El Correo, una institución con 428 años de servicio

Por Fernando de la Luz
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El día 9 de octubre, en todos los países del mundo, o por lo menos en todos aquellos países asociados en la Unión Postal Universal, con sede en Berna, Suiza, se celebra el Día Mundial del Correo, institución cinco veces centenaria en su concepción moderna, a partir de los siglos XV y XVI y quiero, en relación con ese hecho y celebración, hacer partícipe de quienes visitan mi página Web, del pequeño ensayo que preparé para la celebración del Día Mundial del Correo, el lunes 9 de octubre de 2006, en que el entonces Director General del Servicio Postal Mexicano, Lic. Gonzalo Alarcón Osorio, me invitó en mi calidad de escritor, de historiador, –si me permiten esa licencia– a que hablara en esa solemne ceremonia en que además, se cancelaría la estampilla postal conmemorativa de los Ciento Cincuenta Años de la Filatelia en México , que diseñó mi amigo Ricardo Venegas Gómez, joven talentoso y diseñador brillante quien también diseñó mi libro La Casa de las Amazonas y la portada de la primera edición de mi libro De la Tierra Húmeda.

Ojalá y este pequeño ensayo, muy introductorio al mundo del Correo, contribuya de alguna manera a que nos acerquemos a ese mundo mítico y maravilloso que es el correo y retomemos el género epistolar, por lo menos, como herramienta de reflexión, como instrumento para ir al encuentro de lo íntimo, como apuntan mis queridas amigas Aurora Piñeiro Carballeda y María del Pilar Leal Fernández, geniales escritoras.

La existencia se la dan a uno los demás, al pensar en uno, dice Rosario Castellanos; pienso, luego éxito, afirma Descartes ; y hoy, que el correo celebra fechas importantes, acontecimientos decisivos que han marcado un hito en el devenir de su larga vida, quiero hacerlos partícipes, si me lo permiten, de algunos fragmentos interesantes, anecdóticos, trascendentes de su historia, que se mueven dentro del ámbito del tiempo y la memoria y nos llevan a darle vida a lo inanimado, porque como afirma Rosario Castellanos, …al pensarlo lo creamos, lo hacemos realidad y esta noche, aunque parezca inverosímil, antes de entrar de lleno en nuestro tema o temas, porque solo abordaré algunos aspectos de la historia del correo y de la filatelia, quiero cederle la palabra al Palacio Postal:

“Aquí estoy, sobre los cimientos de mi estructura, desafiando a los elementos y al tiempo. Soy piedra y metal primigenio, arcilla, amalgama de cal y cemento, mármol petrificado, cristal de roca, bronces pavonados, guirnaldas de estuco y maderas labradas, cielos de yeso repujados, conjunción de estilos, mezcla de barroco y gótico, armonía y esplendor, precisión matemática y exaltación estética, mitología y éxtasis, encarnación de una época, tradición y progreso, testimonio, historia, devenir, recuerdos, sede, edificio, casa, palacio, institución, símbolo. Yo, soy el Correo; cuando me miran a distancia dicen las voces de los transeúntes: Ahí está el correo. Aquél, es el edificio del correo. Vamos al correo. ¿Adónde está el correo?.

Y la voz popular me define a diario y de soslayo me descubro en el transitar de calles, de ruidos, de nostalgias, y mi ser abigarrado de cantera blanca de Pachuca, desde la torre principal, al compás del tañer de las campanas del reloj, repasa mi historia.

De noche, al cerrarse los postigos de mis enormes zaguanes de metal reluciente y alegorías renacentistas, en la quietud del silencio, afloran los recuerdos y se dejan escuchar las voces de los carteros, el ir y venir de las sacas, el imperceptible caer de las cartas dentro de los buzones y su vertiginoso acomodo en las pichoneras; los paquetes y cajas arrastradas por mis pasillos y el sonido ladino de los silbatos invitando al pregón para encontrarle destino a las direcciones perdidas.

Las sombras opalinas que despiden la tenue luz de los faroles, se deslizan como perlas desprendidas por las escalinatas y se filtran a través de los quicios y las hendiduras de los cerrojos hasta los estantes de la biblioteca y hurgan, entre documentos y libros: los hechos, los acontecimientos , las decisiones, las ordenanzas, las cédulas reales, los decretos, los nombramientos, las cuentas y los relatos, que en pergaminos y antiguos lienzos de lino, que los años han pintado de amarillo como sello indefectible de autenticidad, celosamente, se guarda mi historia.

A casi cien años de haber abierto mis puertas por primera vez, mi presencia, heredera de una belleza singular, asombra a propios y a extraños y, convertido en símbolo y en la materialización de un servicio, Soy la palabra enarbolada en los mensajes, soy letra viva que camina, origen y destino, remitente y destinatario, domicilio, calle, número, voz, nueva que anuncia, primicia que hace historia, soy verbo que se conjuga, se fusiona y mientras las palabras fluyan y las ideas persistan, mi presencia es prueba inequívoca de mi existencia y mi memoria me sostiene y me recuerda”.

Y precisamente hoy, que estamos celebrando el “Día Mundial del Correo” y que recordamos el largo camino que el correo lleva recorrido en este país y en el mundo entero, porque el 9 de octubre de 1874 en que se firmó el tratado de Berna y se dio forma a la Unión General de Correos, que años más tarde adoptaría el nombre definitivo de Unión Postal Universal, el hombre refrendó su derecho a comunicarse, a vincularse, a escribir, a enviar y recibir cartas; reivindicó su derecho inalienable a que su pensamiento, plasmado en tinta y papel, viaje y se difunda cobijado por el principio del sigilo postal y haga del mundo, un solo territorio postal.

Cuando hablamos del correo, de lo postal, estamos hablando de la historia y desarrollo de la sociedad moderna, de la sociedad contemporánea, donde a la par del surgimiento de medios de comunicación como el telégrafo, el teléfono y el Internet, el correo opera y se fusiona para ir en la búsqueda de nuevas modalidades de servicio, incorporando a sus procedimientos de recepción, clasificación, transporte, envío y entrega los últimos avances tecnológicos, pensando siempre en el cliente, en el usuario y en que las cartas lleguen hasta los más recónditos rincones del planeta.

Donde exista un ser humano que quiera escribir y desee enviar una carta, o un paquete, ahí estará presente el correo, único medio de comunicación que en pleno siglo XXI utiliza, por paradójico que parezca, todos los medios de transportes que ha utilizado a lo largo de su historia: el correo a pie, a caballo, en lancha, en bicicleta y motocicleta, en ferrocarril, en autobús, en barco, en avión; porque lo mismo llega a las grandes ciudades, donde se encuentran los centros neurálgicos de las finanzas y la política, que a los parajes más alejados en las montañas o las selvas.

Hablar del correo, es hablar de una institución viva, dinámica, no de una pieza de museo, ni mucho menos de un servicio obsoleto, hablamos tal vez, de una de las instituciones que más se ha arraigado dentro de los usos y costumbres de la sociedad mundial contemporánea y crea, en el buen sentido de la palabra, adicción: porque la cultura postal es inherente a los pueblos con un alto grado de desarrollo donde el enviar y recibir cartas, impresos, paquetes, incluso productos comerciales adquiridos a través de Internet, es una costumbre que ha tomado carta de naturalización en varios de los países integrantes de la UPU.

Correo viene de correr, porque en todas las civilizaciones los primeros mensajeros, los primeros correos, eran hombres que solos o coordinados en una verdadera carrera de relevos, traían y llevaban noticias; pero ¿lo postal? Nos hemos cuestionado alguna vez de dónde viene el término postal, pues postal, viene de “postas” lugar donde generalmente, al lado de un mesón, en corrales y a buen resguardo, se encontraban los caballos, las recuas de mulas, para hacer el cambio de cabalgadura; lo mismo a los correos de a caballo que a los correos en carreta. Las postas abastecían de cabalgaduras frescas, descansadas, a quienes transportaban el correo y de ahí nace el término y la relación tan estrecha del correo con el caballo, que es sin lugar a dudas, la especie animal a la que la filatelia mundial le ha dedicado más estampillas postales, colecciones que son verdaderas obras de arte.

El término tan usado de estafeta, del italiano “stafa” que significa estribo, tiene también una estrecha relación con el caballo, pues las estafetas eran los correos de a caballo, considerados en su tiempo como correos veloces y especiales.

En nuestro país, el correo, como el primer medio de comunicación con que contó a partir del siglo XVI, es parte sustantiva de su historia y siempre ha sido pieza estratégica en su desarrollo.

En la Colonia, con el establecimiento de los correos mayores donde el oficio era una concesión a particulares, vendible y renunciable, sujeta a revocación; la institución va creciendo paulatinamente y es la pionera en establecer rutas y medir distancias en los senderos, veredas y caminos reales.

A través de un odómetro integrado a lo que se conoció como “Rueda Perambuladora, (y que por cierto, por fortuna, tienen una aquí en el museo) asida a los aperos de una mula o caballo, recorrió durante meses, años, distancias inconcebibles para la época, para medir en leguas, las distancias que mediaban entre la ciudad de México y los reales de minas o poblaciones tan alejadas como Chihuahua o Los Ángeles, en la alta California, para poder calcular el cobro por la prestación del servicio.

También, el correo en nuestro país, durante el siglo XVIII, es el primero en establecer el servicio de correos marítimo entre tres continentes: Asia, América y Europa, a través de la Nao, que partiendo de las Filipinas, llegaba al antiguo puerto de San Diego, hoy Acapulco y después de atravesar el territorio de los ahora estados de Guerrero, Morelos, Estado de México, la misma ciudad de México, Puebla, Tlaxcala y Veracruz, partía del puerto del mismo nombre hacia España.

Ninguna de estas verdaderas proezas, hazañas, que realizaban quienes manejaban el correo hubiera sido posible, sin la estricta disciplina y la ordenada administración que lo caracterizaba, no obstante que en un principio era una concesión, estaba sujeta a lo que dispusiera el Rey para todo el imperio. El primero de julio de 1766, el correo, que por 187 años había sido concesionado a particulares, se convierte a partir de esta fecha en Renta del Estado y pasa a formar parte de la corona.

El 26 de enero de 1777, se publica la Real Ordenanza del Correo Marítimo expedida por Carlos III, modelo de todo un avanzado sistema de correos que abarca toda la normatividad postal de la época y establece la construcción de barcos especiales para el traslado de la materia postal a través de los mares, barcos ligeros que se desplazaran con mayor rapidez y seguridad y no llamaran la atención de los piratas como lo hacían los grandes galeones.

En el puerto de la Coruña, se construyen los bajeles que zarpaban hacia La Habana, Veracruz, Cartagena de Indias, Buenos Aires, Mar del Plata, Montevideo, Valparaíso y Manila, en la lejana Filipinas. Es tal la especialización y minucia de esta ordenanza, que además de encargarse de todos los aspectos operativos y administrativos, en los que contempla todo un sistema de retiro y pensiones para los empleados del correo, hace serias recomendaciones para la navegación sobre el río de la Plata, entre Montevideo y Buenos Aires, debido a la aparición de bajos y bancos de arena durante los meses de diciembre a enero. No dejaban nada a la improvisación y todo estaba contemplado.

El artífice en parte, de todas estas ordenanzas y avanzados sistemas administrativos era don José Gálvez, Marqués de Grimaldi, quien se encontraba al frente de la Superintendencia General de Correos y Postas, con sede en Madrid.

Este mismo personaje, de todas las confianzas de Carlos III, publica el 22 de mayo de 1778, la Real Orden mediante la cual el robo o violación de la materia postal se castiga severamente. Este Edicto, famoso por su dureza, hizo posible que durante el último tercio del siglo XVIII en todo el Imperio Español, y vaya que era grande, los correos no fueran asaltados y las cartas y paquetes llegaran a su destino sin haber sido ni interceptadas, ni violadas. En el caso de la Nueva España, esta Real Orden se mantiene vigente hasta el año de 1812, en que el Virrey Félix María Calleja, ordena que se abriera toda la correspondencia en los pueblos donde se sabía o sospechaba que vivían insurgentes.

La Real Orden establecía lo siguiente:

ENTERADO EL REY POR LA RESPUESTA DEL ASESOR de la Renta de Correos de siete del antecedente, que V. S. S. me remiten en su carta de ocho del mismo, de no estar prevenida en las Ordenanzas aprobadas hasta aquí para el mejor servicio de la Renta, y para la seguridad de la correspondencia del Público, la pena fija que se deba imponer al que quebrantase las Valijas, sus Candados, ó Varillas: Ha venido S. M. en declarar que al Noble que llegue á incurrir en tan grave delito, se le castigará con mil ducados de multa, y diez años de presidio; y al Plebeyo con doscientos azotes y diez años de Minas, ó Arsenales.

Lo participo á V. S. S. de Orden de S. M. para su inteligencia, y á fin que, disponiendo V. S. S. se inserte esta nueva Real Declaración en las Ordenanzas de la Renta, llegue á noticia de todos los á quienes corresponda tenerlas. Dios guarde á V. S. S. muchos años.

Aranjuez veinte y dos de Mayo de mil setecientos sesenta y ocho = El Marqués de Grimaldi= Señores Administradores Generales de la Renta de Correos.

Es copia de la Real Orden original que queda en los Libros de la Contaduría General de la Renta de Correos, Estafetas, y Postas que S.M. tiene dentro, y fuera de España, y en las Indias que está á mi cargo; y así la certifico:

Como dato curioso, investigando años atrás en la Biblioteca de este hermoso Palacio Postal, se encontraron documentos fechados en 1798, después de haber sido publicada la Ordenanza Postal de 1794, en que se decía que a veinte años de haber sido publicada la Real Ordenanza en cuestión, el correo no había sido asaltado ni se había perdido ninguna pieza.

Otros aspectos interesantes que es necesario repasar en la Ordenanza de Correos de 1762, es la aparición e instrucción de hacer uso de los buzones y en especial, la aparición del personaje más emblemático de todo correo: el cartero.

El primer cartero que tuvo la ciudad de México se llamó Joseph Lazcano y representó todo un acontecimiento. Él, tenía la obligación de anotar los cambios de domicilio, indagar los nuevos y dejar las cartas en manos del destinatario, salvo que conociera a sus parientes y/o criados. Cuando la carta era certificada recogía el recibo y lo entregaba al administrador. Según la ordenanza de 1762, toda correspondencia debía repartirse en un plazo de doce horas, por lo que el retrazo de la entrega o la alteración en el precio del servicio era motivo de despido. Los primeros carteros, no tenían sueldo, estaban a destajo y obtenían para su pecunio, un cuarto de real de sobre porte por carta entregada; o sea que era el destinatario que en realidad le pagaba.

Al consumarse la Independencia del país el 27 de septiembre de 1821, a escasos 42 días, el 8 de noviembre, la Junta Provisional de la Regencia establece que la Dirección General de Correos, dependerá de la Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Relaciones Interiores y Exteriores, así como de Gobernación; y especifica que el Correo subsistirá con los emolumentos que obtuviera por prestar el servicio. El 11 de febrero de 1822, es nombrado don José María Beltrán como Administrador General de Correos. El 8 de septiembre de 1824, durante el gobierno del General Guadalupe Victoria, se establece que la Renta de Correos, pase a depender de la Secretaría de Hacienda, a la cual perteneció adscrita hasta el año de 1891, en que al pasar a formar parte de la recién creada Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, deja de ser considerado “renta del estado” para convertirse en “servicio público”.

Es importante hacer notar que durante esta época, el correo, al igual que el país, fluctúa y sufre los altibajos del convulsionado siglo XIX. De un día para otro, lo que era Dirección General de Correos, se convertía en Administración General de Correos, o simplemente en la oficina de correos, pero jamás interrumpió su función estratégica, ni dejó de prestar sus servicios.

De 1579 a la fecha, el correo en México ha tenido a la cabeza, entre Correos Mayores, Administradores de Correos y Directores Generales, 50 funcionarios de primer nivel. En el año de 1801, cuando se estimaba que el país contaba con una población de entre seis y ocho millones de habitantes, la red postal tenía una extensión de casi veinticinco mil kilómetros, contaba con 401 oficinas propias, atendidas por 944 empleados y movió tan solo en ese año, un millón cien mil piezas.

En el año de 1900, cuando el país tenía una población estimada en diez millones de habitantes, la red postal tenía una extensión de 91, 000 kilómetros; contaba con 1972 oficinas, entre una administración general, 539 administraciones locales, 22 sucursales, 1,315 Agencias de Correos y 96 oficinas ambulantes (muchas de estas instaladas en el carro correo de los ferrocarriles), atendidas por 9,784 empleados y movió en ese año 134, 631,009 piezas; ahora, en el 2006, el Servicio Postal Mexicano tiene casi 36,000 puntos de servicio; 2,749 rutas postales con una extensión de--------; cuenta con 1,536 oficinas propias, 33,300 puntos de servicios con terceros, 1,149 ventanillas del servicio de Mexpost y 53 Centros de Clasificación; tiene 19,704 empleados, de los cuales 9, 670 son carteros y en 2005, el año pasado, manejó más de 73l millones de piezas postales. Como pueden ver, el servicio de correos, además de ser una actividad rentable, es un servicio público dinámico, innovador e imprescindible en toda sociedad, porque el hombre, pese a lo que se diga, lo sigue utilizando, en especial y este, no es fenómeno privativo de nuestro país, sino que se da en todo el mundo: lo utilizan los miles de millones de inmigrantes que dejan sus lugares de origen en busca de algún empleo, de mejores oportunidades.

A México, no solo llegan las remesas de dólares, de las que mucho se habla en la prensa, también llegan cartas y los inmigrantes y sus familias se comunican por correo, intercambian fotografías, se enteran de cómo están sus hijos y envían y reciben paquetes.

Hoy también, esta noche, aprovechando este marco formidable del Palacio Postal, el correo celebra con la cancelación de una hoja recuerdo el ciento cincuenta aniversario de la emisión de las primeras estampillas postales.

Ciento cincuenta años en que los mexicanos han enviado y recibido cartas, paquetes y han acudido a las oficinas de correos a comprar sus estampillas; años de historia, de ensayo y error, de aprender a vivir y a convivir, pero sin duda alguna, años también de reflexión en que el correo, inmerso en la vida del país, da testimonio de todo y al que, con suma frecuencia, lo encontramos como personaje importante de la literatura; novelas trascendentes, por citar sólo dos de las muchas que lo mencionan, como Los Recuerdos del Porvenir de Elena Garro, donde toda la historia se desarrolla y se cuenta desde la calle del Correo, como la memoria del pueblo, o como nos lo describe en Balún Canán, la inmortal Rosario Castellanos, haciendo hincapié en que cuando nadie llega y las vías de comunicación se cortan por las tormentas, por las lluvias, el correo, sí llega:

Sólo las recuas de mulas continúan haciendo su tráfico entre las poblaciones vecinas, trayendo y llevando carga, viajeros, el correo. . . . Vienen de lejos y traen noticias y cosas de otras partes. ¡Qué alegría nos da saber que entre los cajones bien remachados y los bultos envueltos en petate vienen las bolsas de lona tricolor, repletas de periódicos y cartas.

Como ven, esta es una muestra más de la importancia y trascendencia del correo, no sólo como medio de comunicación, sino como el medio a través del cual fluyen las ideas y se envían las cartas.

Lo que se adoptó en México en 1856, como una necesidad para el franqueo previo de la correspondencia y los envíos, como una simple etiqueta adherida a la carta que mostrara el valor que se había pagado para que esta pudiera llegar a su destino, se convirtió, al igual que en el mundo entero, en uno de los pasatiempos más solicitados por los coleccionistas al grado de convertirse en toda una disciplina a la que son aficionados millones de personas en el mundo.

La filatelia, hija del coleccionismo y tal vez, la “estampilla postal” el objeto de colección más importante de que dispone el hombre, surgieron casi juntas porque la estampilla postal desde su concepción llevaba en si misma los elementos que con el tiempo la iban a convertir en el objeto de colección más preciado en el mundo: su tamaño, diversidad, temática, precio, nacionalidad.

El primer coleccionista de quien se tiene memoria fue el Sr. John E. Gray, funcionario del Museo Británico, que ya en 1841, a un escaso año de haber aparecido las primeras estampillas postales, se dedicó a coleccionarlas con criterio metodológico. De hecho, las estampillas de aquella época sólo variaban en el color y el valor facial, todas con la efigie de la Reina Victoria. (penny negro, penny rojo, etc.).

Dedicarse a un pasatiempo, y más que a esto, al arte de la filatelia, además de la pasión por coleccionar, por escudriñar y por saber, se requiere de la disciplina y constancia de un verdadero investigador, que verá coronados sus esfuerzos al dominarla y poder transmitirla a sus amigos, hijos, nietos.

Para la clasificación de la filatelia mexicana, los más acuciosos investigadores de entre los que se destaca Don Carlos Fernández, la dividen en cuatro épocas: época clásica (1856-1883); época antigua (1884-1910); época revolucionaria (1910-1923) y época moderna (1924 a la fecha).

Son miles los filatelistas a nivel mundial que valoran en mucho, las casi cuatro mil estampillas postales que, en miles de millones de tiraje, ha emitido en correo mexicano y su gusto no va nada más, por las estampillas de la época clásica, que como lo señala don Carlos Fernández, es tan grande la riqueza de cualquiera de estas emisiones clásicas, que una sola de ellas podría coleccionarse durante toda la vida y no se concluiría, quedando siempre algo nuevo por aprender y nuevas piezas por adquirir. Sino que, como verdaderos conocedores, valoran lo exquisito de sus piezas ya que dentro de ellas existen verdaderas obras de arte del diseño gráfico y emisiones representativas muy localizadas que marcan todo un hito en la historia del país, como las que ostentan a Cuauhtémoc, último emperador azteca, con un valor facial de 30 centavos, así como la famosa estampilla postal que emitida el 2 de abril de 1922, con un valor facial de 50 centavos, hecha en grabado y alusiva al correo aereo, ostenta a un águila real sobrevolando la población de Amecameca, en el Estado de México, teniendo como fondo a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, en colores azul, rojo y vino, con la leyenda “Correo Aéreo”.

Haciendo aquí un paréntesis obligado, es importante destacar que el primer vuelo que transportó correspondencia del correo se llevó a cabo el 6 de julio de 1917, en un recorrido de 110 kilómetros, de la ciudad de Pachuca, Hgo., a la ciudad de México, habiéndose cubierto la ruta en un recorrido de 53 minutos.

El correo mexicano, aparte de las estampillas postales conmemorativas y especiales, ha emitido de 1916 a la fecha, siete series permanentes, la primera denominada “Hombres Ilustres” que tuvo una duración de 1916 a 1923; la segunda conocida como “Lugares y monumentos”, de 1923 a 1934; la tercera serie permanente emitida que no tuvo nombre ni denominación en especial, de 1934 a 1950; la cuarta serie permanente conocida como “Arquitectura y Arqueología”, de 1950 a 1975, tuvo veinticinco años de vigencia y se caracterizó por contar entre sus estampillas a algunas de las piezas más bellas y de mayor valor filatélico de la colección de estampillas postales mexicanas, ya clásicas como la de la Danza de la Pluma, del estado de Oaxaca, con un valor facial de 10 centavos, y la de los frescos de Bonampak, del estado de Chiapas, con un valor facial de veinte centavos. Sobresalen también en esta serie, por la calidad de los grabados, las tres estampillas alusivas a la ciudad de Taxco, estado de Guerrero, con valores faciales de 35 centavos y dos y cinco pesos.

La quinta serie permanente o emisión regular “México Exporta” de 1975 a 1992, temáticamente plasma los diferentes productos que México exporta y ha exportado, con diferentes valores faciales que van desde cinco centavos hasta siete mil doscientos nuevos pesos, debido a las fluctuaciones de la moneda en ese periodo.

En esta época son clásicas también las estampillas postales alusivas al Seguro Postal y las diferentes series preolímpicas de 1965, 1967 y las ya olímpicas en 1968, con viñetas de los diferentes deportes, anunciando y conmemorando la celebración de los XIX Juegos Olímpicos, con sede en la ciudad de México. Actualmente, la diversidad de diseños y temas abordados por la filatelia mexicana la hacen una de las más atractivas, donde la modalidad de las hojas recuerdo, las estampillas elípticas y ovaladas y aquellas que incluyen elementos en Braille, la colocan como una de las colecciones filatélicas mundiales más cotizadas.

La sexta serie permanente denominada “México turístico” de 1992 a 2002, con una vigencia de diez años; la séptima serie permanente denominada “México conserva” y que se derivó de las planillas “Conservemos las Especies de México”, donde se plasma toda la biodiversidad del país, y “Conservemos las Especies Marinas de México”. Por último, el año pasado, en noviembre, se canceló la serie permanente “México Creación Popular”, integrada en una primera etapa por 18 diseños distintos, con 14 valores faciales diferentes destinados al servicio de porte y que, como toda serie permanente, se caracterizará por su vigencia y circulación de varios años, la unidad temática que la conforma y el tiraje ilimitado de acuerdo a las necesidades del servicio.

Para terminar, no quisiera dejar de lado la importancia y lo que el correo ha significado para la historia de la humanidad, al hacer posible que floreciera el género epistolar; la carta como medio de expresión, como forma de reflexión, como elemento imprescindible para encontrarnos con nosotros mismos, para ser, para plasmar sentimientos y legar experiencias, la carta oportuna, la que explica, solicita, comparte, agradece, la carta que nos hace pensar en la otra, en el otro, la carta que una vez enviada viaja segura a su destino y que es esperada con ansia en el buzón, en el apartado postal y viaja a su destino final dentro de la mochila del cartero. ¿Cuándo fue la última vez que escribimos una carta?, ¿Cada cuanto recibimos una carta? , ¿Escribimos?, Por qué no; No tenemos tiempo, el tiempo, esa entelequia que vive sin vivir y es, sin ser. Démonos pues tiempo de escribir, de venir al correo y comprar nuestras estampillas postales para enviar cartas. Y hablando de cartas, quiero dejarles en la memoria el hecho de que no hay nada más triste que una carta que nunca llegó a su destino porque la guerra lo impidió, porque las luchas fraticidas cortaron la comunicación, porque el destinatario ha dejado de existir.

Y este es el caso de la hermosa carta, como alegoría a las cartas nunca recibidas, que Miguel Hernández, el poeta universal al que admiraron Neruda y García Lorca, el pastorcillo de Orihuela y amigo de Ramón Sijé, escribiera desde su trinchera en la Guerra Civil Española a su amada Josefina:

Carta

El Palomar de las cartas
Abre su imposible vuelo
Desde las trémulas mesas
Donde se apoya el recuerdo,
La gravedad de la ausencia,
El corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.

Donde voy, con las mujeres
y con los hombres me encuentro,
malheridos por la ausencia
desgastados por el tiempo.

Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura,
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobres viejos,
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.

Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.
Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.
Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelante, humano,
sin ojos que puedan serlo.

Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.
Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.