La democracia aún no acaba de llegar

Por Fernando de la Luz
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La democracia, un término con una concepción muy precisa y una trayectoria errática a lo largo de dos mil cuatrocientos años, cambia de piel y sufre una metamorfosis constante para presentarse en los inicios del tercer milenio como el ideal a alcanzar por una humanidad que, no obstante haber repasado todos los sistemas de gobierno hasta la saciedad, todavía no encuentra el camino. ¿O el ensayo y error debe ser una constante en la historia de los pueblos?

Con echar un simple vistazo a la prensa periódica, revistas de análisis político, semanarios, vespertinos y hasta publicaciones y folletines amarillistas, cualquier persona, sin ser analista político o sociólogo, podrá percatarse de que la situación en el país no anda lo bien que se quisiera, ni la democracia, de la que tanto se habla y en aras de la que se legisla, actúa y gobierna, responde a las expectativas de la población en general.

¿Qué sucede con el controvertido Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que salvo rarísimas ocasiones emite un comunicado, ya no se mantiene en las noticias a ocho columnas y parece haber desaparecido después del ya también lejano triunfal Zapatour? ¿Y con el Ejército Popular Revolucionario, surgido en los estados de Guerrero y Oaxaca, tan en boga ahora mismo con la serie de atentados que se ha adjudicado? ¿Acaso la situación de miseria, desempleo y marginalidad en que viven millones de mexicanos y que orilla día con día a que cientos de miles de ellos emigren al vecino país del norte no tiene que ver con la democracia? ¿Y los millones de campesinos e indígenas que subsisten con niveles por abajo del salario mínimo en todo el país, le importarán a la democracia, aparte de que en cada inicio de sexenio sean tema y prioridad del mandatario en turno, se rasgue las vestiduras por su miseria y olvido y luego se aboque a tareas más importantes? La realidad sobrepasa a las estimaciones y la verdad es más cruda de lo que se cree en torno a todas estas interrogantes que, para beneficio del sistema, a la gran mayoría de la población, en especial a la que habita en el medio urbano, no le importan.

¿Hasta qué punto afecta al resto de la ciudadanía que no vive en Chiapas, Guerrero, Michoacán o Oaxaca lo que ahí sucede? ¿O lo que a diario manejan los medios en torno al narcotráfico, los asesinatos, ejecuciones, detenciones? Tanto la pregunta como las probables respuestas son relativas; pero lo que sí está claro es que a la casi totalidad de los habitantes estos asuntos no le interesan en tanto no la afecten de una manera directa. Según una encuesta de opinión pública realizada por Latinobarómetro, en México sólo a 46% de la población le interesa saber acerca de la democracia o al menos se cuestiona al respecto. Y sólo 26% de este 46% aprueba o está satisfecha con el tipo de democracia que tenemos. Puede interesarle a una gran mayoría el problema de la inseguridad –y para muestra ahí están las marchas–, el de la violencia, así como el fenómeno del desempleo y subempleo; pero lo demás no deja de ser noticia en las primeras planas de los periódicos, motivo para discusiones bizantinas de café y para que el nombre de México, a nivel internacional, esté de moda y sirva para que se nos juzgue desde cualquier foro. Pero, ¿dónde quedó el espinoso problema de la democracia? Sí, esto de que la democracia aún no acaba de llegar. Pues, simple y sencillamente, en que la democracia es algo de lo que se habla mucho, se sabe poco y se experimenta nada más a la hora de sufragar dentro de los procesos electorales, en un país que lleva intentando adoptarla como sistema de gobierno los mismos años que lleva como país independiente.

Desde el preciso momento en que se planteó la lucha por la Independencia, en 1810, y se publicaron documentos medulares como el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana y Los Sentimientos de la Nación, que enarboló don José María Morelos y Pavón, la democracia hizo su aparición en el naciente contexto político mexicano y, a ciento noventa y siete años de distancia, no acaba de llegar, ¿o sí?

En un principio el término apareció de manera vaga y vacilante y sin una definición clara, sobre todo por lo que se refiere a los escritos de Hidalgo que, en plena guerra de Independencia, no sabía a ciencia cierta por qué se había lanzado a la lucha y planteaba la posibilidad de traer a Fernando VII a gobernar Nueva España. La rebelión iniciada por un grupo de criollos disidentes y enmarcada dentro de los cánones de la Ilustración, fue desbordada y arrollada por una gran masa informe de desempleados, campesinos despojados de sus tierras y todos aquellos ciudadanos que durante más de diez años habían sido golpeados por las crisis agrícola­-económicas del siglo XVIII. Lo que pretendía en un principio ser un movimiento emancipador se convirtió en una guerra poco articulada, sin ideología y donde la muchedumbre sin control se lanzaba al saqueo y a la anarquía.

Es Morelos, con un sentido más diáfano de la lucha, quien expresa, en el documento que le dictara a Andrés Quintana Roo la víspera del Congreso de Chilpancingo y al que podríamos considerar como su testamento político, que la soberanía reside en el pueblo. Posteriormente, ya con la promulgación del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, mejor conocido por el nombre de Constitución de Apatzingán, se habla de una división de poderes.

Morelos sabía bien que al joven país no le convenía un gobierno monárquico y estaba consciente de que aunque la instauración de la democracia sería difícil, era preferible afrontar el reto y no caer en la tentación de los absolutismos que prevalecían en Europa en ese momento. Napoleón Bonaparte, constituido en emperador absoluto sobre las cenizas de la Revolución Francesa, ponía el ejemplo.

La ardua revuelta diseminada a lo largo y ancho de las regiones más pobladas de la Nueva España por más de diez años desgarró al país y, al complicarse los asuntos en la península, arribistas como Iturbide, que en un principio luchaban contra la independencia cuando ésta constituía un peligro para los intereses de la clase terrateniente, el clero y el ejército, enarbolaron la bandera de las Tres Garantías y dieron fin a una guerra que, salvo la presidencia de Guadalupe Victoria, se volvió a enseñorear de todo el territorio nacional por más de cincuenta años. Al principio la lucha era por emanciparse de España; después, por ver quién detentaría el poder.

Toda la primera mitad del siglo XIX y casi veinte años de la segunda mitad se caracterizaron por una inestabilidad política atroz, donde la asonada, el motín y la guerra civil sentaron sus reales. Las guerras intervencionistas,  como la invasión norteamericana de 1847 y la intervención francesa, que se inicia en 1861 y termina con la frustrada experiencia del Segundo Imperio de Maximiliano en 1867, se da dentro de toda una serie de guerras intestinas entre liberales y conservadores, donde la sufrida sociedad mexicana pierde a sus más brillantes intelectuales en una pugna estéril conocida por la historia como la Guerra de Reforma.

El establecimiento del Estado liberal, consecuencia de la promulgación de las Leyes de Reforma, significó para México el triunfo de un nuevo orden sustentado en la rectoría del Estado y en la abolición de los fueros que, de manera muy especial en el caso de la Iglesia Católica y su clero, representaba un grave obstáculo para el surgimiento y consolidación del Estado moderno como tal. La Iglesia Católica se había constituido en un Estado dentro de otro Estado y la disyuntiva era: o subsistía el Estado liberal o el clero mantenía,  mediante un gobierno centralista y conservador, todos los privilegios del statu quo que ahogaba económicamente al país.

La democracia siempre ha ido de la mano del sistema capitalista, sobre todo a partir de que el liberalismo como doctrina da sustento al capitalismo como sistema y entroniza y acuña el concepto “democracia liberal”, que será el tipo de democracia por la que pugnarán todos los integrantes del Partido Liberal impregnados de las ideas de Smith y Bethman y de toda la Escuela Inglesa.

Hombres como el propio Juárez, Melchor Ocampo, Leandro Valle, Santos Degollado, Francisco Zarco y, con anterioridad a ellos, el Dr. José María Luis Mora, militaron dentro de esta corriente ideológica, que en su tiempo y momento era sinónimo de progreso y civilización.

Durante la década comprendida entre 1840 y 1850,  el apologista de la naciente clase media, Mariano Otero, considerado por los estudiosos de la Ciencia Política y la Sociología hoy en día como uno de los grandes pensadores de la primera mitad del siglo XIX, publica en 1842 un ensayo que denominó Ensayo sobre el verdadero estado social, político y económico que se agita en la República Mexicana en el año de 1842, donde trata de encontrar una respuesta lógica a lo que sucedía en el país y posteriormente, en 1847, escribe otro magistral ensayo sobre las causas en que se encontraba el ánimo y espíritu de los mexicanos, que propició la debacle ante las fuerzas estadounidenses y, sobre todo, se cuestionaba el porqué se había perdido la guerra y gran parte del territorio nacional. Tanto en el primero como en el segundo ensayo son asombrosas las conclusiones a que llega en torno al ejercicio de la democracia, a las causas por las que ésta no se da en México y al porqué no existían y no estaban arraigados todavía entre la población sentimientos como la nacionalidad, los de identificación como pueblo, los de unidad, que llevaron a México a perder la guerra. Otero, al igual que Carlos Marx, reconoce que el problema que decide el tipo de sistema que imperará en una sociedad es el relacionado con quienes detentan la posesión de los medios de producción, de donde se desprenden todos los demás problemas.

Es de llamar la atención su planteamiento más importante, cuando habla de la naciente clase media, a la que adjudica el ejercicio de la democracia, pues dice que esta clase social está llamada a regir los destinos del Estado, pues en ella se pueden evitar los excesos, vicios y maldades, tanto de las clases altas como de las clases bajas, y que la creación y fomento de las clases medias evitarían las tensiones dicotómicas y ambivalentes y serviría de colchón a la sociedad.

Curiosamente, los liberales que promulgan la Constitución de 1857, muy imbuidos en las ideas económicas del momento, así como de la revisión de los textos aristotélicos y de Platón, coinciden con Otero en que la democracia sólo la podrán establecer las clases medias, entendidas éstas como las más favorecidas económicamente y con una vocación de servicio. Para ser diputado o acceder al cargo de senador o de cualquier puesto de elección popular para representar al pueblo, se tenía que contar con una situación económica lo bastante desahogada como para poder vivir de sus rentas y dedicarse a la política sin perseguir el mezquino interés del enriquecimiento ilícito. En mucho está detrás de esta idea toda la concepción ideológica del pequeño burgués, que se presenta como el prototipo del ciudadano decente, culto y capacitado para gobernar.

La Reforma, movimiento político e ideológico de acendradas raíces liberales, sentó las bases definitivas para la instauración del sistema capitalista y acabó con las pretensiones del clero y los conservadores de perpetuar el régimen centralista y autoritario de la época virreinal. La Ley de Desamortización de Bienes de Manos Muertas terminó con los latifundios del clero, en especial de las órdenes religiosas, capitalizó al Estado liberal y sentó las bases para el acaparamiento desmedido de las tierras en manos de unos cuantos terratenientes, donde la hacienda, empresa de corte capitalista, sería el modelo  de la explotación agrícola, industrial y ganadera de la era dorada del porfiriato.

Es necesario hacer una minuciosa reflexión sobre los estrechos lazos del término democracia y la ideología liberal del siglo XVIII, donde el famoso “dejar hacer, dejar pasar” de los franceses era la medida del progreso.

El sistema capitalista, que se empieza a gestar a finales de la Edad Media y en el Renacimiento, con el mercantilismo como su primera etapa, al advenimiento de la Revolución Industrial pasa de mercantilista a industrial y la economía de la época se va a caracterizar por el surgimiento de las grandes factorías y la innovación del proceso productivo en cadena, el hacinamiento de obreros en torno a las industrias, la aparición del proletariado como clase social. Como consecuencia de todo esto las antiguas cofradías de artesanos y mutualidades de operarios se convierten en sindicatos, que darán origen a los partidos políticos. Todo este entorno plantean los teóricos del Estado, la necesidad de definir en quién reside la soberanía y replantear toda una serie de concepciones y valores en torno al gobierno del pueblo y a la nación.

Hay quienes adjudican a Abraham Lincoln la definición de que la democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, aseveración sin duda hecha una vez terminada la guerra de secesión. Si se analiza el origen de la democracia y se llega hasta sus raíces en la Grecia de Pericles y los grandes filósofos, su significado era el de “gobierno del pueblo”. Pero cabría la pregunta: ¿qué significaba el concepto pueblo para los griegos? Para los griegos, “la demos” eran los ciudadanos que se reunían en el Ágora y, en consecuencia, se trataba de hombres libres, con ciertas posibilidades económicas, cierto abolengo de familia y dedicados exclusivamente a la política.

Como vemos, difiere en mucho la concepción de pueblo que tenían los griegos a la concepción de pueblo que tenemos hoy en día; es por eso que el politólogo italiano Giovanni Sartori apunta categóricamente, en su obra Aspectos de la Democracia, que en la actualidad no podemos hablar de democracia, sino de masocracia. Ya no es el gobierno del pueblo, sino el gobierno de las masas. Y aquí cabría una pregunta nuevamente: ¿quién gobernaría a esas masas? Claro está, el problema no es sencillo y por eso es conveniente un recorrido, aunque sea somero, por la tormentosa historia de la democracia en México que arroje luz sobre el hecho de por qué aún no acaba de llegar.

Una vez aclarado el origen del término y entendido que la democracia liberal es el gobierno de la elite que detenta el capital y los bienes de producción, parece lógico y coherente el proceso que siguió la democracia liberal en el México de la Reforma y el porfiriato y darse cuenta de que este último fue la consolidación de todos los ideales y propuestas de la Reforma. El hacendado porfirista fue el beneficiado directo de las Leyes de Reforma y el heredero de toda la tradición liberal de la época. Porfirio Díaz Mori, mediante su famoso Plan de la Noria, se levanta en armas en contra de la reelección y, en pos de ella, se quedó en el poder treinta años.

Cuando Francisco I. Madero convoca a la revolución en el Plan de San Luis, el lema “Sufragio efectivo, no reelección” va a ser su grito de guerra y pregonando una democracia liberal, tan o más liberal que la del siglo XIX, se lanza a la lucha, en la que paradójicamente se repite el fenómeno de que el pueblo lo rebase y sea Emiliano Zapata, con su Plan de Ayala, el que realmente plantee los reclamos de tierra y libertad y recuperación de las tierras comunales.

Al estallido de la Revolución, los problemas candentes de la sociedad afloran y entre tantas iniciativas, reclamos y explosiones de libertad, la democracia liberal no da una respuesta contundente a las necesidades del pueblo. Tan es así que sesenta años después de promulgada la segunda Constitución del país tiene que hacerse un replanteamiento de las cosas y la Constitución de 1917 se abre como una posibilidad conciliadora e incluyente a la nueva estructura social del país. La Revolución Mexicana, catalogada como la primera revolución social de la historia, estalla bajo la premisa de que se necesita un cambio de figura de quien detenta el Poder Ejecutivo y un equilibrio real de los tres poderes del Estado. Cuesta trabajo comprender en realidad cuál ha sido la ruta de la democracia en la historia de nuestro país, sobre todo a raíz de la promulgación de la Constitución del diecisiete que, salvo por la inclusión de los artículos 27 y 123, que consagran los reclamos agrarios y obreros, en esencia es una constitución también de corte liberal que en la práctica dio paso a un Estado centralista con un presidencialismo fuerte y autoritario, so pretexto de consolidar los logros de la revolución y de combatir a los emisarios del pasado.

Un poco se repite aquí la política de “pan y palo” del porfiriato, en que se creía que el pueblo no estaba preparado para ejercer sus derechos ciudadanos y que debería de ser la clase gobernante, que de sobra había hecho méritos para llegar ahí, como el propio Díaz, la que debía regir los destinos de la República.

Los gobiernos posrevolucionarios, de Venustiano Carranza a Díaz Ordaz, salvo el intento de Lázaro Cárdenas del Río por reivindicar las demandas obreras y campesinas y acercarse al modelo socialista de la época, que las mismas contradicciones del sistema impidieron que cristalizaran, han sido regímenes eminentemente pro liberales, enmarcados dentro del esquema neocapitalista de las economías de guerra de la primera y segunda guerras mundiales. Los partidos políticos van apareciendo paulatinamente como una concesión graciosa del Estado y el partido oficial (PNR, PRM y PRI) se yergue como una institución necesaria para aglutinar a todas las fuerzas posrevolucionarias y hasta el año 2000 había venido funcionando como una maquinaria electorera muy bien aceitada para apoyar y mantener al Estado Nacional, Libre y Soberano de que tanto se ha hablado, pero a partir de diciembre de 2000, en que el partido oficial perdió las elecciones, se ha puesto en tela de juicio.

En la década de los setenta, consciente de que el Estado Mexicano debía buscar una nueva definición de su quehacer político, sobre todo por lo que se refería al abatimiento de la miseria, la desigualdad, el entonces presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, declaró que en México el sistema de gobierno era la “democracia social”, nunca más la democracia liberal, y aceptó de manera valiente que el país no estaba en vías de desarrollo, como lo habían manejado hasta entonces los gobiernos de la revolución, con el beneplácito, claro está, del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y cobijado bajo la famosa “Alianza para el Progreso” de la era Kennedy, sino que era un país subdesarrollado.

Esto no nos llevó a grandes resultados, otra vez las contradicciones del sistema y la realidad del marco económico en que estábamos y estamos inmersos cortó los intentos de la búsqueda de un nuevo esquema, otra salida; pero sí fue un serio intento de reconocer nuestra realidad y tratar de buscar, al unísono con los países del llamado Tercer Mundo, que en su momento aglutinó la Conferencia de Bandung de los no alineados, una vía alterna para alcanzar el desarrollo social de la inmensa mayoría de la población, inspirada y justificada en los postulados de la revolución, aunque después, en algunos casos, se cayó en los excesos del populismo, fenómeno político muy peculiar de los países subdesarrollados.

¿En ese momento de la vida institucional de México era plausible hablar de que se tenía o existía como sistema de gobierno  la democracia? ¿Podemos afirmar que la democracia siempre ha existido en el país? Sería poco serio tratar de dar una respuesta inmediata a todo este planteamiento, sobre todo  sin tomar en cuenta los elementos de análisis y lo que ya hemos venido acotando a lo largo de este documento.

Cuando los antiguos griegos acuñaron el término y pusieron en funcionamiento el sistema democrático estaban en lo cierto y era lo que habían planeado minuciosamente para su contexto, época y, ¿por qué no?, para su momento histórico; pero cuando en la actualidad tratamos de adaptar un término y un sistema de gobierno inventado hace dos mil cuatrocientos años, ¿qué sucede? Que ya no es la misma sociedad, no son las mismas circunstancias históricas y no responde a los mismos intereses del pueblo.

Si hay un término con el que se ha jugado y del que se espera todo, ése es la democracia, y lo mismo en la Grecia antigua que en Estados Unidos o México, su significado será “el gobierno del pueblo”, pero qué lejos están uno de otro. Los conceptos pueblo en Atenas o en el México contemporáneo, sin contar con la evolución del concepto mismo a lo largo del tiempo, obviamente no son los mismos. Ahora bien, si así es difícil el problema, ¿qué sucede cuando a la palabra democracia le agregamos la etiqueta de liberal?  Muy sencillo, diría Alexis de Tocqueville, creador de la genial obra La Democracia en América: “Ésta es otra democracia surgida al calor del liberalismo y de todos los conceptos con que la Revolución Francesa, primera revolución burguesa de la historia, la nutrió, como Libertad, Igualdad y Fraternidad, pero sobre todo ‘libertad de actuar’, donde la libertad tiene más que ver con el individualismo y la libertad de hacer y deshacer del individuo frente al Estado”. Aquí radica en esencia la solución al problema de si existe o no democracia en México y del porqué aún no acaba de llegar.

Si la democracia liberal está sustentada sobre el soporte del sistema capitalista, mismo que el liberalismo justifica y entroniza en la sociedad como el ideal a seguir, la democracia liberal será el gobierno de la elite detentadora de los medios de producción, o mejor dicho, el gobierno de quienes, detentando el poder económico, asumen la sacrosanta responsabilidad de gobernar en bien de los demás. Se podría establecer aquí una serie de comparaciones entre la democracia griega y la democracia liberal y tal vez, en el fondo del concepto, habría más coincidencias que diferencias; precisamente ése fue el motivo de su adopción, por eso los liberales se empeñaron en tomarla como modelo y transportarla al siglo XVIII, donde el individualismo, avalado por el protestantismo, se ahogaba en busca de una doctrina que le diera carta de naturalización ante los embates de instituciones corporativas como la Iglesia Católica y el ya caduco concepto del Sacro Imperio Romano; el hecho es que el término se ajustó de maravilla al propósito.

Entendido, o por lo menos tratado de entender lo que en realidad significa la democracia liberal, y estando en la actualidad el Estado Mexicano en pro del neoliberalismo, se podría concluir que la democracia ha llegado, está aquí y ha evolucionado de diferentes formas. Es más, siempre se ha adecuado a las mil maravillas a nuestra realidad histórica y todos nuestros pensadores e ideólogos en su momento así lo han entendido. No es que todavía no llegue o tenga tales o cuales irregularidades, sino que, en esencia, eso es la democracia, sobre todo la democracia liberal, con matices socializantes y populistas, más que de vez en cuando muy a menudo, que el gobierno mexicano se empeña en sostener.

Negar o decir que en México la democracia no existe, sería tanto como negar que tampoco existe el libre mercado, la oferta y la demanda. Una cosa conlleva a la otra y van de la mano. Con la conquista, en 1521, los españoles lo que introdujeron a México no fue un sistema feudal, fue el pujante y ventajoso sistema capitalista en su etapa “mercantil metalista”, dentro de la fatídica condición dialéctica de país capitalista subdesarrollado, que ha arrastrado hasta el presente. La democracia que el país padece, convive, acepta y genera las desigualdades existentes, los conflictos habidos, presentes y por suceder; eso sí, trata de enmendarlos con paliativos como la asistencia social a las clases menos favorecidas, en su balance y reajuste de fuerzas, pero el poder, el mítico y legendario poder, que los ilusos creen en manos del pueblo y al que Maquiavelo le dedicó su Príncipe, permanece en quienes detentan la riqueza.

Así como la democracia norteamericana en sus inicios –a la que tanto alabó Tocqueville– aceptó la condición de esclavos y la de ciudadanos de primera y de segunda, también en México nuestra democracia cobija, entre el sinnúmero de desigualdades que hereda y justifica del sistema, a la miseria y a las diferentes etnias, sobre las cuales hoy en día se centra el debate nacional.

El 1 de noviembre de 1993 el entonces existente semanario Época iniciaba así un artículo de fondo relacionado con los casi cinco años de gestión del entonces presidente de la República: “El momento político mexicano se puede definir con una frase: la búsqueda de la democracia. Ya sea la ampliación de nuestra vida democrática, como propuso el presidente Carlos Salinas de Gortari el primer día de su gobierno, o bien el fin del régimen de partido de Estado e inicio de la transición hacia la democracia”. Como se advierte de inmediato, en el citado artículo hay varias contradicciones, sobre todo cuando se habla del inicio de la transición hacia la democracia, lo que supone que no había democracia. En ese mismo número del semanario en cuestión se anexa una cita memorable de Octavio Paz que dice: “Hoy todos pensamos, salvo unos cuantos excéntricos, que la democracia es la condición política para ingresar a la modernidad”(1). Bonita frase, pero al igual que las demás, no arroja mucha luz a la solución del problema y cae en las ambigüedades de la famosa globalización, donde por ende, al ser el sistema capitalista el que rige los destinos económicos del mundo, la democracia es y debe ser el respaldo ideológico de éste. Entonces, ¿hay o no democracia?, ¿existe o es una quimera?

La democracia ya llegó y ha venido desarrollándose paradójicamente de la mano de quien tiene el poder y sabe cómo manipularlo. La experiencia mexicana no es la única sumida en esta aguda crisis de conciencia y entendimiento, porque lo grave del caso es que son pocos los que reparan en lo que sucede a diario cuando, en nombre de la democracia, se delinque, se explota y se establecen salarios mínimos, se fomenta la acumulación de la riqueza en manos de unos cuantos, se establecen partidos políticos subvencionados, comprados y sin ideología definida, se acepta que los candidatos a puestos de elección popular lo mismo militen dentro de las filas de un partido que de otro, se entrega la riqueza del país a empresas transnacionales y se abren las puertas al capital extranjero en aras de la ya citada globalización. Y lo que es peor, aun los movimientos de emancipadores de dudosa filiación, como el EZLN, el EPR o la APPO, tampoco aciertan a dar una definición clara de lo que quieren y de lo que entienden por democracia cuando hablan de ella.

El lunes 16 de febrero de 1998, Miguel de la Madrid Hurtado, ex presidente de la República y precisamente a quien se tiene etiquetado como el iniciador y promotor ferviente del neoliberalismo en el país, declaró lo siguiente: “No confundamos democracia con anarquía; no confundamos democracia con debilitamiento del Estado Mexicano”. Y agregó: “Yo creo que México necesita un Estado fuerte, aunque no sea tan grande en términos cuantitativos. Necesitamos un Estado capaz de conducir el desarrollo nacional en todos sus aspectos, incluyendo desde luego el económico, dejando que actúe el mercado, pero un mercado regulado, inducido de acuerdo con los objetivos nacionales”(2). Ni lo uno ni lo otro, pero tampoco dio una definición de democracia. No es una cosa, pero tampoco es lo que creemos y,  por si fuera poco, quien quince años atrás abanderó las bondades del neoliberalismo, la privatización de las empresas públicas y la reducción del aparato del Estado, ahora, en contradicción con sus premisas, está pidiendo una economía controlada, inducida y acorde con el desarrollo social del pueblo. ¿Estaría pensando también en ese momento De la Madrid, al igual que lo expresara Echeverría, que México debe retomar los caminos de la democracia social?

La democracia, un término con una concepción muy precisa y una trayectoria errática a lo largo de dos mil cuatrocientos años, cambia de piel y sufre una metamorfosis constante para presentarse en los inicios del tercer milenio como el ideal a alcanzar por una humanidad que, no obstante haber repasado todos los sistemas de gobierno hasta la saciedad, todavía no encuentra el camino.

Hoy, después de dos “2 de julio”, estando el Poder Ejecutivo en manos del PAN, el partido antagónico por excelencia en México durante más de cincuenta años, podemos afirmar que esta democracia hacia cuya transición se encaminaba el país después del hundimiento del “pritanic”, como en su muy folklórico hablar lo expresara el entonces candidato a la presidencia de la república Vicente Fox Quesada, está y está dando la batalla. Por lo menos una cosa es cierta: el pueblo se ha expresado en las urnas y su decisión, por lo menos en el primer “2 de julio”, fue respetada. Ahora bien, que esa presidencia surgida de la voluntad popular y del deseo de cambio –producto también, como lo expresara atinadamente el escritor Carlos Monsiváis, “del hartazgo”– haya pagado con creces su noviciado y se haya quedado en el intento y las buenas intenciones de alguien que no tenía experiencia y haya caído en pecados como el del linchamiento para sus adversarios políticos, como fue el caso del desafuero de Andrés Manuel López Obrador y su intervención directa y ostensiblemente obvia en el proceso electoral de 2006, no es imputable a la democracia.

La alternancia se está dando, el partido político que detentó el Poder Ejecutivo y fortaleció el presidencialismo imperial, como lo llama Enrique Krauze, no alcanzó el consenso en 2000 para proseguir en el poder y reconoció, por voz del presidente Ernesto Zedillo, que había perdido. Ahora, a siete años de esa alternancia y después de un proceso electoral álgido  cargado de  insultos y golpes bajos, puesto en entredicho por la parte perdedora al grado de que ha motivado hasta el cuestionamiento mismo del IFE, provocado la remoción de quienes avalaron el triunfo del PAN y con un Poder Legislativo fuerte que cuestiona a cada instante la legitimidad del Poder Ejecutivo y entorpece el funcionamiento del gobierno, la democracia sigue adelante en su tortuoso proceso de ensayo y error.

¿Prevalecerá la experiencia democrática condicionada al modelo económico del país o será capaz de rebasarlo? ¿Puede la democracia liberal funcionar en otro sistema económico que no sea el actual? ¿Se producirá el colapso? ¿Hasta cuándo las masas, ese pueblo informe sin pies ni cabeza,  aguantarán el hambre, la miseria, el escarnio, el olvido y la manipulación en aras de abstracciones como el nacionalismo, la patria, la fidelidad a la bandera? A veces pareciera que lo único que cambia en esta fiesta son los protagonistas, pues a escasos dos años del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución nuestra democracia se sigue debatiendo en el mismo problema: “Sufragio efectivo, no reelección”. Primero, porque el partido era el mismo y su candidato el ganador; ahora, porque los que contienden no aceptan la derrota. Tal vez nos lleve otros cien años entender que en la democracia siempre habrá ganadores y vencidos.