Altotonga

TSobre los tejados de barro
la bruma baja el telón del cielo
y cierra, de frente al norte,
los postigos del tiempo.

                                        Todo se viste de blanco.

El rocío,
de gotas preñadas de mieses
se escurre por los aleros
en franco descenso al suelo.

La humedad penetra la tierra
mojándolo todo;
mientras tú, ciudad dormida,
entre colinas y nubes cobijas sueños.

Tierra fecunda y promisoria,
región de niebla, jirón de patria,
donde baja el sur
                                         sube el norte
y el chipi chipi se recrea en la gente
humedeciendo sus rostros, sus cuerpos, sus almas.

Hueles a mesón antiguo, a resina, a jazmín.

La noche vuelca sus cuitas
alrededor de un fogón crujiente
donde las mujeres guindan las mantas
que la parrasón dejó entumecidas,
pasmadas de brisa de otras tierras.

Se cuece el pan en el horno
y el aroma a café endulzado con piloncillo
inunda las calles repletas de nostalgia,
cuajadas de recuerdos.

Las seis,
marca el reloj de la iglesia
y la feligresía contrita se persigna.

Tras una noche de lluvia
sopla el viento y se van las nubes,
las campanas repican al vuelo,
las golondrinas se espantan y se sacuden las conciencias.

                                         El sol,
                                         calienta las baldosas, las paredes, los techos.

Suda el tejamanil
y la bruma se acuesta sobre el pueblo.

Tus mojoneras:
los días lluviosos salpicados de sol, las nubes,
el viento,
se asoman por los resquicios del tiempo
mientras el aire continúa bajando
hasta otro día, otra tarde
en que la niebla regrese
                                         cargada de nuevas buenas.

Fernando de la Luz
Octubre 2008