"¿Quién vive?", por Fernando de la Luz

Por Fernando de la Luz
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A mis queridos y entrañables lectores

Queridos y entrañables lectores, amigos todos, es un placer poder interactuar con ustedes a través de la plataforma de mi página web, desde donde he decidido compartirles mi nueva novela: ¡Quién vive!, que ha tenido una gestación de más de siete años desde que comencé con el proyecto a fines del año 2008, pero en realidad, mi inquietud y admiración por el personaje se remonta a los años en que fui presidente municipal de Altotonga, del uno de diciembre de 1979 al 30 de noviembre de 1982, hace ya la friolera de 33 años si nos referimos a la fecha de 1982, o 36 si tomamos como base el año de 1979. Son muchos años y muchos los recuerdos acumulados, pero en fin, lo importante es que ya está y en el devenir de los años aprende uno a valorar la vida y a sacarle provecho al placer de tenerla.

Altotonga, Ver., ciudad y municipio a la vez, ha tenido el privilegio de albergar en los anales de su larga historia desde culturas y civilizaciones prehispánicas del siglo IV de nuestra era, hasta una serie de personajes ilustres que lo ligan y han ligado a la historia del país a través de los siglos y puede vanagloriarse, si la palabra es la adecuada, de haber dado a la patria, a la sociedad en su conjunto, una pléyade de hombres y mujeres ilustres que vieron su primera luz en esta hermosa y fecunda tierra de verdes intensos, matices multicolores, aguas cristalinas y neblina constante, como Francisco Javier Gómez Bello, joven oficial de las milicias urbanas virreinales, capitán, mayor, teniente coronel, coronel, general de brigada y presbítero al servicio de sus feligreses, tanto en Atzalan como aquí en su amado pueblo. A la inversa de muchos clérigos, que entre 1810 y 1815 tomaron las armas para enarbolar la bandera de la independencia bajo el seudónimo de “Los Nacionales”, él primero fue militar, hizo la guerra, formó parte de la XI División del Ejército Trigarante y, en mayo de 1821, participó y fue el artífice de la batalla y defensa de la Villa de Córdoba, bastión de patria donde en agosto de 1821 se firmarían los Tratados de Córdoba, y posteriormente, varios años después de haber servido a la patria en la carrera de las armas, licenciado y dado de baja por motu proprio, escogió el camino del sacerdocio, al que estaba llamado desde su niñez.

Una vida y una época por demás fascinantes, trascendentes en nuestro devenir histórico, es lo que quien se aventure a leer mis líneas encontrará en ¡Quién vive!, novela histórica de corte gótico escrita de manera quebrada y en dos épocas: la contemporánea y la histórica, en la primera mitad del siglo diecinueve. El amor, el desamor, el ocultismo, el misterio, lo sobrenatural, lo cotidiano, la guerra, el odio, los sentimientos, la amistad, la paternidad, los aparecidos y los fantasmas, el campo, las cosechas, la gastronomía, las costumbres, la fidelidad y la religiosidad, todo bordando esta bella historia sobre la vida de un ser humano excepcional, sensible, noble, apasionado, contradictorio, ciudadano del siglo XIX que nos dejó un legado luminoso a todos, los altotonguenses en especial: que la vida es bella, merece vivirse y hay que saberse entregar con pasión, a cabalidad, en todas y cada una de las distintas circunstancias que vivamos, y que desde Altotonga, faro luminoso, puerto natural entre montañas, donde sube el norte y corre el sur, se puede soñar y trascender hoy y siempre.

Fernando de la Luz







Bajó la niebla,
la misma que sube y baja
arrastrada por el aire
que la sacó de su cauce
desde el fondo del río,
del lago,
                             del mar,
cuando el sol en el cenit
la hizo vapor
y la puso a flotar.
La misma que arrastró consigo
los recuerdos del tiempo y
trajo, de las tierras bajas,
aromas de marismas.
Adormilada en su regazo,
remontó la cordillera tierra adentro
hilando sus redes de viento
salpicadas de rocío,
descendiendo lentamente sobre nuestras
conciencias
para dejarnos,
en una bocanada húmeda y fría,
historias que contar…

 

Uno

Martes 21 de marzo de 1843

 —¿Quién vive? —preguntó el celador en la espesura de la niebla y su voz se esfumó en el silencio.

El valle, majestuoso y prolongado, se extiende sin límites al encuentro de las tierras bajas. Una delgada capa de bruma viste de mansedumbre al paisaje, asomándose, entre peñascos y zacate, los esquivos montículos de arena gris que eructó el volcán y que el viento, de cuando en cuando, cambia de ubicación para guardar los secretos de los senderos y extraviar en un laberinto interminable al enemigo. Aquí no hay mojonera que resista el paso inevitable del viento y la monotonía del terreno lo apaña todo en un manto gris que cubre el horizonte; solo y majestuoso, del lado derecho, el cerro del Pizarro se alza en el silencio del amanecer. A lo lejos, un suave zumbido arrastra las madejas de breñales y huizaches que, enlazados, juguetean por el llano borrando a su paso las pisadas furtivas y los cascos de los caballos. Sólo el viento deambula por aquellas soledades mientras deja escapar las notas dolientes de su flauta al escurrirse entre magueyes, cactus e izotes; sopla y con él los recuerdos fluyen refrescando la memoria.

¿Por dónde llegó? Nadie a ciencia cierta supo, cuando lo vieron ya estaba ahí, al pie del foso, frente a la puerta, con todo y el mozo de estribo que cargaba consigo un gran morral con todos los ornamentos y utensilios de su ministerio, confundiéndose con la opacidad de su propia sombra en medio de aquel ambiente oscuro y escurridizo, donde se desplazaban de manera vertiginosa las ráfagas de lluvia menuda vestidas de blanca neblina, como dóciles bailarinas a merced del viento.   

Aquella madrugada en que la primavera sólo entró de facto, la lluvia arreció por espacio de tres horas y al terminar, la niebla procedente del norte, de la región de Altotonga, cubrió todo el valle y avanzó con rapidez por entre los torreones de piedra que destilaban su humedad hacia el foso azolvado de arena que se tragaba los goterones de agua sin dejar rastro y sin hacer ruido; sólo el viento frío y persistente que había llegado hacía veinte días no cesaba de soplar y se escurría por las rendijas de las chozas aledañas a la fortaleza de San Carlos.

Una luz mortecina chisporroteaba dentro de una farola que pendía de uno de los torreones y apenas dejaba ver la silueta de un hombre que caminaba por la parte superior de la fortaleza a manera de rondín; de repente, como quien avista algo a lontananza, se detuvo y a través de la espesa bruma adivinó las figuras de dos jinetes.

—¿Quién vive? —de nueva cuenta preguntó el celador, ahora con más fuerza y esta vez, su voz atravesó la espesa niebla más allá del puente levadizo y sus palabras fueron escuchadas entre el frío viento que soplaba del norte.

—El cura coadjutor de Altotonga —respondió con voz grave y sonora para hacerse escuchar aquel jinete que, montado en un potro tordillo porcelano, se sacudía con fuerza el capisayo 1 que le protegía de la lluvia y se acomodaba su sombrero de palma, mientras el corcel vaporizaba su cansancio a través de sus ollares, resoplando con fuerza al repiquetear sus cascos sobre las losas de la calzada del puente y aquellos “¿quién vive?” lo remitieron de inmediato a las inmediaciones de Boquilla de Piedras el jueves 12 de diciembre de 1816, y presentes aquellas imágenes le removieron los recuerdos de veintisiete años atrás.

—¿Quién vive? —gritó Francisco Javier Gómez, y uno a uno sus hombres respondían: “Yo, Tomás; yo, Joaquín; yo, Plácido; yo, Cutberto; yo, Simón”, y así hasta contar treinta, de los treinta y cinco que habían venido; el resto, los otros cinco, yacían mezclados con los nacionales y, promediando la edad de los caídos, apenas frisaban los diecinueve años.

Desde el 18 de noviembre habían salido ya casi oscureciendo para no ser vistos, y por el camino de las cuevas pronto pasaron Atzalan y se enfilaron hacia Alseseca. La cita era el 22 de noviembre en un paraje dieciséis leguas al sur de Nautla; dejando Tlapacoyan a la izquierda, se movieron con gran acierto hacia la derecha, al oriente, para alcanzar la zona aledaña a Misantla esquivando la sierra se enfilaron hacia donde nace el Barlovento,  un punto cercano a Palma Sola; iban ganosos cuesta abajo y el camino se les hacía ligero al encuentro de las fuerzas del comandante Carlos de Llorente, con quienes se iban a integrar en las inmediaciones de El Morro, ya en la costa como refuerzo para desmantelar una fortificación donde se guardaba armamento y municiones que adquirían los insurreccionados en pos de la independencia, también conocidos como “los nacionales” por quienes les combatían. Los refuerzos incluían algunos destacamentos de Teziutlán, Jalacingo, Atzalan y Tlapacoyan, que por diversas circunstancias habían sido comisionados a otros puntos y con los cuales nunca se encontraron; además, un correo los había alcanzado dándoles la instrucción de que permanecieran alejados de las inmediaciones de Misantla, dentro de los llanos de la meseta interior hasta nuevo aviso; pues la población permanecía en poder de los nacionales desde 1812 y podrían ser sorprendidos . Al final, después de haber permanecido ahí por varios días, en compañía de dos guías y un sargento de las fuerzas de Llorente acantonadas en Tuxpan que prestaba los servicios de inteligencia y era buen rastreador porque conocía la región como la palma de su mano, decidieron proseguir su camino tierra adentro para no ser vistos, guardando siempre una distancia prudente y caminando de manera paralela al litoral; llegaron solos porque se consideró que para los requerimientos del ataque y el número de rebeldes que según información fidedigna permanecían resguardando el pequeño fuerte aledaño al puerto, treinta y cinco hombres eran más que suficiente y éstos, aunque nuevos en el oficio, tenían la ventaja de ser leales a la corona porque entre ellos no había ningún nacional indultado.

Boquilla de Piedras, objetivo escogido para la triunfal batalla, había sido recuperada por los nacionales apenas ocho días antes, el 4 de diciembre, después del certero golpe que les asestara el 24 de noviembre el comandante José Antonio Rincón, donde se había destacado el joven capitán realista Antonio López de Santa Anna y Pérez Lebrón, quien a todas luces se desenvolvía de manera independiente como si no formara parte del mismo contingente realista, pues apareció de repente a bordo de un ligero bajel del correo que hacía la ruta Veracruz-La Habana; hábilmente había convencido a su capitán para aquella intrépida incursión y tras la victoria, no vio motivo para permanecer en el lugar e ignorando abiertamente las órdenes de su superior decidió regresar a rendir cuentas a su cuartel de Boca del Río, donde su destacamento residía de manera habitual.

Los nacionales, al acecho y a salto de mata, pues en la batalla del 24 de noviembre habían perdido a su jefe, el coronel Villapinto, se habían replegado y mantenido a la expectativa en las regiones aledañas al pequeño puerto, como estrategia deliberada para no ver aún más mermadas sus fuerzas y tener que enfrentar otra incursión realista de casi trescientos soldados que sabían se dirigían hacia ellos con la finalidad de cerrarles el paso hacia el norte y capturar a Guadalupe Victoria, a quien suponían ahí de camino al encuentro previsto con Francisco Javier Mina en tierras de la Nueva Santander; una vez retirados éstos y dejado el lugar bajo el resguardo de muy pocos hombres, retomaron la plaza con facilidad. La movilidad y estrategia de los distintos contingentes en pugna era desconcertante, en menos de 15 días Boquilla de Piedras, en poder de los nacionales, había sido tomada violentamente por las fuerzas realistas y nuevamente recuperada por aquéllos.

El pequeño puerto de cabotaje, conocido desde la época prehispánica y consignado en el Códice Misantla como Ayotlán “lugar de tortugas”, más que un poblado, era un enclave dedicado específicamente al tráfico de armas que la guerra de independencia había propiciado, y el caserío disperso de chozas de bejuco y palma aparecía y desaparecía a voluntad de los fuertes nortes que periódicamente lo azotaban de noviembre a mayo. Ese día, desde temprano, la brisa constante y el ambiente húmedo y pegajoso le imprimieron un toque distintivo al escenario; el sol en el cenit marca la hora del ataque, mientras algunos filibusteros, ya de partida, se internan mar adentro. Llegó la hora, y entre disparos de mosquete, asalto a mano armada y el estallido de un barril de pólvora, que desde una catapulta improvisada lanzaron los intrépidos y temerarios soldados de la compañía de Altotonga, irrumpieron en el campamento de los nacionales, donde el ajetreo de contar el parque y empacarlo los había abstraído de la realidad circundante, además de que a esa hora no esperaban a nadie; bueno, un descuido de los vigías a cualquiera se le iba y los recién llegados, nuevos en el oficio, estaban ansiosos de acción. El desconcierto, ave de buen augurio, les dio la victoria y espada en mano se trenzaron en la lucha. “¡Clávasela con fuerza!, ¡déjasela ir!, ¡sin miedo!; aquí no hay cupo para los cobardes o los indecisos. Disparen, que no les tiemble la mano, son ellos o nosotros; con energía, duro, duro, el golpe tiene que ser contundente, entiérraselo bien, no le des oportunidad a que te lo contesten porque entonces serás hombre muerto” —arengaba el teniente Gómez a sus compañeros con el afán de infundirles ánimo; él mismo se desconocía en estos menesteres y no sabía de dónde sacaba fuerzas. Y sin pensarlo, atravesó a un soldado con su espada y lo dejó clavado en la arena; al infeliz le brotaba sangre a borbotones por un costado y se murió con los ojos abiertos. De pronto, su pasada inclinación por el sacerdocio removió su lado compasivo e hizo su aparición en el momento menos indicado:¿Por qué?, ¿por qué tenía que morir tan joven, casi un niño, para defender una plaza tan codiciada? ¡Lástima!, tendría dieciséis años y todo un futuro por delante, no así el destino; esto de la guerra no le estaba gustando nada y lo peor, matarse entre gente de la misma comarca, de la misma región, raza y creencias.

Mientras anonadado hacía un gran esfuerzo para evitar este tipo de razonamientos a la hora de la batalla, meditaba estas cosas con el estómago revuelto, en segundos giró sobre sus talones y apenas alcanzó a esquivar una lanza que pasó rozándole la oreja derecha; sacando con fuerza la espada enterrada en su contrincante muerto, con escalofrío se dio cuenta de que aún respiraba y exhaló un profundo suspiro al momento de sacársela; de inmediato, en una exhalación, con su espada le cercenó el brazo al negro que había tratado de ensartarlo en su lanza, al mismo tiempo que con la mano izquierda disparaba su pistola; después de todo en estos casos ser ambidiestro era una gran ventaja. Todo sucedía en milésimas de segundo y lo mismo había que saltar que tirarse al piso o hacerse el muerto. ¿Para qué y a honra de quién? ¿Del rey? Estaba muy lejos para pelear por él y lo peor de todo es que ya había muerto muchísima gente en esta guerra: miles y miles de soldados del ejército virreinal, cientos de miles de nacionales y mucha más gente de los pueblos y ciudades del centro del país, inocentes que morían acribillados como moscas, mujeres violadas sin compasión en el asalto a los pueblos y nada cambiaba. Habían venido hasta acá, a las entrañas mismas de la costa de Barlovento, a combatir nada menos que a un fantasma que andaba a salto de mata y era experto en escabullirse y refugiarse en cuevas recónditas: Guadalupe Victoria, pero ni con él ni con sus seguidores se toparon jamás.

Tenía apenas diecisiete años, recordaba, cuando estando en el Seminario Menor en Puebla se supo del estallido violento en Dolores, San Miguel el Grande y Guanajuato; también se hablaba del señor Miguel Hidalgo y Costilla y varios clérigos más que andaban metidos en la rebelión, quienes, como dignos émulos de los bárbaros, arrasaban todo a su paso y asesinaban a diestra y siniestra sembrando el terror. El asedio y toma de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, había sido un verdadero holocausto, se decía, donde habían sido sacrificados todos sus ocupantes. Como escarmiento a esta masacre, al ser fusilados los líderes de esta primera insurrección habían colgado sus cabezas en cada una de las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, en aquella infortunada  ciudad. Dos años más tarde se hablaba de ello con insistencia y cierta preocupación, tal vez por la cercanía de la ciudad de Puebla con los territorios donde se movían las huestes de don José María Morelos y Pavón y sus lugartenientes, don Mariano Matamoros, cura de Jantetelco, y don Hermenegildo Galeana; se comentaba también el orden y la disciplina que reinaban en esos ejércitos, especialmente los comandados por el padre Matamoros. Tiempo después, cuando a fines de diciembre de 1815apresaron a Morelos, lo juzgaron y fusilaron, la cosa se había calmado un poco, como que la guerra se estaba acabando y las noticias que corrían de boca en boca dejaban en claro que el gobierno no estaba dispuesto a tolerar más insurrecciones, sobre todo estando al frente del virreinato don Félix María Calleja.

Entre la infinidad de folletos, hojas sueltas, panfletos y algunos ejemplares raros del Despertador Americano, El Sud, El Pensador Americano, El Ilustrador Nacional y El Correo Americano del Sur, considerados como piezas de acceso muy restringido aptas sólo para personas con muy amplio criterio, que guardaba en sus anales la biblioteca del seminario, recordó que en alguna ocasión en que de manera furtiva se introdujo a ésta a altas horas de la noche, pudo hojear y enterarse de importantes testimonios escritos, como Los Elementos Constitucionales, de Ignacio López Rayón, y El Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, que hablaba de libertad, de un gobierno democrático y de la organización de un gobierno republicano; algo había captado y entendido del porqué de estas guerras tan cruentas en que estaban enfrascados. También en su provincia, Veracruz, existían varios párrocos comprometidos con la guerra de independencia, lo sabía de buena fuente, y hasta Altotonga habían llegado las noticias de la lucha que sostenían el padre Juan Moctezuma y Cortés, de la región de Zongolica, y el padre Mariano de la Fuente y Alarcón, párroco del pueblo de Maltrata pero oriundo de Atzalan, de ahí cerquita de Altotonga; casi su paisano, podría decirse. 

Vaya enredo en el que estaban metidos porque ahí, en ese momento, o matas o te matan. ¡Qué dilema! La ley de la selva, de la sobrevivencia, pero en fin, no había lugar para las cavilaciones, había que darle duro y ganar, a eso habían venido cruzando las montañas, la selva, los pantanos, arriesgándolo todo para dejar muy en alto el nombre de los Libres de Altotonga, y su flamante teniente lo sabía. Cuando se presentó como voluntario en marzo de 1816, el capitán Zamora le preguntó: —¿Tienes los cojones bien puestos?, ¿sabes golpear duro, dar fuertes puñetazos? Lo demás se aprende con el tiempo, es cosa de entrenamiento, pero el carácter, o lo tienes o no sirves para esto; aquí tienes que ser chingón porque esto de la milicia no es cosa de mujeres y aun así, las hay que harían mejor papel que muchos hombres; además, tienes que tomar en cuenta que no siempre estaremos destacamentados aquí en el pueblo, habrá ocasiones en que salgamos lejos si la superioridad nos lo pide y tendremos que afrontar peligros inimaginables.

Y hoy, a más de nueve meses de pertenecer orgullosamente a la compañía de los Libres de Altotonga, la guerra se presentaba descarnada, incoherente y cruel, en una realidad aislada donde nada se conseguía de inmediato y mucho menos se reflejaba en los pequeños pueblos y villas de aquella región serrano-costeña del centro norte de la provincia de Veracruz.

De entrada, al lanzar ellos algunas antorchas encendidas con brea ardieron todas las chozas de palma y bajareque, y desde la empalizada, al pie de los manglares, un grupo de rebeldes parapetados disparaba con certera puntería sobre ellos, que agazapados entre los médanos esquivaban las balas y urdían la estratagema adecuada para caer sobre el pequeño fuerte, donde, para su sorpresa, unos cuantos resistían el ataque. Dando un largo rodeo por el estero, Francisco Javier y diez de sus hombres se situaron al otro lado de la empalizada, y aventando con fuerza otro barril de pólvora con una mecha larga encendida hicieron estallar el considerable arsenal que ahí se guardaba; todo explotó en segundos sacudiendo la zona entera, que de repente se vio encendida en una llamarada gigante donde aquella pirotecnia improvisada iluminó de más el ya de por sí soleado día, dejando sin vida a quienes lo defendían con éxito al principio. Después del estallido vino la calma y un silencio hueco con olor a azufre se cernió sobre los cuerpos mutilados que, desperdigados por la playa, la habían impregnado de sangre como símbolo inequívoco de la victoria y, por qué no, también de la derrota. Un viento tibio venido del mar arrinconó contra los manglares el hedor a muerte; sólo los cangrejos husmeaban en el horizonte mientras arriba en el cielo, con el preludio de la tarde, los zopilotes revoloteaban. 

Los sesenta y cinco integrantes de las milicias urbanas virreinales, que apenas en marzo de ese año de 1816 se habían alistado en el villorrio deseosos de preservar la integridad de sus familias y cuidar de la seguridad de su pueblo, estaban ansiosos por entrar en acción, aunque jamás hubieran participado en batalla alguna; del total, sólo treinta y cinco hombres, al mando del teniente Gómez Bello, se habían aventurado, a petición de los militares de carrera, más allá de sus casas, lejos, hasta la costa, en auxilio de los destacamentos regulares del ejército virreinal, para cortar el abastecimiento de armas que de manera regular entraba por ese pequeño puerto, célebre precisamente por eso; era la primera vez que salían más allá de las veinte leguas de su pueblo.

Salvo el capitán Zamora, quien los comandaba y había pertenecido al regimiento de dragones de la reina, todos eran prácticamente hijos de familia; lo mismo eran hijos de comerciantes acomodados, como Francisco Javier, que desempeñaban un oficio en el pueblo, como herreros, sastres, albañiles, agricultores, carpinteros, boticarios, panaderos y jornaleros en general, quienes,  ayudados por alguien que los patrocinaba, se habían inscrito a esta peculiar milicia. Ellos mismos o su patrocinador, según el caso, tenían que hacerse de su rifle, pistola, sable, machete o lanza, y por supuesto, de su caballo, si no, ¿cómo estarían en igualdad de circunstancias que los integrantes del ejército regular? No, el caballo era indispensable y les daba la connotación de verdaderos guerreros, de hombres de a caballo; ya lo decían los refranes que circulaban entre la tropa: A caballo van los hombres, en mula los alcahuetes, en burro los más ojetes y los pendejos a pata. Y el otro: Caballo, pistola y mujer, buenos o no tener. Todos procuraban montar caballos, potros o yeguas; las mulas las dejaban para transportar la carga y el avituallamiento necesario, como municiones, alimentos, agua y las utilísimas carpas de campaña, y uno que otro burro a falta de mulas o machos; nadie quería ser etiquetado de alcahuete u ojete, mucho menos de pendejo, así que si no había forma de tener una buena montura mejor ni se alistaban. 

Dos horas de asedio, tiroteo y las estruendosas explosiones de pólvora bastaron para que este pequeño contingente de noveles guerreros, venidos de las tierras altas cercanas a los valles del altiplano, debutaran con buenas cuentas en su haber. Para ser su primera batalla el balance les era favorable; cinco muertos eran nada comparados con la desolación que habían sembrado en el bando contrario.

—¿Por qué, Dios mío, por qué? —se escuchaba como un murmullo generalizado, y moviendo la cabeza sin consuelo alguno, todos, incluso los que habían salido con algunas heridas, se dieron a la tarea de cavar y cavar fosas en la arena, entre más profundas mejor, y al unísono, como un acto de caridad acordado de manera solidaria, decidieron darle sepultura no sólo a los suyos, que eran los menos, sino a todos los del bando contrario, que escasamente llegaban a veinte, entre los que había niños y niñas de ocho años, hijos de un matrimonio de esclavos fugitivos que hacían pie de casa a quienes custodiaban aquel desventurado fortín, que funcionaba como bodega para la pólvora y las armas que desembarcaban con cierta frecuencia lo mismo piratas jamaiquinos que comerciantes de Nueva Orleáns y traficantes ingleses, y servía de mesón para aquellos insurgentes que continuamente se aventuraban hasta la desembocadura del río Pánuco. El fuerte desprotegido fue presa fácil, pues el grueso del contingente insurgente, una vez recuperado el lugar y descargado el armamento y la pólvora que esperaban, había partido con Victoria al frente hacia Tuxpan en busca de noticias frescas de la aventura que Francisco Javier Mina había emprendido en Londres a instancias de fray Servando Teresa de Mier, y hasta donde sabían se encontraba ya en los litorales de la provincia de la Nueva Santander, abajo de la desembocadura del río Bravo.

Cinco muertos no eran muchos, pero ¿y el sargento Santiago? A todo esto, ¿dónde estaba Santiago? —Se vino con el grupo que rodeamos el estero y después de la explosión ya no lo volví a ver —comentó Francisco Javier—. Si fue con nosotros, debería estar aquí, ahí siempre estuvimos a salvo de las balas y cuando la explosión fue total, nos guarecimos entre el bosque de palmeras; de no ser así debo entender que se quedó frente a la línea de fuego, pues tenía verdaderos deseos de entrar en acción. Busquémoslo entre los muertos y hagamos bien el recuento.

Hecho esto, sólo arrojaba la cifra de cuatro: los hermanos Méndez, los hijos del panadero; Refugio Martínez, el herrero, y Apolonio Juárez, aparcero originario de Champilico. ¿Y Santiago?, ¿dónde estaba?

El estero, ¿sería posible?, pensó, y en segundos peinaba palmo a palmo el tramo recorrido tanto por tierra como por agua. ¡Qué mala jugada!, venir de tan lejos para morir ahogado, se dijo Francisco Javier, y la mera verdad había una explicación de peso para el hecho y todo apuntaba hacia allá: no sabía nadar. ¿Y si alguno de los lagartos que habían visto en la laguna ya había dado buena cuenta de él? No, Dios permitiría que no, porque ¿qué iba a ser de la pobre de su madre y de sus hermanos, para quienes Santiago era todo su sustento? Además se lo había encargado personalmente a él, que era su primo y le llevaba con cuatro años, pues Santiago se había alistado con la ilusión de que una vez que causara alta en la milicia urbana, luego accedería al ejército virreinal de planta, donde los sueldos de los oficiales no eran nada despreciables. De pronto, entre los gruesos tallos del manglar vio el cuerpo exhausto de Santiago que yacía enredado entre ramas y raíces, aunque a su favor tenía el hecho de que al iniciarse el asalto la marea estaba en franco descenso. Tal vez, tal vez no estaba del todo ahogado, pero no había que cantar victoria. Lo cargaron hasta la playa y ahí, dándole respiración de boca a boca, se dio el milagro: logró respirar después de arrojar varias bocanadas de agua salada; medio muerto todavía, vivo a medias, respiraba con dificultad tirado sobre un petate al inicio del atardecer.

—Hay que hacerle una parihuela y llevárnoslo en este momento, lo mismo que a nuestros cuatro difuntos. ¿Qué dirán nuestras gentes si los dejamos acá, lejos de su camposanto y de las tumbas de sus mayores? —les comentó el joven teniente Gómez—. Ánimo, muchachos, somos veinticinco los que salimos ilesos, sin herida alguna y entre todos podemos lograrlo; en dos jornadas llegaremos a Altotonga y que se adelanten dos vigías para preparar a las familias de nuestros malogrados compañeros.

Antes de sepultar a los caídos del bando contrario, Francisco Javier ya había pensado en pronunciar una oración y encomendarle las almas al Señor, pidiéndole de rodillas perdón. Perdón por haber venido a matar hermanos: criollos, mestizos, mulatos y negros, pero hermanos al fin. Vaya entrada a la guerra, vaya bautizo de fuego en la carrera de las armas, si se hubiera quedado en Puebla, en el Palafoxiano, ya casi fuera sacerdote y no estaría aquí en medio de esta infamia a la que llamaban guerra en defensa de la paz, del orden establecido, de la tranquilidad. ¿De quién?, ¿la tranquilidad de quién?

Tú no sirves para la milicia, Francisco Javier —solía repetirle con insistencia su padre, don Pedro Gómez, cada vez que tenía oportunidad—. Para la milicia yo, siempre fui todo un hidalgo; por eso abandoné Málaga, crucé el océano y conquisté estas tierras para ustedes, siempre triunfador, vencedor y la gente me respeta, me teme, porque sé imponerme, mandar. Tú no, hijo mío, no tienes alma de hidalgo, de soldado, más bien de rezandero, y si para eso estabas predestinado te hubieras quedado en Puebla, que finalmente tu hermano Pedro, como mayor que es, ya me ayuda desde hace un buen tiempo con los asuntos de la casa, del comercio, de las tierras, del ganado; hasta de tu madre y de tus hermanas se encarga cuando no estoy.

Parece que lo estuviera viendo, de pie junto a su gran retrato al óleo presidiendo el salón principal. Su padre, altivo y prepotente, por quien los indígenas y campesinos de la zona sentían el mayor de los desprecios y a quien apodaban el “gachupín colorado”, por los sacos y chaquetas de paño color grana que eran sus prendas favoritas, siempre en su papel de señor de horca y cuchillo. A su madre, todo lo contrario: la servidumbre entera la adoraba y entre los peones de la hacienda, varios de ellos eran sus ahijados. ¡Pobre!, pensaba cuando recordaba lo que le habían contado de él: una niñez en la orfandad total lo empujó hasta las costas de Nueva España y no tenía más amigo y fe que el dinero, por eso le gustaba el comercio; compraba barato y vendía caro y no le importaba pasar por encima de quien fuera con tal de lograr sus fines y amasar una considerable fortuna. En el pueblo nadie le igualaba: las mejores tierras, las mejores casas, la tienda mejor surtida, el ganado mejor, todo era de él y sin embargo —su madre siempre le comentaba— era un hombre solitario que a fuerza de trabajo se había labrado un porvenir; no tenía parientes, ni lejanos ni cercanos, ni aquí en Nueva España ni allá en España, porque aparte de ser hijo natural y haber sido negado por su padre, una vez consolidada su fortuna y posición tuvo necesidad de comprar hasta los blasones que ostentaba para presumir de prosapia y abolengo, pues en Málaga la peste había terminado con toda la familia de su madre y había tenido que inventarse un linaje, pues de hecho su condición de bastardo le había acarreado ciertos problemas en Atzalan, cuando al solicitarla en matrimonio le exigieron un certificado de limpieza de sangre, mismo que sorteó poniendo como obstáculo para cumplir en tiempo y forma la enorme distancia entre las provincias de Málaga y Veracruz.

De verdad qué fastidio tener que aguantar las recriminaciones de quien lo había engendrado y todo por haberse inclinado por el sacerdocio desde niño y oponerse al trato déspota e inhumano que les daba a los peones de la hacienda ¿Por qué se ensañaba con él, por qué, Dios mío?, se cuestionaba una y otra vez. ¿Por recriminarle su comportamiento con la gente humilde y los indígenas?, ¿por haberse ido a estudiar a Puebla en contra de su voluntad y luego dejar los estudios a medias? Su padre tenía que entender que si había regresado a Altotonga lo había hecho motivado por la situación de la guerra y su preocupación por ellos, su familia. Una cosa era que tuviera interés en ayudarlos y sumarse a las tareas de la defensa de su pueblo, y otra, la renuncia a sus estudios en el seminario, adonde pensaba, en un futuro no lejano, regresar. Era natural, cualquier joven inquieto lo haría y él no era la excepción. Y otra era la tozudez de su padre, empeñado en estarle recordando cosas amargas, cuestiones por ventilarse, pero como fuera, pensaba, no resultaba nada agradable que el recuerdo de las desavenencias entre ambos se entrometiera en medio de la escaramuza que había cobrado varias vidas de manera injusta, mucho menos habiéndose él decidido a abrazar el camino de las armas por complacerlo; realmente el hostigamiento de su padre hacia él era injusto, lo sabía, pero también tenía claro que así era y no cambiaría nunca, pareciera que disfrutaba el hecho de estarlo molestando. Pero por qué le recriminaba cosas que no venían al caso, como la de que lo suyo no era la milicia sino el clero, cuando su madre le decía que su padre siempre había sido de la opinión de que Pedro, el hijo mayor, fuera militar y él, el menor, se consagrara a Dios. Además, esto de Boquilla de Piedras nada tenía que ver con su deserción temporal del seminario. ¡Qué cosas! En aquellas aciagas circunstancias prefería invocar la memoria de su santa madre, que siempre lo tenía presente en sus oraciones, lo aguardaba con ansia y le daba ánimos para todo lo que emprendía; pensándola, apretó con su mano derecha la imagen de su medalla de plata de la virgen de Guadalupe que ella le había impuesto y por arte de magia los malos augurios se esfumaron.  

Terminadas las fosas era menester enterrar a los muertos y todos los integrantes de la compañía estuvieron de acuerdo en que el indicado para hacer la oración era Francisco Javier, como él ya lo había pensado, por su preparación y los años que había cursado en el Instituto Palafoxiano de Puebla. —Si alguien sabe rezar eres tú, Francisco —le dijo Cutberto—, y si vamos a rezar, si vamos a pedir por el eterno descanso de estas pobres almas hay que hacerlo ya, aunque pienso que en realidad la plegaria debería ser por todos nosotros, que aún seguimos aquí y hemos dado muerte a estos infelices que no se lo esperaban, mucho menos las pobres criaturitas.

Pues lo que haya que hacer hagámoslo ya, porque el tiempo se nos viene encima, no vaya a ser que el estruendo de la pólvora haya sido escuchado muy lejos y los hombres que resguardaban esta guarnición regresen y su superioridad numérica nos aniquile —y poniéndose de rodillas todos, Francisco Javier, muy en su papel de jefe, dio inicio a aquel extraño rito, en el que una partida de integrantes de las milicias urbanas virreinales daban cristiana sepultura a sus contrincantes insurgentes: “Dios todopoderoso, misericordioso, acoge en tu santo seno a estas almas que te enviamos, Señor; discúlpanos, Señor, hemos violado tu cuarto mandamiento y olvidado tus santas enseñanzas; apartándonos de tu camino hemos pecado, porque está visto que éste no es el camino de la paz ni de la reconciliación; no, aunque nos hayan mandado a combatir hasta acá argumentándonos que veníamos a defender la paz y tranquilidad de nuestros hogares, no Señor, ¿qué mal habían cometido estas criaturas para merecer esta muerte tan infame, tan innecesaria?, ¿a qué tirano estamos sirviendo?, ¿de quién estamos salvando la honra?, ¿de reyes espurios en tierras extrañas, a más de mes y medio de navegación? Perdónanos, Señor, por haber venido a cometer este atropello, y llévate contigo las almas de estos hombres, mujeres y niños y de nuestros cuatro compañeros que ofrendaron su vida en pos de la defensa de sus seres queridos, de sus tierras, de su pueblo, adonde los hemos de llevar para darles cristiana sepultura, amén”.

El silencio se hizo total, cada uno podía escuchar con claridad su propio resuello mientras el aire movía con suavidad las palmeras y comenzaban a verse las estrellas. A lontananza, Venus brillaba en un cielo mitad azul, mitad rojizo y se escurría por el suelo un olor a quemado, a pólvora, a refriega apagada. En medio del silencio, tras la oración, ya de salida hacia las tierras altas, el llanto cristalino de una criatura irrumpió con fuerza al final de la empalizada que aún ardía y se había convertido en una enorme brasa avivada por el aire. —¿Quién vive?, ¿hay alguien ahí? —preguntó Francisco Javier con voz fuerte, mientras  inspeccionaba con cautela el lugar en compañía de dos de sus hombres. No lejos del destruido fortín, una joven mujer tendida de lado entre unos arbustos, herida de muerte, sostenía a una niña recién nacida en su regazo, quien infructuosamente trataba de succionar leche de aquellos pechos todavía tibios mientras la sangre que manaba de su espalda se mezclaba con la arena. “¡Piedad, buen hombre, piedad! Salve a mí hijita, salve a la criatura, sálvela por caridad”, exclamó con voz apagada aquella joven mujer de tez muy blanca y cabellera pelirroja, y sin poder responderle por la serie de sentimientos encontrados que se agolparon en su corazón al contemplar la escena, le apretó la mano con fuerza en señal de aceptación y al permanecer ahí, arrodillado a su lado en espera del desenlace, pudo percatarse de sus finas facciones y del verde intenso de sus ojos; no llegaba a los dieciocho años y la guerra la arrancaba de su pequeña. ¿Quién sería?, ¿cómo se llamaba? En aquellas circunstancias era difícil saberlo; al expirar le cerró los ojos con sus manos y levantó del suelo a la niña.

Ya de noche, antes de partir, hubo que cavar una fosa más. Decidió enterrarla lejos de las demás sepulturas, al pie de una robusta haya que, cosa curiosa, había enraizado de manera sorprendente muy cerca de los médanos de la playa y se erguía con majestuosidad como atalaya desafiante. Antes de darle sepultura al malogrado y bello cuerpo, le desprendió del cuello una resplandeciente medalla de plata con la imagen de la virgen de Guadalupe, que de inmediato le fue familiar. “Es igualita a la mía”, musitó despacio, y al santiguarse con ella pudo leer en el anverso de la misma, sobre el borde, el nombre de Esmeralda a un lado del versículo 20 del Salmo 147, NONFECIT TALITER OMNINATIONI. Por unos instantes la comparó con la suya y comprobó que en realidad eran idénticas, tenían la misma fecha, 1794; después se la guardó en la bolsa de su chaqueta.

¿Quién sería el esposo de esta bella mujer?, se preguntaba y no daba crédito a que una criatura tan bella estuviera abandonada en este recóndito fuerte y más aún que hubiera tenido a una bebita tan linda. ¿Estaría el esposo entre los muertos sepultados? A juzgar por los cuerpos regados después de la explosión, le parecía que no; unos eran muy jóvenes y otros, la mayoría, eran negros, mestizos y mulatos y dos o tres indígenas puros; no, ninguno de ellos pudo haber sido su marido. ¿Dónde estaba el padre de esa preciosa niña, ahora responsabilidad suya?, se cuestionaba. Y ya para amortajar bien el cuerpo, desprendió del dedo anular de la mano izquierda de aquella hermosa mujer la argolla matrimonial que ostentaba, la cual debía, con seguridad, contener algún indicio del padre de la pequeña; la colocó con sumo cuidado en una bolsa que por dentro tenía su chaqueta, haciéndose la promesa de guardarla con todo recelo hasta que la niña creciera y poder entregársela junto con la medalla, pues ahora le pertenecían a ella.

Después de cavilar y cavilar, cavó la fosa a cierta distancia de las demás, lo bastante profunda para que los animales de rapiña no la desenterraran, dado lo suelto de la arena, delimitándola con una serie de ramas de palmera para que se notara bien el sitio, pensando en cómo hacer visible la sepultura y dejar una huella indeleble que fácilmente identificara el esposo de esta desdichada mujer, que en la flor de la vida dejaba de existir de una manera tan cruel, tan inservible para nadie. ¿A honra de qué y de quién? Qué pena, qué situación tan terrible y desoladora. Y así fue como sobre el tronco de la haya grabó una cruz con su nombre y la fecha del triste suceso; una vez hecho esto se dio a la tarea de moldear con una pala la tierra y arena hasta formar un túmulo que no dejara duda de que eso era una tumba.

Al terminar, de pie, aspiró una profunda bocanada de aire que le supo salobre; sus grandes ojos negros comenzaron a sollozar en silencio y su barbilla, notoriamente partida, temblaba levemente tratando de contener aquellas lágrimas, mientras sus ensortijados cabellos color caoba se movían al compás del viento enmarcando su afable rostro de óvalo suave, nariz recta y labios delgados de sonrisa pronta, que le daban un aire de frescura y jovialidad que acentuaba su negro lunar en la mejilla derecha y lo distinguía de los otros muchachos, además de la blancura de su piel, su buena estatura y su atlética figura, que denotaban su buena crianza  y la holgura de su posición económica. Recién había cumplido los veintitrés años el pasado 4 de octubre y sin embargo podía pasar por un joven de diecisiete. Bien se lo decía su madre, doña Francisca Bello: “Eres tragaños, mi hijito, y con esa carita sonriente se te resbala el tiempo que pasa en vano, y mira que siendo de buena talla, a ti te queda ese dicho campirano muy de las gentes de acá de nuestro rumbo: ‘caballo chiquito, siempre potrito’”.  

—Joaquín —preguntó Francisco Javier a uno de sus soldados, ya con la niña en brazos—, ¿qué día de la semana es hoy?

—Jueves, mi teniente; la fecha, 12 de diciembre de 1816 —dijo con certeza el hombre—. Tan lo tengo presente, que lamento no estar en Altotonga para la celebración, la misa, la verbena, el palo encebado y las carreras de listones. ¡Lástima!, ya será el próximo año. —Sí, si es que Dios nos presta vida —asintió Francisco Javier—; por lo pronto, de ésta ya nos salvamos.

Como obedeciendo una orden, con la niña en brazos se encaminó hasta la orilla del mar y, cogiendo un poco de espuma del agua salada, con la mano le hizo la señal de la cruz sobre la frente y en voz baja musitó: En el mar surgió la vida y a su lado el Señor te la ha dado a ti y tu madre me ha confiado su más grande tesoro: tú; Dios te guarde, pequeña. Y santiguándose le pidió al creador que le diera la fortaleza necesaria para cumplir con esa sagrada misión que acababa de aceptar. Dándole un beso a la niña se dirigió hacia su caballo, se acomodó con todo y ella, y espoleándolo con suavidad se internó por los senderos por donde habían llegado al amanecer. “Guadalupe, te llamarás Guadalupe, naciste en su día y ella te salvó”. Y haciéndole un guiño a la pequeña aceleró el paso, al tiempo que la luna llena les iluminaba el camino.

Habiendo realizado dos escalas obligadas, casi sin parar y al borde del colapso, todos derrengados después de  veinticuatro horas seguidas de camino, llegaron a las afueras de Santa María de Tlapacoyan y decidieron acampar en la margen derecha del río Alseseca, justo al lado de una casona solariega aledaña a unos corrales cercados con madera repletos de cabras, donde una familia numerosa, por lo que se veía, además de criar gallinas y guajolotes elaboraba queso, producto de primera necesidad en la región y muy cotizado en el mercado. Quien en realidad requería de la mayor atención dentro de aquel maltrecho grupo de soldados era Guadalupe, la pequeña de escasas veinticuatro horas de nacida.

—¿Soldados aquí, en mis tierras, al lado de mi hogar, a honra de qué? —musitó desde el pórtico de su casa Matilde, una matrona entrada en años que pronto se dio cuenta de la situación y advirtió, tras el sudor y la mugre, la juventud de aquellos rostros maltrechos que se dormían parados. Francisco Javier se adelantó y con toda cortesía se presentó y le explicó a aquella buena mujer la situación en que se encontraban, y cómo, ya de regreso, habían decidido acampar sin antes pedir la venia de los dueños de aquellos terrenos, sobre todo porque se habían dado cuenta de que podían no ser bienvenidos. —Disculpe su merced el atrevimiento, ¿podría darnos posada? —le dijo Francisco Javier, saliendo a su encuentro con una sonrisa franca y una pequeña reverencia.

—Pero hombre, eso se da por sentado, muchacho —le contestó la mujer y abriendo sus grandes ojos, sorprendida al verlo, le preguntó: —Oye, ¿no me irás a decir que has ido a la guerra con una criatura de brazos?

—No, no sólo de brazos, doña, sino recién nacida.

Y tras las explicaciones de en qué condiciones se había hecho cargo de la niña, Matilde cogió a la pequeña con ternura y después de revisarla minuciosamente se dio cuenta de  que, además de un buen baño, la criatura necesitaba comer. Mientras en una palangana de madera le dio un refrescante baño, le encargó a uno de sus hijos que ordeñara una de las cabras y mezclando la leche con una infusión de hierbabuena y manzanilla, se las ingenió con un viejo cuerno de vaca pulido con diminutas perforaciones en la punta que guardaba en su alacena, el cual dejaba filtrar el tibio líquido que la pequeña deglutía sorbo a sorbo, como si supiera que de ello dependía su supervivencia. —A esta muñeca hay que conseguirle una nodriza o habilitar dos o tres cuernos de vaca para pasarlos por agua hirviendo y desinfectarlos, y tener a la mano cera de colmena para sellar la punta cada vez que deje de mamar —expresó Matilde con autoridad y conocimiento de causa—. Yo podría conseguirle una nodriza, lo único difícil es que la mujer no vive aquí; bueno —rectificó—, no vive tan cerca.

—¿Dónde, buena mujer, dónde vive esa nodriza? —terció el teniente Gómez mostrando interés, mientras contemplaba embelesado cómo aquella hermosa pequeña bebía la leche que con tanto amor le proporcionaba Matilde y se aferraba a la vida. —¡Huy!, vive en la congregación de Alseseca, cercana a la villa de Atzalan; ¿sabe?, es mi ahijada y acaba de dar a luz a un varoncito hace cosa de quince días y tiene mucha leche, tanta, que se le inflaman los pechos porque el pequeño le chupa muy poco.

—¿En Alseseca?, ¿cerca de Atzalan? —expresó sorprendido Francisco Javier—. Nosotros somos de Altotonga, vamos para allá, doña Matilde, no sea mala, acompáñenos para que nos recomiende.

—No, hijo, cómo crees, ¿y quién cuidará de mis críos? ¿No ves que todavía tengo dos menores de cinco años y mi marido falta desde hace dos? Aquí me las arreglo yo sola con mis chamacos mayores, que son quienes me ayudan, y además acabo de regresar de allá; yo la atendí de su parto y tú ya quieres que vaya de vuelta. ¿Y mi casa, el queso, mis hijos? —le replicaba Matilde, cargada de razones.

—Ándele, anímese, yo me comprometo a llevarla y traerla y no me voy a dar por mal servido; hasta le prometo obsequiarle un par de cabras de muy buena raza, Toggenburg, de las que mi padre tiene en su finca. Anímese, no sea malita, Guadalupe se lo agradecerá eternamente —le decía el joven teniente, que lucía desaliñado y ojeroso—. Oiga, y pasando a otra cosa, ¿no habrá aquí en el pueblo gavillas de insurgentes, de alzados?

—No, hijo, no, aquí sólo están los de la milicia del pueblo. Y a todo esto, no todos, porque una partida salió rumbo a San José Acateno a traer unas mulas que les prometieron; Jacinto, mi hijo mayor, se alistó con ellos y por eso sé que salieron, pero regresan hoy por la noche, sólo quedan el cabo y unos cuantos; los otros están francos, de licencia, porque apenas hace un mes tuvieron un enfrentamiento con unos alzados en Plan de Arroyos. Ya ves, aquí primero todos éramos insurgentes y luego, con eso de los indultos y tanta matazón, la gente se cansó, pues lo mismo nos chingaban los del ejército que los alzados, hasta que se creó la milicia urbana de Tlapacoyan. A mi difunto marido lo asesinaron esos malditos alzados que dizque luchan por la independencia, la libertad y son puras mentiras, patrañas, lo único que son es una sarta de bandidos infames que asesinan por gusto, roban, violan; sabrá Dios a dónde vamos a llegar con tanto desorden. Como dice el señor cura, matar por matar no es efecto de barbarie, sino de malignidad —comentaba Matilde con tristeza al recordar tantos acontecimientos tristes, tantas muertes inútiles—. Así que ustedes también son de la milicia, ¿y de dónde vienen tan ultrajados, heridos? ¿De muy lejos?

—Sí, somos parte de la milicia urbana de Altotonga, pero nos comisionaron a llevar a cabo una acción militar en Boquilla de Piedras y de allá venimos.

—¿De Boquilla de Piedras, hijo? Eso está muy lejos de aquí, según sé es adelante de Tecolutla, a la altura de Papantla; muy lejos realmente. ¿Y cómo se animaron a dejar desprotegido su pueblo? Además todos ustedes se ven rete tiernitos, de a tiro jovencitos —y mientras hablaba y hablaba los miraba con ojos de madre, compasiva.

—No, sólo fuimos treinta cinco, casi la mitad, los otros se quedaron en Altotonga, y cumplido nuestro cometido ya vamos de regreso, pero no quisimos parar hasta sentirnos más o menos seguros y cerciorarnos de que nadie nos seguía; aquí podemos decir que ya nos sentimos como en casa y si usted no se opone, quisiéramos descansar un buen rato. Sólo se nos adelantaron dos soldados y el sargento Santiago, que llevan la encomienda de llegar luego porque transportan a cuatro compañeros que murieron en el ataque al fuerte de Boquilla de Piedras y peligra que se descompongan sus cuerpos.

—¡Ave María purísima! —dijo Matilde santiguándose—, pobres criaturas. ¿Y qué tienen que andar ustedes tan lejos? Esos trabajos déjenselos al ejército, para eso le pagan, esa es su función. Mira, yo encantada de que se queden aquí, cerca del río, pero habrías de ir al pueblo y solicitarle a la autoridad que los auxilien con algunos víveres; yo voy al día y aunque quisiera, como ayer fue día de plaza y día de la virgen, gracias a Dios vendí toda la producción que tenía de queso y algo de piloncillo de un trapiche que tengo por el rumbo de Novara; pero si se avienen a los frijolitos, tortillas y salsa que puedo ofrecerles, con mucho gusto los acepto. Pero ve, preséntate, que sepan que están aquí en santa paz, ya ves luego cómo es la gente, no faltará quien vaya con el chisme al señor cura o al juez y luego hasta manden tocar las campanas como alarma, con eso de que contingentes van y vienen, ya no sabe uno ni qué pensar; por eso cuando los vi llegar me fui con tiento y cuando llegaste tú con la criatura en brazos me dije: pero si son unos chamacos todos y traen unas caras de no haber dormido hace dos o tres días.

—Pues no anda tan errada, doña —le dijo Francisco Javier, al tiempo que le agradecía su hospitalidad y sus consejos.

—Y a todo esto, ¿de qué familia de Altotonga eres?, a lo mejor la conozco o por lo menos he oído hablar de ella, pues mi esposo, Raimundo Salazar Méndez, que en paz descanse, era peninsular, español. Por cierto, hacía tratos con un comerciante de allá muy adinerado de nombre Pedro Gómez, oriundo de Málaga, quien, según me contaba, compraba muy bien el ganado cebado. Según platicaba mi marido, ese Pedro Gómez         es algo especial, muy adinerado, sí, pero con una fama de canijo y cabrón para tratar a la gente, en particular a sus criados, y no se diga de los naturales, porque no los puede ni ver; bueno, dicen, o mejor dicho, decía mi difunto esposo. ¡Ah!, y además, qué te cuento, ese tal Pedro es tan rico, tan rico, que aquí en Santa María de Tlapacoyanrenta o usufructa, a la mala, creo, porque no es de él, una de las haciendas más grandes que existen en la región; dicen que sus tierras llegan hasta Nautla, ¿cómo ves? Esas tierras formaban parte de la famosa Hacienda de Larios y Malpica. Yo ni lo conozco, o mejor dicho, creo que sí lo vi en una o dos ocasiones nada más, el que tenía tratos con él era mi difunto marido. A la propiedad de la que te hablo ahora se le conoce como San Joaquín El Jobo y está aquí muy cerca, mis tierras lindan con ella. Ahí mero comienza El Jobo —dijo señalándole una vereda que serpenteaba el camino, paralela al río—; tiene una serie de construcciones y casonas muy bonitas, bueno, hasta una iglesia precisamente dedicada a San Joaquín, ¿te imaginas?, además de grandes extensiones de tierra sembradas de caña de azúcar. Hacen piloncillo y aguardiente, que es lo que más se vende, también tiene sembradíos de tabaco, por cierto de muy buena calidad, y la casa principal es amplia y muy bonita, lástima que no la habite nadie; como los dueños, dueños, los legítimos, viven hasta Teziutlán y son muy chamacos–a los que cuidan y que precisamente les paga ese señor Gómez del que te platico–, les importa muy poco. Ah, pero  fíjate, como ya te decía, ese Pedro Gómez es tremendo, el tipo es muy audaz, él tiene aquí pegado a mis tierras otro rancho, que bien podría ser una hacienda, al cual llama “El Encanto”, cercano a la hermosa poza que queda aquí a un pasito, lleno, repleto de puro cedro y caoba. Esas tierras se las vendió mi difunto marido y colindan con las nuestras, pero él explota El Jobo como si fueran tierras de su propiedad, pero dicen algunos por ahí, los más enterados, que les paga renta a los hijos o nietos del difunto don Francisco de la Torre. ¡Ve tú a saber si sea cierto!, con lo canijo que es; dicen que cuando viene nunca avisa, llega de improviso y en más de una ocasión les cayó por sorpresa a sus criados, que aserraban varios árboles de manera clandestina; como quien dice “los agarró con las manos en la masa”. Cuentan que en una ocasión mató a tres abigeos que se llevaban el ganado para San José Acateno. Él viene poco, pero tiene tres caporales que son el mismo diablo. Cierto día, hace ya casi ocho años de esto que te cuento, cuando no había nada de guerras ni gente alzada, ni el alboroto que reina hoy en día —comenzó a platicarle Matilde con lujo de detalles, pues una vez que comenzaba a hablar no había quien la parara—, acompañé a mi esposo a Altotonga a cobrar unas cuentas y a dejar unos novillos, pero a la hora de la hora ni llegué, me quedé en casa de una comadre que tengo en Atzalan.

—¿Su marido era ganadero? ¿Y usted por qué se dedica nada más a las cabras?

—Mi marido se dedicaba a todo: comerciante, agricultor, ganadero, tracalero, a todo, y tenía buena mano para los negocios, pero muerto él, los ranchos están abandonados, mis hijos todavía son chicos y el mayor, como ya te dije, se alistó con “los libres” de aquí, por lo menos para tener cierta protección; ya vendrán —le respondió Matilde con simpatía, con el ánimo de seguir haciéndole plática—. Oye, pero no has contestado mi pregunta, ¿de qué familia eres?

—No me lo va a creer, doña Matilde —le dijo sonriendo Francisco Javier—, soy Gómez, hijo del mismísimo diablo, del Pedro que usted mencionó.

—Santo cielo, qué bueno que no hablé mal de él, ¿o sí? A lo mejor ya metí la pata. Bueno, yo sólo sé lo que contaba mi difunto marido, también él era tremendo con sus peones —dijo la mujer sonriendo de manera pícara, tapándose con las manos la cara, que se le puso roja roja como manzana—. Pero tú estás muy joven, ¿cuántos años tienes? —dijo de manera apresurada y nerviosa al percatarse que había hablado de más—. Pues en aquella ocasión que te platiqué, cuando me quedé en Atzalan, un jovencito como de dieciocho años, muy apuesto por cierto, de nombre Pedro y que dijo ser hijo del señor Pedro Gómez, llegó con unos mozos para arriar el ganado; tú le das un aire, pero él tenía el cabello rubio, ¿será acaso tu hermano? Todo esto que te platico ya hace buen rato que sucedió, pues entonces yo tenía pocos años de casada —dijo Matilde exhalando un suspiro.

—Bueno, entre Pedro y yo hay una diferencia de doce años y ciertamente él tiene el cabello muy rubio; tanto así que parece platinado, como si tuviera canas y apenas acaba de cumplir treinta y cinco años. ¿Cómo ve, doña, nos parecemos mi hermano y yo, o sólo tenemos un aire de familia? Y dígame —agregó de manera insistente y a bocajarro Francisco Javier—, ¿acaso se habla mal de mi padre?

—No, hombre de Dios, ¿cómo crees? —se apresuró a contestarle al tiempo que se santiguaba para exorcizar los malos pensamientos—. Tú no te preocupes, hijo, todos los peninsulares tienen algo de hidalgos y de conquistadores; siempre conservan ese dejo de superioridad mal entendida y por el simple hecho de haber nacido allá creen que su palabra es la única que tiene validez, y aunque hayan llegado, como decimos aquí, “con una mano atrás y otra adelante”, se sienten superiores; lo que sí hay que reconocerles es que son unos burros para el trabajo, y tratándose de hacer fortuna, de verdad saben cómo hacerla. Por cierto, tiempo después de la visita a Atzalan que te platiqué, tu hermano Pedro venía con frecuencia por acá a hacer los cobros de la madera que vendía el capataz y en dos ocasiones, cuando aún vivía mi marido, comió con nosotros. Precisamente él fue quien en nombre de tu padre vino a recibir las tierras de El Encanto. Y a todo esto, ¿por qué no llegaste a San Joaquín El Jobo si tú eres casi el patroncito? Ahí la casa es muy amplia, tienen hasta una iglesia como te decía y los árboles, frondosos, enmarcan bellamente los alrededores de las casas; tiene un buen pozo y en los potreros cercanos abunda el pasto para las bestias, pues no hace mucho, tu padre en persona, creo, sacó el ganado ya cebado para el rumbo de Teziutlán.

—No, doña, no crea que no lo pensé, pero como yo he venido una sola vez a esa finca no conozco muy bien el camino, y además el capataz que está de encargado es un tipo agrio, no me llevo con él —le contestó Francisco Javier sin ocultar una pequeña sonrisa en los labios que le provocaba el hecho de ver a aquella mujer angustiada al percatarse de que había hablado de más.

—Esta linda criatura que te ha traído la guerra —dijo de manera enfática, tratando de cambiar el hilo conductor de la charla— ya comió y se ha quedado profundamente dormida, déjame que la acueste en mi cama y tú date un baño y descansa, que la mañana se va, la cocina está vacía y ustedes no han comido. Si traen algo de bastimento y quieren calentarlo pueden tomar leña, de ésa que está estibada, ya después me parten una poca a mí para reponer los palos que utilicen.

Y diciendo esto la mujer se metió a la casa con la niña en brazos y se decía para sí: qué chiquito es el mundo, qué chiquito, y qué bueno que no había continuado externando opiniones negativas de don Pedro, porque bien que se acordaba de lo que le comentaba su marido: “Este Pedro, mi paisano, no es mala persona, pero con los indios y campesinos es bien cabrón, al grado que le dicen, según sé, ‘el gachupín colorado’, y soltó una risita burlona al acordarse. Matilde recostó a la niña mientras Francisco Javier y algunos compañeros se dirigieron hacia el río en busca de un chapuzón que les volviera el alma al cuerpo, para después de comer algo caliente tirarse una siesta hasta el amanecer y ganarle la carrera al sol porque debían apurar el paso, pues de ahí en adelante la subida constante a las tierras altas era pesada y tenían el compromiso de llegar a tiempo para que, reunida la compañía completa, pudieran rendirles las merecidas honras fúnebres a los compañeros caídos en Boquilla de Piedras, los primeros héroes del contingente los Libres de Altotonga.

De madrugada, Francisco Javier, ya de camino rumbo a Altotonga, se despidió de Matilde y le suplicó que se quedara con la niña unos días; él, después de los funerales que les aguardaban a la llegada, regresaría por Guadalupe. Además, sabía bien que ahí, con esa mujer y en medio de una familia estable, estaría bien por lo pronto y se evitaría los fríos del invierno, ya en puerta. El alimento que de manera diligente le preparaba Matilde parecía haberle caído bien, ya con calma buscaría a la nodriza o le pediría a su madre que se hiciera cargo de ella. —Yo regreso, doña, no vaya a creer que le voy a dejar a usted el compromiso de la niña; no, eso no, de ninguna manera —le aseguró—, sólo deme tiempo, quince días a lo sumo y regreso por la niña; no me daré por mal servido y no crea que se me ha olvidado lo de las cabras.

—Ve con Dios, que aquí te esperará tu criatura — le dijo—, porque es tuya y no se te olvide que te la encomendó nuestra Madre Santísima de Guadalupe en su aniversario; las cosas no pasan así porque sí, por algo pasan, por algo —y dándole la bendición lo vio partir al frente de sus hombres.

Por el camino, Francisco Javier cavilaba la enorme responsabilidad que tenía frente a él al haber recogido a Guadalupe, a quien, cuando fuera mayorcita, tendría que contarle lo sucedido ese 12 de diciembre de 1816, cuando asaltaron el fuerte de Boquilla de Piedras y en el que nadie, pese a lo acordado, se presentó como refuerzo del ejército virreinal. De haber habido quien resguardara el fuerte tal vez hubieran sucumbido todos, pensaba ensimismado mientras su caballo avanzaba pesadamente la subida hacia Alseseca. Lo que más le podía era la muerte de cuatro de sus hombres, y más que sus hombres, cuatro de sus amigos, con quienes había convivido desde niño y a quienes de verdad apreciaba. Ellos ya se habían marchado y habían dado la vida por lo que creían era una causa justa, pero él se repetía una y otra vez: “¿causa justa para quién, para qué?”. Y mientras, pensaba lo que estarían sintiendo los padres de sus amigos, porque ya a esas horas, se decía a sí mismo, los cuerpos debían haber sido entregados a sus familiares y por más que se contenía, que trataba de hacerse el fuerte, no podía ocultar su tristeza, sus ojos lloraban sin cesar.    

Qué escena aquella, cinco días antes haber visto partir a los hijos llenos de entusiasmo rumbo a la batalla, con la esperanza de que fuera la última al destruir aquel reducto de abastecimiento de armas y municiones, y ahora, en plena madrugada, se presentaba el sargento Santiago Agapito con los cuerpos de los muchachos envueltos en sendos petates sobre el lomo de una corpulenta mula barcina: Víctor del lado izquierdo y Francisco del derecho. El padre, acostumbrado a madrugar por su trabajo, se topó con ellos al abrir el zaguán de la panadería; la madre se enteró mucho después, una vez que el panadero, habiéndose despachado una botella entera de aguardiente, se dio el valor de aceptar el hecho y de comunicárselo a quien les había dado la vida.

—Quiero verlos, Pancho, quiero verlos —insistió aquella mujer, joven aún, desecha por dentro pero llena de entereza—; lo bueno es que los niños están dormidos todavía y no se enterarán por ahora, no quiero que sus hermanitos los recuerden así, amortajados en un petate y sucios del viaje. Dentro de nuestra tragedia el Señor ha sido benévolo con nosotros al enviarnos este invierno tan frío, pues así mis niños podrán durar un poco más con nosotros sin que se descompongan sus cuerpos, yo los voy a arreglar y a vestir para que se vean guapos y todo el que quiera venir a verlos los contemple como eran —y al tiempo que decía esto, la pobre mujer rompió a llorar y en su desesperación abrazaba a uno y luego a otro, y con todo su amor de madre limpió las heridas que ambos tenían en el pecho—. ¿Por qué, Dios mío, por qué?¿Por qué, Señor? —repetía sin cesar—.Tantas ilusiones acariciadas, ¿para qué? —poco a poco se fue calmando y de buena gana aceptó un vaso de aguardiente que le ofreció su marido y un té de hojas amargas que una buena vecina le preparó.

Don Pancho, ayudado por algunos familiares, tendió los cuerpos de los muchachos en dos catres que tenía en el cuarto donde guardaban la leña y su mujer, solícita, en la cocina puso a calentar dos grandes peroles de cobre con agua. —Los voy a bañar —le dijo— y los cambiaré con ropa limpia como lo hacía cuando todavía los bañaba yo para mandarlos a la escuela y a la doctrina.

A Víctor no le gustaba el agua fría, a Francisco sí, y armándose de valor, tratando de contener las lágrimas que le escurrían hasta el suelo, uno a uno los bañó y frotó sus cuerpos con un paño suave mojado con agua caliente impregnada de esencia de rosas de castilla que ella misma preparaba durante la primavera .

—Mis niños, mis niños —se decía a sí misma en voz alta, moviendo la cabeza en señal de reclamo y a la vez de resignación—. Toda una vida de sacrificios, de privaciones, de anhelos por alcanzar, ¿para qué Señor, para qué?, ¿acaso no merecían mis hijos la suerte de sus compañeros de armas que salieron ilesos?, ¿por qué a ellos, por qué? Y en segundos, su corazón de madre recorría los distintos momentos felices en la vida de sus hijos. Ellos, recordaba, desde el principio se alistaron como voluntarios, nadie los obligó y nada los amedrentó, ni sus lágrimas, para que no se alistaran. Su padre estaba orgulloso de ellos y con gusto había contratado a dos jóvenes para que los suplieran en la panadería, pues los dos, junto con su padre, hacían gran parte del pan que consumía el pueblo. Una vez que los hubo bañado y ungido con loción y aceite, don Pancho le ayudó a vestirlos y en el portal de la casa improvisaron un pequeño altar, donde expusieron los cuerpos para recibir las condolencias de los vecinos. Víctor y Francisco eran ahijados de bautizo de don Pedro Gómez y de doña Francisca Bello de Gómez, los padres de Francisco Javier, y apenas iban a cumplir dieciocho años el 23 de diciembre. 

—Nacieron el día de Santa Victoria Virgen, por eso, al primero que nació de los gemelos le pusimos Víctor y al segundo, el nombre de mi esposo, Francisco —comentaba Zenaida, la afligida madre, que tuvo que explicarles a sus hijos pequeños lo que les había sucedido a sus hermanos en aquella descabellada guerra.

Ese día, los ayudantes de Pancho y dos de sus hijos menores, los más grandecitos, uno de trece años y el otro por cumplir los quince, hornearon por partida triple pues había que ofrecer galletas, polvorones, quesadillas y hogazas de pan con pulque, miel y queso de cabra al pueblo entero, que los acompañaría en el duelo. El cuerpo de Cuquito Martínez, el herrero, lo habían pasado a dejar a Talixco, en las inmediaciones de la Hacienda de la Santa Cruz, donde vivía con su muy anciana abuela, quien nunca se percató de lo sucedido; los vecinos se encargaron del cuerpo y lo velaron en la capilla del lugar.

Ya casi amaneciendo los restos del cuerpo de Apolonio Juárez llegaron a Champilico, ante la consternación de quienes bajaban a Altotonga a misa de siete bajo la tupida lluvia de un fuerte norte  que acentuaba el frío e hizo que todos sacaran de sus casas los capisayos, guardados tras los prolongados soles del estío que habían secado las mazorcas dentro del totomoxtle mismo, pues ahí, como en toda tierra húmeda, la costumbre era doblar la caña sobre el surco en lugar de amogotarlo en montones y dejar secar las mazorcas. Una procesión solemne se improvisó y acompañó al cuerpo del bueno de Apolonio hasta la entrada de su casa. El frío arreció y arreció tanto que la niebla bajaba en forma de escarcha; así pudieron, durante dos días más, celebrar los funerales de todos con calma, habiendo decidido la comunidad entera que a los cuerpos de los cuatro caídos en el asalto al fuerte de Boquilla de Piedras se les diera santa sepultura en el espacioso atrio de la pequeña capilla de Santa María Magdalena de Altotonga, que hacía las veces de camposanto para la cristiana sepultura de los fieles.

Antes del entierro, en la fría mañana del lunes 16 de diciembre de 1816, los cortejos de los cuatro difuntos desfilaron a través de la loma: el de Apolonio, proveniente de Champilico, se unió al de Refugio, que venía desde Talixco, y el de los hermanos Méndez subió hasta la loma para encontrarlos y bajar desde ahí en procesión hasta el templo, donde el párroco de Atzalan hubo de oficiar la misa al aire libre ante la imposibilidad de que cupiera tanta gente, pues asistieron no sólo del pueblo, sino de las congregaciones y rancherías circunvecinas. Al descender los ataúdes a sus respectivas fosas un lamento plañidero inundó el ambiente estremeciendo los sentimientos de los cientos de almas congregadas ahí, quienes unidas en oración encendieron sus velas al momento que una copiosa nevada vestía el paisaje de blanco, como rito de purificación por el eterno descanso de aquellos cuatro héroes que Altotonga aportaba a la pacificación de la región en aras de frenar un poco tanta sangre derramada. La pequeña campana del templo repicaba a duelo y sus notas se confundían con los sonidos emitidos por las campanas de las capillas vecinas de la Asunción, al final de la loma, la del Señor Santiago al sur, en la parte alta, y la de la Santa Cruz, cercana a Talixco, que de manera coordinada tañían a duelo sin cesar como póstumo homenaje a los caídos; el ambiente triste y melancólico que este constante tañer impuso, duró más de dos horas y media para luego perderse en la prematura oscuridad de una tarde al final del otoño.

Después del novenario y pasadas las navidades Francisco Javier bajó a Tlapacoyan como lo había prometido, no sin antes pasar a Alseseca a preguntar por la posible nodriza, argumentando que iba recomendado por doña Matilde, y quedó en traer a la pequeña a la vuelta. En ese viaje se hizo acompañar de Juan Cástulo, un niño indígena huérfano de la congregación de Juan Marcos que había crecido en su casa y era ahijado de su madre, doña Francisca, para que le ayudara con las dos mulas donde, en sendos huacales, viajaban las cabras prometidas. A Matilde le dio mucho gusto ver al teniente Gómez y le sorprendió lo importante que era para este joven militar el cumplimiento de la palabra empeñada.

—Aquí están las cabras, doña, son tres y están preñadas, parirán para febrero y además le he traído este cabrito para que lo críe y lo deje para garañón, así le cubrirá a todas sus cabras y mejorará la raza de su hato, ¿qué le parece? —le decía Francisco Javier mirándola fijamente a los ojos—. Cuando se lo prometí hace más de quince días no me creyó, ¿verdad? Y ahora, ¿qué le parece, le gustan los animales?

Matilde sonrió y abrazándolo le dijo: —Pero hijo, no era necesario, yo de mil amores cuidé a esta criaturita, que es un ángel. No sabes, aquí mis hijos todos se han encariñado con ella y se pelean por ordeñar a “la serrana”, la cabra que amamanta a tu hija.

—¿Mi hija? —reparó de inmediato Francisco Javier, sorprendido—. Oiga, pero si yo ni me he casado ni nada.

—¿Acaso se necesita ser casado para tener hijos? —repuso Matilde con cara de pícara—. Pero tu situación es otra y este angelito te lo mandaron Dios y la Virgen Santísima, así que es tu hija, te guste o no, y vete acostumbrando a ello. ¿O quieres que la niña con el tiempo se entere de que tú fuiste el oficial que encabezó el asalto al fuerte de Boquilla de Piedras donde murió su madre al apenas nacer ella? Yo mejor me haría a la idea desde ahorita de que la niña es propia, tu hija; total, a ti te la entregó su madre al morir, según me has platicado, ¿o no? Bueno, entonces acéptala como tal.

—Y todos los testigos que tengo de cómo fueron las cosas, ¿usted cree que no hablarán, que no contarán lo que pasó y así se construya tal vez, con el tiempo, hasta una leyenda sobre cómo llegó la niña a mi vida? —replicó Francisco Javier con cara de asombro.

—Pero para qué alegamos eso en este momento, mejor pasa, ven, te vas a sorprender ahora que la veas —le dijo la mujer animándolo a entrar, y tomándolo del brazo lo llevó hasta la cama—. Esta criaturita es de una hermosura que no tienes idea, mírala, cerciórate con tus propios ojos —y cargándola, la puso en sus brazos.

Realmente la pequeña era hermosa, tenía el cabello pelirrojo y los ojos se adivinaban que serían de un verde intenso. “Como los de su madre”, pensó Francisco Javier y un sinfín de emociones encontradas le nublaron los ojos. Boquilla de Piedras se hizo presente: la refriega, los muertos, el encuentro con la niña cuando la recogió del suelo junto al regazo de su madre, el entierro apresurado de la misma junto a un promontorio de tierra rojiza al pie de un haya gigantesca, donde con su navaja hizo una cruz sobre la corteza del tronco y con dos gruesos palos de mangle y una cuerda improvisó la cruz que clavó justo arriba de la sepultura. Llorando, la estrechó contra su pecho y la niña, como si supiera de quién se trataba, le dedicó una mirada expresiva, dulce, agradeciéndole que no la hubiera olvidado.

—Sabe, eh, sabe con quién está —le decía Matilde—. Ah, y otra cosa, ya no vas a necesitar una nodriza, te vas a llevar a “la serrana” porque su leche le ha caído de maravilla y ya te preparé tres juegos de cuernos, lavados, hervidos y todo, para que la amamanten sin problema; también llévate este frasco con cera de colmena para que tapes la punta del cuerno una vez que la niña haya comido. Ya tu madre te ayudará y te enseñará a cuidarla, que más bien creo que será ella quien se hará cargo de Guadalupe, ¿no te parece? Mira, muchacho —le señaló Matilde en tono solemne—, yo no soy pitonisa ni nada que se le parezca, pero una cosa sí te digo: fuiste a la guerra y saliste premiado, porque este angelito que te confió su madre al morir, será para ti y los tuyos bálsamo y alegría en tiempos aciagos.

Se hizo un silencio que rompió el llanto de Guadalupe reclamando alimento y Matilde, de inmediato,  habilitó todo: ella misma ordeñó a “la serrana” y mezclando la leche tibia con la infusión de manzanilla y hierbabuena, más una cucharadita de miel de abeja, le dio a Francisco Javier el cuerno ya listo y lo instruyó en cómo alimentar a su hija, que por lo pronto tendría que hacer este ritual cada cuatro horas y a medida que fuera creciendo írselo espaciando.

—Ah, se me olvidaba algo muy importante, jovencito —le dijo Matilde muy circunspecta, al tiempo que depositaba en sus manos una cajita de madera—; aquí va el ombligo de esta señorita, ya está bien seco, se desprendió solito y la niña ya no necesita más curaciones ahí; eso sí, lo que es muy importante es que durante un mes esté muy bien fajada. Te puse en la ropita que logré juntar de mis hijas cuando eran pequeñas, varios fajeros y dos docenas de pañales, una de manta de cielo, de puritito algodón, y otra de paño afelpadito, además de varias mantillas de trama de lana y algodón para que esté siempre bien abrigada, estamos en invierno y allá donde ella va a vivir hace mucho frío en estos meses, ¿o no?

La mujer hablaba y hablaba, daba instrucciones y explicaba con sumo cuidado hasta el más mínimo detalle. —Tú, aunque vives con tu madre y tendrás hermanas, me imagino, no sabes de estos menesteres, así que pon atención. Y a todo esto, te preguntarás: ¿y para qué me dio el ombligo de la niña esta señora? Pues aunque te suene extraño es muy importante que cuando llegues a tu casa, en un terreno cercano a la misma, en un jardín, por ejemplo, deposites la cajita que te he dado como símbolo de vínculo o dependencia con la tierra, con nuestra madre naturaleza y así ella, cuando sea grande, reconocerá a Altotonga como su tierra, se sentirá de ahí y establecerá ese preciado vínculo que nos hace querer el lugar donde está enterrado nuestro ombligo; cuando tenga sus propios hijos hará lo mismo y les infundirá el amor por su tierra. Te parecerán extrañas todas estas recomendaciones, en especial la de enterrar el ombligo, pero si no lo haces así la niña nunca se sentirá de ahí. Además hay que decírselos ya grandecitos, que sepan que su ombligo ha sido enterrado en la tierra donde viven.

Era admirable contemplar a Matilde disertar sobre todas esas cosas y sentir la enjundia con que las decía, cómo le salían del alma, no en balde estaba entregada a cuidar y hacer producir esa tierra donde sus padres habían enterrado su ombligo. Eran muchas instrucciones, consejos, recomendaciones para un joven de su edad, pensaba Francisco Javier, quien aún no se había comprometido con ninguna mujer y que por el momento no pensaba casarse, amén de la inquietud que le rondaba por regresar al seminario. Hasta altas horas de la noche charló de manera amena con aquella matrona que el destino había puesto en su vida y más que eso, en el sendero de Guadalupe, a quien no obstante las azarosas circunstancias de su nacimiento y la prematura orfandad en que había quedado, su madre del cielo, su patrona, de quien llevaba el nombre, le allanaba el camino y la vida parecía sonreírle.

Salió muy de madrugada con Guadalupe en brazos, “la serrana” en un huacal y Juan Cástulo y los enseres para la alimentación de la niña en la otra mula. Hicieron una escala obligada en Alseseca para que comiera Guadalupe y almorzaran ellos y a medio día divisaron la Hacienda de la Santa Cruz, al pie del lomerío suave de Talixco. El sol caía a plomo sobre los mogotes de maíz perfectamente alineados sobre los surcos, como soldados esperando órdenes, mientras el aire seco del sur se colaba hasta las entrañas mismas del totomoxtle secando la mazorca, que cada día que pasaba estaba más lista para la pizca. Sería un fin de año muy soleado, pensó Francisco Javier al contemplar el cielo aquel de un color azul intenso y sin ninguna nube; mientras siguiera el viento del sur y las heladas cubrieran de candelilla la tierra no habría nortes y el nuevo año prometía buenas cosechas; el tiempo tendía a estabilizarse. Una bocanada de aire le advirtió el dulce aroma del pan recién hecho, que le sacó un suspiro involuntario y le produjo una amplia sonrisa, que de manera inusitada le fue devuelta por la pequeña Guadalupe, que en la seguridad de sus brazos parecía advertir la proximidad de lo que sería su casa y de quienes serían sus parientes cercanos. Su madre los esperaba para hacerse cargo de la niña mientras a él le aguardaban varias batallas y enfrentamientos armados por venir, porque el país apenas estaba entrando en el surgimiento de su propio destino y aquel baño de sangre en Boquilla de Piedras había sido sólo el inicio de una batalla por ganar ya que a diario le plantearía nuevos retos la vida. 

¿Estaría su padre en casa?, se preguntó Francisco Javier ya en las inmediaciones de la hacienda. En el sepelio de sus compañeros fue el gran ausente, para variar; un viaje de negocios lo había llevado a Huamantla y en todo el tiempo que él permaneció en la hacienda, hasta antes de regresar a Tlapacoyan por Guadalupe, nunca volvió. Siempre estaba fuera emprendiendo algo o se perdía por buenas temporadas en sus viajes periódicos a Veracruz a traer mercancías o en sus largas estancias en El Jobo, donde llegaba a permanecer por espacio de dos meses, al punto que se rumoraba que ahí tenía una joven mulata por amante. Si no estaba en casa, cómo lo iba a recibir, ya su madre le relataría toda la aventura de Boquilla de Piedras, sabría lo de la niña; éstas y más cuestiones le inquietaban a medida que se acercaba. Al pasar frente a los macheros advirtió que no estaban los potros que solía montar su padre y cuando faltaban los dos era señal inequívoca de que andaba de viaje, pues siempre que salía lejos se llevaba los dos animales para cambiar de cabalgadura y los alternaba en sus largas jornadas. ¿Dónde andará?, se cuestionó Francisco Javier y una sensación extraña se apoderó de su cuerpo. ¿Le habría sucedido algo durante su ausencia y su madre se lo ocultaba? Ya eran muchos días de estar fuera para alguien que gustaba de pasar las fiestas decembrinas en familia, pensó, pero pronto sus dudas se disiparían.

—Te ves bien, hijo, te queda, serás un buen padre cuando tengas los tuyos —le dijo doña Francisca, su madre, parada en el pórtico de la casona—. Quién te iba a decir que la guerra te haría padre de sopetón, porque esta preciosidad ya estaba de Dios que estuviera bajo tu custodia. Eres afortunado, hijo, de todos los muchachos que marcharon a Boquilla de Piedras cuatro murieron y otros salieron mal heridos, pero tú, sólo con rasguños y magulladuras, recibiste esta bendición del cielo. Hay que cuidar mucho este tesoro —y tomando a la niña en sus brazos le dio un beso a su hijo en la mejilla y uno a la niña en la frente, y con él del brazo se introdujo hacia los amplios corredores, donde se les unieron Pedro, su hijo mayor, y sus dos hijas, Soledad y Rosario; por fin la familia volvía a estar completa, unida, aunque no por mucho tiempo. Bueno, casi, porque el jefe de la casa estaba fuera.

—Tu padre aún no llega y después de una ausencia de más de quince días he recibido una carta procedente de Huamantla, donde me dice que apenas llegó, una fuerte afección respiratoria lo tumbó en cama y convalece en casa de sus amigos los Bretón —le dijo doña Francisca a Francisco Javier, al leer en sus ojos la inquietud de no ver a su padre en casa—.Me ha dicho en esa misiva que no hay de qué preocuparse, que de peores enfermedades ha salido airoso y que pronto se nos unirá para las festividades de los Reyes Magos. Como ves, genio y figura hasta la sepultura. Y por cierto, te sorprenderá, pero por el único que me pregunta es por ti, ya habrá tiempo de que te muestre su carta. Y hay algo más a lo que no darás crédito: con el paquete que envió hay una envoltura de cuero que viene destinada a ti y sobre un trozo de pergamino, de su puño y letra, tu nombre con esa caligrafía inconfundible de tu padre; yo no lo podía creer cuando la tuve entre mis manos, no lo podía creer, te la daré mañana, con calma, pues ahorita lo que tengo es hambre, después de todo creo que aún hay tiempo para cenar, ¿o no?, ¿o acaso no te has percatado de cuál es el santoral del día de hoy?Bueno, de lo que queda del día de hoy —dijo Francisca con cierta nostalgia, al momento que lanzó un profundo suspiro—. Hoy es San Silvestre, hijo, es martes 31 de diciembre y a este 1816 sólo le quedan unas cuantas horas, así que dispongámonos a cenar como Dios manda en compañía de tus hermanos; ya Pedro fue a sacar del horno las piernas de cerdo y de cordero y mandó a dos arrieros por unos pastelillos a la panadería de mis compadres Francisco y Zenaida, que se empeñaron en obsequiarnos no obstante lo reciente de su pena y lo grande de su dolor. Yo les dije que se vinieran a cenar con nosotros y trajeran a los pequeños y quedaron de avisarme; tus hermanas se están encargando de los últimos detalles de la cena; pero antes, tendremos que dar gracias al Señor por todos los beneficios recibidos en este año, en especial el hecho de que hayas regresado sano y salvo de tu primera misión militar al frente de ese pequeño grupo de muchachos que fueron a exponer sus vidas y de los cuales lamentamos tanto, tanto que aún no lo creo, los cuatro decesos acaecidos. Ah, se me olvidaba decirte también —le comentó su madre a Francisco Javier— que he invitado al joven vicario de aquí de Atzalan, de la parroquia de San Andrés, el padre Marcos Valderrama, a quien tú conoces bien, a que nos acompañe a cenar y será él quien nos ayudará a hacer la oración de acción de gracias.

—¿Hoy es San Silvestre?, ¡qué barbaridad! y yo ignorante hasta del día en que vivo —le contestó Francisco Javier a su madre, quien absorta, contemplaba a la pequeña Guadalupe, a quien aquél sostenía entre sus brazos—. Hoy cumple mi pequeña diecinueve días de nacida; Apolonio, Refugio y los gemelos, Víctor y Francisco, cumplen diecinueve días de haber fallecido y yo, en estos diecinueve días, he vivido los días más intensos de mi vida, al grado de que, ahora sí, me siento mayor —y estrechando a la pequeña contra su pecho comenzó a sollozar sin poder contener las lágrimas—; perdón, perdón, los hombres no deben llorar.

—¿Y quién ha inventado tal cosa, hijo mío?, ¿quién?¡Dime! —expresó Francisca con voz airada—.Tú llora todo lo que quieras, porque eso significa que adentro, en lo más profundo de tu ser, de tu corazón, hay sentimientos, principios, así serás más hombre de verdad —y tomando a su hijo cariñosamente por los hombros, cambió la plática, dedicándole una mirada de ternura a la pequeña.

—Realmente esta criatura es muy hermosa, nada más hay que verla; los padres deben haber sido muy bien parecidos —comentó doña Francisca, dirigiéndole una mirada de ternura a la pequeña—. Y además —agregó—, debe pender de muy buena cuna, pero de hoy en adelante ostentará nuestros apellidos y habrá que bautizarle como buena cristiana. Y tú y yo, hijo mío, seremos los padrinos y juntos afrontaremos con gusto la alta responsabilidad que ello implica, y habrá que hacerlo de inmediato, no vaya a ser que tus deberes te reclamen y te lleven lejos de aquí por una buena temporada.

—Mire, madre, por ahorita no lo creo, aquí en los alrededores todo está tranquilo, sobre todo después de las batallas que libró en contra de los insurgentes el teniente coronel Fernando Miyares, que fue quien dispuso, antes de marcharse a España, quela misión más importante de las milicias de las poblaciones de Teziutlán, Jalacingo, Atzalan, Perote, las Minas y Las Vigas sería la de vigilar y crear un cerco efectivo para frenar la comunicación de los insurgentes de los llanos de Puebla con los insurgentes de Papantla comandados por Olarte, y de quienes controlan los accesos a Tuxpan, Boquilla de Piedras y Nautla, por donde reciben armas y todo tipo de pertrechos del extranjero. Acuérdese que precisamente nuestra misión consistió en eso —le comentó a su madre Francisco Javier, despreocupado, a sabiendas de que al menos en los tres o cuatro meses por venir no habría ninguna acción de guerra en la región—. Figúrese, ahorita de lo que están muy pendientes es del arribo del vasco Francisco Javier Mina, quien viene con una expedición de filibusteros desde Inglaterra, y quien quiere recibirlos para que refuercen sus maltrechos contingentes es Guadalupe Victoria; precisamente por eso en Boquilla de Piedras nosotros no lo encontramos, se había marchado a Tuxpan y qué bueno que fue así, imagínese qué hubiéramos hecho nosotros solos, porque nos dejaron solos, nunca nadie de la región de Papantla o Nautla nos auxilió. Dios estuvo de nuestro lado, porque aunque diezmadas, las fuerzas de Victoria nos hubieran aniquilado por completo ya que nos superaban en número y experiencia, ¿no cree?—siguió comentándole a su madre—;además, como lo supe después, ya que a mi llegada me lo comunicó el capitán Zamora, si ya el comandante José Antonio Rincón y el capitán López de Santa Anna, gentes muy allegadas al gobernador José García Dávila, habían reconquistado el sitio para dejarlo al día siguiente, no entiendo; ése fue su error, no dejar un contingente considerable ahí y luego permitieron que nosotros, ignorantes de todo lo que estaba sucediendo, llegáramos a matar gente inocente, que es la que siempre muere en estas guerras fratricidas; ahora bien, nosotros tampoco nos quedamos. Y venir a ver, ¡para qué!, ya todo mundo comenta que Boquilla de Piedras está en manos de los nacionales cuando algún cargamento está por llegar, fuera de eso no les interesa más. Ah, pero este capitán realista sí que es hábil, madre —siguió narrándole Francisco Javier—; según el guía que se nos unió en la boca de Tecolutla, Santa Anna llegó a bordo de un barco del correo, de esos a los que llaman “bajeles”, con un piquete de hombres; al grueso de su gente la había enviado con antelación bordeando la costa, sabedor de que él, por mar, los alcanzaría fácilmente; ¡qué audacia de tipo, ¿no?—le dijo, al tiempo que le daba un beso en la frente—. No se apure, madre, nos vamos a dedicar en cuerpo y alma a organizar el bautizo de Guadalupe, ya verá que todo saldrá muy bien.

Un oloroso aroma a frutas y a canela inundó el amplio salón contiguo al comedor de la casa donde charlaban Francisca y su hijo, señal de que el ponche estaba listo y las viandas dispuestas para aquella ocasión en que, por primera vez, Pedro Gómez faltaría a presidir la mesa; no era cualquier fecha, era un fin de año, de un año en que los ánimos guerreros de las maltrechas fuerzas insurgentes parecían haber comenzado a calmarse y las políticas de amnistía del virrey daban frutos al interior del país. Con Francisca a la cabecera, el padre Valderrama, Pedro, Francisco Javier, Soledad, Rosario y todos los sirvientes y mayordomos de la casa dieron inicio a la oración de acción de gracias y se dispusieron a cenar, dejando en el otro extremo de la cabecera de aquella gran mesa la silla vacía de Pedro Gómez Larrañaga, comerciante próspero, dueño y señor de las haciendas de Santa Cruz; San Luis, en Mecacalco; El Encanto, en Tlapacoyan, y arrendador de los terrenos de San Joaquín El Jobo, también en las cercanías de Santa María de Tlapacoyan; su ausencia se notaba.

 

 

Dos

Miércoles 1 de enero de 1817

Terminada la cena y la sobremesa, ya bien entrada la madrugada, no creyó prudente insistirle a su madre en la cuestión de la carta; estaría cansada y además, su reiteración lo iba a delatar frente a sus hermanos de que estaba inquieto y deseaba con ansiedad tener en sus manos aquel documento, ya que en sus 23 años de existencia su padre jamás había demostrado el menor interés por él, salvo la ocasión en que de niño estuvo a punto de morir de pulmonía después de una larga cabalgata de Teziutlán a la hacienda, en que les había llovido sobremanera. Francisco Javier, por olvido, no había llevado consigo ni gabán ni capisayo alguno, y él, padre desconsiderado e imprudente, había dejado a su hijo a merced de las inclemencias del clima, sin reparar en que le podría hacer daño; no le procuró ningún cobijo y cuando llegaron a Santa Cruz, el chamaco, entonces de ocho años, ardía en fiebre. Qué tiempos aquellos, se repetía a sí mismo, al tiempo que la obsesión aquella le martillaba la cabeza y no lo dejaba dormir.

¿Una carta para mí?, se repetía una y cien veces Francisco Javier, incrédulo todavía de que su padre, el orgulloso Pedro Gómez, se hubiera atrevido a vencer sus miedos y decidido a escribirle. Con Pedro, su hermano, había más que una total complicidad en todo, sólo bastaba con que cruzaran un par de miradas y entre ellos estaba todo arreglado; pero con él las cosas siempre habían sido distintas. Sin pensarlo más, a la mañana siguiente, presuroso, dejando en brazos de su hermana Soledad a la pequeña Guadalupe, se dirigió a las habitaciones de su madre antes de que a ésta, como lo sabía bien él, le diera por salirse a misa hasta el pequeño poblado de Atzalan, porque en la capilla aledaña a la hacienda sólo había misa los sábados a mediodía. Para su beneplácito la encontró y le suplicó que le hiciera el favor de entregarle esa misiva que le inquietaba tanto, al grado de no dejarlo dormir. Su madre, afanada en los preparativos del bautizo, hurgaba en el fondo de un baúl en busca de unas telas que había traído consigo de su último viaje a Veracruz; acababa de regresar del vecino pueblo de Atzalan, donde se había entrevistado con el párroco del templo de San Andrés.

—¿Y se puede saber, señora, que es todo ese desparpajo de telas y lienzos sobre su cama? Creí que no la iba a encontrar —le dijo con suavidad Francisco Javier, tratando de no sobresaltarla.

—Pues todo ese desparpajo de telas que ves servirán para hacerle un ropón a Guadalupe ahora que la llevemos a bautizar, y tendrá que ser pronto, pues las criaturas crecen con rapidez cada día que pasa y tú no pareces tener prisa en ello. Ya te lo dije, cualquier día tus deberes te sacan de casa y a esta niña le van a salir cuernos igual que a “la serrana” para complacencia del diablo, y eso de ninguna manera me parece bien. Ah, y por poquito y no me encuentras, acabo de llegar.

—No le digo, madre, con usted no se puede, ¿qué hace tan temprano levantada? Y no crea que no lo pensé, yo creí que no estaba, pero ya me había olvidado que se levantara tan temprano, casi madrugó. Y a todo esto, ¿no quedamos que el bautizo de Guadalupe aguardaría hasta el retorno de papá? —replicó Francisco Javier sorprendido—. Y habrá que explicarle todo lo relacionado con la niña, que en tanto no sepamos del paradero de su verdadero padre llevará mis apellidos, espero que no le incomode que por lo pronto lleve el Bello como segundo apellido, igual que yo —agregó, dándole a su madre un beso cariñoso en la frente.

—Bueno, sí, eso lo sé y así será, pero la confección de una prenda tan importante lleva tiempo y si no me doy prisa, con tanto quehacer en la casa, cuando me dé cuenta tu padre llegará de improviso, como acostumbra, y como siempre reclamará mi atención día y noche, ya lo conoces; debo tomar providencias, sobre todo si llega en plan de convalecer unos días más. Ah, y ahora que mencionas a tu padre, en el segundo cajón de la derecha del bargueño que está en el pequeño cuarto de al lado está la carta de que te hablé, y para que veas que está intacta, tal y cual la mandó él, puedes constatar que aún conserva el lacre con todo y sello. Desconfiado como él solo. Pedro, Pedro. ¿Por qué serán así de desconfiados los hombres? Y tú eres igual, ¿a poco me creías capaz de no entregarte la carta? Entonces, ¿para qué desde ayer por la tarde que llegaste procedente de Tlapacoyan te hablé de que había una carta para ti? No, todos los hombres son igual de desconfiados; bueno, al menos los de esta familia —y sonriendo de buena gana, le plantó un beso a su hijo en la mejilla y se fue camino a la cocina para disponer el almuerzo, pues el día estaba ya bien avanzado. Y eso que ella se había levantado desde las cinco y media de la mañana para llegar a Atzalan a misa de seis.

Aunque deseaba abrirla y enterarse de su contenido cuanto antes, Francisco Javier se armó de paciencia y con toda la parsimonia del mundo, poco a poco fue desenredando aquellos delgados hilos de cáñamo que rodeaban el grueso envoltorio de cuero; con un pequeño cincel desprendió el lacre, rompió los sellos y sacó el esperado documento, colocándoselo entre su camisa y el grueso chaleco de paño que le protegía del frío. Salió de la casa y a pie se enfiló hasta la ribera del arroyo y se fue a sentar al grueso tronco del vetusto encino donde acostumbraba pasar largos ratos abstraído en la lectura. La carta le quemaba el pecho. Entre resuellos sofocados la sacó y una vez sentado en medio de aquel paisaje invernal, donde el sol de la mañana derretía los finos copos de escarcha y comenzaba a secar los cientos y cientos de mogotes de maíz aún sin cosechar que crujían con el aire frío del norte, poco a poco, introduciendo su mano al interior de su chaleco, sacó aquel pergamino de papel color crema, donde con esmerada caligrafía se podía leer: Para el teniente Francisco Javier Gómez Bello, mi querido hijo.

Mi muy querido hijo, mi muy querido hijo, murmuró con insistencia Francisco Javier de manera imperceptible, y un leve temblor de sus labios, de sus orificios nasales, de sus mejillas subió hasta que penetró con fuerza a sus ojos, de donde trajo consigo un caudal de lágrimas que amenazaban mojar la carta al influjo del aire fresco que soplaba ahora de sur a norte y se llevaba la niebla que ya cubría gran parte del paisaje. Las lágrimas se convirtieron en llanto y dio rienda suelta a sus impulsos reprimidos por años y a todas las emociones que había vivido en este diciembre de 1816. Tardó en sosegarse y carta en mano, decidió caminar hacia Talixco por la calzada empedrada que unía a la finca con aquel rústico y pintoresco caserío en que habitaban varios de los peones de la hacienda, inclusive algunos familiares de Juan Cástulo, su inseparable sirviente y amigo, quienes habían llegado a vivir ahí procedentes de la Congregación de Juan Marcos. Ya bajo el gran arco de cantera labrada que sirve de dintel al grueso portón de madera que da acceso a la hacienda, se sentó sobre una banca de piedra y con calma, desplegó aquellas finas hojas de papel de lino llenas de una exquisita caligrafía que denotaba la experiencia de todo un amanuense especializado, donde cada grafía estaba dibujada con especial sentido estético; en verdad aquella carta, aparte de ser eso, constituía todo un bello documento plástico.

         

Carta a mi hijo Francisco Javier Gómez Bello

Viernes, 25 de diciembre de 1816, ciudad de Huamantla

Mi muy querido hijo Francisco Javier:

En mi lecho de enfermo, ya convaleciente y gracias a la generosidad y hospitalidad de la familia Bretón, desde esta su casa en la ciudad de Huamantla, después de  doce días con sus largas noches de insomnio, donde tu imagen no se apartó de mis pensamientos ni un instante, hoy viernes 25 de diciembre, Navidad, con la claridad y lucidez que da la luz del día, teniendo como fondo en mi ventana el bello paisaje nevado de la Malinche, te escribo estas letras invocando, antes que nada, tu perdón por mi actitud hosca e indiferente hacia tu persona por tanto tiempo, tanto, que no recuerdo momentos gratos a tu lado, salvo los de tu primera comunión y los días de angustia que pasé junto a tu cama cuando la pulmonía aquella, consecuencia de mi torpeza y descuido, estuvo a punto de arrebatarte de nuestro lado.

La tarde del pasado jueves 12 de diciembre, en que acudí a un rancho que tiene el señor Bretón en las faldas de la Malinche, donde cría valiosos ejemplares de ganado ovino y caprino con la intención de escoger algunos y llevarlos a Santa Cruz, mi caballo fue mordido por una serpiente de cascabel, lo que motivó que éste relinchara de improviso y me tirara al suelo. Al golpearme con una piedra al caer me abrí la cabeza, perdí el conocimiento y sangré bastante; de no haber sido por el joven José María Bretón, que me acompañaba, no sé qué habría pasado. De inmediato me llevó de regreso a casa de sus padres, donde un médico me atendió con esmero y dio cuenta también de mi avanzada bronquitis, candidata a convertirse peligrosamente en pulmonía; en ese momento me metieron en la cama y pidieron el auxilio de una solícita monjita del convento cercano a su casa para que se ocupara de mí. Todo sucedió la mañana del jueves, temprano, pues habíamos quedado de dar la vuelta para la hora de la comida; ya a esa hora yo me debatía en la gravedad de mi accidente, complicado con el enfriamiento que había sufrido en el camino antes de llegar a Huamantla.

 A tu madre sólo le di cuenta de mi enfriamiento y de que guardaba cama por instrucciones del galeno; del accidente no le avisé nada en lo absoluto. Pero lo que realmente te quiero contar, hijo mío muy querido, es lo que me sucedió mientras dormitaba en aquella vigilia de la fiebre y el golpe. En la somnolencia de los días aquellos, fríos por cierto, como son esas tardes de finales del otoño y barruntos del invierno, con aire del norte y nubosidad abigarrada en el cielo, entre sueños, hijo mío, adormilado, desde la primera noche y todas las subsecuentes tuve esta revelación: vi con claridad cómo te desenvolvías en el campo de batalla e infundías ánimo en el espíritu de tus compañeros. Después una gran explosión nubló mi vista y luego apareciste de nuevo, ya montado en Tecopaguas, con una hermosa niñita en brazos; entonces una voz que me hablaba a la derecha de la cabecera de mi cama me dijo: “Este es tu hijo Francisco Javier, al que siempre has hecho a un lado, y por él, por sus constantes plegarias abogando por ti y por tu salvación, esta mañana, cuando podías haber muerto, la Divina Providencia detuvo tu destino”. Más tarde, cuando entraba la noche, esa misma frase se repetía en mis oídos: “Por él la Divina Providencia detuvo tu destino”, y así hasta el amanecer. Posteriormente, como a los tres días, hubo un día nada más, no recuerdo la fecha, en que mi habitación se llenó de niebla, densa como la que suele subir en Altotonga todas las tardes, al grado de que tuve frío, mucho frío y le pedí a la monjita que me atendía que me pusiera otras cobijas. Le decía con insistencia que cerrara la ventana, que por qué había dejado que entrara tanta niebla, y ella me miraba con ojos de asombro: —¿Cuál niebla, don Pedro, cuál? Es su imaginación, la fiebre que le sube, eso es todo —me decía la monjita—. De repente la niebla se hizo más clara, casi bruma, y de ésta, como fantasmas dolientes, fueron surgiendo infinidad de gentes que cantaban y llevaban veladoras encendidas, cantaban canciones tristes y muchos de los hombres y mujeres lloraban. Era mucha gente y salían de todos lados. Pronto me di cuenta de que se trataba de un entierro porque unos jóvenes cargaban en hombros cuatro féretros y la gente continuaba desfilando junto a mí; los podía tocar casi, sabes, y lo que más me desconcertó es que vi cómo lloraban mi compadre Pancho y mi comadre Zenaida, los dueños de la panadería, y junto a ellos estaban tú y tu madre. Los vi con mis propios ojos, te lo juro, hijo; como ya te dije, casi los podía tocar. Y todo sucedía frente a mi ventana. 

Tú sabes bien que yo no soy ni he sido nunca religioso, me acerco y voy a los rosarios y a misa a instancias de tu madre, Francisca, mi bella esposa, quien siempre reza por mí y me acerca al Señor aunque yo no quiera; siempre he pensado que con que ella rece por mí yo estoy del otro lado. Sin embargo, esa visión de mi sueño que no acabo de comprender, y mucho menos esa imagen tuya, la guerra, la explosión y esa criatura en tus brazos, mis compadres, tu propia madre, me han hecho reflexionar, me han cimbrado profundamente y he vuelto a llorar la muerte de mis padres como cuando era un chaval; recordé el año de la peste en Málaga y toda la tragedia que me sacó de mi tierra para traerme a estos nuevos lares de promisión y riqueza, y ahora, ahora que ya he consolidado una fortuna y pensaba trabajar menos, introduciéndolos a ti y a Pedro en mis negocios, se presenta esta guerra mal habida que ya lleva seis años y amenaza con no terminar nunca; no sé qué hacer, no sé qué vamos a hacer todos. Por eso te escribo, Francisco Javier, para que me expliques qué está pasando, por qué he tenido esas visiones o premoniciones, no sé cómo llamarlas y no me las puedo explicar; sólo tú, mi querido hijo, podrás hacerlo, pero antes de que me expliques nada, ahora que yo llegue lo único que quiero es tu perdón, tu perdón porque ahora sé que Él, el Señor, te tiene en gran estima porque siempre has sido un alma buena, amante del prójimo y consagrada a la oración. Perdóname, hijo, perdóname por haber dudado de ti, pronto llegaré y podré abrazarte.

Te quiere tu padre

Pedro Gómez Larrañaga

 

Anonadado, sin dar crédito a lo que acababa de leer, se quedó un buen rato con la mente en blanco, simplemente aspirando el aire de la mañana, y poco a poco fueron desfilando por su memoria, al azar y sin orden de aparición, varios pasajes de su vida en los que el protagonista principal era la figura de su padre, y no era precisamente un actor agradable, mucho menos las historias. Uno a uno desfilaron los recuerdos, como hojas que el estío arranca de las ramas de los árboles, y vino a su memoria la tarde aquella en que se interpuso entre Juan Cástulo y el látigo de cuero que blandía su padre para asestarle varios latigazos, enfurecido porque un descuido del peoncito había provocado que se salieran varias ovejas de un corral donde iban a ser esquilmadas, porque un comprador de lana venido de San Juan Xiutetelco aguardaba para llevársela, pues tenía varios pedidos de cotones. Al descargar el primer latigazo le alcanzó una pierna y el segundo se lo asestó en la espalda, con tal fuerza que lo hizo caer, pero aun así, en esas circunstancias, no chistó ni se quejó; por el contrario, le gritaba a su amigo “corre, corre”, quedándose él solo a desafiar la furia de su padre que, como sucedía con frecuencia, había perdido los estribos. La salvación en situaciones como ésta siempre era su madre, la dulce doña Francisca, quien además velaba por sus ahijados y protegidos, como era el caso de Juan Cástulo.

Ante los gritos desaforados de Pedro, una de las molenderas de la hacienda que había bajado hasta el arroyo a lavar su nixtamal corrió a la casa grande y le avisó a su patrona que don Pedro, enfurecido, había agarrado a su hijo a latigazos; ella corrió a la zona de los corrales y enfrentó a su marido, de tal manera que le quitó el látigo y lo retó a que le diera a ella si es que era tan macho; el pobre hombre bajó la guardia y, montándose en su caballo, a galope tomó camino del pueblo hacia la casa que tenían a un costado de la capilla de Santa María Magdalena, donde despareció durante dos días. Ese proceder ya lo tenía bien conocido su mujer, pues al volver le buscaría la cara y siempre regresaba con algún presente para ella y sus hijas; a él, recordó, más de tres meses le tardaron en sanar las heridas de los verdugones que su padre le dejó en la espalda con el látigo; su madre, de manera amorosa, le aplicaba fomentos de árnica y lo llenaba de ungüentos.

Ésos eran los recuerdos que tenía de su padre: sus desplantes con la servidumbre en la casa, con los peones en el campo; lo más feo de todo eran las actitudes que asumía con quienes solía celebrar convenios de aparcería para siembra de papa y alverjón, siempre viendo la ventaja por delante, exigiéndoles más cantidad de almudes y arrobas. Él nunca había visto con buenos ojos estos convenios leoninos y entendía el odio a que se hacía acreedor su padre entre los campesinos e indígenas, a quienes, por el simple hecho de serlo, los despreciaba sin más ni más. También sabía y era consciente de lo que su madre sufría con ese proceder, aunque al fin su devota esposa lo disculpaba arguyendo que en él todo era disciplina; criado en la cultura de la supervivencia, todo debía realizarse a la perfección y no había espacio para el fracaso, mucho menos para la equivocación. El que se equivoca en estos tiempos se muere, a manera de lema repetía Pedro Gómez con frecuencia. Eso sí, tratándose del diezmo era el primero en pagar con creces y se los exigía a todos sus aparceros y peones. “Con la Iglesia hay que estar bien, no se puede jugar con el de arriba”, solía repetir y les insistía a sus hijos que cuando él faltara, esa sería una de las obligaciones sagradas con la que habría que cumplir mejor.

Con el pergamino en la mano, sin saber qué hacer o qué decir, caminó de regreso a la casa grande, rumiando las escenas que su padre le había descrito en la carta. ¿Cómo era posible que él hubiera tenido todas esas visiones sin haber estado en el lugar y en el momento preciso en que sucedieron los hechos? Y lo que era inconcebible, y por lo pronto él no lo podía aceptar, era esa frase lapidaria que le retumbaba en los oídos a Pedro Gómez: “Por él la Divina Providencia detuvo tu destino”. Eso era inaudito, ¿quién era él para que por su intercesión su padre se salvara de morir esa tarde? Aceptar que eso era cierto era tanto como caer en el pecado de soberbia, era incurrir también en el pecado de temeridad y eso no lo podía ni debía aceptar como buen hijo de Dios, como ex seminarista. ¿No estaría detrás de todo esto la mano de Luzbel? El demonio era hábil, lo sabía bien, y más de una vez lo había tentado, le había aconsejado que renegara de su padre, como la tarde aquella en que éste se desbarrancó y milagrosamente cayó en una saliente de piedra y no al vacío; lo animaba a que lo empujara en vez de ayudarlo a salir, incluso le decía: “Mátalo, todo mundo sabrá que fue un accidente, al fin y al cabo nadie lo quiere, sólo tu madre, que parece estar ciega”. ¿Pero a quién iba a recurrir en estas circunstancias aciagas de duda, de incertidumbre? Entonces se acordó del venerable padre Faustino, un anciano y santo varón que vivía en una ermita casi en la cima del cerro de Chinautla, en las cercanías de Teziutlán, quien, curiosamente, por azares del destino era oriundo de Málaga igual que su padre y lo conocía bien; había tratado a la madre de éste cuando apenas era un niño y vivía en España. Se decía que el padre Faustino andaba cerca de los cien años y siempre gozaba, como hombre santo, de la presencia de Dios. Su padre, el mismísimo Pedro Gómez, lo había llevado a presentárselo cuando él, a la edad de 13 años, había decidido ingresar al seminario en Puebla.

—Te servirá conocerlo —le dijo en aquella lejana ocasión—, es un hombre santo y su consejo no está de más, él nos dirá si en realidad tú tienes madera de sacerdote, si sirves para ese oficio, porque a tus imberbes trece años, hijo mío, dudo que sepas lo que quieres cuando no has corrido mundo, ni conocido mujer alguna, ni sufrido lo que yo pasé cuando tenía tu edad.

Al reconstruir aquella visita, casi olvidada en su memoria, recordó que esa vez el anciano ermitaño le obsequió una medalla de san Benito Abad, que su madre guardaba desde entonces. ¿Cómo era posible que hubiera olvidado ese encuentro y todo lo que ahí se había hablado? Pronto trajo a su memoria escenas memorables de esa reunión y con claridad se acordó que le habían llevado de obsequio varias gruesas cobijas de lana y tres zaleas de borrego. Cómo pasa el tiempo, pensó. Eso fue en la primavera de 1806, hacía ya más de diez años. ¿Viviría el santo padre Faustino, como solía llamarlo la gente? ¿Viviría? Su madre debería saberlo, ella tenía familiares en Teziutlán y también buenas amigas; habría que preguntárselo, sin duda ella sabría algo, y de paso le pediría que le entregara la cajita aquella que le diera a guardar hacía ya más de diez años. ¡La medalla!, pensó con detenimiento. Ah, ¿y a honra de qué se la había obsequiado el anciano sacerdote? ¡Claro! Cómo había podido olvidarlo, si ese había sido el motivo principal de aquel peregrinar hasta la cima del cerro, desde donde en días claros y limpios a lontananza se divisaba el mar, inmensa lista azul que recortaba el paisaje en forma de óvalo; sí, hasta su padre le dijo a bocajarro al santo varón:

—Hemos venido, mi querido y respetado padre Faustino, a que le saque usted el demonio a este chamaco —recordó que le mencionó—; figúrese que desde las fiestas pasadas de Noche Buena, en la escuelita parroquial de Atzalan, al señor cura se le ocurrió escenificar una pastorela y este joven fue escogido para que representara a Luzbel; imagínese, padre, en qué cabeza cabe representar al chamuco, y luego él que es tan rezandero. Desde entonces tiene pesadillas, pues una costurera le tuvo que confeccionar el traje de diablo con todo y cuernos, una pata de gallo y otra de caballo, ¿cómo ve, padre? —le decía Pedro al padre Faustino—. Yo se lo dije a su madre, pero mujer, ¿cómo le dan a este niño ese papel? Y mire, ahora nos sale con que tiene pesadillas, con que lo tienta el diablo y mil cosas más. Yo pienso que lo único que tiene es algún mal aire que le dio y está espantado. Y —agregó— como también está ahorita en la etapa en que su cuerpo está sufriendo cambios, pues ya dejó de ser niño, está en plena pubertad, padre, usted me entiende; todo eso que siente cree que es pecado. Sabrá Dios qué catequista o seminarista insensato le ha metido esas cosas en la cabeza.

Y Pedro hablaba y hablaba ante la complacencia del padre, que le tenía cariño por ser su paisano, haberlo conocido desde niño y, en cierta forma, haberlo ayudado él mismo, allá por 1778, a venir a Nueva España.

—¡Qué barbaridad!, ¿cómo se le pueden olvidar etapas tan cruciales de la vida de uno así nomás porque sí? —repetía Francisco Javier en voz alta, al tiempo que movía  la cabeza y se sacudía el cabello de la frente en señal de extrañeza.

Diez años se habían pasado tan pronto y en todo ese tiempo él había recorrido varios lugares, viajado, estudiado en Puebla, visitado la ciudad de México en dos ocasiones, una con sus padres y otra acompañando nada más a su madre y a sus hermanas; había estado en el puerto de Veracruz en compañía de Pedro, su hermano, para recoger unas mercancías que su padre había encargado a España; además de la reciente incursión bélica a Boquilla de Piedras.

De niño, estaba cierto, jamás sufrió de alucinaciones y lo que menos padecía eran los miedos a algo; no, él nunca tuvo miedo de nada y una vez hecha su primera comunión, menos, pues frecuentaba la eucaristía cada vez que asistía a misa en compañía de su madre y sus hermanos; su padre rara vez los acompañaba, de no ser que se oficiara una misa en la capilla cercana a la hacienda, hasta Atzalan o Altotonga; a él le daba mucha flojera y siempre urdía alguna excusa para zafarse del compromiso y que su mujer no le reprochara nada. Cuando salió de Luzbel, aparejado a la representación le surgió la inquietud de ahondar un poco en tan siniestro personaje y el párroco y el vicario de Atzalan no fue mucho lo que le pudieron decir o explicar, de no ser que era la encarnación del mal, del pecado, de la concupiscencia, y trataban de explicárselo a través de las historias de santos como San Francisco de Asís, San Benito Abad, Santa Escolástica, San Ignacio de Loyola y San Pascual Bailón, además de contarle el relato de la división y sublevación en el cielo de los ángeles malos comandados por Luzbel, que sucumbieron ante el triunfo del arcángel Miguel; pero aunque no lo entendía del todo, sí tuvo más conciencia del personaje y había ocasiones, en especial cuando su padre lo molestaba, que aquél entraba en acción y le aconsejaba a manera de conciencia, de pensamientos y hasta le decía de manera directa que lo matara o hiciera algo para deshacerse de su progenitor.

Una ocasión en que su padre bajaba de prisa las escaleras de la casa grande y él iba detrás, sintió claramente cómo alguien lo empujó a manera de que cayera encima de su padre y éste se golpeara en alguno de los escalones: “Empújalo, que se resbale y tal vez se mate, ¿no te daría gusto?”, le dictaba en su conciencia y él, haciendo un esfuerzo, se dejó caer de lado librando el cuerpo de su padre para no lastimarlo. O “No seas tonto, cuando le ensillen el caballo aflójale los cinchos para que al cabalgar aprisa se caiga”. Así como aquella vez en que, al estar a punto de irse a un voladero y caer de milagro en el quicio de una cornisa natural de piedra, el demonio lo instaba a que no lo ayudara, le sugería que lo dejara ahí. En otra ocasión, dentro de los macheros donde duermen y comen su pienso las mulas y caballos de la hacienda, se desprendió una viga y le lastimó el brazo izquierdo a su padre, por poco le cae en la cabeza; ese día, a él le dio un ataque de risa y fue tal su hilaridad que tuvo que salirse aprisa antes de que su padre se percatara que festinaba el hecho. Después justificó su salida intempestiva del lugar arguyendo que había ido por ayuda.

Poco a poco, todos los recuerdos que tenía relegados a voluntad en relación con las desavenencias con su padre se fueron haciendo presentes, en especial aquéllos donde según él la mano del diablo era obvia; cuando pensaba que lo había dejado en paz, regresaba con mayor astucia y fuerza, pues esas visiones, sueños y mensajes estaban muy claros, algo había de raro y no le gustaba que lo que parecía olvidado, retoñara y le causara desasosiego, no sólo a él sino a toda la familia. En todo esto tenía que ser muy cauteloso, hermético y poco comunicativo. 

Algo tenía que hacer con el contenido de esa carta, pensó mientras caminaba hacia la casa grande y rumiaba en su cabeza la posibilidad de remontar el cerro de Chinautla en busca del padre Faustino, un poco cavilando en lo que haría ante la inminente llegada de su padre. Por lo pronto, el sorprendido fue él, pues su madre, a quien planeaba encontrar y pedirle la cajita aquella con la medalla, había salido hacia Altotonga en compañía de Pedro y de su hermana Rosario; Soledad cuidaba a Guadalupe, con quien se había encariñado en pocas horas. ¿Qué debía hacer?, pensó, primero un poco desconcertado, pues había considerado llevar consigo la medalla y preguntarle a su madre qué sabía respecto al padre Faustino, y ni lo uno ni lo otro pudo concretar. Eso lo desanimó, pero aun así decidió tomar el camino de las caballerizas, una vez que hubo cogido de su armario una gruesa capa de lana y metido en una bolsa de lona una muda de ropa. Ya para salir de la casa, después de estar un rato con Guadalupe y Soledad, le dijo a ésta: —Si para la noche no estoy de vuelta, no se preocupen, unos asuntos propios de las milicias urbanas virreinales me llevan a las inmediaciones de Teziutlán; nada de vida o muerte, una simple visita de rutina —le especificó—, así que si me tardo o no regreso luego no estén haciendo conjeturas. Le avisas a mi madre y te encargo a la pequeña Guadalupe; de seguro mañana estoy de regreso —agregó, apretando el paso en busca de su caballo.

Juan Cástulo ensilló dos caballos, hizo un envoltorio con una docena de quesos de leche de cabra, algunos tlacoyos de alverjón y frijoles negros, dos botellas de vino de nogal y una de aguardiente, y lo aguardó para acompañarlo adonde su amigo decidiera ir. Él, dispuesto como siempre, jamás preguntaba adónde, sólo lo seguía fielmente.

Por el camino Francisco Javier le fue dando vueltas al asunto y retomó su estancia en el seminario, las pláticas con sus maestros, con sus condiscípulos; de pronto, reparó que en esos días todas aquellas visiones y pesadillas en torno al demonio habían desaparecido. Tal vez la asistencia a misa diario, los rosarios, los mismos estudios y, desde luego, la frecuencia con que recibía el sacramento de la eucaristía, tenían algo que ver con el alejamiento de las tentaciones. Ahora que su vida había dado un vuelco de trescientos sesenta grados, teniendo en su haber la muerte de varios seres humanos, almas como la de él o cualquier cristiano, ¿qué sucedería? Por eso, la visita que estaba a punto de realizar, se decía a sí mismo, era crucial, sobre todo porque aquel santo hombre, tan cerca del Señor, con poderes sobrenaturales, con dotes de profeta, le ayudaría sin duda. Le ayudaría a descifrar todos sus temores y a alejar de él para siempre los pensamientos del maligno, de ese enemigo tenaz y astuto que, según se podía dar cuenta, estaba dispuesto a llevarlo a sus filas y a no dejarlo en paz. Era increíble el nivel de audacia y hasta dónde era capaz de llegar este siniestro personaje, reflexionaba en silencio; tendría que sacudírselo y como precaución ya no mencionaría más su nombre, nunca más.

Al llegar hasta las puertas de la pequeña ermita y capilla que habitaba el buen padre Faustino, se sorprendió al ver que todo estaba igual desde la última vez que lo había visitado en compañía de su padre y lo más asombroso de todo era que el viejo presbítero estaba igualito, el tiempo no pasaba por él, se conservaba idéntico. Es el olor a santidad lo que lo conserva así, pensó Francisco Javier, después de manifestarle la alegría que le daba volver a verlo. Su sola presencia le infundía paz y le daba una confianza absoluta de que sus problemas y sus dudas se iban a terminar. Al bajarse del caballo se postró de manera humilde a los pies del anciano y le dijo: “Impóngame sus manos, padre, y deme su bendición, para que por su intersección mis pecados sean perdonados porque mis manos están teñidas de sangre, padre, el seminarista dejó de serlo y me he convertido en soldado”.

—Te esperaba, muchacho, te esperaba, sabía que venías hacia mí y sé de tus inquietudes y sobresaltos. Dios nuestro Señor no te reclama nada, eres un soldado compasivo y los motivos que te llevaron a tomar las armas están más que justificados en estos tiempos de guerra civil, de gobiernos sin rumbo, de ideas que surgen por abrirse paso entre todo ese tejido social descompuesto, porque las ideas, así como ves, también tienen su tiempo y éste es de cambio, de nuevos aires, así que tú no te desanimes, ya te indicará el Señor sus caminos y te dirá cuándo debes volver a él; todo a su debido tiempo —le decía el padre Faustino mientras le imponía las manos y le daba su bendición.

—Satanás, Luzbel, Lucifer, el chamuco, el demonio, el diablo, como le quieras llamar, la encarnación misma del mal, hijo, no descansa nunca y se enfoca en especial en contra de aquellos que como tú, siendo hombres justos, honorables y bien portados en los menesteres de la carne, de la castidad, viven una vida recta, como debe ser y cumplen con los mandamientos de la ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y rara vez cometen pecado ni con el pensamiento, con ésos precisamente se ensaña el demonio —le repetía el anciano padre Faustino, al tiempo que se santiguaba.

—Padre, no me diga esas cosas, ¿quién soy yo para que por mi intersección la Divina Providencia haya decidido salvarle la vida a mi padre? ¿Quién soy yo, padre, quién soy yo? —repetía con insistencia Francisco Javier, angustiado, esperanzado, en busca de una respuesta sabia que apaciguara sus inquietudes y desasosiegos—. Yo no soy ningún santo, padre Faustino, bien sabe Dios que no lo soy, ¿cómo es posible que mi padre diga esas barbaridades de mí e invente esos pensamientos o sueños, que más parecen inventados por el demonio que inspirados por Dios? Usted lo conoce bien, ahora que regrese le voy a decir que me acompañe para que usted hable con él y le haga ver que no es prudente que escriba esas cosas. ¿Qué pensarían de mí si alguien se entera y lee esa carta?

—¿Podrías leérmela tú mismo, hijo?, yo casi no veo y a estas horas no sé dónde dejé mis antiparras —le suplicó el padre Faustino a Francisco Javier.

—¿Leérsela, padre? ¿Yo a usted? ¿Esa carta? Si lo que menos quiero es verla, pero en fin, porque usted me lo pide lo intentaré, porque no sé qué tantas veces he llorado desde que la leí la primera vez.

Y con toda la paciencia del mundo, Francisco Javier se la fue leyendo línea por línea, con buena entonación y las debidas pausas, y una vez que hubo terminado se estableció un silencio tal que podían escuchar mutuamente la respiración y los latidos acompasados de los dos. Francisco Javier, expectante, miraba sin vacilar a su interlocutor y éste, con la mirada perdida, parecía escudriñar en el horizonte alguna interrogante y miraba hacia arriba como buscando una respuesta del cielo. Los minutos pasaron e impávido, el padre Faustino parecía estar en estado de éxtasis, hasta que pasados algunos minutos se decidió a hablar.

—¿Sabes una cosa, hijo?, conozco a tu padre desde que era niño, conocí a Rosalba Larrañaga, su madre e intercedí ante el arrogante de su padre, quien lo desconocía e incluso lo negaba, y puedo decirte que la familia de tu abuela, la madre de Pedro, era como mi familia; yo lo traje a Nueva España, huérfano, olvidado, ávido de amor, de comprensión; sí, siempre fue muy atravesado, intrépido, valiente, hábil para los negocios, toda una máquina para hacer dinero, pero nunca ha sido mentiroso ni jamás ha declarado en falsedad ante nadie. Lo que él te dice, lo que te cuenta de su visión y esa voz misteriosa, si él lo dice es cierto y además, ¿por qué crees tú que una situación así sólo puede ser obra del demonio? ¿Tan poco vales, eres tan poquita cosa o tal vez un pecador empedernido que tus plegarias no valgan a los ojos de Dios? ¿Acaso no estuviste tú en el seminario en Puebla por espacio de casi cinco años? ¿No te enseñaron ahí que Dios es amor, que Jesucristo murió en la cruz por salvarnos, para que quedáramos absueltos de todas nuestras faltas? ¿No vino acaso Jesús a redimirnos por nuestros pecados? ¿No dice la parábola del hijo pródigo que habrá más regocijo en el cielo por un pecador arrepentido que por cien justos? Entonces, ¿de qué te extrañas?, ¿quién eres tú para cuestionar los designios del Señor? Tú le temes al pecado de soberbia, de temeridad, sin embargo, estás incurriendo en el pecado de incredulidad, le estás negando a Dios su omnipotencia. ¿Cómo iba a saber tu padre que tú, su hijo más pequeño, con el que siempre ha tenido diferencias y que nunca ha vacilado en hacerle ver sus errores, todos los días reza por él, le pide al Señor, por la intercesión de su Santa Madre la Virgen María, que cambie, que lo proteja, que se acerque a él? ¿Cómo? Dime. Ahora bien, esa visión que tuvo del asalto al fuerte de Boquilla de Piedras, tu imagen a caballo con esa criatura que menciona, como lo soñó, lo vio, ¿alguien se lo pudo contar? ¿Y las escenas desgarradoras del entierro de los cuatro muchachos que sucumbieron en ese asalto al fuerte? Te vio a ti y a tu madre, a sus compadres, y todo sucedió, fue cierto, nada de lo que te describe en la carta ha sido inventado, ¿o sí? ¿Hay algo ahí de falsedad, de delirio? Nadie más que tú puede saberlo, porque tú lo viviste momento a momento y sabes que así fue. No, mi querido Francisco Javier, tienes que reflexionar, meditar honda y profundamente este acontecimiento, este reencuentro que el Señor les ha concedido a ti y a tu padre, ¿no crees? —le decía el padre Faustino con vehemencia, haciéndole ver las cosas.

—No quieres cometer el pecado de soberbia y estás siendo soberbio, no quieres cometer el pecado de temeridad y estás siendo temerario, y bien sabes, porque te lo habrán enseñado en el seminario, que quien peca por temeridad está pecando en contra del Espíritu Santo. ¿Y quiénes somos para pecar en contra del Espíritu Santo? No, hijo, ahí estás mal, recapacita, arrepiéntete y abre tu corazón e inteligencia, que los vas a necesitar ahora que hables con tu padre—. Y mientras el anciano sacerdote le hablaba se fue tranquilizando.

—Ven —le dijo—, pasa, aunque mi cabaña es muy humilde hay cabida para ti y este muchacho que te acompaña, porque esta noche te vas a quedar conmigo y compartiremos el pan y la sal, que mañana te esperan grandes sorpresas que el Señor te tiene preparadas —le decía el padre Faustino mientras mantenía su mano firme sobre la cabeza de Francisco Javier—. Entra, descansa, ya veremos este muchacho y yo qué preparamos para cenar porque luego hay que dormir bien, para que al amanecer podamos recibir al Señor a la salida del sol. Desde aquí y en esta época del año en especial, ya verás, la vista es hermosa y se siente una sensación indescriptible al ver en el horizonte cómo esta brillante estrella, centro de nuestro universo, va haciendo acto de presencia. Es tal la emoción que se experimenta cuando asoman sus primeros rayos y lentamente va surgiendo entre las montañas, que el llanto nos gana, caemos de rodillas y comenzamos a orar ante la magnificencia del Señor. Yo, mientras hay buen tiempo y la niebla no tapa el horizonte, todos los días me levanto antes de que amanezca, cuando allá abajo toda la humanidad duerme y es tiempo de rezar por ella, entono mis oraciones de Maitines como preludio de la hora de Prima. Hay que orar por las almas, por que todos volvamos a nacer en la resurrección de Jesucristo, por que vuelva la luz que se llevaron las Vísperas —y diciendo esto, introdujo a Francisco Javier y a Juan Cástulo al interior de su cabaña, donde el fuego jamás se apagaba y el crepitar de las brasas llamaba la atención e iluminaba de manera tenue aquel austero pero acogedor recinto.

—Hace frío —musitó Francisco Javier, como velado mensaje para que Juan Cástulo le hiciera entrega al venerable fraile de las dos botellas de vino de nogal y la garrafa de aguardiente que habían traído consigo para la ocasión. El fiel amigo y compañero entendió la alusión a la temperatura y le hizo entrega al padre de los presentes traídos desde Altotonga.

—No se hubieran molestado, hijos —agregó sorprendido el padre Faustino, al tiempo que Juan Cástulo se dirigía hacia el rústico brasero, donde, sobre un gran comal de barro, puso a calentar varias tortillas y en un renegrido sartén, curado por el tiempo y el fuego, vertió aceite de oliva que traía consigo en una pequeña botellita; con cuidado fue colocando los quesos de cabra para que se asaran lentamente, según la receta de su madrina doña Francisca, para luego espolvorearlos con orégano.

—Traje salsa de molcajete y unos chiles manzanos de la huerta de Santa Cruz, no sé si su merced los podrá comer —dijo Juan Cástulo respetuosamente dirigiéndose al anciano sacerdote, quien, ayudado por Francisco Javier, en pequeños cuencos de madera saboreaba poco a poco el vino de nogal.

—Esto es más de lo que yo como por la noche, hijos —agradeció el padre Faustino a sus jóvenes visitantes—. Yo sólo puedo ofrecerles unos pedazos de pan con conserva de zarzamora que guardo para estas ocasiones, pero ustedes se han molestado demasiado por mí, se los agradezco infinitamente, ya el Señor los recompensará —y en silencio, de manera frugal, fueron degustando el queso asado de cabra, las tortillas, los chiles y la salsa que aderezaba a la perfección aquella rústica merienda campesina.      

La noche sin luna acentuó la presencia de las estrellas y el constante soplar del viento los envolvió en una modorra anodina que los hizo caer en un profundo sueño hasta las cinco de la mañana, a tiempo para escalar unos cuantos metros hasta la cima del cerro desde donde presenciarían la salida del sol. En compañía del padre Faustino darían principio a la oración de Maitines, como parte del Laudes, y permanecerían ahí hasta bien entrada la hora de Prima porque en invierno amanecía un poco más tarde, aunque desde ahí, a esa altura, no había nada que estorbara la vista en el horizonte. La mañana fría, con un leve viento del sur, apuntaba a una jornada soleada llena de calor humano, y apenas levantados, los tres, a paso lento, con cautela, en la penumbra del amanecer emprendieron el pequeño recorrido hacia la cima. El padre Faustino, de manera inusitada, animoso y con paso seguro, firme, caminaba adelante con sorprendente agilidad; los años no eran obstáculo para él, lo importante era comenzar el día haciendo oración y había muchas causas por las cuales era importante elevar a Dios sus plegarias. Francisco Javier y Juan Cástulo no daban crédito al vigor de aquel casi nonagenario sacerdote benedictino que había decidido consagrar su vida a la oración.

Ya en la cumbre, Juan Cástulo hizo una fogata que el viento movía a capricho y les proporcionaba algo de calor según se colocaran, mientras el padre Faustino comenzó a entonar himnos y a recitar la liturgia de las horas. A lontananza, los primeros rayos del sol aparecieron entre las montañas del oriente resaltando el azul del cielo y tiñeron de rojo escarlata el horizonte, que poco a poco fue incrementando su intensidad; en segundos, una explosión de rayos naranja posicionó al sol, que asomó tres cuartas partes de su circunferencia. La vista era maravillosa y de inmediato los tres, postrados en oración, en especial Francisco Javier y Juan Cástulo, experimentaron esa sensación de plenitud en perfecta sincronía con el creador. Todo quedó atrás, en ese momento no existía otra cosa que tres almas fundidas con su hacedor y el sol era a su vez detonante y testigo mudo del milagro de identidad con el Todopoderoso. Pasados los momentos de plenitud vino la calma y la meditación se llenó de un silencio absoluto, donde sólo el viento zumbaba suavemente camino del mar.
Ya de regreso en la ermita, antes de la hora de “Tercia”, habiéndose despedido del santo hombre aquel, no sin antes haber degustado algo de tasajo, queso de cabra y algunos tlacoyos, el padre le suplicó que no se fuera todavía. —Tu visita ha sido un acierto, hijo mío, pero lo será más aún si aguardas un poco, nada más a la hora de Sexta, y verás que no miento. ¿Qué me dices, hijo, te quedas?

Y Francisco Javier, sin prestar mucha atención a lo que el padre le decía, inquieto, tuvo una premonición; sin pensarlo más salió de la cabaña y enfiló sus pasos camino del bosque, y dirigiendo su vista hacia el sendero por donde llegaron el día anterior, alcanzó a ver cerro abajo a un jinete que, espoleando su caballo, se apresuraba a llegar. Un presentimiento cruzó por su mente y cerrando los ojos murmuró: “No, no puede ser, Señor, sería algo inverosímil, máxime estando yo aquí en compañía del padre Faustino, pero si es tu voluntad, hágase lo que has decidido”. Y sin dejar de mirar hacia abajo se dirigió hacia el sacerdote y le preguntó: —Padre, ¿la sorpresa que me esperaba el día de hoy será la que viene cabalgando camino de la ermita?

Un leve temblor en el rostro, que luego se apoderó de todo su cuerpo, lo hizo encaminarse al encuentro del jinete que a cada momento se acercaba más y más y del cual podía ya estar seguro de su identidad. Cuando lo tenía a cien metros de distancia reconoció aquel hedor putrefacto que siempre despedía al hacerse presente, como el día en que se le apareció en el seminario retándolo para que dejara la carrera del sacerdocio. De repente, aquella mañana luminosa se tornó sombría y una bruma nauseabunda que lo cubría todo se desparramó por el suelo. La visibilidad se tornó difícil y dentro de esa oscuridad resplandecía aquel jinete que minuto a minuto se acercaba más y más. Francisco Javier, precavido, sacó de su montura un crucifijo de madera que siempre lo acompañaba a todas partes y, metiendo su mano al pecho, cogió con fuerza su medalla de plata, encomendándose a la virgen: “Aquí voy,  madre y señora mía”, pronunció con voz grave y segura como muestra de templanza.

—¿Quién te ha llamado, inmunda y pestilente bestia? Yo no te invoqué, sería lo último que haría en mi existencia, aléjate de mí por el poder de nuestro señor Jesucristo y su santísima madre la Virgen María, te lo ordeno.

—¡Tú! ¿Quién eres tú, remedo de sacerdote desertado, para desafiarme y hablarme de esa manera? Sabes quién soy, ¿verdad? Lo sé, sé que sabes quién soy y desde hace rato presentiste mi llegada; eres hábil, tienes ciertos poderes e intuición, lástima que no te decidas a ser mi discípulo, pero eso no te da derecho a hablarme a mí de esa manera, a mí, tribuno de mil legiones —y soltando una sonora carcajada vociferó Lucifer, quien montado sobre un corcel negro desafiaba las leyes de la naturaleza y rozaba el suelo por arriba de la yerba; su eco retumbó por todo el lugar como malévolas ondas sonoras que perforaban los oídos—. Tú me has nombrado, tú me has invocado. ¿Y ahora preguntas quién me ha llamado? ¿No fui yo quien escribió la carta que te mandó tu padre, según tú? Entonces, ¿por qué preguntas, osado mortal, si todos tus males y congojas son obra mía? ¿Por qué? ¿Por qué? —y los porqué se multiplicaron formando un eco estridente que chocaba con las rocas de la montaña—. Jajaja, jajajaja —reía aquella encarnación del mal personificada como un gigantesco jinete, ataviado con una gran capa color grana y pieles de animales salvajes sobre su espalda; era tal su corpulencia que desbordaba sus ropajes y sobre el rostro negro profundo, un antifaz dorado que le ocultaba los ojos sólo dejaba ver su descomunal bocaza, que reía de manera sarcástica—, soy yo, Francisco Javier, soy yo, el artífice de tus miedos, de tus pensamientos concupiscentes, de tus crímenes de guerra, ¿o no?

Y de repente, de la nada, se vieron nítidas y frescas las escenas aquellas de la explosión en Boquilla de Piedras, apareció el negro fornido al que Francisco Javier atravesó con su lanza, los niños que perecieron en la explosión, el fuerte en llamas; Esmeralda, la madre de Guadalupe, en medio de un charco de sangre; los soldados jovencitos acribillados por las balas del destacamento de los Libres de Altotonga; toda aquella maldita escena se volvía a repetir. La guerra descarnada hacía acto de presencia en medio de aquella oscuridad repentina.

—Ésta no es la visión que tuvo el viejo de tu padre desde su cuarto de enfermo en Huamantla; no, éstas son escenas de muerte y tú eres el responsable. ¡Ve lo que has hecho! ¡Admira tu obra, soldadito de utilería! —le replicaba Lucifer con voz socarrona, al tiempo que se reía de manera estentórea y su figura se desplazaba a velocidad vertiginosa de un lado a otro del bosque—. Me ves y no me ves, alcánzame soldadito. ¡Qué tal!, nunca te imaginaste que vendría, que te tenía preparada esta coartada. Y a todo esto, tu vetusto protector, ¿dónde está? Que venga, que me dé la cara, quiero verlo, él que presume que me combate a diario, que venga. ¿Adónde están sus dotes de profeta? ¿Por qué no te previno, amigo, por qué?    

Francisco Javier, petrificado, comenzó a sudar helado y no daba crédito a todo aquello que estaba sucediendo; Juan Cástulo, su fiel amigo, agazapado bajo un árbol a la salida de la cabaña, rezaba en voz alta y le imploraba a la madre del Señor que terminara esa pesadilla y que salvara a su amigo de tan abominable enemigo.

—Vete, infeliz demonio, por el poder del Espíritu Santo te lo ordeno, regresa a tus infiernos, de donde nunca debes salir, porque sólo sales para causar daño. Vete, te lo ordeno por el poder de nuestro señor Jesucristo —volvió a arremeter Francisco Javier blandiendo su crucifico como escudo en contra del maligno.

Éste seguía avanzando en actitud desafiante y arrastró por el suelo al pobre de Juan Cástulo, que no supo en qué momento su cuerpo quedó suspendido a gran altura. —¡Mira lo que hago con tu acompañante, soldadito de utilería! —le decía enseñándole su garganta a manera de fauces de bestia de donde salían lengüetas de fuego—. ¿Reconoces esos cuerpos, soldadito, los reconoces? Míralos bien, ellos no tuvieron tu suerte. Tú fuiste quien los animó a enlistarse, para desgracia de ellos y de sus familias; fíjate bien, son Apolonio, Refugio y los gemelos Víctor y Francisco, ¿los recuerdas? Acabas de estar en su sepelio y cómo lloraste ese día, semejante hipócrita. Ya no eres el santo seminarista rezandero, eres un hijo de la guerra, un soldado que mata y siembra destrucción, un ser humano despreciable que sólo busca la aceptación de su padre y para ello renunció a todos sus valores y principios —y de nuevo comenzó a carcajearse de manera sonora.

Francisco Javier permanecía erguido con el crucifijo en su mano derecha y con la izquierda apretaba contra su corazón la medalla de la virgen de Guadalupe, mientras exclamaba: “Sálvame, señora mía, sálvame, que esta bestia infame desaparezca para siempre de mi vida, para siempre, señora, para siempre”.

—Soldadito —volvió a arremeter el demonio—, ¿ya saben en tu casa por qué te fuiste del seminario?, ¿por qué te expulsó el padre rector?, ¿lo saben? ¿Por qué no se los cuentas? Platícales cómo te introducías de noche a la biblioteca y reproducías todos los escritos de los insurgentes para difundirlos entre tus compañeros y los hacías circular entre los seglares también; eras un informante de los insurgentes, admirador de Morelos, Matamoros y López Rayón, e hiciste circular entre tus compañeros y tus informantes en Puebla el manuscrito del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana. ¿Por qué no se los has dicho? No seas hipócrita, no te regresaste porque los extrañaras, no, regresaste porque te corrieron y que eso te haya valido para que no te encarcelaran como disidente y mira lo que has hecho, cobarde, venir a combatir a quienes admirabas, jajajajaja, eres un pobre soldadito de utilería, bien uniformado con el dinero de tu padre, jajajajaja, el santito seminarista, mira en qué has acabado.

—Yo te conjuro, bestia inmunda, a que por el poder de nuestro señor Jesucristo desaparezcas, deja ya de decir sandeces, de calumniar, de hacer escarnio de mis actos. ¿Quién eres tú para hacerlo, quién? Sólo el Señor tiene la potestad para hacerlo, sólo Él —le replicó Francisco Javier de forma enérgica, al tiempo que de manera angustiada invocó el auxilio del padre Faustino.

El venerable ermitaño, que aparentemente había retrocedido, de prisa se dirigió a la ermita, sacó un gran disco de metal, como si fuera una gran medalla confeccionada para descansar sobre un altar, y cargando una pesada vasija de cobre le pidió a Juan Cástulo, quien yacía en el suelo todo arañado, que le ayudara por favor, pues para él era mucho peso.

—Aquí estoy, Querubín maldito —le espetó de frente al demonio—, te esperaba, no creas que no te esperaba, te conozco tan bien que me sé todas tus tretas y mañas y aquí no caben tus embustes y acertijos. Vete, Satanás, demonio inmundo, ángel caído, por el poder de nuestro señor Jesucristo y la intercesión de nuestro santo padre San Benito Abad yo te conjuro a que desaparezcas. ¡Vete!, deja en paz a estos muchachos que han sido elegidos por el Señor y gozan de su complacencia. ¡Vete!, perverso enemigo —y metiendo una gran rama de pino en la vasija de agua bendita comenzó a esparcirla por todo el campo, al momento que decía: “Tinieblas del mal, apártense y dejen que pase la luz del Señor”.

En ese momento, aquella bruma pestilente desapareció y los rayos del sol, reflejados en aquella gran cruz de plata en forma de medalla, como ardiente centella fulminaron la macabra figura del jinete, que desapareció en un instante sin dejar rastro. Todo quedó en calma, la vida retomó su curso y el pasto calcinado por el maligno reverdeció de inmediato como señal de pacto con el Altísimo. Francisco Javier, exhausto, con el rostro consumido por el esfuerzo, sollozaba en silencio tirado sobre la yerba.

—Descansa, hijo, descansa, el Señor te sonríe, está contigo, te ha puesto esta prueba y has salido victorioso —le dijo el padre Faustino poniendo sus manos sobre su cabeza, al momento que entonaba una plegaria—. Ven tú también, hijo mío —le dijo a Juan Cástulo, y tomándolos a ambos de la mano los condujo hacia la pequeña ermita, donde juntos comenzaron a hacer oración. El sol avanzaba entre la hora de Tercia y Sexta, cercano al mediodía.

Camino a la ermita, Francisco Javier, armándose de valor, con voz entrecortada le dijo al padre Faustino: —Pero padre, ¿pues no que el Arcángel Miguel había metido a ese maldito por más de mil años en un calabozo para que nos dejara en paz?¿Por qué, padre, por qué? ¿Acaso ya se escapó? ¿Por qué me persigue así, con tanta saña? ¿Qué he hecho yo para merecer esta prueba? ¿O no es así, padre Faustino?¿No es San Juan Evangelista, en el Apocalipsis, en el capítulo 20, titulado “La derrota definitiva del dragón”, versículos 1 y 2,si mi memoria no me falla, quien dice que se apresó al dragón, la antigua serpiente —que es el diablo y satanás— y se le encadenó por mil años? ¿No es él quien lo dice, padre? Sí, San Juan, que estando en la isla de Patmos escribió ese libro revelador ya casi al final de su vida. Sí, ¿verdad? Pero ahora caigo en cuenta que a lo mejor ya pasaron más de mil años, ¿o no? San Juan escribió el Apocalipsis en el siglo primero después de Cristo, imagínese, padre Faustino, ya pasaron más de 1,700 años desde entonces, estamos comenzando ya el año 1817, seguramente esos mil años a los que hace referencia ese texto sagrado ya pasaron y lo soltaron de nuevo para que tiente a tanta gente impía, malvada, ¿no lo cree así, padre? —preguntaba con ansia Francisco Javier a su anciano interlocutor, quien lo veía con ojos de misericordia ante su ingenuidad y desconcierto.

—Como bien dices, hijo mío, en el Apocalipsis está asentado lo que acabas de recordar con bastante precisión —le respondió el padre Faustino, deteniendo el paso—.Se ve que cuando estuviste en el seminario tuviste acceso a las Santas Escrituras, poco usual en novicios tan jóvenes, pues has de saber que no es lícito ni está permitido que todo mundo lea la Biblia; no porque sea malo, no, no me malinterpretes —agregó el anciano sacerdote—, sino porque hay que tener la sapiencia y la madurez para hacerlo y no desvirtuar lo que ahí se dice; todo lo que has dicho está bien, hijo, pero el Apocalipsis es un libro revelador, simbólico y profético y lo que ahí se dice, lo que tú has mencionado, todavía no ha sucedido, será algún día, sólo los designios de Dios nos lo revelarán; eso que con tanta ansiedad has pronunciado no ha sucedido, sucederá en el final de los tiempos, hijo, ¿me entiendes? Así que lamento desilusionarte, sí, el diablo anda suelto, pero el Señor nos ha dado muchas armas para combatirlo y unas de ellas, tal vez las principales, son la oración y el buen proceder, y como tú eres un alma buena y virtuosa, te enfrenta el malvado de esa manera. Dios, en ocasiones, permite que los hombres seamos tentados, pero bueno, por ahora trata de olvidar este penoso percance y acompáñame a hacer oración.

Y dicho esto, los tres entraron en la pequeña ermita y de manera devota y contrita cada uno de ellos dio gracias al Señor por haber vencido al enemigo.

Estaban todavía en la capilla orando cuando a la hora de Sexta, antes de entonar el Angelus, un niño de escasos doce años interrumpió la liturgia. —Padre, padre, un señor que está al pie del cerro empezando a subir, me ha mandado a que le traiga este recado y me ha dicho que espere su respuesta y baje para que él sepa lo que tiene que hacer.

—Vaya, vaya, Jacinto, ¿qué nuevas te traen por aquí? No vienes desde las navidades. Y además, ¿por qué vienes solo? ¿No te he dicho que es peligroso que te aventures así nomás por el monte, no ves que puede haber algún lobo o gato montés o alguna serpiente de cascabel te puede morder y te puedes llevar un buen susto? No me gusta que vengas solo, cuando vengas, debes hacerlo en compañía de tus hermanos mayores o con tu padre, como sueles hacerlo siempre.

—Lo sé, padre, lo sé, usted disculpe, es que ese señor tiene prisa; además me ofreció unas buenas monedas por el servicio y si algo hace falta en mi casa es dinero y mire usted, aquí estoy, no me pasó nada.

Y tomando el mensaje el buen sacerdote se dispuso a darle lectura acomodándose sus antiparras de frente al sol, pues entre más luz tuviera, su visión mejoraba notablemente. Al leer el mensaje, dio gracias a Dios, se lo guardó entre las mangas de su hábito y le dijo a Jacinto:

—Ve pues y dile a ese caballero que puede subir, que lo estoy esperando. Ah, y no te irás solo, de regreso le voy a pedir a Juan Cástulo que me haga el favor de acompañarte; de subida no te pasó nada pero no hay que jugar con la buena fortuna, que por aquí últimamente ha estado medio escasa —y haciéndole un guiño a Francisco Javier, los invitó a los tres, incluido Jacinto, a entonar el Angelus. Una vez terminada la oración, Jacinto, armándose de valor y tragando algo de saliva, le dijo al padre Faustino: —Si quiere que le haga ese favor, si me tiene confianza, déjeme ir solo, ya no soy un niño; eso sí, no estaría mal que Juan Cástulo me prestara su mula y así voy y vengo rápido.

—Ah, que chamaco este, todavía me condiciona y pone en tela de juicio mis decisiones —exclamó el padre Faustino—, aunque pensándolo bien, creo que es lo mejor, pues si te acompaña Juan Cástulo no podré darle ninguna sorpresa a mi visitante —agregó, aceptando la proposición de Jacinto—. Éste partió  feliz de montar aquel brioso animal y pronto se perdió en el bosque, mientras Francisco Javier, Juan Cástulo y él decidieron tomar un descanso a la sombra de un gran encino.

—Esto que nos ha sucedido hoy no debe trascender fuera de nosotros tres, eh, y te lo digo para que se lo hagas saber a Juan Cástulo, que tal parece que enmudeció con el susto; no es para menos, si yo, que a diario lidio con ese maldito, me vi apurado a la hora de echarle el agua bendita, imagínate a él, un alma tan cándida y buena. Pero fuera del susto, de la impresión que nos causó, no puede hacer más: almas bautizadas y confirmadas en su fe son templos del Espíritu Santo en contra de quienes nadie puede, ni siquiera el malévolo Luzbel, que va por el mundo esparciendo su semilla del mal. Ahora que recuerdo, antes de que te fueras al seminario yo te regalé a ti, a tu madre y a tu padre, así como a tus hermanos, la medalla de nuestro padre san Benito Abad, y por lo que veo, no la portas contigo y quién sabe si la conserves; ésas en especial que les di hace ya más de ocho años, estaban bendecidas por nuestro Prior General que vive en Roma, y en sí misma la medalla es un exorcismo, por eso debes traerla siempre y con la cruz hacia el frente; verás, aquí en la ermita tengo todavía dos de esas medallas, que ahora que regrese Juan Cástulo se las voy a imponer. ¿Y la medalla?, ¿qué hiciste con ella? Hay que traerla siempre, siempre, y jamás quitársela. Sabes, es una medalla muy milagrosa que data del siglo XII y qué mejor arma contra el maligno que la cruz en donde murió nuestro señor Jesucristo por redimir nuestros pecados.

—Ay, padre, si supiera todo lo que me ha sucedido en este último mes del año ya por concluir, si usted supiera. Y mi intención al venir a verlo era traer mi medalla, pero resulta que mi madre, quien la guarda en su ropero, estaba fuera de casa y yo no quise esperar —se apresuró Francisco Javier a contestarle—; además, ¿usted cree que yo me iba a imaginar todo esto que ha pasado? Nunca, jamás. ¿Quién me iba a decir que estaba yo invocando al enemigo? No cabe duda que la vida le tiene reservado a uno duras lecciones y aun así no entendemos, padre, no entendemos.

—¿Ves lo que sucede por no traerla puesta? Si yo se las di era para que las trajeran puestas, no para que las guardaran en el ropero, sobre todo habiéndoles yo explicado la conveniencia de portarla. Claro que no basta con traerla, hay que ser congruente con la fe, portarse bien, hacer buenas obras, vivir como un verdadero cristiano; eso es lo más difícil para toda esta humanidad que se dice cristiana y que en nada actúa como tal, ¿no crees, hijo? —le comentó el anciano presbítero, y encaminándose a la ermita, sustrajo de una pequeña urna las dos últimas medallas que le quedaban de las que trajo consigo cuando llegó de España, hacía ya más de cuarenta años.

—Ven, te voy a explicar su significado para que no te quede duda de la importancia de portarla y sobre todo que entiendas, como ya te lo he dicho y se lo hago saber a todos mis fieles devotos de San Benito, que la medalla en sí es una oración activa, te protege a cada instante todos los días de tu vida —le aclaró el anciano sentándose a un costado de la entrada de la ermita—. En el madero vertical de la cruz trae cinco letras y en el horizontal otras cinco, confluyendo en ambas la letra “S”, que representa el verbo ser o estar en su acepción de “Sea”; las primeras letras dicen Crux Sancta Sit Mihi Lux, que significa “La santa cruz sea mi luz”, y las segundas, Non Draco Sit Mihi Dux, que quiere decir “No sea el demonio mi guía”. Luego, siguiendo el sentido de las manecillas del reloj hay catorce inscripciones de letras iniciales que conforman cuatro oraciones: V.R.S., N.S.M.V., S.M.Q.L. y I.V.B., también en latín, que de derecha a izquierda dicen Vade Retro Satanas, “¡Apártate, Satanás!”; Numquam Sua de Mihi Vana, “No sugieras cosas vanas”; Sunt Mala Quae Libas, “Maldad es lo que brindas”, y por último Ipse Venena Bibas, “Bebe tú mismo el veneno”.

—Cuentan que en una ocasión San Benito, quien acostumbraba siempre bendecir sus alimentos antes de comerlos o beberlos, al bendecir una copa de vino que se iba a tomar, ésta se rompió y el líquido se derramó como advertencia de que el vino estaba envenenado; de ahí parte la tradición de estas frases y palabras que conforman la medalla —relataba el padre Faustino a Francisco Javier, quien prestaba atención y permanecía pálido y desencajado a consecuencia de aquel desafortunado encuentro—.Vas a tener que ser muy fuerte, hijo, perseverar en la oración y estudiar a fondo, de manera profunda, teología y filosofía; debes afianzar tus convicciones y conservarte siempre limpio, de corazón abierto y puro al servicio del prójimo ante la presencia de Dios. El Señor siempre te protegerá de toda acechanza de este maldito enemigo; ya lo viste ahorita, le permite en cierta forma que te tiente, pero nada más, el Señor sabe qué clase de alma eres y está y estará contigo, no importa las pruebas que te ponga; eres una criatura de su agrado, lo sé, hijo, lo sé, aunque el enemigo jamás se cansará de rondarte, de molestarte; es su naturaleza maligna y perniciosa, pero tú saldrás victorioso —y diciendo esto, el anciano, un poco inquieto ante la tardanza de Jacinto y Juan Cástulo, se puso de pie y se encaminó hacia fuera de la cabaña, no sin antes recomendarle a Francisco Javier que dormitara un poco, que se recuperara de lo acontecido y sin decir más, salió a ver si divisaba a los muchachos en compañía de la persona que esperaba con ansia.

—Veo que eres un hombre de palabra, Pedro, todo un caballero andante, pues ayer dormías en Huamantla y ahora ya estás aquí conmigo; pareciera que en vez de en caballos normales volaras en pegasos a través de los cielos —expresó el anciano sacerdote, satisfecho de que su antiguo pupilo y protegido, ahora convertido en todo un señor de horca y cuchillo, tuviera palabra, y más complacido todavía porque ni Pedro sabía que su hijo se encontraba adentro ni Francisco Javier se imaginaba que la sorpresa que le había anunciado el padre Faustino fuera su padre en persona.

—No podía fallarle, padre —balbuceó Pedro Gómez, emocionado de ver a su antiguo mentor, vital y de pie—. Creí que no llegaba y como el mensajero que envié me dijo que no había subido hasta acá, que sólo se había informado con la familia de leñadores que habitan al pie del cerro si usted todavía vivía o no, me entró la duda y le comento, me sentí muy mal nomás de pensar que no lo fuera a encontrar, pero felizmente ya veo que goza su merced de cabal salud y eso me alegra sobremanera, porque espero que le hayan dado mi recado, ¿o no?

—Sí, hombre, sí que me lo han dado y hasta pensé: ¿pero qué ocurre? ¿Por qué Pedro viene procedente de Huamantla y no de Altotonga?, me dije a mí mismo, y vaya que me preocupé: ¿será que este hombre sigue teniendo problemas con los gobernadores indígenas de la zona totonaca de Altotonga y ha tenido que irse a refugiar a Huamantla? Lo pensé, sí, lo pensé, y conociéndote, sé que eres capaz de eso y más, no sé cuándo vas a entender que tienes que cambiar tu proceder para con los indígenas y tus peones, porque un día de estos vas a tener una revuelta interna en tu propia hacienda, ya verás, y eres tú el del problema, porque Francisca, tu mujer, es un ángel —le decía el padre Faustino, cargado de razones, moviendo la cabeza en señal de enfado—. Oye, ¿qué clase de recado es ese que me enviaste? “Padre Faustino, me urge verlo, necesito su consejo, voy para allá,  llego casi enseguida del mensajero, cuando mucho un día después, estoy en Huamantla. Lo quiere y respeta como siempre: Pedro Gómez”. Y de no ser porque el buen hombre del leñador ensilló su caballo y subió en el mismo momento que le dejaron el mensaje, hubieras llegado tú con el mensaje en la mano y qué tal que yo no hubiera estado, porque hay ocasiones en que salgo a visitar a algún enfermo hasta el mismo Teziutlán o la villa de Chinautla y cuando eso sucede, pernocto por allá hasta dos días. Pero bueno, me callo, no te haré más reclamos, hijo, bienvenido, bienvenido —y sin más le dio un fuerte abrazo y lo invitó a que entrara a la cabaña.Ya en la puerta le dijo a bocajarro, interponiéndose entre él y la casi oscuridad que reinaba en el interior, donde se podía escuchar el crepitar de las brasas encendidas del rústico fogón, que a la vez que calentaba aquellas dos únicas piezas le daba un toque de calidez al ambiente: —Pedro, sé a qué vienes, qué te mueve para haber realizado una jornada de varias leguas sin descanso, e hiciste bien en venir porque la Divina Providencia, que es toda sapiencia, ha querido que la respuesta a tus inquietudes esté aquí esta mañana para que todas tus congojas se disipen—y diciendo esto se volvió hacia Francisco Javier, quien dormitaba sobre un camastro, y le dijo parafraseando, claro está que en género masculino, las últimas palabras que Jesús en la cruz le dijo a Juan y a María: Hijo, he aquí a tu Padre; Padre, he aquí a tu Hijo, y en ese momento un silencio contenido se expandió por el interior de aquella pieza, donde dos espíritus en conflicto se encontraron de frente. Pedro, impávido y sin saber qué hacer, qué decir, anclado en medio de la cabaña, se frotaba los ojos con los puños apretados como queriendo despertar de un sueño, pues aunque deseaba con ansia abrazar a su hijo y contarle y preguntarle tantas cosas, la sorpresa era tal que pensó que ésta era otra de sus visiones y estuvo a punto de desvanecerse a causa de un vahído. Francisco Javier, levantándose con cierta pereza y desgano, producto de tantas situaciones y vivencias inesperadas en menos de 72 horas, puesto que dos días antes apenas había llegado procedente de Tlapacoyan, al incorporarse alcanzó  a sostener a su padre, que había trastabillado, y teniéndolo sostenido por los brazos, sin soltarlo, lo atrajo hacía sí con cariño hasta que se fundieron en un prolongado abrazo, entre sollozos al principio y después en franco llanto, que los embargaba a los dos y por momentos cimbraba aquel rústico recinto que se hacía eco de los recuerdos presentes y los reproches reprimidos; abrazados, sin mirarse a los ojos, permanecieron largo rato y podían sentir las palpitaciones de su silencio entre suspiros largos que poco a poco fueron ahogando los sollozos.

—¿Cómo está usted, papá?, ¿ya se siente mejor? Estuvo a punto de caerse y las piernas le flaqueaban —le murmuró al oído Francisco Javier a su padre, quien permanecía callado y había comenzado a sudar, aún sostenido de los brazos por su hijo—. ¿Se siente mejor, papá?, creo que sería conveniente que se sentara usted aquí en el catre y descanse, no me diga nada, no se preocupe por favor por nada, lo importante es que se recupere, ya habrá tiempo de sobra para charlar y comentar la de cosas que nos han sucedido —y tomándolo del brazo lo ayudó a que se recostara, tapándolo con un cotón que traía consigo.

Pedro, agotado por el recorrido sin parar desde Huamantla hasta ahí y estupefacto por el inesperado encuentro con su hijo, se quedó profundamente dormido por espacio de varias horas, obligando a todos a permanecer ahí hasta el día siguiente. El bastimento y las provisiones que le habían traído de obsequio al santo varón se consumieron esa noche y al día siguiente, y ya después de un tardío almuerzo, al filo de las once de la mañana, los tres, Pedro, Francisco Javier y Juan Cástulo, se dispusieron a bajar de la montaña camino a Altotonga, no sin antes haber recibido las bendiciones del padre Faustino, quien por un lapso de tres horas, desde muy temprano, había charlado con su protegido espiritual y viejo amigo, quien de manera periódica recurría a él en sus crisis existenciales y de manera constante se preocupaba por hacerle llegar a su anciano mentor alimentos y dinero para su subsistencia personal y el cobijo de algunas obras de caridad, que con su ayuda solventaba aquel monje benedictino que parecía arrancado de alguna estampa medieval de aquellos estereotipados anacoretas que se la pasaban orando toda la vida y servían de pararrayos a la ira del Señor, según creía Pedro fervientemente, y prueba de ello, se decía a sí mismo convencido, ahí estaba él, irreverente, mal portado, sádico y petulante con sus peones, explotador, la viva imagen de un encarnizado encomendero, y aun así el Señor lo bendecía a diario, pues cuanto negocio caía en sus manos fructificaba y el dinero le llegaba en demasía.

Estando en Huamantla y tras las visiones y premoniciones que lo habían postrado en cama, se hizo la firme promesa de acudir adonde el padre Faustino, pues a su entender no le quedaban ya muchos años de vida activa; sus enemigos eran muchos y tenía tiempo ya de venir cavilando la idea de entregarles a sus hijos varones el manejo de sus ranchos y haciendas; él pensaba que tenía que tomarse algunos años para saldar cuentas con Dios y reparar toda una serie de entuertos y desaguisados que había provocado por varios lados. A eso había venido al cerro de Chinautla, a reconciliarse con el Altísimo y, por la intersección de su amigo, lograr el perdón y el sosiego a toda una vida llena de retos y desafíos. Francisca, su mujer —se decía a menudo él—, tenía derecho a gozar de unos años de tranquilidad a su lado. Pero, ¿qué hacía aquí Francisco Javier en compañía de su mozo de estribo?  Eso le intrigaba, pero a no ser que su hijo le contara algo él jamás preguntaría nada.

Una vez que se hubieron despedido del anciano ermitaño, en sus monturas, ensimismado cada quien en su muy particular mundo de pensamientos, iniciaron el descenso rumbo a Santa Cruz por el camino de San Juan Xiutetelco, dejando de lado Jalacingo al tomar un atajo que los conduciría directo a la Calzada de Texacaxco, a escasos metros del entronque con la Calzada de Talixco. Durante el trayecto, en algunos tramos donde el lomerío era suave y se extendía por largos trechos, las bestias se deslizaban a galope tendido para avanzar con rapidez y recuperar el tiempo que perdían en las calzadas empedradas con piedra bola de río, donde las herraduras marcaban el ritmo de un trote acompasado y ligero. Nadie hablaba; en silencio, Pedro encabezaba la marcha, detrás de él, Francisco Javier, luego Juan Cástulo y dos mozos, que montados en sendas mulas arriaban la recua que tras Pedro llegó procedente de Huamantla y aguardó a que bajaran al pie del monte.

—Son mercancías para la tienda de abarrotes de Altotonga y algunos encargos de tu madre —le dijo Pedro solícito a su hijo cuando éste se sorprendió al ver las treinta y siete mulas y machos que bien cargados avanzaban con ligereza.

—Son muchas bestias, padre, y todas bien cargadas —replicó Francisco Javier al contemplar tanto animal—. ¿Todas éstas llevaba usted cuando partió hacia Huamantla? Me llama la atención porque sé que a usted no le gusta llevar tanto animal, y con tanto robo y atraco por el camino, se expone, padre —le insistió—. Oiga, y cuánto arriero, padre, ¿usted contrató a toda esa gente?, ¿no son muchos?

—Sólo los suficientes para llegar a Altotonga, hijo, y después los emplearé en El Jobo, están dispuestos a quedarse y lo mejor de todo es que no son indios, son criollitos del altiplano, rancheros caídos en desgracia con esta guerra que tiene paralizado todo. Mira —agregó Pedro—, lo de bien cargadas es cierto, pero la gran mayoría trae granos: maíz amarillo, alverjón, cebada y avena, y ya ves que son sacos de dos quintales y cada bestia carga hasta quince arrobas, así que por eso me gustó esta mulada, porque son grandes y aguantan mucho peso; y fíjate bien, en realidad son dos recuas —siguió diciendo Pedro—; de las treinta y siete mulas, todas de gran alzada, diecisiete son alazanas y veinte son coloradas y cada recua tiene su propia mula madrina. Ahora observa bien cómo se hace un buen negocio —le comentó Pedro a su hijo—, tú me dirás si tengo o no razón; de los granos que traigo, en especial el maíz amarillo y el yahuit, con el que se hacen esas tortillas deliciosas que echan las molenderas de la hacienda, los que lo siembran prefieren que la semilla provenga de otras tierras, en especial de las regiones altas, como son todas esas llanuras y valles a los pies de la Malinche, y la prefieren porque así no se degenera el grano; acá, con la humedad, los tiempos de germinación y cosecha abrevian y a los cultivos no los alcanzan las heladas tempranas de noviembre, y yo, sabedor de todo esto, traigo el grano que allá compro por quintales o arrobas a precio de mayoreo y aquí lo vendo al menudeo por almud, pues ya ves que nuestros campesinos siembran por tarea, y dependiendo del número de tareas que siembren me compran uno o dos almudes de grano y ahí está la ganancia, porque aparte del precio que obviamente le gano, hay quienes requieren de dos almudes y medio y de acuerdo con la capacidad del cajón, la ganancia siempre es buena.—y al acotar todo esto, reía de buena gana—.¿Soy o no soy buen comerciante, hijo? En esta vida hay que saber sacar ventaja.

Después de esta anécdota, en que le demostraba a su hijo que él sí sabía hacer cuentas y acrecentar los bienes, prosiguió con el recuento y explicación de la carga que traían las mulas.—Lo demás son artículos de jarciería y talabartería para la tienda de Altotonga y algunas telas que tu madre me encargó para ella y tus hermanas —le decía muy animado, con ganas de charlar y charlar, como si quisiera recuperar el tiempo perdido de esa difícil relación padre-hijo que por años se había dado—, y algodón egipcio para la confección de nuestras camisas y ropa interior —continuó—, pues los Bretón tienen una buena tienda de telas en Huamantla; tanto, que a tu madre y a tus hermanas les compré unas sedas chinas de las que trae la Nao de Manila, unos juegos de peinetas de carey, y a tu madre un abanico y un prendedor de perlas. ¡Ah!, y lo que será todo un acontecimiento y quiero que guardes el secreto hasta que se llegue el día, un Cristo de marfil para el oratorio de la casa, mismo que entronizaremos en la celebración de la Santa Cruz, el próximo 3 de mayo.

—Ahora bien, ¿tú crees que yo llevé toda esta cantidad de bestias cuando partí de Altotonga hacia Huamantla? No, cómo crees, esa clase de locuras yo no suelo hacerlas. ¿Te imaginas la de sospechas que eso hubiera despertado? Si así de venida hubo que pasar inspección en dos retenes para mostrar qué clase de carga llevaba. ¿No ves que hay un cerco en toda la región para evitar el tráfico de armas provenientes de Boquilla de Piedras? Éstas se las compré a los señores Bretón una vez hecho el trato de la mercancía; son animales jóvenes, bien comidos y nos servirán en la hacienda, ya ves que últimamente no han llegado a la región ni mulas, ni machos, ni burros procedentes de Zacatecas y con tanta revuelta y alzados por todos lados, yo creo que como van las cosas nos quedaremos sin bestias de carga y los fletes se van a encarecer, además de que nadie quiere arriesgarse a andar por los caminos —hablaba animado Pedro con su hijo; aunque el tema no era muy interesante, rompía la tirantez que se sentía entre ellos y la curiosidad de saber a qué habían ido ambos y cómo es que habían coincidido en la ermita del padre Faustino—. Ya le decía yo a Pedro, tu hermano, que deberíamos de echar a andar un criadero de mulas y machos en Mecacalco o en las tierras bajas de San Joaquín; las vegas de los ríos “Bobos” y “Las Truchas” se me hace que son buenas tierras para eso y hace calor, total, con una buena yeguada y dos o tres burros manaderos se levanta rápido un buen criadero, sólo hay que conseguir yeguas de muy buena alzada, como esas que utilizan en el ejército.

Francisco Javier lo escuchaba a distancia y para poder entablar una charla duradera y que cuando se terminara el tema de las mulas no se hiciera otra vez el silencio, apuró el paso y se le emparejó a su padre, cabalgando desde ese momento uno junto al otro hasta llegar a la hacienda.

—A ver si tú, ahora que te has enrolado en esto de la milicia, conoces a algunos oficiales, de preferencia peninsulares, que deseen vender al mejor postor alguna que otra yegua —le decía Pedro a su hijo—; con esto de la guerra y tanto alzado, sé de buena fuente que por Veracruz ha entrado buena caballada para fortalecer a los ejércitos virreinales, ojalá y hubiera oportunidad de conseguir algunos caballos: uno aquí, otro allá, poco a poco se puede ir haciendo uno de buenos animales; para los negocios hay que tener olfato, ¿no crees? —le explicaba animado Pedro a su joven hijo, deseoso de que se diera la oportunidad de hablar sobre la carta que le había enviado desde Huamantla, la cual pareciera que no  hubiese recibido pues todavía no le comentaba nada al respecto ni se daba ninguna coyuntura, y a menudo se cuestionaba si le hablaría o no de ello, por eso había tratado el tema de la milicia mezclado con el asunto de las mulas. Como decía a menudo Francisca, su mujer, había que meter la aguja para sacar hebra, pero por lo que se veía este mozalbete era duro de pelar.  Ni modo, se repetía, de tal palo tal astilla, para qué preocuparse, todo se daría a su tiempo.

Al llegar a la ermita del Señor de la Compasión, un nazareno amarrado a un poste, semejando que acababa de ser flagelado con todo y corona de espinas, en la encrucijada del camino hacia la comunidad de Tezahuapan, al fondo de la barranca, ante la estupefacta mirada de Pedro, que no daba crédito a lo que veía, Francisco Javier detuvo el paso, se apeó de su montura y, de rodillas, comenzó a orar en silencio.

—¿Te sientes bien, hijo?  —le preguntó Pedro, y ante la ausencia de respuesta bajó también él de su montura y se encaminó hacia su hijo, quien de forma imperceptible, como si fuera un susurro, oraba de manera intensa y dejaba escapar de sus ojos un torrente de lágrimas. Sorprendido, quiso abrazarlo, estrecharlo entre sus brazos y pedirle que le perdonara como lo había escrito en la carta, pero no sabía, no estaba acostumbrado a pedir perdón y más ante la presencia de los peones y arrieros que los acompañaban. De pronto, de manera instintiva, dirigiéndose a Juan Cástulo le dijo: —Muchacho, síguete hasta la hacienda y guía a esta gente para que descanse y las bestias beban agua y coman algo de pienso, que no han disminuido el trote desde que salimos de Chinautla. ¡Ah!, y si la patrona te pregunta algo, dile que luego llegamos y que vea que las molenderas comiencen a echar tortillas y cocinen parte del tasajo que va en la carga, pues los arrieros y peones tienen  que comer.

El fiel mozo de estribo de Francisco Javier asintió con la cabeza y apretó el paso, enseguida toda la mulada lo siguió, pues él iba montado en la madrina principal, una mula alazana inquieta y  pajarera, y pronto desaparecieron en lo alto de la colina, dejando a padre e hijo solos al pie de aquella vetusta ermita, cuidada con esmero por los vecinos del lugar.

—¿Te sientes bien en verdad, hijo? —insistió Pedro ya angustiado, y sus palabras se fueron deshaciendo al influjo del viento que se encajonaba en la cañada. Francisco Javier, suspendido en el tiempo, absorto en sus plegarias, lloraba aún más fuerte hasta que, abrazado del nazareno, poco a poco fue cesando el llanto y una paz interior se apoderó de su ser.

—Estoy bien, padre, estoy bien, no se preocupe usted, nunca antes había experimentado esta sensación de alivio, de beatitud, de comunión conmigo mismo, con el Señor, con todo lo que me rodea, pero en especial con usted, padre, con usted —y viéndose de frente, ambos se traspasaron con la mirada.

—Nunca me hubiera imaginado que usted pudiera escribirme una carta de esa naturaleza, padre, nunca, y además tan reveladora que me hizo volver a vivir lo que había sucedido escasos días atrás. Todo fue como usted lo describió, a tal grado que me cimbró de pies a cabeza y no daba crédito a las líneas que leía —le dijo Francisco Javier a su padre, quien lo escuchaba sin chistar, temeroso de que salieran a relucir los resentimientos y le fuera a reclamar algo. En ese momento Pedro pensó tantas cosas, tantas, que hasta dudaba ya de lo que había escrito y le mortificaba que alguna frase suya, alguna sentencia pudiese haber lastimado a su hijo y que en ese momento se lo fuese a echar en cara—. Lo que sucedió en Boquilla de Piedras, así como lo describió así fue; lo mismo los sentidos funerales en Altotonga, que aún duran con esto de los duelos los nueve días, los cuarenta, los padrinazgos de cruz y todo el ritual de que gustan nuestras gentes —comentó Francisco Javier—. Pero lo que yo nunca hubiera imaginado es que llegaría el día en que se sincerara conmigo y me dijera que me quiere, que me ama; yo de cierta manera lo intuía y hasta me decía a mí mismo: él me quiere a su manera, ni modo que no me quiera, soy su hijo, sangre de su sangre, lo que sucede es que su carácter no se presta para una relación amigable; sin embargo, cuando reflexionaba sobre la diferencia de trato que mantiene con Pedro, mi hermano, me desilusionaba y realmente me sentía mal, muy mal, pero esta carta, padre, vino a despejar mis dudas y le agradezco infinitamente esta oportunidad de acercarme a usted —y sin dejar de hablar, obedeciendo a sus impulsos, lo abrazó con fuerza y permanecieron así largo rato.

—Me bajé del caballo, padre, porque sentí el llamado del Señor, sentí la necesidad de abrazar a ese bendito nazareno que desde niño me conforta y llena de paz, de darle las gracias por todas sus bendiciones, por haber salido ileso del ataque a Boquilla de Piedras, por la llegada de Guadalupe a mi vida, por su carta, por haber permitido que fuera yo encarado por el mismo satanás y darme el valor suficiente para resistir sus embestidas, y por este encuentro maravilloso que tuvimos en el cerro de Chinautla, que yo nunca me hubiera imaginado, bajo la mirada protectora del padre Faustino, y por tantas y tantas cosas con que me ha favorecido a lo largo de mi vida. Hace tiempo, cuando iba a la escuela de párvulos con las monjitas en Atzalan, una tarde nos trajeron hasta acá y así conocí esta imagen —le platicaba Francisco Javier a su padre, quien lo observaba con detenimiento, absorto, y se congratulaba al ver la mansedumbre y sencillez con que éste se desenvolvía, y reflexionaba que tal vez la profesión de su hijo, lo suyo, era el sacerdocio, no la milicia, a la que se había adherido sólo por complacerlo—,que según dicen la trajeron unos señores de apellido Fernández, quienes, procedentes de Santiago de Cuba, viajaban desde el puerto de Veracruz a Teziutlán. Al llegar a este sitio la imagen se hizo pesada, pesada y no hubo quien pudiera moverla; entonces, esta familia decidió construirle la ermita y con mucha frecuencia lo visitan; bueno, sus descendientes, pues hay quien asegura que esto sucedió allá por el 1750,pero hay quienes afirman lo contrario o dan otra versión: que no vino de Cuba, sino que esa imagen llegó procedente de Xalapa una vez que los padres jesuitas fueron expulsados en 1767, durante el reinado de Carlos III, pues estaba en la iglesia del Beaterio o en la de San José; en fin, el caso es que yo lo frecuento desde antes de que hiciera mi primera comunión y creo que bien merece estar en una iglesia, como seguramente lo estuvo, y no aquí, al paso del camino.

—¿Tú crees, hijo? —interrumpió Pedro—.¿Crees que todas las gentes de las comunidades circunvecinas que lo veneran no se molestarían si alguien intentara moverlo de aquí? Ya ves cómo son de supersticiosos nuestros paisanos, y más los indígenas; son cerrados, necios. Es cosa de planteárselo al párroco de Atzalan, a lo mejor se interesa y él se encarga de hacer todas las diligencias.

—No, padre, cómo cree usted, es nada más una inquietud mía que tal vez a futuro se pudiera llevar a cabo; por el momento coincido con usted, no creo que a las gentes de por aquí les guste esa idea, yo lo digo en función de la imagen, que es bellísima, de un realismo conmovedor y mire que ha de tener más de cien años; tan sólo aquí debe llevar casi setenta años. No, yo lo digo por eso, merece un altar, no una ermita y venir a ver, padre, a lo mejor yo sería de esos vecinos que se opondrían a su traslado, ¿no cree?, pues yo vengo seguido a visitarla cuando estoy por aquí.

—No nada más tú, ya que lo confiesas te voy a ser sincero —le dijo Pedro a su hijo—,yo también vengo seguido y me gusta reflexionar algunas cosas con él; incluso cuando tengo que tomar alguna decisión difícil se la comento, y verás, vengo más a la ermita que a misa, aunque tu madre a menudo me regaña por eso. ¿Y sabes una cosa, hijo? Esto que te voy a decir lo vengo meditando de tiempo atrás, desde hace más de dos años. En cierta forma yo me siento culpable de que tú hayas dejado el seminario y creo que esa decisión la debes reconsiderar, evaluar a conciencia, y perdóname por no habértelo dicho en la carta, pero creí conveniente hacerlo ahora —le comentó Pedro a su hijo, que perplejo, no daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Por qué su padre hablaba hasta ahora, por qué durante años dejó que creciera esa barrera que los apartaba? ¿Por qué del porqué? Todo esto era difícil de entender y más le parecía este último mes del año que acababa de pasar, en que había vivido con tal intensidad que sentía, a sus 23 años, como si su vida hubiera transcurrido en un devenir plano, amorfo, como si apenas hubiera cobrado conciencia de la trascendencia de sus actos.

—Usted nunca me forzó a nada, padre, insinuaba, sí, hacía algunos comentarios, pero nada más. Y ante mi vocación, con lo único que conté siempre fue con el apoyo irrestricto de mi madre; cuando se trataba el tema usted guardaba silencio, lo que yo siempre interpreté como dice el adagio: “el que calla otorga”—le comentaba Francisco Javier a su padre, quien dispuesto a borrar todo vestigio de malos entendidos se esforzaba porque la relación con su hijo varón menor, de ahora en adelante fuera de lo más apacible y por el camino del buen entendimiento.

—Mira que eres hábil, muchacho, pero piénsalo de todos modos, piénsalo bien, que esta guerra va para largo y si has decidido entrarle como lo has hecho, que ya hasta tu bautizo de sangre has tenido, piénsalo bien.

—Bien dice que fue mi bautizo de sangre, porque en realidad aquello fue una carnicería a mansalva, pues quienes debieron tomar cartas en el asunto no lo hicieron y nos mandaron a nosotros sin ninguna preparación o experiencia alguna; ya ve, el capitán Zamora nos mandó solos, a sabiendas de lo que pudiera suceder y ya vio lo que pasó, no necesito contarle nada, todo lo sabe y lo presenció de manera prodigiosa, de acuerdo con los designios de Dios —le decía Francisco Javier a su padre, quien lo animaba a regresar al seminario—. Ahora, padre, después de todas estas experiencias, de haber conocido la muerte de cerca y tener la pena de presenciar la muerte de amigos muy queridos, de mujeres y niños inocentes, creo que soy indigno de abrazar las órdenes sacerdotales con las que había soñado toda la vida: por lo menos en un par de años estoy cierto que no volveré a Puebla, al seminario, aunque esta guerra fratricida e inútil, como usted la llama, no sé cuándo termine. En el momento que nos enlistamos al regimiento de los Libres de Altotonga, cuando nos invitaron a participar, todos pensábamos que sería difícil, que había riesgos que correr, pero pensábamos que lo importante era defender nuestro pueblo de algún ataque de bandoleros o fuerzas insurgentes dispuestas al saqueo, a violentar nuestros hogares, a quemar nuestras cosechas; no que iríamos a asesinar a gente inocente que cuidaba unas cuantas cajas de parque y unos barriles de pólvora.

—¿Tanto así te marcó esa primera incursión en la milicia? —preguntó Pedro a su hijo—. Yo creo que debes superar el mal sabor de boca que te dejó esa acometida, la carrera de las armas, el ejército como profesión; cierto que es arriesgado, pero es toda una carrera con ascensos y canonjías, grados, uniformes, prestigio; debes pensarlo bien, un oficial siempre es respetado y tiene un lugar en la sociedad; claro está que un sacerdote también y venir a ver, tú te debates entre las dos profesiones más socorridas en estas tierras y en estos tiempos, ya ves cuánto sacerdote se ha involucrado en esta guerra, al grado de que los señores Hidalgo, Morelos y Matamoros, entre los más destacados, eran curas de pueblo y se convirtieron en caudillos.

—Tiene razón, padre, tiene razón, pero por ahora son tantas las cosas que me han sucedido, tantas, que debo hacer, como se dice, un alto en el camino y repensar mi vida —comentó Francisco Javier a su padre, al tiempo que tomaba providencias ya para reiniciar su camino—, además de que ahora tengo la responsabilidad de una niña preciosa que me confió su madre al morir y de cuya muerte, en parte, soy responsable; por lo menos yo así lo siento, aunque haya quien piensa que esos son gajes del oficio de la guerra. Y como verá, ya siendo padre de familia no puedo ser sacerdote. Ahora que conozca a la niña le va a encantar, realmente es una criatura angelical —y diciendo esto, animó a su padre a que tomara su montura de nuevo y salvaran la empinada cuesta que los separaba de la colina, desde donde se avistaba la Hacienda de la Santa Cruz.

Al divisar las primeras colinas de la hacienda, Pedro detuvo su montura y aspirando una gran bocanada de aire exclamó: —Ahora sí la vi cerquita.

—¿Qué vio cerquita, padre? —preguntó Francisco Javier, intrigado.

—La muerte, muchacho, la muerte, qué va a ser, esa pulmonía ya mero me carga; ya me imaginaba que me iban a enterrar en el malpaís y nunca más contemplaría mis tierras —profirió con fuerza y ánimo a la vez, esbozando una franca sonrisa de triunfo—.Menuda sorpresa se van a llevar tu madre y tus hermanos al vernos regresar juntos a la hacienda, ¿no crees? —le dijo Pedro a su hijo—. ¿Sabía tu madre acaso dónde andabas? Porque tú, si lo sabré yo, eres el amo de lo inesperado —volvió a decirle Pedro.

—Bueno, tanto como saber dónde andaba, no, no lo creo, sólo le dejé un recado con  Soledad, mi hermana, de que había tenido que salir a hacer unas diligencias relacionadas con mi encargo de teniente de la milicia urbana del pueblo —le respondió Francisco Javier, un poco en tono de sorna—.Bueno, yo creo que eso de hacer cosas de manera inusual o inesperada es de familia —se apresuró a contestarle Francisco Javier—. Mi madre es igual en cierto sentido, no me despedí de ella ni le pude avisar hacia dónde me dirigía porque no estaba en casa y, como es su costumbre, nunca dice adónde va. Y usted es igual, padre —hizo hincapié Francisco Javier—. Recuerdo las dos ocasiones en que lo acompañé antes de irme al seminario a Puebla, una de ellas a Veracruz y la otra a El Jobo; nunca me dijo adónde íbamos y siempre tenía que empacar mi ropa en la penumbra de la madrugada sin saber cuándo regresaríamos o por dónde nos iríamos. Si algo tengo presente es que jamás recorría el mismo camino o sendero. Inclusive para ir de la hacienda a Altotonga o a Atzalan cambiaba la ruta según la ocasión o la hora del día, siempre desconfiado, dudando de todo el mundo; genio y figura, hasta la sepultura, padre, y usted es quien me critica por ser el amo de lo inesperado —concluyó Francisco Javier con una franca sonrisa.

Ese día, al compás del galope, a Francisco Javier le pareció descubrir a un ser humano diferente en la persona de su padre: platicador, alegre, incluso hasta simpático, pero aun así no alcanzaba a descifrar la incógnita de ese precipitado viaje de Huamantla al cerro de Chinautla; tal vez en los días por venir habría tiempo de sobra para aclarar una y mil cosas que siempre se quedaban a medias o sólo se insinuaban, situación que enrarecía la relación entre ambos. Antes de tomar la Calzada de Talixco en la bifurcación del camino hacia Texacaxco, pensó que dado que las hostilidades entre padre e hijo se habían terminado, era preferible de una vez por todas dejar todo aclarado; cualquier duda sólo serviría para volver a enfriar su relación y antes de que se arrepintiera le soltó a bocajarro la pregunta:

—¿Padre, por qué la urgencia de viajar de Huamantla a Chinautla? Usted nunca se imaginó que yo estaría aquí, ¿verdad? —le preguntó Francisco Javier a su padre, quien sorprendido por las preguntas detuvo el paso y retrocedió para emparejarse con su hijo. —Cierto, hijo mío, cierto, y has dicho bien, por qué la urgencia, y créeme, nunca pensé que me harías esa pregunta y mucho menos que yo te narraría lo que a continuación te contaré; sí, tenía urgencia de llegar ante ese santo varón para que me iluminara porque temía por tu vida, por tu salud espiritual; yo presentía que un gran peligro te acechaba y tenía la certeza de que sería el día de ayer. Yo lo sabía muy bien, no me preguntes por qué, pero lo sabía, lo había soñado, porque al igual que a mí, al pasar de los veintitrés años el malvado se ensañaría contigo, se acercaría a ti como lo hizo conmigo y trataría de comprarte, de ofrecerte poder y riquezas, por eso quise alcanzar el consejo de mi viejo mentor, el padre Faustino; gracias a Dios no pasó a mayores y al verte ahí dentro, en la penumbra de la cabaña, descansé, supe que estabas bien y que si algo sucedía ahí estaba yo para enfrentarlo juntos. Al día siguiente el padre Faustino me contó a detalle todo por lo que pasaron y que gracias al Altísimo superaron la visita de tan inmunda bestia. Por eso yo siempre me opuse a las catequistas en Atzalan, cuando eras un niño y salías en las pastorelas que escenificaban en la parroquia, que se empeñaban en que tú fueras Lucifer. ¡Imagínate qué manera de tentar al maligno! Pero sólo yo sabía el porqué. Esto que te platico es una vieja maldición que se cierne sobre mi familia desde muchos años atrás y recae sobre el segundo hijo varón de un descendiente de Alonso Gómez, mi chozno, justo varón que lo desafió en la Málaga de 1640 al colaborar con un sacerdote en el exorcismo de una pobre mujer a quien poseía —le comentó Pedro a su hijo, que atento y sin poderlo entender lo escuchaba, mientras sentía que un sudor helado le escurría por la espalda al recordar aquel sombrío encuentro con el enemigo.

—Esto que te he confesado—agregó— debe quedar entre nosotros dos nada más, ¿me entiendes?, a nadie se lo debes platicar, mucho menos a tu santa madre, que no tiene porqué angustiarse por ese tipo de maldiciones. Esto lo sabes tú, el padre Faustino y yo, nada más, y mira que el padre no te comentó nada, ni una palabra salió de su boca y así debe permanecer, en secreto, que tu boca se cierre y tu corazón olvide esa aparición maligna. La tradición familiar asegura que esa maldición se romperá cuando un descendiente de Alonso Gómez en línea directa no engendre a un segundo hijo varón o no tenga hijos varones.

—¿Y por qué tiene que ser el segundo hijo varón, padre?, ¿por qué? —le preguntó intrigado Francisco Javier.

—Porque el buen Alonso Gómez Sarabia, mi chozno, era el segundo hijo varón de su padre y precisamente recién había cumplido los veintitrés años cuando participó en el exorcismo aquel que le acarreó, a él y a nosotros sus descendientes, tan funesta maldición; ¿me entiendes ahora, hijo, me comprendes? —le decía Pedro a su hijo—.Y mira que para mi desgracia yo fui, aunque bastardo, el segundo hijo varón de mi padre, pues con su esposa sólo tuvo un hijo varón que falleció a los siete años y después puras mujeres, creo que cuatro, ya ni lo recuerdo. Mi padre jamás me reconoció ni me vio con buenos ojos, el apellido lo obtuve gracias a los buenos oficios del padre Faustino, quien lo conocía y abogó por mí ante mi abuela, pero si por él hubiera sido, ni el apellido me daba; de parte de él no tuve más herencia que esta maldita maldición y al demonio no le importó que yo fuera bastardo, le bastó con que fuera el segundo hijo varón. ¡Vaya jugarretas que nos acarrea el destino!, ¿no crees? Cuando tú naciste mi felicidad no fue plena, para mí fue un día triste y maldije una y mil veces a la partera cuando volteó jadeante y toda llena de sudor, cogiéndote de los pies para mostrarte, me sonrió y me dijo: fue niño, patrón, fue niño. Qué desdichado fui a partir de ese 4 de octubre de 1793,nada más de pensar en que algún día se cumpliría tan fatídica condena. Cuando ingresaste al seminario accedí en realidad con gusto e hicimos aquel viaje a Chinautla con tu madre y hermanos, te has de acordar, porque después de ese viaje viajamos tu madre, tú y yo a Puebla a dejarte al seminario; entonces pensaba que ahí estarías más protegido que en ningún otro sitio y sobre todo tendrías más armas para protegerte en contra del maligno. Y venir a ver, dejaste el seminario y yo nada más contaba los días en que se fuera a presentar esta situación; ahora sé muy bien, hijo mío, que eres un elegido de la Divina Providencia y que pese a esta temible maldición que se cierne sobre los Gómez, tú saldrás adelante y ya le demostraste a ese infeliz de lo que eres capaz, todo me lo contó el padre Faustino. Y por lo que se refiere a Juan Cástulo, no te preocupes, yo sé que ya habrás hablado con él al respecto, porque además de venerar a tu madre, su madrina, a ti te tiene una devoción total, si lo sabré yo, que cuando te castigaba de pequeño me miraba con unos ojos de odio. Y te decía —agregó Pedro—, yo sé bien que la Divina Providencia te protege porque esa voz misteriosa que estaba detrás de la visión que tuve durante mi convalecencia en Huamantla, la que te narré en mi carta, claro me dijo que yo me había salvado gracias a tus oraciones, a tu intercesión —y mientras hablaba con vehemencia, el sol del mediodía le llenaba el rostro de sudor e iluminaba la mirada; por fin descansaba, pensó, al haberle contado a su hijo todo aquello que por años trajo guardado y que, paradójicamente, los había distanciado.

Al terminar de hablar Pedro, Francisco Javier, taciturno, tomó su medalla de san Benito y besando respetuosamente la cruz se santiguó y abrazó fuertemente a su padre. —Ahora si ya no me cabe la menor duda del amor que me profesa, padre, Dios lo bendiga —le dijo a su progenitor con los ojos colmados de lágrimas y la emoción contenida—.Vámonos, que se hace tarde y nos esperan, no vayan a pensar que nos ha sucedido algo, en estos tiempos que corren uno nunca sabe— y juntos comenzaron a avanzar uno al lado del otro.  

El trayecto de Texacaxco a la hacienda fue rápido; por la calzada se escuchó el ladrido de los perros, que gustosos salían a recibir a sus amos y alertaron a los criados y a la familia entera de su regreso.

—¡Mira a quién te he traído! —le dijo Francisco Javier a su madre, que solícita salió al pórtico de la casa a recibirlos.

—La verdad es que yo ya no entiendo nada —exclamó Francisca un poco desconcertada—. Primero te vas tú y Soledad no me dijo nada en concreto; luego me llega un recado de tu padre con un arriero, que me dice que los esperara a comer hoy a los dos. Y a todo esto, ¿adónde andaban los dos, por qué llegan juntos si vienen de lugares distintos?, creo yo. ¡Qué enredos!, por lo menos de una cosa sí estoy cierta: hoy, por primera vez en mucho tiempo, la familia está completa. Desmonten, lávense un poco y quítense el sudor del camino que la comida aguarda y la mesa está puesta, y a mí no me gusta esperar.

Y tomando a cada uno por el brazo, subió los escalones de la entrada y los introdujo hasta el comedor de la casa, donde en un gran recipiente de porcelana humeaba un delicioso chilatole de carne de cerdo flanqueado por floreadas vasijas de peltre repletas de arroz blanco y lentejas guisadas con chorizo y dos grandes canastos con tortillas hechas a mano de maíz yahuit.

—¿Chilatole ahora, mujer? —preguntó Pedro sorprendido—. ¿Me quieres decir de dónde has sacado elotes tiernos en pleno invierno?

—Pedro, tu hijo, acaba de llegar anoche de El Jobo y trajo consigo un canasto de elotes tiernos, calabacitas y unos quesos de cabra que le manda a Francisco Javier doña Matilde Bárcenas; te has de acordar de ella, la viuda de Raimundo Salazar Méndez, tu paisano —le platicó animosa Francisca a su marido.

—¿Matilde, la viuda de Raimundo?¿Y qué tiene que ver Francisco Javier con esa mujer, Francisca, si podría ser su madre o su abuela, no? —dijo de manera pícara Pedro a su esposa.

—Nada, hombre, nada, la buena mujer es su amiga y mira que se ha portado de maravilla con nuestro hijo; cuando bajes a Tlapacoyan deberías de pasar a saludarla —le dijo Francisca a su marido—. Ya Francisco Javier te contará a su debido tiempo, porque ahorita vamos a comer, todo por lo que ha pasado, al grado de que agárrate fuerte por la noticia que te voy a dar —le comentó a Pedro haciéndole un guiño con el ojo derecho y sonriéndole de manera maliciosa—: este joven por aquí se va a la guerra y de regreso, de sopetón, nos ha hecho abuelos, ¿cómo ves?Y sin casarse siquiera.

—Pero mamá, ¿que está usted diciendo? —exclamó Francisco Javier, todo ruborizado y sin saber qué decir.

—Pero hijo, ¿por qué te ruborizas?, es sólo una broma de tu querida madre y además estamos en familia, de lo cual debo hacer hincapié —expresó el buen Pedro Gómez Larrañaga, al verse rodeado del cariño de su familia—. Lo de la pequeña ya me lo has platicado y sólo quiero agregar que Dios, en sus designios, nunca se equivoca y el haberte dado a esta pequeña, dentro del infortunio en que nació este angelito, ha sido porque así lo quiso él y tú fuiste escogido para guiar  sus pasos. Y quiero que tengas la certeza —agregó en ese momento— que nosotros, tu familia, tu madre, tus hermanos y yo estamos felices, compartimos esa sagrada responsabilidad que adquiriste y te apoyaremos siempre —y levantando su copa de vino, hizo un brindis por el bienestar y felicidad de la pequeña.

—Ah, y ya me contarás tus cuitas con la buena Matilde, una matrona en toda la extensión de la palabra. ¿Y qué tal habla, conversa? No le para la boca en horas, ¿verdad, hijo? Es genial la mujer, genial —dijo Pedro sin poder contener una risita maliciosa—, tan genial que engorda sus rebaños de cabras en mis tierras.

—Bueno —terció Francisca en la plática—, no tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre.

—¿Yo, mujer?, ¿yo indio? —dijo Pedro—, mejor te contesto con otro refrán, a ti que te gustan tanto: “En el arca abierta hasta el justo peca”.

Todos soltaron la risa y el gran comedor se llenó de murmullos y una plática animada que, trepándose por los techos de bóveda, le dio a aquel gran salón un ambiente de fiesta que hacía tiempo no se respiraba en la Hacienda de la Santa Cruz.

1 Prenda tejida con palma que hace las veces de impermeable.