Viñetas de un soñador

De la existencia

La noche tocó a su fin,
en el principio de la existencia.
El día llegó y no comprendí nada.
Me dormí y soñé que lo entendía todo.
Desperté y estaba escribiendo.


El hacedor de milagros

Todo comenzó en el mar,
con un soplo
y un vehemente deseo.
Surgió,
y de la nada brotó
lo que nunca había existido.
Todo estaba en su sitio,
los elementos se conjugaron
y el ser fue.

Se hizo la luz
y con ella, el día y la noche
engendraron el tiempo.
Atrás quedó el vacío;
ni noche ni oscuridad,
sólo una total ausencia: la nada.
De ahí
hubo que partir cuando el reloj del tiempo
marcaba cero,
y en la historia
no había antes ni después.

En el principio,
cuando su espíritu se movía sobre las aguas,
el hombre no estaba ausente:
era uno,
en perfecta unidad con el verbo.
Su presencia,
deseada y concebida a imagen y semejanza,
asomó de entre la tinieblas de la nada.
Fue un deseo
que irrumpió en estrepitoso júbilo
en los dominios del silencio,
cuando se materializó en arcilla
y adquirió vida.

Era una confección difícil,
sin modelo anterior
ni punto de referencia.
Espíritu y materia,
simplista dualidad divina.
Floreció,
porque antes de haber sido creado
había sido pensado
y desde siempre existió.
Surgió en el horizonte de los tiempos,
cuando el barro se tornó en piel fresca,
suave y palpitante.
Nada cubría su cuerpo,
la madre tierra lo parió desnudo,
puro y sin malicia,
hermosa desnudez aquella.
¿De qué color? Nadie sabe.
Los hizo dos,
y surgieron
en el apogeo de la belleza física,
fruto divino de un acto de amor.
Tenían la piel suave,
llena de incitantes deseos.
Se miraron,
y sus formas se fundieron en una sola.
Cohabitaron
y surgió la primera noche de la historia;
el uno junto al otro yacían en agónico regocijo.
Se tocaron,
y una sensación de vértigo invadió sus cuerpos
en la voluptuosidad de la carne.
Quedaron frente a frente
y el silencio
dejaba oír sus acompasados resuellos
en la excitación de su eros.
Se deslizaron en la espesura de la noche
hasta que sus piernas, entrelazadas,
encontraron el ritmo de su melodía.
Él ardía en intensos deseos;
ella aguardaba en actitud de entrega.
El clímax llegó
y con él, la calma,
hermosa languidez de la cópula
cuando toca a su fin,
en el inicio de la vida.

La rosa del pubis se abrió
y reventó el botón,
tras nueve meses de espera.
Brotó agua de la fuente,
entre espasmos y contracciones,
descendió lentamente el hijo del hombre.
Nació
y su llanto irrumpió
en la inmensidad del Universo,
anunciando la buena nueva.
Aquel día,
el hacedor de milagros descansó.


El siglo veinte

Incoherentes,
sin puntuación, sin rima, ni cadencia,
las palabras se quedaron mudas.
Sonaron diferentes, extrañas, sin sentido
en el atribulado mundo de un transitar muy pobre
de un siglo que agoniza en el umbral de un nuevo ciclo.
El Siglo Veinte corrió de prisa,
sin mesura, ni sosiego,
en su loca y desenfrenada carrera
por ser, por llegar
y por dejar una honda huella
en los recovecos de nuestras conciencias.
Llegó:
Y de hechos en hechos
se llenó de sucesos;
y de suceso en suceso
se hizo viejo.
Fueron tiempos de espera,
de lluvia y de sequía,
de sobresaltos y guerras,
de catástrofes y exterminio,
de ensayo y error,
de renovadas esperanzas,
de paz y aliento,
de concordia y desconcierto,
de vida,
de muerte.
Fueron días de pensar,
de avances y retrocesos,
donde todo se olvidó
en la inmediatez de la existencia
y el atropellado caminar de un tiempo,
que segundo a segundo
alcanzó la senectud
en la década de los noventa,
Cuando las palabras se quedaron mudas.


El modernismo

Se detuvo
y se quedó mirando despacio
porque no pudo descifrar nada.
Lo que veía:
líneas, trazos,
colores chillantes y expresiones sin sentido
no le decía nada,
pero todos se quedaban pasmados ante
tal maravilla.
Él, dio la vuelta y se fue,
porque aquello de la pintura
nunca lo entendió.


Hoy

No quiero saber que acontece,
porque el acontecer
es intrascedente.
Pasan muchas cosas
y en realidad
nada pasa.
¡Qué sucede hoy en día!
Nadie sabe.
Nadie acierta.
Se corre de un lado a otro,
gritos, pasos.
Se dialoga.
Se dormita.
¡Vaya!, que ajetreo.
¿Y qué con esto?
Nada.
No pasa nada.


Y se metió a universitario

Ni es el único,
Ni ha sido el primero.
Cosas que pasan en la vida.
Quiso llegar
Y se perdió en el camino.
Intentó cambiarlo todo
Y lo cambiaron a él.
¡Llegó! –sí–
Pero de qué forma
Y a qué precio.
No es el mismo de ayer,
Pero tampoco es nada grandioso.
¿tranzó entonces?
¡Claudicó acaso?
–No. –Sólo se integró.
¡Pobre!
Se metió a universitario
Y ahora no sabe qué hacer.


Nuestro tiempo

Todos andan por ahí
preocupados, taciturnos
y a diario preguntan:
¡Qué pasa!
¡Qué ha acontecido!
Nadie responde,
nadie sabe nada,
porque a los hombres de nuestro tiempo
les es indiferente todo.
El hoy, lo viven y nada más.
El ayer ya no lo recuerdan
y el mañana,
es tan lejano
que algún día habrá tiempo para pensar,
y entonces:
Pensarán en qué.


Quisiera ser Matemático

Quisiera ser un gran matemático.
Uno de esos cerebrazos
que tanto admira la humanidad.
Saber y poseer esa ciencia
tan perfecta y calculadora.
Este anhelo de saber,
No es capricho de colegial
ni mera curiosidad,
aunque creo que hubo alguna reprobada por ahí.
Pero esas, son naderías,
cosas de la muchachada.
¡Sabéis una cosa matemáticos?
Es vuestro saber lo que me intriga
Y vosotros…
…que le dedicáis toda una
existencia, a esa ciencia tan exacta, tan fría.


La nada

El mundo se quedará sin prosa,
sin cantos y sin poesía
al caer el último pétalo
de la rosa de los vientos.
Ya no habrá más inviernos,
ni reverdecedoras primaveras
que anuncien el comienzo
de un nuevo ciclo.
Las hojas del otoño caerán
para nunca más volver a brotar.
Todo lo que fluye
parará su curso
y en estrepitoso estallido
hará un alto en el vacío
para dar paso a la nada.
–La nada,
de donde salieron por hálito divino
el pasado y el presente
jugando con el imperecedero tiempo,
que es sin vivir
y existe sin ser.
Realidades intangibles
que son y dejan de ser
como el presente que se volverá mañana
sin dejar de ser lo que es,
lo que fue y lo que será.
Un solo estallido
y todo quedará en nada.
Nada.
Sólo el Cosmos infinito
Resplandecerá a lo lejos,
En un horizonte
Que se perderá en la nada.
Nada.


Silencio

Quién me compra este silencio
que ha deambulado por la vida
cual paria deshonrado
porque siempre se ha callado.
¡Calla! ¡Calla!,
dice la conciencia al silencio y éste, calla.
¿Por qué calla el silencio?
¿Acaso es mudo?
¡No!... calle,
el silencio enmudeció para siempre,
porque todos se han callado.
Por eso lo vendo
y está en ganga.
¡Cómprelo usted!, ¿quiere?
Yo, ya no lo quiero,
lo voy a tirar a la basura
donde se pudren los desperdicios
porque hace tiempo que apesta
y la peste,
diezma pueblos, ciudades,
todo lo que encuentra a su paso,
pero… ¿quién me lo compra?
Todos se han callado.
Todos.


De la Poesía Bucólica

Salió el sol y con él,
se dirigieron a los campos.
Trabajaron todo el día
y al final, con la tarde,
retornaron a sus casas.
Se sentaron
y mirándose unos a otros
se dieron cuenta:
Traían las manos vacías.


Las mulas de las barrancas

Por el sendero del filo
llevan su pesada carga
más allá de las barrancas.
La calzada,
de redondas piedras de río
suena sus cascabeles
al repiqueteo de sus cascos
y al resbalar de sus herraduras,
el eco retumba entre los paredones de adobe.
Cuando suben,
arrastran su pesada carga;
cuando bajan,
se deslizan con cautela
entre las piedras de la adornada calzada,
que a diario, transitan
más allá de las barrancas.


Campesino

Tenía las manos cansadas
y la mirada ausente
cuando la muerte tocó
al fin de la jornada.
Llegó,
y lo sacó de la casa
que lo había visto desde niño
porque nunca conoció otra morada.
Sólo,
de la mañana a la tarde
y de la noche a la mañana
recorrió el camino.
Era un hombre sencillo
que se levantaba con las estrellas
y se acostaba con la luna,
porque siempre trabajaba.
Se fue,
y lentamente se quedó dormido.


La parcela

En el atribulado paisaje
de una tierra pobre,
surcando su parcela
vivió una precaria existencia.
Recibió,
y lo poco que le dieron
se acabó.
Nunca,
nadie le dijo ¡cómo! y ¿por qué?
y así,
la tierra no produjo más.


La tierra de Juan

Nadie lo miró partir
en la oscuridad de la noche.
Se derrumbaron los muros
de adobe y vara entretejida
y el polvo, cubrió los escasos utensilios
de la maltrecha choza.
Creció la hierba en la milpa
y el estío, secó los últimos brotes.
La tierra quedó abandonada
cuando se marchó hacia el norte
y jamás volvió.
Se fue,
dejando a los suyos
y olvidando sus costumbres.
Quería un cambio
y cambió de identidad.
Dejó de ser para volver a ser
en la inmediatez de su ignorancia
y acabó en nada.
En la lejanía de la tarde
sólo se escucha el lamento
de un perro
porque Juan,
se ha ido.


El ladino

El ladino,
no me gusta.
Deja de ser lo que es
para ser
lo que no es.
Ya no viste de colores,
no teje la manta,
no lleva huaraches,
ni porta sombrero;
Sólo lleva la estigma
de que es
lo que quiso ser cuando dejó de ser.
Tranza con el mestizo
y calza botines.
Cambió el sombrero de colores
por uno engomado y arriscado
y el traje de manta,
por camisas de chillantes colores.
Pobre,
le han robado su identidad.
Es un Trot-Tzil que dejó de serlo,
cuando quiso ser mestizo
y se convirtió en ladino.


La lluvia

Llegó con los vientos del sur
cuando nadie la esperaba.
Cayó,
y los surcos
resecos y calcinados por el sol
se abrieron.
La vida volvió
y el olor a tierra mojada,
llenó de optimismo
a los habitantes del valle.


El Eclipse

La noche se quedó dormida
en el amanecer de aquel día
cuando la fresca mañana
trajo la buena nueva.
Todo estaba tranquilo en el pueblo.
Las calles, de relucientes piedras de río,
dejaban escapar el ruido de las carretas.
Poco a poco, la calma cedió al bullicio
y donde todo dormía
fue creciendo el murmullo:
Voces, gritos, risas,
todo mundo en la calle,
sólo las mujeres en cinta
permanecieron en sus casas.
De pronto,
bien entrada la mañana,
la luna salió de nuevo
y se vieron las estrellas.
Todos murmuraban,
unos, lloraban y otros,
la emoción les cortaba el habla.
Nunca lo hubieran imaginado.
Y cuando pareciera que la tierra se abriría,
se escuchó la plegaria de las ancianas en el templo.
Volvió la luz
y el sol,
calentó la faz de la tierra.
Todo había concluido:
El eclipse, había terminado.
Cuadrillero
Moreno,
de piel enjuta y curtida
tiene los pies cansados
y la mirada apagada.
Los surcos,
le ajaron las palmas de sus manos
y el polvo,
llenó de paño cenizo su marchito cutis.
Un día, sus ojos,
reflejo de los aciagos días
de mucho sol,
de poco pan.
rompieron a llorar hasta que se hincharon,
dejó de ver,
de soñar,
un traspiés
y todo terminó en nada.


Y se adelantó el invierno

Los niños de mi pueblo
tienen los ojos billantes
y una mirada despierta
que adivina.
Lo ven,
lo escudriñan todo;
pero no comprenden.
Pasaron las fiestas
y los fríos se fueron,
pero a sus casas,
los Reyes venidos del oriente
no entraron
porque la cosecha se quedó en el campo
cuando heló
y se adelantó el invierno.


Por los caminos de la mística

El Siglo Veinte está enfermo
de incredulidad,
y a mí,
se me olvidaron los rezos
en el caminar de los años.
Por eso,
en vez de pedir, reclamo;
y en vez de rezar, platico.


Mi oración

Ni soy bueno, ni soy malo.
Tan sólo soy
como tantos otros.
Vivo como todos
Y sueño con algo más.
Te conozco y eso me basta.
No sé cómo ni en dónde,
Pero sé que estás.
Tu existencia me acompaña
de la mañana al ocaso.
No te ofrezco nada,
Pero tampoco te molesto pidiendo.
Te siento,
y tu compañía me fortalece,
porque tu presencia
es fuente inspiradora de vida.


El mendigo

Enjuto y de piel oscura,
vaga el infeliz mendigo
por esos caminos de la vida.
Por esos…
por los que a diario deambulan
los hombres de este planeta.
¡Sabes! –le dije un día–
el templo te prestará abrigo.
No mi amigo… no
El templo es grande y muy frío
–muy frío–
Transcurrido el tiempo,
en el atrio de una iglesia
yacía el humilde mendigo
que había muerto de frío.


Era un gran tipo

Mi madre me enseñó a rezarle
todos los días,
y tan bien lo hizo,
que noche a noche le rezo
aunque ella no esté presente.
Le rezo, platico, me río,
somos grandes amigos.
Tan grandes,
que nos hablamos de tú:
¡Oye Jesús!, le digo:
¿Por qué te fuiste tan pronto?
33 años es muy poco.
Deberías de volver un día de éstos,
que nos haces mucha falta,
Tanta…
que a diario me pregunto lo mismo:
¿Quién era?
¡Qué hacía?
¿Le conocisteis?
¡Le conocí yo, acaso?
No… yo tampoco le conocí.
¡Lástima!... Era un gran tipo.


La cruz de Palenque

Eres un enigma
perdido en las entrañas
de la selva,
donde todo es misterio
y el misterio
se convierte en dogma,
porque nadie sabe,
y los que sabían
se han ido.
Dogma profano
que los frailes hallaron
cuando creían poseerte
en exclusiva.
Pobres, qué desilusión,
venir desde tan lejos
y hallarte vestida de nativa,
otra lengua,
otras costumbres.
Que hallazgo el suyo.
Simbolismos que no comprendieron.
Misterio que se perdió en la selva,
cuando la ciudad se quedó dormida
porque quiso ser eterna.


Plegaria

–Historia –viajero-
–Historia,
es cada rincón de estas tierras
donde la tradición persiste y
el folklore, es una costumbre
que se resiste
a ser pieza de museo.
Barrios de operarios,
talleres de artesanos,
donde el algodón y el añil se mezclan
para tejer las telas que lucen los chamulas.
Manta recia y consistente como su pueblo,
que viste de colores para olvidar sus penas
y cuando llora, reza.
Sólo el Señor conoce sus penas,
Porque el Padre Las Casas
murió hace tanto tiempo… tanto,
que sólo el templo conoce los secretos
que en tzot-tzil murmura
cuando reza, cuando llora.

 

Fernando de la Luz