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Fernando de la Luz

...De sobra sé que fui, soy y seré siempre el mismo...

Las vicisitudes de la biografía de un héroe casi desconocido, de quien todo mundo en Altotonga alguna vez ha oído hablar y nadie sabe nada: Francisco Javier Gómez Bello

Por Fernando de la Luz.

Incursionar en la biografía de alguien, si no tenemos información fidedigna es más que difícil y ese es el caso que me ocupa, porque el personaje, desde que tuve noticia de él en 1971, por boca del extinto e ilustre maestro don Hilario Jurado Martínez, presidente municipal de Altotonga de 1970 a 1973, siempre me ha apasionado, máxime ahora, en el umbral del bicentenario de la Independencia. No todos los pueblos y ciudades del país pueden jactarse de tener un prócer o luchador social que haya participado en acontecimientos históricos como éstos y Francisco Javier Gómez Bello sin lugar a dudas lo fue, sólo que su recuerdo, aunque presente en el nombre de una congregación del municipio de Altotonga 1 , y en el nombre del parque de la cabecera municipal, cercanísimo al sitio donde nació y al lugar donde reposan sus restos mortales, es una vaga estela que se pierde en la monotonía cotidiana y, al no haber información, las historias orales heredadas por la tradición, en muchas ocasiones en vez de ayudar dificultan el claro conocimiento del personaje; por ello, antes de seguir adelante con esta breve reseña histórica o esbozo, muy por encimita de su biografía, quisiera agradecer la invaluable ayuda de María Eugenia, mi hija, quien ha consultado archivos en la ciudad de Xalapa; de mis queridos amigos Magdalena Cortés Guzmán y el ingeniero Alejandro Guzmán Ramos y su querida esposa, Mary Carmen Gómez de Guzmán, tataranietos del general Gómez Bello, quienes de manera gentil, desinteresada y entusiasta me han proporcionado cartas, documentos, escritos, fotografías de los óleos originales del personaje, además de animarme y hacerme comentarios respecto de mi investigación, así como al diligente y acucioso estudiante de Derecho Martín Justo Preza, mi amigo, quien ha hurgado en archivos y bibliotecas de la región; sin el concurso de todos ellos, esto que se está cocinando ni siquiera hubiera sido posible comenzarlo. Ahora bien, quiero agradecer de manera muy especial al joven historiador Noel Merino Hernández, con grado de Maestro en Historia, sus consejos sobre las distintas líneas de investigación en la búsqueda del personaje y su apreciación muy especial en que me hace ver que Francisco Javier Gómez, en algunos documentos que él consultó en los archivos de la parroquia de Jalacingo, Ver., escribía su apellido con “s”, así como a mi amigo Abel Juárez Martínez, insigne historiador y prolífico escritor, que me puso en contacto con Noel Merino Hernández, de quien había oído hablar desde hace tiempo, pero no habíamos coincidido. Agradezco también de manera muy especial al licenciado y Maestro en Historia Rogelio Aguilar Jiménez, quien de manera diligente me ha auxiliado en la investigación de manera exhaustiva aconsejándome, obsequiándome material bibliográfico de época y poniéndome en contacto con diferentes fuentes de información.

Al comenzar a indagar sobre el año de nacimiento de nuestro personaje, la tradición oral de su familia me hizo mucho hincapié en que la madre de éste, le impuso una medalla de plata de la virgen de Guadalupe que había sido acuñada a principios de 1795 como desagravio al discurso pronunciado por el fraile dominico fray Servando Teresa de Mier, el 12 de diciembre de 1794, al celebrarse la conmemoración número 263 de las apariciones; a la fecha, esta medalla obra en poder de uno de los tataranietos de Francisco Javier Gómez Bello, situación por la que en un inicio yo afirmaba que el año del nacimiento oscilaba entre 1794 y 1795.

Francisco Javier Gómez, prócer de la consumación de Independencia y destacado defensor de la villa de Córdoba en el mes de mayo de 1821, nació en la ciudad de Altotonga, Ver., en 1793, según consta en la hoja de servicios del año 1825 del entonces Coronel de Infantería Permanente, en poder del archivo histórico de la SDN. Se cree, dada la tradición religiosa en especial, que haya nacido el 4 de octubre, en la esquina que conforman las calles de Hidalgo y Rayón, en la casa ahora propiedad de la familia Amorós Herrera, donde hay una placa que consigna el hecho sin mencionar año, día o mes. Pero definitivamente nunca fue, de inicio, “insurgente original” como tal y como suele afirmarse; es a partir de marzo de 1821 que él y las gentes de su compañía se adhieren a la causa de la independencia.

Hijo del rico comerciante español Pedro Gómez y de la señora doña Francisca Bello, criolla oriunda de Altotonga, era un joven culto, instruido y educado acorde a las costumbres de la época e inquieto sobremanera; desde muy jovencito hizo estudios en la ciudad de Puebla y de regreso a Altotonga, el 12 de abril de 1816, a la edad de 23 años, ingresó al cuerpo de Milicias Nacionales, también conocido, concretamente en Nueva España, como milicias urbanas virreinales, con el grado de Teniente Urbano por Mitad. Estas milicias habían sido instituidas por la Constitución Política de la Monarquía Española de 1812, mejor conocida como la Constitución de Cádiz, que establece en su Título VIII: De la Fuerza Militar Nacional, en su Capítulo II, De las Milicias Nacionales en su artículo 362.- Habrá en cada provincia cuerpos de milicias nacionales, compuestos de habitantes de cada una de ellas, con proporción a su población y circunstancias. En el artículo 364 se agrega: El servicio de estas milicias no será continuo, y sólo tendrá lugar cuando las circunstancias lo requieran. Y se cree que con motivo de los movimientos independentistas que comenzaron a darse en Hispanoamérica, éstas se establecieron con cierta regularidad en todos los pueblos de Nueva España. A esos cuerpos bélicos constituidos por personas de las poblaciones (comerciantes, agricultores, artesanos, hombres de los pueblos en general) se les conocía también como “Los libres”, por adherirse en forma voluntaria a la milicia; tenían como objetivo principal proteger a la población y, cuando así se autorizara, apoyar al ejército regular oficialmente constituido; incluso se sabe que llegaron a combatir a las huestes de insurgentes veracruzanos en la costa de Barlovento.

El hecho de que haya estudiado en Puebla primero y que en 1816, a los 23 años de edad, se haya enrolado en las milicias nacionales, arroja luz en el sentido de que lo más probable es que nunca haya conocido ni tenido trato alguno con próceres como don José María Morelos y Pavón, Mariano Matamoros, Hermenegildo Galeana y otros; su relación fue con próceres insurgentes como Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Anastasio Bustamante, Nicolás Bravo, Juan Nepomuceno Rosains, José Joaquín Herrera entre otros, y se da en la última etapa de la lucha de independencia, cercana a la consumación. El 16 de junio de 1820 fue ascendido a Capitán de Milicia sobre las Armas y el 11 de marzo de 1821 se le nombró “Capitán de Ejército”, situación en la que se encontraba cuando se da en el sur del país la promulgación del Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 24 de febrero de 1821. Al saberse la noticia en Altotonga, ya en el mes de marzo, probablemente el día 24, Francisco Javier Gómez Bello congrega a la población y a los sesenta y cinco hombres que integraban su compañía y, en un acto cívico, proclamó su adhesión al Plan de Iguala y anunció su decisión personal de sumarse a la lucha por la independencia de México, integrándose con su gente a la Onceava División del Ejército Trigarante 2 . Desde ese momento se integró a las huestes del teniente coronel José Joaquín Herrera y luchó al lado de éste, oriundo de Xalapa y vecino de Perote.

Se sabe que en mayo de 1821, teniendo ya el grado de mayor, combatió a los realistas en la defensa de la villa de Córdoba y venció a las fuerzas del general Hevia, según lo acota la doctora Adriana Naveda Chávez-Hita en su libro La Guerra de Independencia en Córdoba, Veracruz, Narración de un Testigo. Ahí, en ese excelente trabajo de recopilación y edición que hizo la doctora Naveda, publicado en la Colección “Biblioteca Veracruzana”, de la editorial de la Universidad Veracruzana, se lee, en las páginas 87 y 88, correspondientes al Capítulo Cuarto de los Comentarios de la Revolución: “… a pesar de los contrarios y de los irresolutos entró en Orizava el Teniente Coronel D. Joaquín Herrera acompañado del que lo animó, Francisco Javier Gómez, que trahia la compañía de Altotonga: y uniéndose allí con las dos compañías de Feliz Luna, cuyos dragones eran tan vizarros como su capitán; … mientras, quedó la plaza de Córdova con una corta Guarnición a las órdenes de Gómez”.

Para finalizar, en el apartado denominado Parten los victoriosos en pos de nuevas glorias dice: Los Granaderos, los soldados del fixo de Vera Cruz, las compañías de Felix Luna, las de Miranda, la de Gomez, la tropa de Santa Anna, los patriotas de Xalapa, los dragones de los fones; impasientes todos por ver consumada la obra que con tanta gloria habían puesto en tan feliz estado, se repartieron por distintos puntos, para esclarecerse con nuevos triunfos, y merecer de la nación su eterna gratitud. Unos subieron con Herrera a ponerse sobre Puebla: otros con Santa Anna sobre Xalapa: otros con Gomez sobre Teutitlán del Camino… 3 

En la batalla y el sitio de Córdoba fue él quien construyó los parapetos para combatir a las fuerzas de Hevia y fue él también quien le indicó a uno de sus subalternos, de nombre Miguel Francisco, amateco, cazador profesional, que le apuntara a la cabeza al general Hevia, que cayó sin vida de inmediato ante la puntería y precisión del tirador; con ese motivo, el 21 de junio de 1821 se le concede el grado de teniente coronel y se le hace comandante de batallón. Por sus méritos en la batalla de Córdoba se le concede la Cruz al mérito en batalla, condecoración que luce en el óleo que se anexa al final de este artículo, publicado en la web www.fernandodelaluz.com.

Octavio Guzmán, coronel de carrera y periodista por muchos años, editorialista del periódico “La Prensa”, donde escribía con el seudónimo de Mateo Podán, entre otros, bisnieto en línea directa de Francisco Javier Gómez Bello, hijo del Dr. Daniel Guzmán Gómez, afirmaba que después de la batalla de Córdoba, en mayo de 1821, y de la firma de los tratados de Córdoba en agosto de 1821, Gómez y sus hombres se unieron a las huestes de Victoria y José Joaquín Herrera y desfilaron de manera orgullosa por las calles de la ciudad de México el jueves 27 de septiembre de 1821, día de la consumación de la Independencia. El día anterior, a la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la ciudad de México, él y sus libres de Altotonga oraron de manera piadosa ante la imagen de la virgen de Guadalupe, de la cual él era muy devoto y obviamente el general Guadalupe Victoria también, en la Villa de Guadalupe. Ese día, ante la euforia del hecho de la consumación, todos los ejércitos desfilaron aunque existieran serias diferencias entre sus comandantes. Guadalupe Victoria nunca estuvo de acuerdo con las pretensiones de Agustín de Iturbide, puesto que los insurgentes veracruzanos comandados por este siempre fueron proclives a las ideas republicanas, eminentemente liberales, heredadas del pensamiento de don José María Morelos y Pavón, que en ningún momento pensó que viniera a gobernar esta nación algún descendiente de la dinastía Borbón que reinaba en España, y por ende, Francisco Javier Gómez, siempre fiel a la causa de Victoria, comulgaba con sus ideas.

El 23 de enero de 1822 fue ascendido a coronel del ya ejército mexicano, bajo las órdenes del general Guadalupe Victoria. Del 27 de mayo al 11 de noviembre de 1822 solicita una licencia para atender problemas personales en Altotonga. El 27 de mayo de 1823 es nombrado Gobernador Interino del Castillo de San Carlos de Perote y ya con ese nombramiento, el 3 de julio de ese mismo año firma con todo el personal que laboraba en esa fortaleza una proclama que desconoce el pronunciamiento que el general Antonio López de Santa Anna había hecho desde San Luis Potosí. Antes, el 1 de abril de 1823, firma una felicitación al Supremo Poder Ejecutivo a nombre de los militares veracruzanos; él representando a las fuerzas al mando de Guadalupe Victoria y el coronel D. Mariano Barbosa a las fuerzas del general Antonio López de Santa Anna. En esta felicitación, al firmar como coronel lo hace utilizando sus dos apellidos: Gómez, por la línea paterna, y Bello, por la línea materna 4 .

El general Guadalupe Victoria, en el verano de 1824, le certificó un documento en que avalaba su lealtad y capacidad militar. Entre otras cosas, decía lo siguiente: En las distintas épocas que este general se ha hallado a mis órdenes he sido testigo ocular de su mucho valor, bastante capacidad, más que suficiente instrucción; principios de matemáticas y buena conducta militar y civil; siendo por lo tanto uno de los que en su idea prometen a la patria las más halagüeñas esperanzas. Lo dicho por el general Victoria en este documento avala el hecho de que en ese momento Francisco Javier Gómez ya había ascendido al grado de general brigadier, aunque en una carta que le dirige el general Victoria siendo presidente de la República, el 5 de octubre de 1828, se refiere a él como coronel y escribe Gomes, como solía firmarse de manera indistinta.

El 13 de diciembre de 1825 se ve en la necesidad de solicitar otra licencia porque tiene que ir a Altotonga, según afirma el propio Gómez, a darle sepultura a su único hermano varón, Pedro Gómez, donde arroja luz sobre cuestiones de carácter familiar, como ésta en que menciona que sólo tenía un hermano varón. Esta situación de pedir licencias con cierta frecuencia se debe, como él mismo lo asienta en sus escritos, a que tiene que atender sus pertenencias y velar por la seguridad de su madre y hermanas. Él dice que su familia es numerosa y todas son menores. Ya en 1826, precisamente el 16 de mayo, teniendo en ese entonces 32 años, solicitó de nueva cuenta una licencia en el ejército para contraer matrimonio con Manuela de la Torre García Nieto, originaria de Teziutlán e hija del fallecido Domingo Antonio de la Torre y la señora doña Rita García Nieto. Era una realidad en esa época que en el ejército se le pidiera al militar que deseara contraer matrimonio los papeles y referencias de la novia y su familiares, como en este caso, en que Gómez hubo de adjuntar a su solicitud un certificado de “conducta honorable” de la familia de su futura esposa para contraer matrimonio.

Generalmente, durante la colonia este tipo de prácticas quien la solicitaba era la iglesia católica, que lo hacía para evitar la profesión de alguna religión diferente o que algún ascendiente de quienes pretendían contraer matrimonio hubiese estado envuelto en juicios del Santo Oficio. Ahora bien, no hay que olvidar que en esa época la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1824 establecía, en su artículo 3: La religión de la Nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra. Y congruente a este artículo, se les exigía a los militares, sobre todo a los de rango superior, acreditar la honorabilidad de la familia de la novia con quien pretendían contraer matrimonio; a estos certificados se les conocía comúnmente como de “limpieza de sangre”, sin que significara la acreditación de algún título nobiliario.

En el mencionado certificado de conducta honorable se asienta: “Que la familia de que depende son de lustre notorio y en ella, según está impuesto, jamás ha recaído descrédito, y han sabido mantener el distintivo de su cuna; que es constante que el mencionado don Domingo de la Torre desempeñó los principales destinos de esta cabecera y la fama de su buen nombre y reputación se extendió a cuantos le conocieron, mantuvieron relaciones con él, etc…”. Como dato curioso, el documento aludido lo firma el alcalde de Teziutlán, en ese momento don Manuel Toledano y Patiño, probablemente ascendiente del ilustre político, intelectual y fundador de la CTM en 1938, Vicente Lombardo Toledano.

Al pedir Francisco Javier Gómez su retiro temporal del ejército, permiso que le fue concedido, se le otorgó como prestación la tercera parte de sus haberes, a lo que él renunció para que se reembolsara al erario su sueldo. Se supone que Gómez, con motivo de su matrimonio, estuvo con licencia desde mediados de 1826 a mediados de 1827, regresó a las armas y, tras una caída de caballo que lo imposibilitó para montar, regresa a Altotonga. Posteriormente, ante la movilización de los ejércitos con motivo de la pretendida invasión de Barradas en julio de 1829, durante la presidencia de Vicente Guerrero, solicitó su reincorporación al ejército, la cual le fue aceptada, ordenándole que se presentara en la División de Reserva a las órdenes del general Bustamante, en la ciudad de Xalapa.

Durante su reincorporación al ejército y ausencia de Altotonga, probablemente debido a la fobia contra los peninsulares (españoles) a raíz del ambiente de linchamiento que existía en contra de los mismos, especialmente en el estado de Veracruz, y a la Ley de Expulsión de Españoles del 20 de diciembre de 1827, decretada por el Congreso, situación que en parte obligó a Victoria a nombrar Comandante Militar en el estado a Vicente Guerrero para frenar los intereses del Partido Escocés, que pretendía agitar en contra de los Yorkinos, se suscitó en todo el país una animadversión contra los españoles, a quienes se les dio de plazo seis meses para abandonar el país y no se respetaba el hecho de que estuvieran casados con mexicanas o mexicanos, ni que tuvieran hijos nacidos aquí. Un ejemplo de cuál era la situación que caldeaba a la sociedad en ese momento lo describe el ilustre liberal José María Luis Mora en su “Discurso sobre la expulsión de los naturales y ciudadanos de esta república nacidos en España”, publicado en el periódico El Observador de la República Mexicana el 12 de septiembre de 1827, ante las presiones para que se aprobara la mencionada ley de expulsión. Ya es tiempo de salir a la defensa de tantas víctimas inocentes de la persecución más inicua; de tantas familias infelices de mexicanos a los que se separa con la mayor sangre fría, el desamparo, la orfandad y la miseria… sólo hombres sin previsión y que no extienden la vista más allá de los objetos que los rodean o del día en que viven, pueden desconocer los perniciosos resultados de esta falta de fe pública; y sólo un enemigo de la patria puede empeñarse en llevar a efecto medidas que conoce por desastrosas y contrarias a la felicidad nacional…cuando la República se haya dividida y subdividida en innumerables facciones y partidos, cuando se han desatado todos los vínculos sociales y perdido su fuerza todos los resortes del gobierno, vamos a suscitarlos un número muy considerable de enemigos y desafectos… los enemigos verdaderos del sistema no son los españoles pacíficos que metidos en sus casas y ocupados en sus negocios a nadie ofenden ni perjudican… la riqueza pública va a disminuir considerablemente y tal vez arruinarse del todo con la medida proyectada…

Altotonga en 1828 no era ajena a esta tragedia, y como lo narra en una carta la nieta de Francisco Javier Gómez Bello, la señora Luisa Guzmán Gómez, al ilustre maestro originario de Atzalan, Herminio Cabañas, en el año de 1924, como en algunos otros lugares del país se desató una persecución contra los españoles y siendo Pedro Gómez, además de español, un rico comerciante y agricultor muy conocido en la región, no creyó necesario expatriarse y permaneció en la región escondido en unas cuevas hasta que se calmaran los ánimos; sólo un peón de sus confianzas sabía dónde se escondía y le llevaba alimento. Descubierto su escondite, el pobre hombre fue llevado a Altotonga montado al revés en una mula, con la cara hacia las ancas y cola del animal, vendado de los ojos, y después de injuriarlo, se le fusiló en el centro de la población. Este infortunio familiar, que siempre lo persiguió, pesó mucho en el ánimo de Francisco Javier Gómez Bello, quien además de haber perdido a su esposa al mes de haber dado a luz a su única hija, Manuela Gómez de la Torre, perdió de manera tan trágica a su padre, se supone que en ese mismo año. Según testimonios escritos por la pluma de las nietas de Francisco Javier Gómez Bello, Pedro Gómez no era precisamente una persona amable, sencilla; más bien lo describen como altanero y soberbio, que veía con menosprecio, en especial, a la población indígena. Se cree que Pedro Gómez, por la forma infamante en que murió, estaba ligado a los círculos de españoles adinerados que aportaron recursos económicos para la pretendida invasión de Barradas y que, aunado a esto, el odio que le tenían los campesinos con quienes trataba propició que se le diera muerte de esa manera. Murió como se narra.

En esos aciagos años para la familia Gómez Bello, el entonces secretario de Guerra y Marina, general Manuel Gómez Pedraza, y posteriormente candidato a la presidencia de la República, le solicita a Francisco Javier Gómez que se reincorpore a las armas, pues estaba de licencia, a lo que él contesta, en una carta fechada el 4 de enero de 1828, que le es imposible reincorporarse al ejército por estar muy enfermo, incluso no podía montar a caballo. Más adelante, como consecuencia, del fusilamiento de su padre y de su negativa a reincorporarse, se le acusa injustamente de traidor y se le pide que se presente en la fortaleza de Perote. Desde ahí él escribe una carta en su defensa, el 22 de enero de 1829; finalmente, por intermediación del presidente Guadalupe Victoria, se le exonera de esa falsa acusación, en la que mucho tuvo que ver Santa Anna, y se le concede una licencia por tiempo indefinido el 14 de febrero de 1829, misma que interrumpe para reincorporarse con motivo de la invasión de Barradas, como ya hemos visto.

Como ya lo he acotado, el año de 1828 fue funesto para la familia Gómez Bello, pues hay que recordar que en ese año nace su hija, Manuela Gómez de la Torre, y un mes después fallece de manera trágica su esposa, Manuela de la Torre García Nieto. En ese mismo año se supone que fue fusilado su padre, hecho que lo relacionó con el círculo de españoles que estaban a favor de la reconquista del país, en el que militaba su padre.

Cuentan los descendientes de Soledad Guzmán Gómez, que a un mes de nacida la niña Manuela, su madre, aún delicada por el parto y en proceso de recuperación dentro de la cuarentena, estando en casa su esposo, desde su recámara se ponía a leer la Biblia y a instruir a toda la servidumbre de la hacienda, a quienes reunía en un salón continuo a sus aposentos; una vez terminada la lectura y sus explicaciones procedían a rezar el Rosario. Estando en esta encomienda, que generalmente llevaba a cabo una vez por semana, de pronto una de las grandes velas que alumbraban el atril donde se depositaba la Biblia, cayó al suelo y rápido se incendió toda la habitación, ante el espanto generalizado de los sirvientes, quienes de inmediato la auxiliaron y dieron aviso a su esposo, que estaba dentro de la hacienda. El fuego fue tal que le causó quemaduras extremadamente graves que la llevaron a la muerte; la niña se salvó al rodarse envuelta en un sarape y ser rescatada por su nana. Esa noche, Francisco Javier Gómez, ante la tragedia de haber perdido a su esposa y con su pequeña en brazos, prometió a Dios que una vez que creciera su pequeña él dedicaría su vida al sacerdocio; en varias ocasiones había manifestado que esa era su verdadera vocación desde niño.

En 1845, ya de 17 años, Manuela Gómez de la Torre acude a Teziutlán y en compañía de su abuela materna, María Rita García Nieto viuda de De la Torre, va la iglesia del lugar a copiar el acta de matrimonio de sus padres para que se la certificara el párroco del lugar y poder contraer nupcias con el señor José Juan Guzmán. Es de suponer que en ese matrimonio Francisco Javier Gómez participa ya en calidad de sacerdote, pero se desconoce si fue él en persona quien los casó. De esta unión nacieron nueve hijos, siete varones y dos mujeres: Daniel, Roberto, Eduardo, Alberto, Ángel, Emilio, Francisco, Soledad y Luisa, todos Guzmán Gómez, nietos de Francisco Javier Gómez Bello. A iniciativa de sus nietos, en especial del Dr. Daniel Guzmán Gómez, a la sazón senador de la República, sus restos fueron exhumados de Xalapa y trasladados a la parroquia de Santa María Magdalena y sepultados ahí el 21 de abril de 1904, donde permanecen hasta la fecha.

Con motivo de la serie de desgracias familiares que rodean la vida de Francisco Javier Gómez Bello, el general Guadalupe Victoria, en ese momento presidente de la República, le escribe una carta que fecha el 5 de octubre de 1828, a la que ya me he referido, donde le expresa el gusto que le da tener noticias suyas y de que en especial esté bien y se haya librado de la férula de los revoltosos, porque aunque yo no podía dudar jamás de sus constantes sentimientos, temía que fueran a cometer un atentado en contra suya y gracias al cielo que lo ha librado de las garras de semejantes hombres; parece que se está refiriendo a quienes lo incriminaban por la participación de su padre en los grupos de españoles que financiaban la reconquista del territorio y a quienes lo tildaron de traidor.

En 1833 Francisco Javier Gómez aparece en Oaxaca en campañas en las que le toca compartir responsabilidades con el general Victoria y después aparece como jefe de la guarnición de Perote en la fortaleza de San Carlos, donde se le ubica en varias épocas, desde 1823 hasta fines de 1836, cuando al comenzar la revolución de Olarte desaparece de la escena al acompañar a Victoria a la pacificación de Papantla; no se vuelve a saber nada de él hasta el 18 de abril de 1838, cuando aparece en la ciudad de Puebla solicitando su amnistía y permiso para retirarse del ejército. En su escrito dirigido al gobierno dice, entre otras cosas: “… a fin de quedar expedito para entrarme luego al Estado eclesiástico y confirmar las inclinaciones y retardados deseos que desde mi infancia me animaron. Así podré hacer a Dios y a la Patria mejores servicios en tan sublime estado. Y como quiera que el torrente de mis desgracias particulares y vicisitudes de la milicia han causado a mi pobre familia e intereses casi su total ruina…”. Cuando afirma que el torrente de mis desgracias particulares y vicisitudes de la milicia han causado a mi pobre familia e intereses casi su total ruina se está refiriendo sin lugar a dudas tanto a la muerte de su esposa como la de su único hermano, de su padre y probablemente de su madre, la orfandad de su hija y a las acusaciones de traición que le fueron imputadas a raíz de la publicación de la ley de expulsión de los españoles y la infamante muerte de su padre.

Cuenta la tradición que precisamente a fines de 1837 y principios de 1838, habiendo sido perseguido don Francisco Javier Gómez hasta el mismo pueblo de Altotonga por elementos de las tropas del general Antonio López de Santa Anna, su acérrimo enemigo, al llegar a su casona en la Hacienda de Santa Cruz una de las sirvientas lo escondió debajo de unos catres donde depositaba la pila de ropa que estaba planchando y la que estaba almidonando, y los soldados, aunque metieron sus bayonetas entre la ropa, no lo encontraron. En aquel trance, Gómez prometió a Dios que ahora sí cumpliría la promesa que había hecho con anterioridad la noche en que falleciera su esposa: que si se salvaba se consagraría a la carrera eclesiástica, promesa que cumplió una vez que llegó hasta la ciudad de Puebla y se consagró como sacerdote con los monjes paulinos. Una vez ordenado, solicitó al obispado de Puebla, al cual pertenecía la parroquia de Atzalan, ser cura seglar y que le adjudicaran la coadjutoría de la capilla o templo en Altotonga, su tierra natal, dejándole todos sus bienes materiales, incluyendo la Hacienda de Santa Cruz, a su hija, Manuela Gómez de la Torre.

Francisco Javier Gómez, al contrario de Hidalgo, Morelos y Matamoros, asumió la condición de clérigo al declinar la carrera de las armas, en 1838. Se supone que debido a su preparación previa, sus estudios en el seminario para recibir la ordenación no debieron de exceder de cuatro años, pues presentó los estudios a título de suficiencia (situación que narra su nieta Luisa Guzmán Gómez, esposa del Lic. Benigno Ríos), ya que de joven, en la ciudad de Puebla había acudido al Colegio Palafoxiano a estudiar y recibir en ese entonces las órdenes menores sacerdotales, para luego regresar a Altotonga a encargarse de asuntos familiares. Ya para 1842 había recibido la ordenación sacerdotal, pero lo que sí es incuestionable es el hecho de que para 1843, año en que falleció el general Guadalupe Victoria en Perote, él ya era sacerdote y cura coadjutor de Altotonga.

En la monografía sobre la parroquia de Atzalan, escrita por el clérigo Francisco María Cortez Hernández, que abarca el periodo histórico que va de 1646 a 1946, trescientos años de la historia de esta parroquia, se menciona a Francisco Javier Gómez como párroco titular de Atzalan y se da una muy breve semblanza de éste, que a continuación transcribo, que me fue proporcionada por mi querido amigo Maximino Rodríguez Acosta, altotonguense interesado en la historia de su pueblo:

1850.-trigésimo segundo párroco.- Sr. Cura Propio D. Francisco Javier Gómez oriundo de Altotonga. dueño de la vecina hacienda de Santa Cruz antes de ser sacerdote, abrazo la carrera de las armas en la guerra de independencia y al consumarse ésta ostentaba el grado de coronel. Pero harto de las vicisitudes de la carrera militar y lleno de las decepciones del mundo, optó por el sacerdocio, a cuyo fin se oculto absolutamente en la misión clerical bajo la dirección del virtuoso sacerdote Sr. Pimeiro, sorprendiendo al cabo de algún tiempo a sus parientes, amigos y compañeros de armas que ignoraban su paradero.--- Hombre probo, devotísimo del Santísimo Sacramento, por lo que, siempre que se lo permitían sus atenciones ministeriales, pasaba horas enteras arrodillado en un rincón de la capilla del Sagrario.--Caritativo, patrocinó un Asilo de indias Huérfanas, administrando equitativamente un gran donativo pecuniario que, para la fundación y sostenimiento de dicho asilo, hizo a esta Parroquia la caritativa señora doña Petra Alvarez de Carrión, dueña que fué de la hacienda san Diego Coyotepec, en la municipalidad de san Juan de Los Llanos hoy Libres. Llevó una vida irreprochable por más que la malignidad haya querido notar algunas faltas. Sus virtudes eran sólidas porque ellas eran fruto del convencimiento, Murió en Jalapa. Algunos años después fueron exhumados sus restos y trasladados a la parroquia de Altotonga donde una lápida señalaba el lugar donde fueron reinhumados, removida la lápida quedaron los restos al descubierto, después ignoramos dónde están.

En relación con el último párrafo de esta pequeña semblanza nos queda la interrogante que se plantea: ¿están realmente los restos del padre Gómez en el templo de Santa María Magdalena? Se supone que sus restos llegaron a Altotonga provenientes de Xalapa en el año de 1904; en ese entonces la fisonomía del templo era otra, totalmente distinta a la actual, ya que el Lic. Miguel Baltazar Váquez, en su libro Altotonga: un pueblo con historia, da fe de la fecha en que el templo fue inaugurado de manera solemne, el 22 de octubre de 1941, por monseñor Luis María Martínez, arzobispo de la ciudad de México; ahora bien, es de suponer que durante las obras de construcción los restos siguieron en ese lugar, aunque el padre Cortez expresa sus dudas.

En el Diccionario de Insurgentes publicado por Editorial Porrúa, de José María Miguel i Vergés, en la página 232 aparece una ficha bibliográfica sobre Francisco Javier Gomes donde se dice que era cura y general, ayudante que fue de Guadalupe Victoria por mucho tiempo y esa cita nos remite a un documento inédito publicado por primera vez el 20 de marzo de 1943 en el periódico “Excélsior” 5  con motivo del centenario de la muerte del general Guadalupe Victoria, en un editorial denominado En torno al centenario de Victoria, y da cuenta ahí de cómo el padre Gomes resguardaba la espada del general Guadalupe Victoria y la entrega a su amigo el general don José María Jarero Ruiz a petición de éste, en el mes de septiembre de 1843.

El general don José María Jarero Ruiz, a quien se le nombró gobernador del Castillo de San Carlos de Perote a partir del mes de septiembre de 1843, narra que personalmente le solicitó a su amigo el general y cura de Atzala, Francisco Javier Gomes (nótese que aquí escriben Gomes sin acento en la “o” y sin “z” y escriben “Atzala”), insurgente y compañero de correrías del general Victoria, encargado además de las propiedades y bienes del general, le hiciera el favor de devolverle la espada de éste, que le fue obsequiada al general Victoria a nombre de su Majestad el rey Jorge IV (de la dinastía de Hanover) por Mr. Richard, primer representante inglés en México, quien la mandó forjar a Londres. Según narra el general Jarero, la espada era una joya, pues tenía cincelados tanto en la empuñadura como en la vaina unos escudos con el águila y la serpiente. La mencionada espada le fue obsequiada al general Victoria en septiembre de 1824 y el 10 de octubre del mismo año, día en que tomó solemne posesión como el primer presidente de México. Victoria usó la espada y la trajo siempre con él durante los 4 años 6 meses en que fue presidente. Cuando tomó posesión, según cuenta el propio general José María Jarero Ruiz, fue él quien le ayudó a ceñírsela, dado que vivían juntos en una casa de las calles de Balvanera, número tres, en la ciudad de México. De aquí se deduce y es más que obvio que sí existieron verdaderos lazos de amistad entre Victoria y Gómez.

Se cree, y puede ser factible –según información vaga que recuerdan sus descendientes– que su fallecimiento se haya dado entre 1853 y 1855 en la ciudad de Xalapa. Lamentablemente, en los libros de defunciones que obran en poder del obispado de Xalapa no existen datos a partir de 1848 y vuelve a haber de 1859 en adelante. Lo que supone la placa que resguarda sus restos mortales en la parroquia de Santa María Magdalena, en Altotonga, que asienta como fecha de su fallecimiento el 11 de octubre de 1837, parece no ser verdad en lo absoluto, pues el ilustre militar y prelado ciertamente falleció al inicio de la segunda mitad del siglo XIX. Es más, en el libro de defunciones de 1837 que obra en poder de la mitra en Xalapa, concretamente el 11 de octubre no hay asentada ninguna defunción; del día 9 de octubre de 1837 se brinca al 13 del mismo mes y año. Curiosamente, se maneja 1837 como el año de su fallecimiento porque coincide en que su nombre como general, como militar destacado en la región desaparece de la escena y nadie más vuelve a saber de él; cuando regresa, cuatro o cinco años después, es otro hombre, otro personaje: el padre Francisco Javier. Incluso tal vez tendría otro seudónimo, algo así como fray Francisco. Es muy probable, dada la enemistad y encono que existían entre él y Santa Anna, que haya sido el propio Gómez quien difundiera o alentara la idea de que él había fallecido el 11 de octubre de 1837.

Existe un convenio piadoso donde aparece su firma autógrafa fechado en agosto de 1839 en Puebla, del cual me hizo favor de obsequiarme una copia la señora Magdalena Cortés Guzmán, amiga mía muy apreciada, tataranieta de Francisco Javier Gómez Bello, donde él se compromete a hacer oración por todas y cada una de las monjas (de clausura, por cierto) y ellas a elevar sus plegarias por su alma, que me hizo dudar, pues fue el primer indicio escrito de que la presunta fecha de su fallecimiento no era cierta.

Se tiene noticia de que Francisco Javier Gómez Bello fue cura coadjutor en Altotonga, dependiendo de la parroquia de Atzalan, entre 1842 y 1853, sin que ello limite el hecho de que también haya sido cura de Atzalan, como lo narra el general Jarero Ruiz, y que el padre Cortez especifique en su monografía que fue el trigésimo segundo párroco de Atzalan. Es importante destacar el análisis riguroso que hace de esa época el Lic. Miguel Baltazar Vázquez, notario y connotado intelectual de Altotonga, en el sentido de que la población no fue ascendida a parroquia sino hasta el 30 de agosto de 1872. Entonces, ¿cuándo murió?, ¿cómo vivió?, ¿era realmente el propietario de la Hacienda de Santa Cruz?, ¿murió su padre, Pedro Gómez, de la manera como se narra?, ¿era amigo de Guadalupe Victoria, de José Joaquín Herrera?, ¿era enemigo acérrimo de Santa Anna?, ¿cuánto tiempo fue cura coadjutor en Altotonga y cuánto párroco de Atzalan? Éstas y más incógnitas se nos antojan descifrables, narrables, como que la duda y la incertidumbre en los poquísimos datos que conocemos acerca de él nos mueven a investigar más dentro de ese maravilloso mundo que fue la primera mitad del siglo XIX mexicano, porque dejar todo en manos de la rica aunque dudosa tradición oral no nos lleva a ningún lado; sin embargo, no quisiera omitir los comentarios que en torno a Francisco Javier Gómez Bello hace en sus Apuntes para la historia de mi pueblo, el señor Ignacio Arroyo, arguyendo que él a su vez los escuchó de voz de un venerable anciano de noventa años oriundo de la congregación de Texacaxco a quien da el papel de narrador en la primera parte de sus apuntes, por la riqueza literaria del texto, porque recoge la más pura tradición oral y porque el texto mismo es historia inédita de Altotonga El texto dice lo siguiente: Un sacerdote, hijo de esta población, empuñó las armas proclamando la nueva idea política y formando un pequeño ejército de Insurgentes, marchó sobre la fortaleza de San Carlos o castillo de Perote, obteniendo su primer triunfo y haciéndose célebre por su valor por todas estas comarcas. La heróica ciudad de Córdoba lo honra como su denodado defensor y su retrato es conservado con respetuosa gratitud en el Salón de Actos de su Ayuntamiento. Este célebre Insurgente se hizo digno del título de general, y el primer Presidente de la República, como premio a los servicios prestados a la santa causa le regaló una espada con empuñadura de oro y le visitó dos veces en su casa de campo, pues fue el dueño de la pequeña hacienda de Santa Cruz. Siendo muy liberal con su nativo pueblo, regaló una campana de doce amoyas de muy buen metal a la capilla de Santa Cruz y a la iglesia de su pueblo Altotonga, una rica custodia que está valuada en $14, 000, este ilustre general se llamaba Francisco Javier Gómez que acaba de morir en la ciudad de Jalapa y que tanto bien nos hizo dijo el narrador, enjugando una lágrima de gratitud que surcara sus mejillas, testimonio sincero del cariño que profesara a su amado Jefe, pues había sido soldado del padre Gómez en la guerra de Independencia como muchos de sus contemporáneos y paisanos.

Cabe destacar en el texto anterior que quien narra, ese venerable anciano de noventa años había sido soldado de Francisco Javier Gómez y narra las cosas a su entender y a como las vivió. Es común en este tipo de textos que se pierda la línea divisoria del tiempo y se confundan hechos y fechas pero lo que si es una realidad es que Francisco Javier Gómez para la tradición oral se convierte en un icono sagrado con su inseparable dualidad de sacerdote-general o general-sacerdote, donde ahora si, el orden de los factores sí altera la historia, pero no deja de ser interesante abordar este tipo de textos.

El 18 de abril de 1838, después de que Francisco Javier Gómez aparentemente había desaparecido de la escena militar de la región desde fines de 1836, en que supuestamente había acompañado a Victoria a la pacificación de Papantla, desde la ciudad de Puebla dirige al ministro de Guerra y Marina una carta solicitándole su amnistía y baja definitiva del ejército para irse a estudiar al seminario. El 7 de junio de 1838 se le concede su baja definitiva del ejército y se menciona que alcanzó el grado de general de brigada.

En relación con la incógnita de si la Hacienda de Santa Cruz perteneció a Francisco Javier Gómez Bello, queda despejada al encontrar en los anales del Registro Público de la Propiedad en Jalacingo, Ver., que el Lic. Benigno Ríos, esposo de la señora Luisa Guzmán Gómez, adquirió el dominio y posesión de la misma el 30 de marzo de 1891, de la sucesión testamentaria de la señora Manuela Gómez de la Torre (madre de Luisa y suegra de Benigno Ríos), hija única de Francisco Javier Gómez Bello y Manuela de la Torre García Nieto.

Como colofón a este pequeño artículo sobre algunas notas relacionadas con la biografía de don Francisco Javier Gómez, quiero dejar asentado el hecho de que he iniciado la escritura de una novela histórica, no biografía, denominada posiblemente: ¿Quién vive?, que contempla la apasionante vida de este prócer mitad militar, mitad sacerdote, que encierra toda una época en la apacible vida de Altotonga, a la sazón villorio, caserío, porque todavía no alcanzaba la categoría de villa, la cual se le concede hasta el año de 1881.


1 Baltazar Vázquez, Miguel- Altotonga: un pueblo con Historia- pág. 300. Edición de Autor. 2002-Altotonga. Ver.

2 La Guerra de Independencia en Córdoba, Veracruz. Narración de un Testigo. Recopilación y Edición Adriana Naveda Chávez-Hita. "Colección Biblioteca Veracruzana" pág. 87. 2007. Edición Universidad Veracruzana.

3 Nótese que se refieren a Francisco Javier Gómez Bello de manera indistinta como "Gómez con "z" y Gomes con "s" y al hablar de compañía se refieren a "los libres de Altotonga".

4 Veracruz. La guerra por la Independencia de México 1821-1825. Antología de documentos. Compilador: Juan Ortiz Escamilla. Pág. 291.

5 Vergés, José María Miguel i. Diccionario de Insurgentes. Editorial Porrúa, S.A. Segunda edición. México. 1980. pág. 232.