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Fernando de la Luz

...De sobra sé que fui, soy y seré siempre el mismo...

Carta de España

A la memoria de Manuel Antonio,
que nació en México y falleció en España;
o que nació en España y murió en México,
con quien de niño, me carteaba.

El invierno llegó de manera inexorable y un frente frío proveniente e Islandia encrespaba las aguas del Cantábrico, que golpeaban con fuerza la costa. Toda actividad cesó y se cerraron a la navegación y a la pesca los puertos y las rías. Había que poner a buen resguardo las barcazas, recoger las redes y pensar en partir hacia otro sitio.

De cara al viento y con las manos metidas en los bolsillos del viejo cortando con habilidad la llegada de la ola luido pantalón de lana que le heredó el bueno de Pepe Blanco, que en gloria esté, caminaba aprisa por la orilla de la playa, cortando con habilidad la llegada de la ola. El aire frío del norte le azotaba la cara y entrecerraba los ojos para poder ver a la distancia el sendero que tomaría al llegar a los riscos y subir por la calzada que lo llevaba directo a la hostería de doña Mariana, donde, en un rincón junto al techo, en lo que bien podía ser un desván, tenía su morada, en un barrio pobre de pescadores de la localidad de Llanes.

Manuel Antonio, de mirada serena y cutis cenizo, ya al abrigo de las cuatro paredes de su rústico refugio, cansado del largo recorrido desde las pesquerías del pueblo, se sentó en una silla y estiró los brazos hacia la mesa para alcanzar una botella de brandy que se empinó desde lo alto, a la manera de una bota de vino, y se echó un buen trago. Tosió fuerte y entró en calor. En ayunas, aquel licor le hizo estragos en el estómago y tuvo que bajar a la cocina a beber un poco de leche para calmar los ardores que le provocaba la úlcera.

—¿dejarás almorzado de una buena vez?— le preguntó Mariana, que se topó con él al entrar a la cocina.

—¡Pero mira, hombre, estás más blanco que la leche!— le dijo la anciana al mirarle el rostro desencajado por el dolor y la muerte reflejada en el semblante.

—¡Siéntate, hombre, de verdad te veo mal!

—No es nada, doña— comentó Manuel Antonio, y esbozó una sonrisa.

—Luego vuelvo para comerme unas migas con un poco de tortilla de angulas, que me vendrán bien por el aceite de oliva— y diciendo esto, aprisa, se perdió por la estrecha escalera de caracol rumbo a su buhardilla.

Al entrar en su cuarto, el dolor lo dobló de nuevo; se tiró de bruces sobre la cama y se llevó la mano a la barriga. Ahora los dolores eran más frecuentes, pensó, y sería preferible regresar a Pandiello, donde los cuidados y mimos de Tía Mercedes le harían mitigar aquella enfermedad que se le presentó de pronto y no se la podía explicar, puesto que él siempre había sido más fuerte que un roble y se empleaba en todo tipo de trabajos rudos. Una vez pasado el dolor, se incorporó de nuevo y comenzó a echar en una vieja maleta de cuero, abrochada con cinchos, las escasas pertenencias que traía consigo y venía arrastrando de trabajo en trabajo: dos mudas de ropa con los calzoncillos largos de lana, un abrigo de fieltro, una bufanda, un gorro de estambre tejido a mano, dos botellas de vino tinto y un libro muy bien empastado y protegido con un forro de plástico, en el que se podía leer en la portada: México: Tierra de Volcanes, que le obsequió Maritere, su profesora de educación básica, por haberse distinguido como alumno sobresaliente , al término de los cursos. No eran muchos enseres para una larga y productiva temporada de pesca, que acababa cuando iniciaba el invierno.

La paga fue buena, sólo que debía guardar muchas pesetas para el viaje que emprendería en breve, sobre todo si lo hacía en avión; porque además, tendría que costear los gastos del pasaje de su tía y trasladarse ambos a Madrid. Si lo hacía por barco, como tantas veces lo había pensado, se irían al puerto de Santander, pero existía el inconveniente de los días en la mar y la avanzada edad de su tía Mercedes, no lo resistiría.  Se marearía, por supuesto, ya que nunca antes había salido más allá de Oviedo.

Al terminar de guardar sus cosas, se puso a mirar por la ventana hacia el mar; sus pensamientos viajaron muy lejos, muy lejos y la nostalgia le arrancó dos lágrimas que rodaron por sus mejillas y le supieron saladas. Tragó gordo y un sentimiento de angustia lo puso triste y melancólico. Poco a poco se fue sentando en el borde de la cama y, poniéndose las manos en el pecho, rompió a llorar.

Debajo de la camisa y de la gruesa camiseta de franela, a manera de chaleco de doble fondo, guardaba, envueltos en un lienzo de paño verde, los retratos de su madre y de la pequeña colina donde se asentaba su hogar, su verdadero hogar, sus raíces, más allá del mar océano, en la remota América, en México.

Junto con las reliquias más preciadas guardaba también los billetes y un acta de nacimiento que su madre le acomodó entre su ropa cuando partió, según sabía ella, hacia Veracruz, doblada en cuatro partes, de papel maltratado y amarillo, que tenía impreso el sello de “Estado de Veracruz-Llave”. En el cuerpo del acta se podía leer, entre otras cosas: “Compareció el señor Francisco Fernández Gómez, originario de Pandiello, Provincia de Asturias, en España y vecino de la Congregación de Mecacalco, Municipio de Altotonga, Estado de Veracruz-Llave, casado, de treinta y cinco años y con domicilio en la mencionada congregación, y la señora Aurora Lozano García, casada, de veinticinco años, originaria de la Congregación de san José Buenavista y vecina de la Congregación de Mecacalco, quienes presentaron un niño vivo, no indígena, a quien pusieron el nombre de Manuel Antonio y que nació en su casa habitación de la Congregación de Mecacalco, el dieciséis del mes de mayo próximo pasado del año de mil novecientos treinta y cinco”.

De repente, obedeciendo un impulso, secó las lágrimas con la manga de su camisa, se incorporó y se dirigió hacia un pequeño armario de donde sacó una bolsa de lona que contenía toda la correspondencia de su vida: sus cartas.

Tomó la bolsa entre sus manos, la abrió y, sacudiéndola con fuerza, esparció, sobre el colchón donde dormía, cien sobres que cayeron en desorden unos encima de otros. Se sentó en el suelo, sobre os burdos tablones de madera, a leer una carta que había caído fuera del colchón, en el piso de aquel reducido y oscuro cuarto.

Encendió una lámpara de petróleo y reguló el mechero para que la bombilla irradiara suficiente luz y pudiera releer una vez más, por enésima ocasión, una de sus cartas, al abrigo de una mañana fría, gris, en que se filtraba el aire gélido del norte por las hendiduras de la madera de la ventana.

Cogió el sobre con cuidado, lo abrió y sacó de su interior un papel grueso de color azul. Los caracteres claros de la letra manuscrita, estampaos con tinta negra, se destacaban bien y se podía leer desde lejos aquel texto de buena caligrafía, escrito hacía diez años.

Carta a mi madre:

A 16 de octubre de 1960

En Aciego, por el camino de Cangas de Onís.
Provincia de Asturias, España.

Esta vez te escribo desde Aciego, un pequeño villorio cercano a Pandiello, donde habito en casa de los Blanco y estoy empleado en las tareas de llevar las cabras a pastar la yerba y recoger el huevo de las gallinas de una pequeña granja que poseen.

La abuela Raquel y la tía Mercedes se han quedado en casa, en Pandiello, al cuidado de las vacas. ¿Sabes? , yo he debido venir porque necesitamos algunos duros para poder reparar el establo y el techo de la casa, que si no le meto mano se viene abajo. Además, se avecinan las fiestas de la Navidad y la abuela ha estado muy enferma y, sin dinero, no la pasaremos bien. El viejo de mi padre, desde hace cinco años que vino y prometió llevarme a México, no ha vuelto y jamás envía ninguna  peseta. No sé si se habrá quedado en Cuba o se haya largado a otra parte, pero aquí, nadie ha sabido nada de él. Te voy a confesar una cosa, madre, que sé que no está bien: yo odio al viejo. Todas las noches cuando rezo, le pido a la Virgen de Guadalupe, a la que tú me enseñaste a rezarle desde niño, que el viejo te deje en paz, que no te moleste ni te haga daño, como cuando te ponía aquellas zurras en que te dejaba como muerta cada vez que se encolerizaba por cualquier motivo, influido por los efectos del alcohol. Ya Dios se encargará de él, cuando tenga que rendirle cuentas.

Te extraño mucho, madre, y a diario contemplo tu retrato por largas horas. Cierro los ojos y hago de cuenta que te veo. Te veo tan cerquita que pudiera tocarte y sentir el calor de tu regazo como cuando dormíamos la siesta a tu lado durante los cortes de café, ¿te acuerdas?. Bueno,  ahora no te enfades conmigo porque en esta carta de digo madre; me ha dicho la maestra Maritere que aquí, en estas tierras tan lejanas a las nuestras, todos les dicen así: madre. Ella afirma que es lo correcto y que si no le quiero creer, me remite a leer los Santos Evangelios y me cerciore de cómo Jesús le llamaba madre a María cuando se dirigía a ella. Y yo le he preguntado si Jesús era español, porque siempre decía: “Amaos los unos a los otros” y esto a la maestra le ha causado mucha risa. Ahora que retorne a Pandiello debo escribirte de nuevo, pero ya con más tiempo.

Aquí en Aciego, la jornada es de todo el día y como estamos en otoño, ya para entrar el invierno, las horas se van muy rápido. Temprano saco a pastar a los animales y llevo conmigo los cubos de madera para ordeñar las hembras de tarde, hacemos queso con la leche. El queso de estos lugares lo vienen a buscar desde Madrid. Aquí lo conocemos como “queso de Cabrales” y todos los aldeanos lo saben hace. A ti no habría de gustarte porque su sabor es muy fuerte. Esto de acá es otra cosa.

Bueno, madre, pronto he de escribirte de nuevo y te contaré el plan que he urdido para regresar a México, sólo que debo trabajar mucho para juntar dinero y poder pagar el pasaje, que según dice José, un amigo de las pesquerías de Llanes, cuesta muchos duros. Cuídate y no olvides que tu imagen la llevo grabada en mi mente y es el dulce recuerdo de tu rostro sonriente  y la esperanza de volver a verte, lo que me hace seguir adelante. Cuando siento tu retrato en mi pecho, sé que estoy vivo y que debo volver.

Tu hijo que te ama,
Manuel Antonio Fernández Lozano.

Guardó la carta y uno por uno se puso a recoger  los sobres hasta que contó cien , introduciéndolos de nueva cuenta en la bolsa de lona. Toda aquella correspondencia representaba una buena cantidad de pesetas erogadas en la compra de estampillas postales y era una digna muestra filatélica de España, recopilada a lo largo de veintiocho años de incansable búsqueda de su madre.

Veinticinco años atrás, apenas cumplido los diez años de edad él, y Andrés, su hermano, once, recién salidos del cuarto año de primaria, su padre, con el pretexto de llevarlos al puerto de Veracruz para que prosiguieran ahí sus estudios, los separó de su madre con engaños y falsas promesas:

—No te preocupes, mujer —de dijo—. Pronto han de volver. ¡No ves que es preciso que se eduquen bien! No quiero que sean unos ignorantes como yo. Ellos deben capacitarse y estudiar bien. No quiero que sean ignorantes como yo —repetía.

—Ellos deben capacitarse y estudiar para un futuro mejor. —insistía su padre, Aquí, en esta ranchería alejada de todo el mundo, no es mucho lo que les puede esperar, mientras apremiaba a su madre para que les preparara el equipaje—. Pronto han de volver y además, en uno o dos meses, te llevaré para que los visites y, si la cosecha es buena , hasta una casa compramos allá, para que los asistas tú personalmente; ahora estarán en un internado de hermanos salesianos que me han recomendado. Ya verás, todo saldrá bien, mujer, y en menos de lo que piensas, estarán de regreso— le decía al verla afligida, esquivando su mirada porque no podía mirarla a los ojos.

Después, de un viaje de doce horas a caballo, de la Congregación de Mecacalco, en el Municipio de Altotonga, a la población de Las Vigas, donde pernoctaron, para de ahí, al día siguiente, tomar el tren con destino a Veracruz; a los tres días de haber llegado al puerto de Veracruz embarcaron, en compañía de su padre, hacia España. Nunca más había vuelto a ver o a saber nada acerca de su madre.

El día que cumplió sus veinte años, el dieciséis de mayo de 1955, se decidió a enviar a su madre, por primera vez, la primera de tantas cartas que le había escrito, y que no se había atrevido a mandar, antes de partir rumbo al Sahara Español a cumplir con su servicio militar. Nunca supo qué fin tuvo esa primera y desafortunada carta; fue hasta la primavera del cincuenta y ocho, ya de vuelta en Asturias, al lado de su tía y su abuela, que decidió nuevamente iniciar la búsqueda de su madre, allá en los bellos e incomunicados parajes de la Sierra Madre Oriental del estado de Veracruz, en la República Mexicana.

La frecuencia y tenacidad con que escribía estaba dada por el tiempo en que regresaban sus cartas no recibidas. Al escribir, siempre anotaba con sumo cuidado y esmero sus datos personales en el remitente y ponía al final, con letras grandes, la siguiente leyenda: “Si esta carta no es reclamada, regrésese a España”.

Él sabía bien por los datos asentados en su acta de nacimiento, que su madre se llamaba Aurora Lozano García y que vivía en una congregación del municipio de Altotonga, del estado de Veracruz, en la República Mexicana: Mecacalco, a donde su padre tenía o había tenido, por lo menos así lo recordaba él, una finca de café conocida como “La Perseverancia” y que de ahí, a lomo de mula o caballo, entre cañones y desfiladeros, se hacían doce horas a la población de Las Vigas. No eran muchos datos para configurar una dirección y mucho menos a lista de correos, y sobre todo con el agravante de no tener la certeza de si su madre viviría ahí todavía.

¿Viviría aún su madre? Se preguntaba en silencio y él mismo se respondía de manera afirmativa, porque su intuición le decía que no sólo vivía, sino que se pasaba los días y las noches esperándolo.

Cuando le escribía, se imaginaba que, cogido de su mano, recorría el sendero hacia el pequeño templo sobre la colina de Mecacalco, remontando la empinada calzada que conducía al Plan, como conocían los lugareños al caserío aledaño a la pequeña iglesia estilo misión, donde se veneraba una imagen de la Virgen de Guadalupe. Todos los sábados iban Andrés, su hermano mayor, y él , en compañía de su madre, a la doctrina y recorrían un buen tramo de sendero en despoblado, lleno de cafetos  cargados de cereza y matas de balsamina con flores de muchos colores. El aire tibio y húmedo estaba cargado de brisa que les mojaba el rostro y los llenaba de un peculiar aroma de flor de azahar. A lo lejos, por las laderas, se veían los verdes campos de caña de azúcar y, de vez en cuando, al cambiar el sentido del viento, les llegaba el olor a melado de los trapiches. Su padre, según recordaba, tenía un beneficio de café y un trapiche donde exprimía la caña y, con su jugo, elaboraba un sabroso aguardiente que consumían con singular deleite los campesinos de la región.

Después de la doctrina y el rezo del Santo Rosario, durante el verano, su madre les permitía que se fueran con la chamacada a nadar al río de Bobos.

Cómo le gustaba nadar en las pozas profundas y echarse clavados desde las rocas de la orilla. El río de aguas cálidas y cristalinas, poseía el atractivo de que contaba con una abundante y variada pesca. Era común, en toda esa ribera, capturar unos peces grandes y rollizos con costumbres y hábitos similares a los del salmón, que llegaban a pesar hasta cuatro kilos: el bobo, que daba su nombre al río, y con uno o dos que pescaran, era motivo de fiesta en su casa, porque la ocasión ameritaba un exquisito “caldo largo de pescado” que les preparaba su madre.

Una semana antes de que su padre los arrancara con engaños del lado de su madre, fueron al río para celebrar la terminación de la escuela, pues en Mecacalco sólo había hasta el cuarto año de primaria. En aquella memorable terminación de cursos, pescaron cuatro ejemplares de buen tamaño y capturaron algunos langostinos de río, conocidos comúnmente como “acamayas”. Entonces nada parecía empañar su felicidad y no imaginaban siquiera la tragedia que les tenía deparada el destino. Manuel Antonio cerraba los ojos con fuerza y se trasladaba al mundo mágico de su niñez, en una zona a la que la Providencia parecía haber dotado de lo mejor de la creación.

La topografía la configuraba una gran cadena montañosa que sirve de barrera infranqueable y circunda a una serie de lomeríos suaves entre caídas de agua y cañadas donde se asientan los pequeños poblados, conocidos como congregaciones, de Mecacalco, San Joaquín, Las Truchas, Temimilco, Mexcalteco, Malacatepec y San José Buenavista, desde donde se contempla todo el gran cañón a que da origen el río de Bobos. En el fondo, en la salida hacia la Tierra Caliente y los lugares bajos, los ríos de Bobos y de Las Truchas bañan toda la región.

Es un espectáculo imperecedero para quien lo contempla, observar aquellos paisajes llenos de luz y colorido y ver cómo se pierden los cerros entre las nubes. En el camino de Mecacalco hacia Las Vigas, ya para subir al altiplano, remontando el río a marchas forzadas y con la respiración entrecortada, se divisa aquella tierra que, perdida entre cañones y serranías abruptas, parece sacada de la imaginación y el recuerdo de paraísos perdidos.

Aquellos tiempos jamás volvieron. Por eso, cuando recordaba su tierra natal sentía con más fuerza el impulso de escribir y encontrar a su madre, que su corazón de hijo le decía que no sólo vivía, sino que pasaba las tardes enteras esperándolo.

En un principio, las cartas tardaban hasta cuatro meses en ir y volver de España a México; una vez en su poder la carta regresada, se disponía, con ahínco y sin desánimo, a escribir la siguiente y a relatarle a su madre lo que había sido de su vida en ese lapso de tiempo, en que nunca dejaba de pensar en ella.

Los días cercanos a su arribo a España, a través del puerto de La Coruña, fueron reveladores y todo a su paso era nuevo: el paisaje, las costumbres, los modismos en el idioma, la comida, la gente, pero sobre todo el clima frío del invierno. Al llegar a la ciudad de Oviedo, ya de camino hacia Pandiello, le sorprendió mucho que en la hostería, donde se hospedaban, a la hora del almuerzo le ofrecían tortilla; creyéndola de maíz, la aceptó sin reparos. Cual sería su sorpresa al descubrir que ésta, la tortilla española, era de papa y huevo, o de patatas, como le decía la señorita que se la sirvió.

—¿Esto es una tortilla? —preguntó, abriendo aún más sus enormes ojos grises, ante la mirada complaciente de su hermano Andrés, que apenas si esbozó una leve sonrisa, cosa rara, ya que durante todo el recorrido la nostalgia marcó su rostro como signo inequívoco de su tristeza—.   ¡No, hombre! allá en México, las tortillas son de maíz y sirven para acompañar la comida. Así como aquí comen mucho pan, allá comemos tortillas.

—Bueno, a ver si algún día me invitas tortillas mexicanas —dijo la chica que los atendía. Pero ahora tendrás que comerte esta tortilla española que está riquísima— y diciendo esto, le sirvió un poco de vino tinto para acompañar el almuerzo.

—Qué cosas tan curiosas: aquí las tortillas no eran tortillas y a las papas las conocían como patatas— pensaba Manuel Antonio, mientras compartía con Andrés aquella comida que poco a poco iba descubriendo y comenzaba a gustarle. Tenía que gustarle se decía a sí mismo con frecuencia, pues él era mitad mexicano y mitad español.

Lo único similar a su tierra, además del idioma, eran los rezos y las jaculatorias con que las ancianas y las mujeres en general se dirigían a los santos; porque ni siquiera la virgen era igual. Ésta, la Virgen de la Covadonga, no era morena y no estaba estampada en un ayate como la Guadalupana. A su paso por Cuba, le llamó mucho la atención que la Virgen de la Caridad del Cobre, fuera negrita y ahora encontraba otra muy diferente a la que él conocía.

Desde muy niño, cuando su madre lo llevaba a la pequeña capilla de Mecacalco, le llamaba mucho la atención el inmenso cuadro de más de tres metros de alto de la Virgen Morena con el manto lleno de estrellas. Su madre les relataba el suceso de las apariciones y les platicaba la memorable visita que hiciera en compañía de sus padres, cuando ella tenía dieciséis años, a la Basílica del Tepeyac. Les narraba con la ilusión y los recuerdos reflejados en sus ojos el viaje que hizo en tren de Perote a la ciudad de México. Ella los llevaría cuando fueran más grandes, solía decirles con frecuencia, pero eso había quedado atrás, en el olvido. Ahora, cuán lejos estaba de México, pensaba.

En el cuarenta y siete, a sólo dos años de su llegada, murió Andrés, su hermano mayor, que nunca se aclimató a los fríos intensos de los picos de Europa. Los médicos dijeron que se lo llevó una tuberculosis que había traído incubada de México, aunado a un proceso agudo de desnutrición; pero la verdad es que se murió de tristeza y nunca se resignó a perder a su madre para siempre. Se pasaba los días mirando hacia la ventana y no probaba bocado alguno. Tía Mercedes y la abuela Raquel le rogaban, le preparaban lo mejor de los potajes que podían y estaban a su alcance y él, haciendo un esfuerzo para no desilusionar a aquellas dos buenas mujeres que de verdad lo quería y no tenían la culpa de lo sucedido, hacía como que comía, para luego sumirse en noches y días de tristeza con la mirada extraviada.

Una noche fría de invierno se metió en la cama y nunca más se levantó; poco a poco se fue consumiendo, hasta que una madrugada se quedó dormido y ya no despertó. Lo enterraron entre la yerba y los peñascos del cementerio, desde donde se contemplaban los altos picos y el viento arrastraba las ilusiones, lejos, muy lejos de la tierra que lo había visto nacer. En el sepelio se dieron cita todos los aldeanos y todos lloraron a mares, con gran sentimiento, la infortunada pérdida de aquel jovencito de escasos trece años que había venido de México a morir a la tierra de su padre.

—El viejo era un mal nacido —pensaba la gente, murmuraban las mujeres—. Mira que arrebatarle a la madre sus vástagos y venir a dejarlos tan lejos.

Si bien es cierto que para la tía y la abuela la llegada de los muchachos fue motivo de alegría, de nuevas esperanzas, nada justificaba que los arrebataran así del lado de su madre. ¿Y el padre? Nadie sabía nada de él y nunca más nadie supo.

Cuando terminaron los funerales y todos regresaron a sus casas, Manuel Antonio se quedó parado frente a la rústica cruz de madera con un ramito de alhelíes que apretaba entre sus manos y movía el  viento, que soplaba fuerte entre las montañas y se oía silbar de manera melancólica entre las cañadas de Pandiello y Aciego . En esa ocasión, recordó, temblaba enterito de frío mientras los copos de nieve le azotaban la cara. Era invierno y esa fuerte ventisca lo atestiguaba. Su hermano, el vivo retrato de su madre, , el que tenía su misma mirada, había sucumbido y lo había dejado solo, triste y más distante aún de su tierra natal.

Esa tarde, clavado sobre el suelo del cementerio, supo que tenía que regresar y no sucumbir a la desesperanza. De pie y sin darse cuenta, las horas pasaron hasta que se hizo de noche. Seis horas permaneció petrificado en el cementerio con los recuerdos vivos, agolpados todos de repente.

Cuando murió Andrés le escribió la primera carta a su madre, que nunca envió porque, aunque niño aún, pensó en la gran pena que le causaría y decidió guardársela para llevarla él en persona.

De entonces a la fecha, pensaba convertido en todo un hombre, habían transcurrido veintitrés años y sucedido muchas cosas: la muerte de su abuela, su entrada a la mili, la partida de su novia a Alemania y la soledad en que habían quedado tía Mercedes y él, solos, al cuidado de las vacas, de las cabras y de los recuerdos que las fotografías atestiguaban, colocadas todas, para no olvidar a nadie, ni un detalle, sobre la cómoda de la abuela; por eso no acababa de entender cómo había pasado tanto tiempo, ni cómo lo había soportado.

Mirando por la ventana cayó en la cuenta de que todavía era temprano, aún no daban las doce del día y estaba a tiempo de tomar el autobús que lo llevaría hasta Pandiello; obedeciendo a un impulso, se puso en marcha. Si se apuraba, llegaría a la hora de la merienda o tal vez antes y le ayudaría a la tía a encerrar los animales, aunque por estar cercano el invierno y los días ser más cortos, seguramente, como era su costumbre, los hubiera guardado desde las tres de la tarde. Pobre, se decía a si mismo: ya está recia y no es justo que pase tanto tiempo sola, además que lidiar con los animales, aunque lo hacía desde niña, no era tarea fácil para ella, mucho menos con sus reumas, ero ni modo, reflexionaba, él tenía que salir a buscar las pesetas, pues con lo que pagaban por la leche de verdad la pasaban mal y se necesitaba comprar sus medicinas, arreglar el establo y claro, reunir el dinero suficiente para irse a México. A lo mejor, con otra buena temporada de pesca, para septiembre del año entrante ya estarían de camino, pero, y la casa, los animales, las tierras, ¿a quién se le quedarían?, ¡volvería acaso algún día? Todos esos pensamientos y cavilaciones lo traían inquieto y no lo dejaban dormir; bueno, ya también de día lo asaltaban a todo momento. ¿Y si tía Mercedes no quiere irse conmigo?, se cuestionaba en ocasiones. Eso no lo había pensado, ni le cabía la posibilidad de que sucediera.

Enfundado en un grueso abrigo de fieltro, bufanda y, sobre la cabeza, el gorro de estambre color vino que le había tejido tía Mercedes, cargando la maleta con el brazo derecho y echándose al hombro izquierdo la bolsa de lona se apeó al llegar a la parada del autobús, justo después de la curva donde se encontraba la escuela. “Pandiello”, gritó el conductor y para cuando terminó de vocear el nombre de la villa, él ya iba camino del sendero detrás de la capilla.

Al dejar atrás la capilla, de frente, sobre un macizo de riscos, la casa le pareció majestuosa, con los rayos del sol encima del tejado y los colores de la tarde reflejados sobre la piedra de los muros. No se veía mal y, pensándolo con calma, bien valía unos cientos de duros, o hasta miles. Sobre todo que en la villa había ahora varios adinerados que, desde Alemania, enviaban sus buenos marcos. Lo alto de los riscos donde estaba enclavada y los dos pisos de altura que alcanzaba con todo y el establo en la parte de abajo, el entrepiso, sus cuatro grandes piezas, además de la cocina y la estancia principal, realmente la hacían una construcción sólida y atractiva, nada despreciable para quien tuviera la oportunidad de arreglarla como se lo merecía. Realmente era mucha casa para dos personas y el mantenimiento que requería costaba muchas pesetas al año para tenerla lo que se dice en buen estado. Él sólo podía irle haciendo los arreglos mínimos para que su aspecto no decayera del todo y, en especial, no se filtrara la lluvia o la humedad de la nieve. Nunca la había visto así de bonita y reparó en que él, casi siempre, la divisaba de arriba hacia abajo, cuando por las tardes arreaba las vacas y cabras rumbo al establo y entre del lomerío, sólo asomaba el tejado; ya más cerca, se veía el pórtico y la escalinata lateral de piedra que conducía por afuera de los muros a la entrada principal. La tarde, soleada y con atisbos de bellos celajes, era realmente rara para la época del año. Apresuró el paso y ya de cerca pudo observar como la tía Mercedes, recargada pesadamente sobre la escalinata, charlaba con un mozo que, por estar de espaldas, no identificaba.

“¡Hola, señora!”, gritó con gran revuelo como solía hacerlo cada vez que llegaba de lejos de manera imprevista y sin avisar, como era su costumbre, porque él, era el amo de lo inesperado.

—Mira     —gritó la tía—, pero si es Manuel Antonio, y yo que lo hacía en Llanes todavía. Hijo, que alegría verte, ya era justo que te acordaras de esta pobre vieja a la que las piernas ya no le responden como antes— y de manera tierna le plantó un beso en la mejilla y lo atrajo hacia ella en un abrazo sentido. Por unos instantes lo retuvo junto a sí y lo apretó más que de costumbre; tuvo la premonición de que si lo soltaba, pronto lo perdería.

—Tía, tía, pero si está usted cada día más guapa y mira que manto tan más bonito.  ¿Quién se lo habrá regalado? ¿Algún admirador que yo no conozco, acaso?— dijo con jiribilla.

—pero hijo —contestó la anciana— , si tú mismo me lo trajiste de Oviedo, ¿te acuerdas? Fue la ocasión en que acompañaste a Pepe Blanco, ¿te has acordado ya?

—Claro señora, claro, cómo no me voy a acordar si me costó mis buenas pesetas—  y, abrazándola fuertemente , la levantó lo de tres peldaños y la sentó en el quicio de la entrada.

—¡Uy!, pesas, tía— le dijo y, sentándose junto a ella, dejaron que entrara la noche.

—¿Y quién es este mocito, que antes no le había visto por aquí?—,
preguntó Manuel Antonio.

—Pues quien va a ser, es Santiago,  el más pequeño de los críos de Pepe Blanco, que en el momento que llegaste me decía que su padre precisaba verte y yo le estaba diciendo que tal vez a fines de la semana entrante estaría de regreso, porque,  de verdad, yo no te esperaba, hijo. Y ya ves, llegaste en el preciso momento en que te buscaban. Se me hace que el propio Pepe Blanco te ha conjurado con su deseo de verte.

—Pero tía, si el hombre no es brujo. Mira —le dijo al chico—, ándate para tu casa y dile a tu padre que acabo de llegar, que en cuanto estire las piernas y tome la merienda con mi tía de seguro iré, hoy mismo por la noche, no vaya a ocurrírsele salir muy de mañana, como lo hace seguido, que entonces ya no lo encuentro y me quedaré con la inquietud de para qué me requería.

Dicho esto, entraron a la casa y la tía se dirigió hacia la cocina donde de inmediato comenzó a pelar unas patatas y avivó el fuego de la estufa para disponerse a hacer una tortilla, hervir un poco de leche de cabra y calentar las alubias con chorizo que guardaba del mediodía. Ha de venir con hambre, comentó y no sé por qué, pero como que lo veo medio desencajado, como si estuviera o hubiera estado enfermo. Sabrá Dios por las que pasa este muchacho y yo no sé. Se hizo todo un hombre y vive tan solo, tan solo, que el cariño de una vieja como yo no creo que le sirva de nada, se cuestionaba de frente a la estufa en la penumbra de las flamas de dos velas de sebo.

Cenaron con gran animación y hasta una botella de vino tinto abrió Manuel Antonio, sabiendo lo que le gustaba a la tía y lo poco que en realidad lo disfrutaba. Devoró dos platos de tortilla  y, mojando el pan en las alubias, miraba con ternura cómo disfrutaba del vino la anciana. No, definitivamente ahora no era el momento para hablar del viaje, sobre todo que primero tendría que llevarla a Oviedo o a Santander, con un primo lejano de ella por el lado de los Pandal con el que se quería bien desde niña y la procuraba seguido, con motivo de las Navidades y, por supuesto, de su cumpleaños, pues no en balde caía en Nochebuena. Habiendo terminado de cenar y recogido los trastos, acompañó a su tía hasta su cama y, dándole un beso en la frente, le dijo:

—luego regreso, tía, no vaya a resultar cierto aquello de que el viejo pepe Blanco, además de andariego y madrugador, tenga en realidad una salida, y por otro lado, si se tomó la molestia de enviar a Santiago, su hijo, quiere decir que algo apremia.

Abrigado, salió por el zaguán del establo y camino abajo, tomó hacia la casa de Pepe Blanco, a la que en breve arribó. Todavía se veían luces y se escuchaba movimiento en la tienda de abarrotes, que estaban por cerrar. Llegó y de un salto se puso del otro lado del mostrador, golpeando fuertemente la madera del mismo, al tiempo que saludaba.

—¡Buenas noches!, ¿hay alguien en casa?

—Pasa, hombre, pasa, te divisé por la ventana desde que tomaste el sendero de la tienda. Pero qué milagro contigo, ya no te dejas ver y creo que ya ni estás por aquí, porque no sé si te dijo tu tía Mercedes, que ésta, es la tercera ocasión que mandaba en tu busca y si no te encontraba, estaba decidido irte a buscar a Llanes, a la posada de doña Mariana, menos mal que conozco tus metideros y costumbres; pero pasa bien y acomódate, hombre, déjame que te vea bien, porque si no me equivoco, hace casi seis meses que no nos veíamos, ¿verdad? —preguntó Pepe Blanco, con la sonrisa en los labios y el semblante afable como siempre—. Cenarás con nosotros, por supuesto.

—Bueno, digamos que los acompaño, porque acabo de merendar con la tía.

—No se diga más, porque las viandas se enfrían y ya se te antojará algo.

Terminada la cena, salvo Pepe, todos se retiraron a sus habitaciones, ya era noche y éste invitó a Manuel Antonio a un pequeño despachito que tenía contiguo a la tienda.

—te preguntarás por qué te he mandado llamar con cierta insistencia y, la verdad, es que ha sucedido algo inusitado, casi un milagro, diría yo, ¿a qué no te imaginas?

—No, pues la verdad no tengo ni idea.

—Pues verás, hace quince días que fui a Torre la Vega y mi amigo el administrador de correos, el mismo que me vende los cientos de sellos postales para el porte de las cartas y paquetes que se manejan en la agencia de correos de mi tienda, a quien tú ya conoces, puesto que me has acompañado un montón de veces, me entregó esta carta y fíjate, viene nada menos que dirigida a ti; abre bien los ojos, porque es de México, de México, ¿lo puedes creer?, y mira, lo mejor de todo es que parece que te la envía un pariente tuyo, a juzgar por los apellidos; creo, si es que no me equivoco, que es un hermano tuyo el que te escribe, sí, un hermano tuyo.

—No juegue, don Pepe, usted sabe cuántos años hace que murió Andrés; lo sabe, lo sabe, porque al igual que todo Pandiello estuvo ahí, ¿se acuerda?      

—Bueno, yo no sé, pero la persona que te escribe se llama Andrés Manuel Antonio Fernández Lozano y la carta viene sellada y timbrada del municipio de Altotonga, Veracruz, ¿te das cuenta? Viene de Veracruz, de Veracruz, de México —y lo repetía emocionado—. Cuántas, cuántas cartas has tenido que enviar para que alguien de por allá se acordara de ti, cuántas— gritaba emocionado el buen Pepe Blanco.

Se la entregó en propia mano y Manuel Antonio, tembloroso y con sus ojos empañados, dejaba escapar varias lágrimas que le corrían por el rostro. Sí, realmente era una carta para él y estaba llorando y temblando, que se dejó llevar por un hondo sentimiento que le hizo cubrirse la cara con las manos y sollozar de manera franca, sin importarle la presencia de nadie. Después de un largo rato, con la venia de don Pepe, le dijo: “¿Me permite? ...”

—Claro hombre, claro, si sé lo deseoso que estás de saber su contenido.

Y en el acto, de manera emocionada, fue rasgando el sobre, procurando no romper el contenido y deletreando como si estuviera aprendiendo a leer, leía y releía el remitente: Andrés Manuel Antonio Fernández Lozano.

—No puede ser, no puede ser cierto —se repetía—, y lentamente fue desdoblando aquel papel, que, por lo que se sentía, no era una solo, sino varios pliegos y además, algo venía bien envuelto como en un cartón. Por fin, al abrirla, pudo empezar a leer:

Congregación de Las Truchas, Municipio de
Altotonga, Ver.
Noviembre, 10 de 1969.
Sr. Don Manuel Antonio Fernández Lozano
Domicilio Conocido
Pandiello, Asturias
España.

Muy querido hermano, no sabes la emoción que siento al escribirte estas letras y poderte decir hermano y hacerte saber que soy tu hermano, sí, tu hermano carnal, no obstante ser casi diez años menor que tú, puesto que nací a fines de 1945, seis meses después que tú y mi hermano Andrés salieran con nuestro padre rumbo a España, por lo que ahora nos enteramos, después de tantos años. Mi madre hasta se puso enferma de la noticia y cayó en cama, aunque ahora, gracias a Dios, está restablecida del todo, y en este momento a mi lado, en el preciso instante en que te escribo esta carta, les manda toda su amor y cariño tanto a ti como a Andrés y les pregunta cuándo vienen, porque si los ha esperado toda una vida, ella dice que Dios y la Virgen Santísima de Guadalupe, que es tan grade, le darán licencia de verlos y los estará esperando.

Yo me llamo Andrés Manuel Antonio, como podrás darte cuenta, nuestra madre me bautizó con los nombres de sus dos otros hijos, ustedes, a los que creía perdidos, porque al año de que partieron, una comadre suya le contó que otra persona, que a su vez los conocía, los vio cuando embarcaron para España y que el barco había naufragado antes de llegar y toda la tripulación y pasajeros habían fallecido en aquella tragedia; tanto que le platicó que incluso unos amigos de nuestro padre, a los que ella había conocido, murieron ahí también. No te imaginas lo que ella sufrió, al grado que me cuentan unos tíos, de los Lozano, de San José Buenavista, que por poco se quita la vida y que le hicieron ver que para el niño recién nacido, o sea yo, no era justo y que tenía que vivir para mí y rehacer su vida. Y como buena cristiana, aceptó los designios de Dios y se armó de valor y entereza para seguir adelante.

Cuando ustedes partieron, mi madre llevaba ya tres mese de embarazo y de no ser por su hermana Lucía, que la asistió cuando yo nací, hubiera muerto, porque dada su debilidad, fue un parto difícil. Pero así son las cosas y hay que dar gracias a Dios de que pronto todos nos reuniremos. Pero dime, si ustedes viven en España con la familia de nuestro padre, ¿adónde se ha ido él? ¿Es que no está con ustedes? Lo digo porque como en la carta o lo mencionas, y al tener noticias de ustedes, era de suponerse saber algo acerca de él. Ya vez, en eso me llevan ventaja ustedes dos, ustedes si conocen a nuestro padre; yo sólo por fotografías.

Bueno, pasando a otra cosa, quiero que sepas que aún conservamos la finca de café, sembramos caña y hacemos aguardiente y piloncillo; nuestra madre es una mujer maravillosa y sumamente trabajadora y emprendedora. Yo, porque así lo quiso ella, estudié en Veracruz la carrera de medicina. Tú padre siempre quiso que estudiaran —estos niños tienen que estudiar y no ser ignorantes como nosotros—, me repetía a cada rato; me lo decía cada vez que se prestaba la ocasión y, como resultado de esa insistencia, ahora poseo un pequeño hospital acá en estas sierras donde, tanta  falta  hacen los servicios de un médico.

Te preguntarás que cómo llegó tu carta a nosotros; pues verás: el Agente Municipal de aquí de Las Truchas es muy amigo mío desde la infancia y hasta ahora la llevamos bien, y la semana pasada fue a Altotonga a arreglar lo de unos papeles de carácter legal, algo de tenencia de tierras o qué sé yo; el caso es que entre los avisos que había en un pizarrón, estaba la información de que en la oficina de correos había una carta para una señora de Las Truchas, de nombre Aurora Lozano García y que quien le escribía se llamaba Manuel Antonio Fernández Lozano, cosa que le llamó la atención a mi amigo y fue a indagar a la oficina de correos. Ahí, el señor administrador, que según dicen apenas tiene tres meses de haberse hecho cargo del puesto, se la entregó y le dijo que él había tenido noticias que antes de esa carta habían llegado más de cien cartas o que sé yo, pero que como nadie las reclamaba, las regresaban de vuelta.

A este administrador, que por lo que me dice mi amigo, se ve que tiene mucha experiencia, se le ocurrió que debía poner un anuncio en el Palacio Municipal porque el caso era importante y, sobre todo, porque si alguien se tomaba la molestia de escribir tantas cartas, es que debería de tener una gran necesidad de saber algo o comunicarse con alguien y así fue que nos llegó tu carta. Creo, hermano, como dice nuestra madre, que en esto está la mano de Dios y Él, que todo lo puede, ha dispuesto que nos reunamos de nuevo. Espero que nos contestes lo más pronto que puedas, porque estamos ansiosos de tener noticias de ustedes dos. Dile a Andrés que dice mamá que por qué él, no escribe, que nos escriba que nos dará mucho gusto.

Con el cariño de nuestra madre y el mío propio para ustedes dos, nuestros queridos Andrés y Manuel Antonio, los quiere:

Andrés Manuel Antonio Fernández Lozano.

Las manos le temblaban y no podía impedir el llanto que nacía en lo más profundo de su ser ; era superior a sus fuerzas y corría como un torrente desbocado que lavaba las heridas almacenadas durante veinticinco años; era un llanto limpio, auténtico, que buscaba tocar puerto después de la tormenta. Una y otra vez leía con detenimiento, línea por línea, y cada vez que terminaba una, volteaba a mirar a Pepe Blanco, que, atónito, lo contemplaba sin poder él también, contener aquel contagioso llanto.

—¡Vive!, ¡vive!, Pepe, te das cuenta, vive, yo te lo decía siempre, ¿te acuerdas? ¿Ya ves por qué nunca perdí la esperanza? Porque yo sabía que vivía y que ella, con su amor de madre, con su fuerza, con sus oraciones, velaba por sus hijos. ¡Está viva!, Pepe, ¡llena de vida!, y nos ha dado otro hermano, un hermanito más chico, con el que vive, ¿los puedes creer?, ¿lo puedes creer?— repetía con insistencia y, en un arrebato de felicidad cargó a Pepe por toda la trastienda, porque no le cabía en el pecho toda la felicidad que acababa de recibir.

—serénate, hombre— le dijo Pepe. Y el sobre, ese que parece un cartoncillo, ¿lo has abierto?, ¿has visto lo que contiene?

—¿El sobre? —balbuceó Manuel Antonio—. Sí, pero que cabeza la mía, el sobre, seguro, mira que no le he abierto— y depositando a Pepe arriba de su escritorio, hurgó en el interior del sobre, del cual sacó un envoltorio de cartón más grueso, de donde extrajo dos fotografías : una, la primera, de su madre: un poco más acabada pero igual de bella; sí, era ella, su madre; y la otra, de su hermano, Andrés Manuel Antonio, su hermano. No lo podía creer, sobre todo porque su hermano tenía un parecido asombroso con Andrés, y por ende, con su madre.

—Mira —dijo estirando la mano con los retratos a Pepe Blanco—, son;  ellos, son ellos; bueno, a mi madre ya la conocías, puesto que yo en repetidas ocasiones te mostré su retrato, el que siempre llevo conmigo; míralos, ¿no son hermosos?    —Y, sentándose sobre una banca, los apretaba contra su pecho y con los dedos recorría el rostro de ambos, como acariciándolos. Ya tenía rato acariciando las fotografías cuando Pepe le ofreció un trago de oporto, que bebió sin reparos porque lo necesitaba. Sentados frente a frente , se miraron sin articular palabra por espacio de un buen rato.

—Bueno, me voy —dijo Manuel Antonio—, que ya es de madrugada y no tardará en amanecer y mañana hay que hacer tantas cosas, tantas, y poner en orden mis pensamientos, que no me van a bastar todos los días de la semana.

Ya mañana, con calma, se lo comunicaría a tía Mercedes y ahora si le hablaría de frente, sin tapujos o cortapisas, de su ilusión de regresar a México y de llevarla consigo a conocer a su madre y a su hermano, a su hermano y no se cansaba de repetirlo. Se despidió con un fuerte abrazo y al llegar a su casa, antes de acostarse, colocó cuidadosamente los retratos en la cómoda de la abuela Raquel y, haciéndole un guiño al gran cuadro de la abuela que presidía la sala, le dijo: “El retrato de este nieto no lo tenías, ya ves, aquí lo dejo para que lo conozcas”; y con la misma se fue a dormir, tumbándose sobre la cama, con la carta en la bolsa del abrigo.

Al sentir los rayos del sol sobre su rostro y escuchar los pesados pasos de su tía, recordó de inmediato y como resorte se puso de pie, buscando en los bolsillos del abrigo la carta que le confirmaba que lo de anoche no había sido un sueño, sino que era verdad; para cerciorarse, corrió al cuarto de la abuela para contemplar os retratos que anoche había dejado en prenda.

—¿Llegaste noche, hijo?— le preguntó la tía desde la cocina, donde trajinaba y se disponía a preparar un chocolate para el almuerzo.

—Pues, la verdad, no supe la hora que era, pero debieron ser cerca de las tres de la mañana.

—Vaya, ya casi amanecía —asentó la anciana, que con dificultad se deslizaba ante las dolencias de las reumas—. Y dime hijo, ¿para qué te quería el bueno de Pepe Blanco?, ¿buenas noticias?

—Ay, tía, tan increíbles que no sé ni por donde comenzar.

—¡Cómo!, ¿tanto así?; pues, ¿qué tanto te ha dicho?

—Y sujetándola del brazo con mucho cariño, la encaminó a la pieza de la abuela, la hizo sentarse en un sillón y, bajo la advertencia de que no se fuera a poner mal, le dijo, mostrándole las dos fotografías:

—Mi madre y mi hermano, tía, su sobrino, a éste no lo conocía, se llama Andrés Manuel Antonio, como Andrés y como yo.

Y la buena mujer enmudeció, conteniendo un llanto ahogado que pronto nubló sus hermosos ojos grises; apretando fuerte las manos de Manuel Antonio entre las de ella, sólo le decía: hijo, hijo, Dios te lo concedió, te lo concedió, por ser tan bueno con tu abuela y conmigo y quedarte a alegrarnos los últimos días de nuestras vidas”; y no aguantando más, lo estrechó entre sus brazos y así permanecieron por varios minutos, hasta que el olor de la leche quemada procedente de la cocina les advirtió que el chocolate se había derramado todo.

Secándose las lagrimas con su pañuelo, la tía, mirándolo los ojos con una ternura como pocas veces él había advertido le dijo:

—tendrá que arreglarte la ropa, zurcir los calcetines y alistarte, de perdida, cuatro mudas o más y hacer algo de queso de cabra, para que les lleves y conozcan lo que aquí hacemos.

—Pero, tía —interrumpió Manuel Antonio—, yo todavía no voy a ninguna parte y menos sin usted. ¿Quién le ha dicho que me iré y la dejaré solita?, está usted muy equivocada. No tía, iré, o mejor dicho, iremos, pero los dos juntos, porque yo, sin usted, no me muevo de aquí, además , por lo que me dice mi hermano en la carta e intuyo, creo que nos podrán a ayudar a que vayamos los dos mu pronto, y en avión, tía, para que no se maree usted en la mar, ¿me oyó, tía?,  en avión; de seguro Pepe Blanco nos ayudará en todo lo del papeleo, pues me imagino que habrá que sacar pasaportes, aunque yo, con mi acta de nacimiento, sé que puedo entrar sin pasaporte, pues después de todo y de tanto tiempo, soy mexicano, tía, mexicano— y abrazándola con fuerza, comenzó a secarle las lágrimas.

Pasadas las fiestas de Nochebuena y Nochevieja, el Día de Reyes salieron de Pandiello, para no regresar jamás. La casona que por generaciones había pertenecido a los Fernández, se quedó sola, con los recuerdos encerrados entre sus muros y los murmullos de tantos y tantos deseos no cumplidos que, al arrullo del viento del norte, estremecen las vigas y maderas que crujen a su paso. Pepe Blanco, como siempre solícito y con todo el ánimo del mundo, los condujo hasta Madrid en su propio automóvil e hizo todo lo necesario y previsto  para que, sin faltar a ningún requisito o formulario, pudieran viajar sin problemas. En efecto, en la oficina de negocios que el gobierno mexicano tenía en Madrid, se admiraron de la historia de Manuel Antonio y viajó a su país como mexicano que era. La despedida no fue fácil, y hasta el mismísimo Pepe Blanco lloró, al dejarlos ir por el pasillo que los conduciría al avión.

Camino al avión, del brazo de su tía Mercedes, Manuel Antonio reflexionaba sobre cómo aquella carta de su hermano le había cambiado la vida y, de lleno, lo lanzaba al encuentro de sus raíces.

La emoción de la llegada para ambos lados fue indescriptible. Aurora, ese día, recibió una alegría y una pena al mismo tiempo: la presencia de Manuel Antonio y la ausencia de Andrés; cumplió su anhelado sueño de llevar a sus hijos a la Basílica de Guadalupe y, ya bajo el abrigo de su hogar, entre las montañas y los ríos de su terruño, a diario, de labios de su hijo Manuel Antonio, puesto que ella nunca había aprendido a leer, escuchó una a una sus cartas, todas, sin dejar ninguna pendiente, hasta que en el verano del setenta y cinco, recién cumplidos los cuarenta años, el corrosivo cáncer de estómago que Manuel Antonio había incubado, se lo llevó.