.

Con sigilo y volteando hacia todos lados para cerciorarse de que nadie lo veía en ese momento, encima de una piedra que hacía las veces de banca se sentó y, alisando bien la hoja de papel sobre una tabla que se puso en las rodillas, comenzó a escribir su sexta y última carta al jefe de Correos, recargándose a un costado de las paredes de la iglesia.

Las letras se fueron deslizando por el papel y las ideas fluían a su mente con claridad. Siempre había tenido facilidad de palabra y le gustaba mucho, como decían sus amigos, “echar verbo”; pero esto no era igual, sobre todo cuando le escribía a un señor tan importante que se tomaba la molestia de leer sus cartas. Ésta, de sobra sabía, iba a ser la última, pues pronto se solucionarían los problemas.

Escribió con calma, metió la carta en el sobre, la cerró y, al escribir el destinatario, volvió a voltear hacia todos lados para pecatarse de que nadie lo observaba. En el espacio del remitente no puso nada, lo dejó en blanco, porque no esperaba respuesta.

Se guardó el sobre en la bolsa de la camisa y cuando iba caminando hacia el parque lo alcanzó su compadre Tereso, que lo había visto de lejos, y luego luego le hizo la plática:

—Digo, compadre, con buenas intenciones no se arregla nada. A usted le dan pura coba esos licenciadillos entacuchados de Veracruz y a la mera hora de la verdad, “puras habas”, ya verá.

—No, no puede ser, si se ven rete formales y muy serios; además, ansina mesmo yo le escribí al meritito jefe de todos ellos. Sí, aunque no me crea. Hasta México han ido a parar mis cartas, y pa’ que lo sepa, me contestan. Aquí donde me ve, yo, José Casimiro Encarnación González Juárez, me carteo con el mero principal y me hacen caso. Todas las cartas que escribo y envío, llegan y me contestan; por eso fui a ver al jefe de Veracruz, al que está aquí en el estado, porque de México le dijeron que me atendiera.

—Pues ojalá, compadre, pero yo le aseguro que tratándose de esa mujer, así como es de canija y déspota, lo veo difícil. ¿Cuántas veces ha ido usted a Veracruz y a Jalapa y qué ha arreglado? Acuérdese de la última vez que se enteró la Joaquina de que la iban a denunciar; nomás se rió de todos nosotros y hasta anduvo presumiendo por ahí sus influencias. ¡Acuérdese bien, compadre! ¡Acuérdese! ¿O tiene la memoria flaca? Acuérdese que dijo que su trabajo le costaba llevar todos los años una canasta llena de ciruelas rayadas y perfumadas al jefe de Veracruz. ¿Ya se acordó usted? No, si con esa vieja no se puede.

—Tiene razón, compadre, pero la lucha se le hace. Algo hay que hacer.

Y mientras se rascaba la cabeza, sacudía con el sombrero una de las bancas del parque para sentarse en compañía de su compadre Tereso, vecino de la Congregación de Estanzuela, debajo de un vetusto y sombreado pino.

El tiempo transcurría lentamente al calor de una tarde del mes de mayo: plomiza, gris, de cielo encapotado, como queriendo llover; pero no pasaba de allí. Cuando ya parecía inminente la tormenta, corrió el viento y se llevó las nubes lejos, para la parte alta, para el llano; el calor arreciaba y frente al atrio de la iglesia, en el puesto de doña Chona, los vitroleros de aguas frescas sudaban el hielo al influjo de la resolana.

José Casimiro y Tereso, compadres de grado y por partida doble, enviaron a un chamaco a que les trajera sendos vasos de aguas frescas: uno de limón y otro de piña.

En Magueyitos, parteaguas entre la Tierra Húmeda y los llanos secos del altiplano, se podían pasar la tarde entera divagando tantas cosas como se les ocurriera, pues en tanto no cayeran las lluvias tempranas de primavera, no había quehacer para nadie. Los barbechos, las cruzas y todos los trabajos del campo estaban listos, sólo faltaba el agua, y mientras no lloviera había largos ratos de charla en torno a las novedades del pueblo.

En los últimos días de abril, cuando dejaban de soplar los nortes y el viento constante del sur agrietaba la tierra, el ambiente seco y polvoso sumía al pueblo en un sopor de soledad y hastío. Por las calles se dejaba oír el rechinido de las ruedas de las carretas, el ladrido de los perros y, a lo lejos, el claxon ladino del jeep del correo. Tenía que ser así, otro tipo de vehículo se quedaría atascado entre los arenales y se le poncharían las llantas fácilmente en lo pedregoso, ya que recorría todos los caminos rurales de las congregaciones.

A menos de un año de que el presidente municipal inaugurara la Agencia de Correos, la correspondencia llegaba dos veces por semana, los martes y los sábados, pasadas las seis. Como diría Crispín, el alegre adminstrador de la oficina de correos en Altotonga, “parpadeando la tarde”, cuando ya ha bajado el calor y no se calienta tanto el motor del carro; bueno, agregaba, cuando hace sol, porque con la neblina se deslizaba sin dificultad.

Saboreaban sus aguas frescas mientras echaban una partida de albures en compañía de Ramón, el boticario, cuando a Crispín se le descompuso el jeep mero enfrente de ellos.

—¿Qué pasó, compas? —les dijo—. ¿No me echan una manita? Pero no de baraja, sino con el cacharro este. Yo invito luego las aguas.

—¡Hombre, compadre, pero si es el carro del correo! Y nada menos que el administrador en persona. ¿Qué le parece? Le damos un empujón y luego le entrega la carta esa donde le platica usted tantas cosas al director de México, tratándole el asunto de la Joaquina —dijo Tereso, al tiempo que dejaba los naipes sobre la banca y se empinaba de un jalón su vaso de agua de piña.

—¿Cuál carta, compadre? —preguntó José Casimiro, sorprendido.

—¿Cómo cuál? Pues la que estaba usted escribiendo a un costado del atrio cuando yo lo divisé. No se haga, compadre, si hasta traía un sobre de colores; sí, de esos que traen los colores de la bandera en la orilla. ¿A poco ahora me lo va a negar?

—¿Y qué más vio, compadre? Porque hasta parece que me anda usted espiando, tiene ojos de lechuza.

Se rieron de buena gana y entonces dijo Tereso “manos a la obra” y los tres, José Casimiro, Ramón y él, empujaron el jeep por un callejón lleno de charcos hasta que lo dejaron enfrente de un taller mecánico.

—Los años no pasan en balde —comentó Crispín mientras se secaba el sudor que le escurría por todos lados, ahogando la voz, de resuello en resuello, por el esfuerzo realizado—. A empujones, pero llegamos. Por merito me quedo tirado a medio camino, pero al fin aquí estamos. Lo importante es que la valija llegó a tiempo.

Desde que se había iniciado el servicio de correo, la ruta postal nunca se había interrumpido. Todos los martes y sábados, minutos más minutos menos, la correspondencia llegaba a bordo de “La Prodolina”, como todos en el pueblo conocían al jeep color café oscuro desteñido propiedad de Crispín. Lo bautizaron con ese sobrenombre porque alivia el dolor y trae buenas nuevas.

Trece kilómetros separan a Magueyitos de su cabecera municipal, mismos que recorre el tesonero administrador de Altotonga para ganarse unos centavos más en la ruta y poder llevar algunos productos extra haciendo el servicio de fletes a los contados comerciantes.

—¡Mire nada más, mi jefe, cómo quedó usted todo chorreado: mitad empolvado y mitad enlodado! —comentó José Casimiro, al mismo tiempo que lo ayudaba a bajar sus cosas, le detenía la mochila de cuero con la correspondencia y una saca que contenía algunos envíos—. ¿Quién va a creer que es nuestro administrador de correos?

—Ni modo, así es esto de la chamba —contestó Crispín sonriendo mientras se sacudía la ropa.

—¿Y qué con el problema que me platicaron la semana pasada? —preguntó dirigiéndose a José Casimiro—. ¿Ya se arregló?, ¿se mejoran las cosas?

—No, qué va, creo que ahora están peor. De eso mismo platicábamos con mi compadre cuando a usted se le descompuso “La Prodolina”.

—¡No puede ser! —replicó el suspicaz administrador—. Eso se soluciona rápido y hay que agarrar el toro por los cuernos, de frente.

—Pues aunque sea de las orejas —terció Tereso en la plática —, pero da la casualidad que ésta es vaca y muy dura de pelar, por lo que se ve.

Se fueron platicando por las calles del pueblo hasta que llegaron a una casa de ladrillos rojos, enfrente de las oficinas del Centro de Salud. Arriba de la puerta de entrada, con letras grandes de color naranja, se podía leer “Agencia de Correos de Magueyitos, Altotonga, Ver., y a un lado, empotrado en la pared, un buzón  pintado de amarillo con café.

—Ahorita regreso —les dijo Crispín—, nada más entrego la correspondencia y los envíos y recojo la que haya que llevar.

Se metió a la oficina junto con Ramón, mientras José Casimiro y Tereso esperaron afuera.

—¡Órale, compadre, aproveche ahora y deposite su carta!

—No, esta carta se la voy a dar a una sobrina mía que mañana sale para Veracruz, porque me interesa que llegue a su destino. La otra ya llegó a donde tenía que llegar.

—¿Cuál otra, compadre?

—Ah, que mi compadre Tereso, usted todo quiere saber.

Salieron Crispín y Ramón y los cuatro se fueron a tomar unas aguas frescas;  mientras conversaban caminando por la calle, llegaron hasta la salida del camino a Villa Aldama y ahí, frente a una gran casa de madera donde venden el mejor pulque,  que a diario traen por el rumbo de Alchichica, se instalaron a platicar al arrullo del zumbar del aire que, de norte a sur, pasaba  las nubes por encima, sin derramar una sola gota de agua.

Poco a poco el canto de las cigarras, los grillos y el croar de las ranas de los charcos que dejaron los nortes de febrero en el pueblo, los hizo darse cuenta de que se había hecho de noche mientras la plática se alargaba.

—Ya nomás falta que quiera llover, porque por ganas no queda, todos los animales lo piden —dijo Tereso, al escuchar el insistente croar de las ranas.

—Y no sólo las ranas, compadre —apuntó José Casimiro—. ¿Qué me dice de las cigarras? Bien dice el refrán popular de que lluvias en mayo ni para el gallo, y yo creo que nos vamos a seguir de frente hasta junio y nada de agua.

—Pues con que no pase de  San Juan todo está bueno, compadre —replicó Tereso—, porque entonces sí nos carga la tiznada.

—¿Qué pasó, compadre, qué pasó? No se mande. ¿No ve que está hablando frente a nuestra máxima autoridad de correos en el municipio? —y al decir esto todos soltaron la risa.

—No se preocupe, compadre, aquí nuestro querido Crispín entiende y también es pueblo; así hablamos en el rancho, y pa’ que mejor me entiendan les voy a decir una cosa: si no llueve, a este pueblito, ranchos circunvencinos y otros lares se los va a llevar el carajo.

—Yo estoy de acuerdo con Tereso —insistió Crispín—. Tan sólo dense cuenta, señores, lo que le pasa a la Laguna de Alchichica; se está haciendo chiquita y se está retirando de la orilla. Ya se miran blanquear un montón de grandes piedras, que antes ni siquiera se asomaban. La semana pasada fui a visitar a Serafín, el administrador de correos en González Ortega, y se mira re triste la situación. De chamaco, cuando acompañaba a mi abuelo a traer pulque, qué esperanzas de que se divisaran esas piedras; se veía todo azul, azul, y hasta parecía agua de mar cuando el viento encrespaba las olas.

Cuando la conversación estaba en su apogeo y ya se habían acomodado incluso adentro en una de las piezas de la casona de madera y tejemanil, tronó el cielo y empezaron a caer goterones que los sacaron de su charla y los llevaron a buscar el jeep, que para esas horas ya estaba arreglado. Olía a tierra mojada y las gotas hacían un hueco al caer en la tierra reseca, que se tragaba la humedad y parecía que no había llovido nada.

Tronó, se vieron los relámpagos, el aire sacudió los techos de lámina y de cartón de las casas, y de pronto vino un aire más fuerte del poniente y se llevó nuevamente todo: el agua, los truenos, los relámpagos y las ilusiones de la gente de Magueyitos, que había visto en aquellas gotas de agua su esperanza para una buena siembra.

—Aquí estamos salados, don Crispín, ya no llueve, no podemos sembrar, y por si fuera poco, aquí en Magueyitos se roban las cartas que traen billetes verdes de allá del otro lado.

—Eso mismo le queríamos comentar a usted, hasta hemos planeado ir a visitarlo a Altotonga y llevarle un escrito con varias firmas de todos los de por aquí. Afigúrese nomás, aquí en toda esta región ya casi no queda gente que quiera trabajar la tierra. La mayoría de los jóvenes prefiere aventurarse a irse de mojados, y la mera verdad han corrido con suerte, porque se han quedado. A los de Magueyitos nunca los ha regresado la Migra.

—Hay mucha gente de por aquí allá en California, oiga —decía José Casimiro con vehemencia y gesticulaba mientras movía las manos y hacía muchos ademanes.

Su plática, amena, acaparaba la atención de sus acompañantes y de algunos transeúntes que pasaban por ahí. El hombre parecía sentir y gozar todo aquello que hablaba y externaba. Daba la impresión de que quería desahogarse de muchas cosas guardadas y de que hacía tiempo que no platicaba con nadie.

—Hay gente en Santa Bárbara, en San Fernando, en San Juan Capistrano,  en Santa Ana y en muchas partes más muy mentadas pero que ahorita no me acuerdo. Con decirle que un ahijado mío de bautizo se fue hasta Canadá; ah, pero eso sí, ése se fue derechito con todo y papeles, porque según se sabe, allá los contratan y les pagan el pasaje en avión.

—Toda nuestra gente trabaja en eso de las hortalizas, van a la cosecha del espárrago y la lechuga, y otros que van más arriba todavía, allá por San Francisco, trabajan en eso de las uvas.

—Precisamente, a raíz de toda este relajo de tanta gente andariega, nos dimos cuenta de que aquí en Magueyitos nos hacía mucha falta una oficina de correos para que nuestras familias pudieran recibir noticias de los que andan por allá; lo que sucede ahora ya ni se lo platico porque usted lo ve a diario: ¡llegan cartas que da gusto! Y eso que en los ranchos de por aquí muy poquitos sabemos leer; pero ahora, ahí está el problema grave: desde que empezó a crecer el número de cartas que llegan, Joaquina, la encargada de la Agencia de correos, cobra $1.50 por entregar una carta ordinaria y $6.00 por una carta registrada, ¡imagínese nomás todo el dinero que se lleva! No es justo, y mucho menos lo que hace con el compinche de su cartero: se roban todos los billetes que traen las cartas adentro, por eso las entregan a veces hasta cinco días después de que usted las trajo.

—Ella alega que, como no es Administración, de Veracruz le dijeron que no había presupuesto para pagar carteros.

—Bueno, ni ella recibe gran cosa por dar el servicio; por eso se ve en la necesidad de cobrar la entrega de cartas, de común acuerdo con todos los habitantes.

—A lo mejor tiene razón, ¿no, don Crispín?— intervino Ramón, que hasta ese momento había permanecido callado—. Mire, si bien es cierto que la mayoría de los pobladores de Magueyitos semos pobres…

—Somos —dijo José Casimiro riéndose—. No es para tanto. Quejarse por $1.50 y $6.00. ¡No hay que ser tan codos, si Dios da para todo!

—Yo —insitió Ramón— no le veo el problema, a mí se me hace que aquí nuestro buen amigo José Casimiro se ahoga en un vaso de agua. Mire, yo le voy a aclarar una cosa: aquí en el pueblo hay gente tan cicatera que prefiere tomar el servicio e ir a Perote o a Altotonga y pagar $48.00 de un apartado postal por un año, a darle el $1.50 o los $6.00 al pobre de Nicho, el mudo que la hace de cartero. Eso, sin contar el tiempo que pierden y el pasaje que gastan cada vez que van

—No, si a la gente nunca se le tiene contenta —intervino otra vez Ramón—. Yo no digo que violar la correspondencia esté bien, como tampoco es correcto que manden dinero por carta, porque además de que está prohibido se arriesgan a que se los roben. ¿Tengo o no razón, don Crispín? Además, la pobre de Joaquna anda rete enferma; se me hace que con tanto chisme alguien le está haciendo ojo o la quiere perjudicar. Si hasta parece ánima en pena: arrastra los pies  y se le ve la mirada extraviada.

—¡Vaya!, hasta que hubo quien defienda a esa pobre y desvalida mujer —dijo Tereso en tono de sorna—. Se me hace que el rumor de que usted le anda llegando a la viudita esa tiene algo de cierto —siguió comentando mientras se reía entre dientes y movía la cabeza en señal de incredulidad.

—No, si ahora resulta que la mujer es una santa —dijo José Casimiro con tono de enfado—. El otro día mi hermana, quien vive aquí en Tepozoteco, recibió dos cartas de sus hijos que trabajan en Estados Unidos, y las dos cartas, don Crispín, tenían marcas de que habían sido abiertas; es más, una de ellas ya no tenía el sobre original, y la letra del remitente y el destinatario no era la misma que la de la carta. Mis dos sobrinos tienen estudios de secundaria y más o menos tienen buena letra, digamos que regular pero se les entiende, y resulta que a mi hermana no le llegaron unos documentos que le iban a enviar, o mejor dicho, para que usted me entienda, que le mandaron. ¿Usted puede creer eso? Mi hermana no sabe leer muy bien y como yo estaba ausente, recurrió al maestro Raymundo, que es conocido de sus hijos, para que le leyera las cartas y ahí se dio cuenta del fraude.

—Le dijo el maestro que allá en Estados Unidos venden unos documentos o giros que se llaman money no sé que orden o algo así, y ese papel es dinero, son dólares y aquí se los pagan. Y debe usted saber que no nada más a ella la han robado. Cuentan por ahí que después de recibida la valija, una vez que usted se regresa, esa mujer se encierra con el mudo a piedra y lodo en la oficina de la Agencia y revisa carta por carta a la luz de una lámpara para darse cuenta de cuáles sobres traen dinero. Como el pueblo es pequeño y todos  nos conocemos, saben muy bien qué cartas abrir y sustraen el dinero. Todo esto que nos pasa no es justo, don Crispín —José Casimiro alzaba la voz en su afán de denunciar y ser escuchado.

Al cabo de un rato, ya más calmado y hablando en tono conciliatorio, bajó  la voz y dirigiéndose a Ramón le preguntó: —Oye, y a todo esto, ¿es cierto acaso eso de que le hicieron ojo a la Joaquina?

—Bueno, ¿y ahora por qué tanto interés? Y luego tú, que eres el chismoso número uno, el que más trae entre ojos a la pobre vieja —contestó Ramón.

—No, es un decir, y como tú dijiste que está muy mal yo sólo pregunto. Pero ¿sabes una cosa? A mí se me hace que es su propia conciencia la que la está matando. Tanta maldad, quitarle sus centavos a los pobres. ¿A poco mis sobrinos se fueron de braceros porque son ricos? No señor, se fueron porque había veces que no tenían ni para comer. Se fueron por pura necesidad, por hambre, Ramoncito, por hambre —y lo señalaba con el dedo índice—. No hay derecho, Ramón, de hacer esas cosas, y para acabarla de acompletar, tan beata que es la vieja, hasta parece cucaracha de iglesia.

—No, compadre, cucaracha no, zopilote, ¿no ve que anda vestida todita de negro? —dijo Tereso.

—Yo no sé por qué pasan estas cosas. Eso de que un pobre trate de amolar  a otro más pobre que él.

—No compadre, pues eso que ni que, ya lo dice el dicho callejero: “Pobre del pobre que al cielo no va, lo joden aquí, lo chingan allá”. Pues que se cuide la Joaquina, no sea que se le llegue un día de estos y más vale que la muerte la agarre confesada.

—Una mujer no se debe burlar de un hombre, y mucho menos hacer mofa de todo un pueblo, como lo ha hecho ella.

—Se ríe de todos nosotros en nuestras narices, y lo que es peor, anda pregonando por ahí que soy un muerto de hambre y que le quiero quitar el empleo. Ha llegado al extremo de vociferar de que ni con una orden de México la quitan del correo. Eso ya es el colmo. No, si las cosas no son como tú dices, Ramón, que le tiene uno mala voluntad. Ella es la que ataca, se burla y sigue haciendo de las suyas; ojalá no se vaya a buscar un mal mayor por perjudicar a tanta gente inocente.

—Ya estarás enterado de la última fechoría que hizo. Se llevó a vivir a su casa a la pobre de Petrita con el pretexto de cuidarla, y se queda con el dinero que cada mes le envía su nieto. Me contó doña Chona que la trata muy mal, la tiene como si fuera su sirvienta y al señor cura le dice que se sacrifica por la pobre anciana. ¡Cuidado, pues,  no la vaya a castigar Dios y caiga sobre  ella y su familia una gran desgracia!

—Eso quisiera tú, José Casimiro, que subes y bajas con tus intrigas. Escribes a Veracruz, a México, haces viajes a Altotonga a contarle al síndico y a llenarle la cabeza de ideas malas en contra de Joaquina; y te voy a decir una cosa: ¿qué has ganado con tanto borlote? —le preguntaba Ramón un tanto enojado y enfadado de hablar de lo mismo y de que se siguiera atacando a Joaquina, su amante desde hacía dos años. Él, por su amistad y cercanía con el presidente municipal, le había conseguido la concesión de la Agencia de  Correos, y decían las malas lenguas que iban a medias con Crispín en todos los ilícitos cometidos. El robo de los money orders lo disfrazaban tan bien, que el propio Ramón hacía viaje hasta Puebla o Tlaxcala a cobrarlos para despistar el asunto.

—¿Sabes lo que has ganado con tanto chisme? —insistía Ramón—. Pues yo te lo voy a decir claro: el ridículo, nada más. Eres el hazmerreír de todo el pueblo, ya nadie te cree. Además de que las acusaciones que haces no tienen sustento. Yo que tú mejor cerraba el pico y dejaba de andar de bocón, porque aparte de hacer el ridículo, un día de estos te van a romper todo el hocico, y si lo hacen, bien merecido te lo tendrás.

—¿Qué pasó, qué pasó? Si la cosa no es para tanto y ya la plática se está volviendo pleito —interrumpió Crispín—. ¿No lo cree así, don Tereso?  Mejor nos vamos para la fonda a comernos unas garnachitas con café y nos echamos una partidita de albures amistosos, que yo traigo ganas de jugar desde que los interrumpí en la tarde para que me ayudaran cuando se descompuso “La Prodolina”.

De camino a la fonda, al pasar por la iglesia, a lo lejos, al abrigo de la amarillenta luz de los escasos focos del alumbrado público, vieron acercarse hacia ellos a un hombre, que, jadeante, hacía señas con las manos y emitía sonidos guturales desgarradores. Tenía el rostro desencajado, pálido, el semblante macilento, y le temblaban las piernas.

—Es Nicho, el mudo —dijo Ramón, el boticario, y sin perder tiempo lo tomó de la mano y salió corriendo con él. Los demás lo siguieron a distancia, y a dos cuadras de la Agencia de Correos se encontraron con el cabo de la policía, quien sin más ni menos les dijo a bocajarro que se habían echado a la Joaquina.

José Casimiro, Tereso y Crispín se quedaron mirando unos a otros, viendo pasar las nubes en el claroscuro de una noche sin luna. El silencio se hizo pesado y se podía escuchar el acompasado sonar de sus latidos. Nadie hablaba, se había hecho un vacío expectante y flotaba en el ambiente un hedor a muerte.

Al tercer día recorrió el pueblo una versión del médico legista que acudió procedente del hospital regional de Altotonga a atender el caso: muerte por picadura de animal ponzoñoso.

Cuentan, dicen los entendidos en descifrar el lenguaje innato de los sordomudos, que Nicho aseguraba que a Joaquina la picaron varias arañas capulina que salieron al abrir un sobre que contenía unos dólares.

Días después, en la Oficialía de Partes de la Dirección General del Servicio Postal Mexicano, se recibió una carta sin remitente dirigida al Director General, que decía lo siguiente:

Señor Director:

Buelvo a escribirle de nuevo y ablando del problema que tenemos aquí en Magueyitos con el servicio de correos no me alienta mucha fe ni esperanza de que las cosas se arreglen faborablemente devido a que todas las veces que he ablado en las oficinas del correo en Veracruz, solo buenas intenciones y palabras nada mas es lo que he oido, pero no se ha llevado a cavo nada. Tube la suerte de hablar con el Director del Correo en Veracruz y me dijo que se iva acer una inbestigación, pero antes de que me dijera que iva acer la inbestigación por encargo de la cecretaria le llevé una carta escrita y firmada por algunas personas para que tubiera más fuerza la solicitud, pero es hora que no se ace nada no se a que otro lugar del mundo tenga que recurrir solo se que en algun lugar a de aver justicia ahorita devido a que es cuando yo le escrivi Ablandole de todo el problema a uste le dije muy claramente que no mencionara mi nombre no por miedo sino por el ridiculo que uno ace crellendo que ay justicia para correjir las cosas malechas ahora soy La burla de toda esa gente dice la señora que un muerto de hambre quiere quitarle el empleo pero que ahora por idea no va a dejar el servicio dice que ella tiene derecho que por eso cada año ella va y le lleva muchas ciruelas al Jefe quien sabe quien sera el Jefe que la conciente y pues ai esta la desgracia de este pueblo que por la influencia de La amistad vamos a tener que aguantarla toda la vida.

Yo le estoy muy agradecido a uste porque siempre me escucho y atendio mis zuplicas, pero se ve que en Veracruz no hacen caso de nada.

Disculpeme y perdone tanta molestia gracias

José Casimiro

Según yo, el tiempo en que las herencias, la muerte y el amor llegaban por correo había terminado hace mucho tiempo.