La casa de las golondrinas

A María de la Luz Tello Ramírez, mi querida
amiga y condiscípula de la Universidad, que en dos
ocasiones sintió la fuerte presencia de los espíritus
que habitan en la Casa de las Golondrinas.

En qué momento sucedió todo aquello, a ciencia cierta no lo supo. Al principio pensó que había sido un vahído porque se le nubló la vista, comenzó a sudar helado y, en pleno calor, sintió un frío que le entumeció todo el cuerpo, todo, dejándolo inmóvil. Primero tuvo la sensación de que lo invadía una calma inusual y recorría su cuerpo un ardor que lo consumía; se quedó en silencio, quieto, al acecho, como quien espera un desenlace y pronto advirtió que, poniendo atención, podía escuchar hasta el ruido más imperceptible con claridad asombrosa; y no sólo eso, sino ver todo lo que sucedía a su alrededor aunque no pudiera abrir los ojos porque los párpados, cerrados como fuelles descompuestos, no dejaban entrar ni un haz de luz.

¿Me estará dando una embolia?, pensó. Tal vez, pero con la embolia dicen que pierde uno el sentido, recapacitó. Y yo, la verdad, mal, lo que se dice mal, no me siento; salvo esa sensación de estar entumido, como cuando se le duerme a uno una pierna o un brazo por estar mucho tiempo en una sola posición, no me duele nada.

¿Qué horas serían? Las dos, las cinco, o tal vez las siete de la tarde, no acertaba, sólo tenía bien claro que en la partida de dominó él iba ganando, como siempre, ante el consabido fastidio de su compadre Ricardo y la risa displicente de su mujer, que de momento lo interrumpió y lo hizo subir a su cuarto, ¿a qué? Eso ya no lo recordaba, así que mejor decidió escuchar y observar lo que pasaba, porque de lo que sí estaba seguro es de que algo sucedía con él, porque encontrándose en ese estado de entumecimiento, estaba siendo testigo de algo inaudito.

-Ni modo, algo no funcionó bien y las cosas salieron de manera diferente a como las habíamos planeado -dijo su mujer en tono de enfado y preocupación-. Ayúdame, pon de tu parte -le decía-, menudo lío en el que me has metido- y forcejeaba con él al tratar de vestirlo y ponerle el saco, e incluso el abrigo.

Con este calor me voy a asar, pensó al verse vestido de manera tan formal y con pura ropa de lana. Qué pensará esta mujer que no me pone una guayabera o alguna de las tantas chazarillas de algodón que traigo en la maleta. En fin, reflexionó, lo bueno es que con el frío que sentí hace un momento, la ropa esta me abriga; y tal vez tenga razón de cubrirme así, porque con mi padecimiento de los bronquios, si no estoy abrigado al llegar a Altotonga me puedo resfriar.

Al acabarlo de vestir, dos individuos, totalmente desconocidos para él, lo deslizaron por los pasillos del hotel y, al llegar a las escaleras, lo cargaron en peso y de ahí lo introdujeron en la parte posterior de un automóvil y lo sentaron cómodamente al lado de Elena, su mujer, que ya se encontraba dentro del coche. El vehículo enfiló hacia las afueras de la ciudad y tomó carretera por el rumbo de Xalapa, dejando atrás el puerto de Veracruz y el sabroso partido de dominó que minutos antes disfrutaba en el lobby del hotel Diligencias.

Ya no fuimos a cenar al Café de la Parroquia, ni me eché mi caminadita por el malecón como lo tenía previsto, pensó; con lo que me gusta caminar por ahí y saborear la brisa del mar; en otra ocasión será, al cabo hay más tiempo que vida. Hasta el momento, la pesada ropa de lana no lo incomodaba y el viaje se desarrollaba con tranquilidad. Dentro de aquella oscuridad absoluta observó con detenimiento cómo su mujer, pasándole el brazo por atrás del cuello, lo sujetaba, atrayéndolo hacia ella para evitar que en las curvas se fuera de lado. El trayecto, a buen paso, podía sentirlo a través de su entumecido cuerpo, así como el constante resuello de su mujer, que parecía haber enmudecido, abstraída en un sinfín de sentimientos encontrados, reproches y planes futuros.

¿Qué estaba sucediendo?, se volvió a cuestionar por segunda vez dentro de su obligado mutismo. No podía sacar su elegante reloj de oro con leontina, alojado en el bolsillo izquierdo de su chaleco, para ver la hora ni preguntarle al conductor hacia dónde iban, aunque, por la dirección que había tomado, lo imaginaba. ¿El día? Trataba de recordarlo, y haciendo un esfuerzo comenzó a recordar que aquella jornada, ahora ya de ida y vuelta a Veracruz, se estaba desarrollando en menos de doce horas, porque si alrededor de las siete de la tarde - ¿de las siete de la tarde?, pensó, y de pronto se le reveló el enorme reloj del vestíbulo del hotel dando las siete campanadas mientras jugaba dominó- estábamos en Veracruz, ¿a qué horas saldríamos?, volvió a pensar. En esos cuestionamientos se encontraba cuando, de manera lúcida, pudo observarse a sí mismo bajando las escaleras de su casa en Altotonga, haciendo un alto en los peldaños finales para consultar su reloj, que marcaba las cinco de la mañana. Es temprano, se dijo, y poco a poco empezó a escuchar el gran barullo que hacían los cientos de golondrinas revoloteando en el patio interior de su casa. Ya son demasiadas; con razón Elena reniega por la cantidad de excremento que se acumula debajo de cada nido; a diario, esto era motivo de discusión y enojo entre ellos dos.

Desde lejanas tierras, año con año las golondrinas acudían puntualmente a su cita. La casa, grande y solariega, con aleros pronunciados y techos de teja daba cabida a cientos de nidos y no había rincón, agujero, columna, arco o saliente de una viga donde, protegidas de los gatos, los ingeniosos pájaros dejaran de construir sus nidos para aparearse. Algunas parejas, de marzo a septiembre, tenían dos crías. Para el diecinueve de marzo, San José, ya habían llegado todas y para San Francisco, el cuatro de octubre, todas también, las nacidas ahí y las llegadas de lejos esa temporada, emigraban. Según Emiliano, gran conocedor y estudioso de sus huéspedes, viajaban hasta el Amazonas o la Argentina y, año con año, repetían con exactitud biológica aquel cíclico ritual.

Ese día, 14 de mayo, al verse bajando las escaleras de su casa, recordó que en realidad lo había despertado una leve jaqueca que lo dejó dormir poco e hizo que a las cuatro y media de la mañana se incorporara de su lecho. Somnoliento aún frente al gran espejo del tocador, fijó sus ojos negros sobre la superficie lisa y fría de aquella luna de cristal de roca y, a través de la profundidad del espejo, con la mente en blanco, por instantes parecía adivinar el desenlace de los tiempos por venir. Lo más increíble de todo aquello que le sucedía es que se estaba desarrollando a dos planos o en dos dimensiones, cosa que no acertaba a comprender: cómo estando en ese estado de parálisis podía, a su vez, verse ese mismo día por la mañana en su recámara, en su casa y adentrarse en los recuerdos en que, por instantes, se veía a sí mismo atrapado por los recuerdos de los recuerdos; vaya jugarretas del destino, se cuestionaba; sin moverse y sin ver, veía todo lo que sucedía en esa mañana y todo lo sucedido alrededor de su vida.

Meditabundo, circunspecto, dentro de aquella sobria alcoba amueblada con sillones y roperos de caoba de principios de siglo, trataba de analizar la situación por la que estaba atravesando, en verdad embarazosa. Arriba, sobre la cabecera de su cama, presidía la habitación una imagen de la Virgen de Guadalupe y, como único símbolo de la comodidad citadina y el confort del momento, en uno de los muros, empotrado, resplandecía en la penumbra de la pieza un lavabo blanco, donde se aseaba antes de vestirse. Ese año, pensó, en agosto, cumpliría ochenta y siete años y todavía hacía planes a futuro, pues se sentía fuerte y lleno de vitalidad. Descendía de una familia de gente longeva: su padre, don Luis Bello Arcos, se quedó dormido una tarde de verano mientras rezaba el rosario en compañía de su hija María, cuando había cumplido ya los ciento tres años; su abuelo, don Rodrigo Bello Toscano, también pasó de los cien años y, según le había revelado, cuando niño había llegado a tierras veracruzanas procedente de Venezuela, durante los aciagos días de la lucha de independencia.

Elena era la séptima mujer en su haber y la tercera como esposa, pues había vivido o tenido relaciones con siete mujeres, pero sólo contrajo nupcias con tres. Ésta, de más de sesenta y cinco años, tenía la nariz aguileña y por entre los lentes de fondo de botella asomaban dos ojos de lechuza; a decir verdad, más parecían de águila, porque al mes de casados sabía todo acerca de él: cuánto dinero tenía en el banco, propiedades, negocios y hasta quién le debía, porque en ocasiones prestaba a rédito.

-¡Emi!, ¡Emi!, ¿estás despierto? -preguntó Elena-.

Acuérdate que hoy salimos para Veracruz y don Víctor Espinosa quedó muy formal de pasar a las ocho de la mañana a recogernos en su taxi. También nos acompañarán tus compadres, don Ricardo González y doña Lucía, su esposa; ya verás que la vamos a pasar muy bien.

A Elena, nacida en Perote y criada en Xalapa, no le gustaba el pueblo y mucho menos el clima; aunque Xalapa era húmedo, Altotonga lo era más. La noche anterior llovió sin parar y la luz del día, convertida en una tenue cortina de bruma, acentuaba más el frío. Podían pasar hasta quince días, hasta un mes, y la lluvia no cesaba. Cada norte duraba dos semanas, se encadenaban uno con otro y los días se convertían en un monótono encierro. Nadie salía, y los que se aventuraban a salir eran vistos y observados por entre los encajes de los visillos de las puertas y ventanas por ojos ávidos de noticias, de algo de qué platicar o contar a la hora del almuerzo, aunque fueran simples chismes, porque en Altotonga la vida transcurría despacio y al fin y al cabo de algo había que hablar.

El tiempo estaba muy cambiado para ser mayo, pensó. No había sol y las fiestas del cinco de mayo no tuvieron el lucimiento que se esperaba, porque ni el contingente de los indios zacapoaxtlas, que habían sido invitados a desfilar, llegó. El constante llover durante más de catorce días le hizo recordar aquel invierno de 1886, cuando se compró su primera cobija con el primer jornal que devengó; pobre, tenía dieciséis años. Su padre bien hubiera podido mantenerlo, pero, casado en segundas nupcias, se desentendió de él. Solo, sin su madre y sus hermanos, tuvo que salir adelante.

-¡Emi!, ¡Emi!- repitió Elena - ¿me escuchas?-. Y lo sacó de sus recuerdos. Ya de mañana, la actividad llenó de bullicio y actividad la casa; con la llegada de las mulas procedentes de Mecacalco, de la tierra caliente, se abrió el zaguán de par en par y con él, los recuerdos lejanos nuevamente se tornaron frescos. El viaje a Veracruz podía esperar; los recuerdos no, porque en ocasiones, cuando le venían, parecía que los podía tocar con sus manos y saborearlos con ese inigualable sabor añejo, como el de los buenos brandies; sin embargo, cuando más disfrutaba aquellos recuerdos, algo o alguien lo sacaba de ellos. Ahora no sería así, pensó y se lo propuso, no tenía que ser así. Calló largo rato y dejó que la mujer gritara y hablara hasta el cansancio. Siempre se salía con la suya, ya
lo tenía cansado. Hablaba todo el día, todo el tiempo, con todo mundo, de todo, cada minuto, cada segundo sin cesar.

-¡Ya, mujer! ¡Ya! Ya te escuché y no estoy sordo -repetía en tono de enfado-. ¿Quieres callarte, por lo que más quieras?- dijo en forma cortante y de manera seca y se encaminó rumbo a los macheros, en la parte posterior de la casa, para ir a revisar la carga; mientras, ella, Elena, su mujer, fingía no haber oído nada y seguía a intervalos llamándole a través del cubo de luz o de la zona de los lavaderos desde la parte de arriba de la casa. Era un diálogo de sordos que el hastío acababa por sofocar.

Ese día, recordaba y tal parece que lo estaba viendo, una por una fueron entrando las mulas por el amplio zaguán de madera con algo de herrería en la parte superior, donde se podían ver sus iniciales: E.B.R.. Las mulas, a su paso hacia los macheros, producían un acompasado y sonoro repiqueteo con sus cascos al golpear las losas de cantera que cubrían el patio. Pronto toda la casa se vio envuelta en una gran algarabía y un fuerte aleteo, pues las golondrinas que aún dormían alzaron el vuelo en estrepitoso alboroto, volando en círculos concéntricos antes de salir disparadas hacia el cielo por el hueco del primer patio. A él le disgustaba sobremanera que alguien molestara a las golondrinas. Su contrariedad llegaba a tal grado que montaba en cólera cuando alguien perturbaba su tranquilidad o, de manera franca, las agredía. Ellas, pensaba, vivían ahí; ésa era su casa y a él le traían suerte y buena fortuna, así que cuando se percató del fuerte aleteo, pensó que sería muy conveniente abrir otro zaguán o puerta trasera para que las bestias de carga entraran por la parte posterior de la casa.

Las mulas, ya acomodadas en sus macheros y con los pesebres llenos de pienso de cebada y algo de grano de maíz, descansaban de su pesada carga: dos toneladas y media de piloncillo de caña y diez quintales de café en pergamino. Cada semana llegaba la carga y cada semana también bajaban a la finca de San Luis, en la congregación de Mecacalco, los insumos necesarios para una tienda que tenía, así como la levadura para el tepache del aguardiente. Como el llegar era subir de tierra caliente a la tierra fría, y el regresar implicaba bajar por sinuosos y peligrosos senderos hacia la tierra caliente, los arrieros, cuando se cruzaban en el camino, según bajaran o subieran, se decían unos a otros: “Digo, vas p’arriba o vas p’abajo” y, tocándose suavemente la punta de los dedos en señal de saludo, hacían una leve inclinación de cabeza; y eso era lo usual, porque siempre estaban en movimiento, e iban o venían; todo se trasladaba a lomo de mula y los haberes del patrón se medían en el número de recuas que tenía. Cuando no era época de café, lo era de piloncillo y había que subir, en latas alcoholeras, el aguardiente. La finca, bautizada con el nombre de “San Luis” en honor al santo patrono de su padre, era su mayor orgullo, pues siendo aún jovencito se la compró a su padrino de bautizo, don Melesio Guzmán, al pagar la hipoteca que pesaba sobre ella por los malos manejos de su padre y sus hermanos. Al inspeccionar la carga y charlar con los arrieros, lamentó que hacía tiempo que no ensillaba su caballo y se iba él mismo a echar un ojo, para ver cómo andaban las cosas por allá.

-Un día de estos les voy a caer por allá- les dijo. “San Luis” era la tierra prometida que su abuelo, don Rodrigo, había adquirido y que, por deudas, la familia perdió a la muerte de éste. Al recordar, podía ver con asombrosa claridad la casa, los campos sembrados de caña, las despulpadoras para el café, los asoleaderos, los patios, los tanques, las tinas de madera para el tepache, el chacuaco de la gran chimenea, el trapiche y el alambique para el aguardiente.

Al terminar de hacer cuentas, mandó a los arrieros al mesón y les dio para los gastos; al salir junto con ellos hasta la calle, se les quedó mirando por largo rato y, de inmediato, le vinieron a la mente las imágenes de cuando él, el patrón, había sido arriero. Bajito de estatura y de complexión robusta, Emiliano, invariablemente, vestía de manera impecable: traje de lana de tres piezas, camisa blanca y corbata, botines de piel y reloj con leontina en el chaleco, abrigo, sombrero y, de vez en cuando, bufanda, cuando el frío arreciaba; en el verano, el dril y el lino sustituían a la lana, y el clásico jipi de paja, al sombrero de fieltro. Tenía los labios finos y una sonrisa burlona cuando apretaba los dientes; de mirada despierta y penetrante, nunca vacilaba en dirigirla de frente, a los ojos de su interlocutor, con un dejo de desconfianza. Reservado, taciturno, de poco hablar, se había tejido en torno a su persona toda una leyenda de hombre enigmático. No siempre fue así, porque dentro de esa coraza de hombre hostil y victoriano se escondía la personalidad de un seductor apasionado que, más que dar, buscaba amor dentro del infortunio de sus conquistas. Su hermana, Ignacia, lo decía con conocimiento de causa: “Pobre Emiliano, tuvo mala suerte con las mujeres, siempre fue desafortunado y la tuvo desde que perdió a su madre”.

-Bajo la desconfianza vive la seguridad- decía. Y nunca participaba la hora ni el día o el sendero que tomaría en sus constantes viajes e idas y venidas de Altotonga al rancho y, cuando salía de su casa, nunca caminaba por la misma acera, aunque rara vez andaba a pie, casi siempre sus recorridos eran a caballo. El sol le había curtido la piel, porque, siendo hijo de gente blanca, tenía la tez apiñonada. En su acta de nacimiento se podía leer al principio, como en todas las de la época: “presentaron a un niño vivo, no indígena”. Sus facciones y rasgos eran finos, aunque ya con los años poco quedaba, pues además, cuando tenía treinta y ocho años, sufrió la viruela negra. Milagrosamente no me morí, contaba; aun así, tenía una recia personalidad que imponía respeto y le había valido el “don” en toda la comarca.

Haber sido arriero era su mayor orgullo, porque aunque el infortunio lo rodeó en sus primeros años, tenía la fuerza indómita de las voluntades férreas y nunca veía hacia atrás, siempre hacia adelante. Esa mañana, ya en la calle, se cruzó de acera y, dándose la vuelta, se colocó al abrigo del alero de la casa del doctor Morales, protegiéndose de la lluvia. Cuando alzó la vista y quedó de frente al número 57 de la calle de Juárez, su casa, como si presintiera algo; con nostalgia, recorrió las peripecias que pasó para hacerse de ella ante el intestado en que había quedado y la cantidad de herederos que la querían, pues sus abuelos, los primeros propietarios, habían tenido diez hijos y sabrá Dios cuántos nietos. Fue en 1917, recordó, cuando su entrañable amigo Constantino Vega, bachiller en Artes de la Universidad de Alcalá de Henares, la reconstruyó por completo, dejó al descubierto todos los elementos de cantera rosa que habían sido tapados y la proveyó de hermosos arcos de medio punto, que además de embellecerla amarraron a la perfección los dos cuerpos de construcción y dieron pie a los corredores superiores que, alrededor de una gran jardinera rectangular, lucían muy bien recubiertos de losetas de mármol distribuidas en forma de tablero de ajedrez.

-¡Emi!, ¡Emi! -volvió a irrumpir Elena-. Sube, porque ya es hora de beber, el almuerzo lo haremos en Xalapa.

Según la costumbre, se bebía tres veces al día: por la mañana al levantarse, al terminar la comida, y ya por la noche, a la hora de la cena. Primero se bebía y una hora más tarde, se almorzaba. Los grandes pocillos repletos de oloroso café de olla con un chorrito de leche eran su delicia, donde, con toda la parsimonia del mundo, sopeaba varios panes, además de desbaratar en un plato lleno de natas recién coladas, varios laureles. Tal vez no era mala idea hacerle caso a su mujer; por lo menos esta vez la justificación de tanta insistencia le convenía, levantado desde temprana hora, un buen humeante café y un plato de natas no eran para despreciarse. Si iban o no a Xalapa y luego hasta Veracruz, ya lo vería.

Camino a casa, en esa posición por demás incómoda, sentía cómo le hormigueaban las piernas y, de manera casi imperceptible, comenzaba a tener movimiento en los dedos de los pies, al tiempo que deglutía la saliva a intervalos en su intento por articular palabra. Quería, deseaba, hacía el intento por hablar, pero no podía y aquella mujer que lo sujetaba con fuerza, su propia esposa, pensaba, ni siquiera volteaba a mirarlo, o le preguntaba: ¿te sientes bien?, ¿acaso deseas que el vehículo vaya más despacio? Nada, como si hubiera enmudecido, totalmente ajena. ¿Y su compadre Ricardo, dónde se había quedado?, ¿en Veracruz, tal vez?, ¿o vendría en otro carro? Todas eran puras conjeturas y lo difícil era que él solo se cuestionaba sin encontrar respuesta.

Algo había de extraño en los pensamientos que hoy venían a su mente y que se atropellaban entre sí. Todo sucedía en milésimas de segundo y se repetían una y otra vez, agolpados, como si hubiera prioridades, sobre todo los más lejanos en su vida. De un tiempo a la fecha, reflexionaba, a la hora que fuera, su casa, sus muebles, los diversos objetos que la decoraban, los retratos de familia, los santos y las vírgenes, las golondrinas, todo, lo sumía en un vértigo de remembranzas, y a cada paso y en cada rincón aguardaban las imágenes, ricas en vivencias. Todo lo que miraba y tocaba lo trasladaba al ayer: una idea, un aroma, la lluvia constante y menuda, los crujientes ruidos de la madera en la soledad de una pieza vacía, hacían que se sintiera triste y extrañara a quienes se le habían adelantado y ya no estaban a su lado. Todo tiempo pasado fue mejor, se repetía con frecuencia. Y toda situación que viviera o se le presentara, por cotidiana y simple que fuera, decía: esto ya me sucedió, se está repitiendo. En ese momento vino a su memoria una de las tantas sentencias que su abuelo expresara a menudo: “Cuando uno sueña despierto con el pasado y con insistencia retrocede en el tiempo hacia su origen, en una regresión armónica de bellos pasajes, el final está cerca”. Él, su abuelo Rodrigo, muy seguido soñaba cuando en compañía de su madre, doña Micaela Toscano, remontaba el Orinoco para dirigirse a la estancia que la familia poseía en la llanura, más allá de los pantanos, y tres noches antes de morir platicaba que su madre había venido a verlo. ¡Qué cosas!, pensaba Emiliano.

Nuevamente, el frío que lo entumía hasta los huesos se hizo presente y con él, los recuerdos del invierno del 86 volvieron de nuevo. Como arriero, se acordó, sus idas y venidas de la tierra fría a la tierra caliente eran constantes y parecían no tener fin, situación que le acarreaba constantes molestias a sus bronquios por los cambios bruscos de temperatura. Hubo un tiempo, cuando se quedó solo, sin parientes, que vivía a lomo de mula y se hospedaba en el mesón, justo en la pieza situada arriba de los macheros por ser la de más barato arrendamiento. En aquel año, su padrino de bautizo, don Melesio Guzmán, le confió el transporte de una carga tan vasta y pesada que tuvo que alquilar dos recuas de mulas, además de las dos que él poseía. Toda la carga era para la Hacienda de San Joaquín: sal, lienzos de manta cruda, velas y veladoras, maíz, cajas de levadura, grasa y casi todas las piezas para armar un trapiche, propiedad en ese entonces de don Joaquín Arcadio Pagaza, obispo de Xalapa. La carga, valiosa, recordaba, le dejó una muy buena paga, misma con la que adquirió las recuas de mulas que había alquilado. A partir de entonces nunca más fue un simple arriero y el ahorro constante, aunado a los escasos gastos personales, pronto lo encaminaron hacia la prosperidad económica y juró y se hizo el propósito de nunca más pasar frío.

El día que ganó su primer salario se compró una cobija y después otra y otra, porque el frío le calaba hasta los huesos. Nunca heredó nada, pues sus tíos y su padre, manirrotos sin fin y poco visionarios para los negocios, dilapidaron toda la fortuna del abuelo. Nacido un 8 de agosto de 1870, en el santoral de san Emiliano, la abundancia le duró poco. Cuando vivía en el mesón, todas las mañanas lo despertaba la luz que, al filtrarse por las hendiduras de las apolilladas tablas, la molendera encendía para alistar su nixcome. Se levantaba y recogía sus pertenencias: tres cobijas, un gabán y dos mudas de ropa, además del costoso y exacto reloj de oro al que todas las noches le daba cuerda y se colocaba cerca del oído para escuchar su mecanismo. Ése había sido un regalo de su abuelo y en varias ocasiones lo sacó de apuros, pues con frecuencia lo empeñaba con los usureros del pueblo. El abuelo fue bueno y considerado con él; también la abuela, doña María Antonia Arcos, que murió cuando el iba en primero de párvulos. Nadie de los que le amaban le había sobrevivido mucho: primero Maximiliano, su hermano menor; luego su madre, doña María Antonia Rodríguez; después Lucecita, su hermanita, a la que él siempre recordaba como la difunta Luz; y por último, cuando iba a cumplir los quince años, el abuelo.

En medio del camino sinuoso y lleno de niebla, el lento caminar del vehículo lo transportó hasta sus años mozos, cuando en compañía de sus padres y hermanos, como una familia completa y feliz, vivió en San Pedrito, más allá de las barrancas, allá por el Tularcillo. Ahí, su padre, don Luis Bello Arcos, según recordaba, había comprado muchas tierras a buen precio y se dedicaba a la cría de ganado mayor. Vivir hasta allá era estar alejados de todos, en medio de una soledad secular que, de vez en cuando, rompían las amables visitas de sus vecinos, que distaban varias leguas de su casa. No había escuela: su madre repasaba con ellos las lecciones aprendidas cuando vivían en Altotonga y les hacía leer los escasos libros que había llevado consigo. En 1877, Emiliano había cursado los párvulos e ingresado a la primaria. En los números destacaba, cosa que no olvidó nunca y supo conjugar en los negocios. En las cosas de la lengua, no lo hacía mal. Su caligrafía era excelente y después, ya con los años, adquirió la costumbre de sacarle copias a todas sus cartas y documentos con una pequeña prensa y un procedimiento que resultaba casi igual que la serigrafía. De todo sacaba copia y tenía la costumbre de llevar un archivo detallado de sus cuentas. Si un peso entraba, un peso se asentaba en el libro; y procuraba que no se gastara más de cincuenta centavos.

Su padre, recordaba, era un buen hombre y los quería bien a todos; con su madre era atento, considerado y no le gustaba que trabajara en exceso. El corte de la leña para la cocina y el acarreo del agua del pozo, que distaba de la casa doscientos metros, los hacía él, personalmente, y por ser el hijo mayor, lo ayudaba. Cuando a Maximiliano lo mordió el nauyaque y murió, las cosas cambiaron; en plena temporada de invierno regresaron a Altotonga. Al poco tiempo, su madre murió de tristeza, y a su hermana Lucecita se la llevó una pulmonía. Tiempo después su padre casó en segundas nupcias con una señora de apellido García, oriunda de Villa Aldama, y se desentendió por completo de él, que se fue a vivir con su abuelo hasta que éste murió, en el 85, dejándolo solo, a la buena de Dios.

El vehículo, sin parar, avanzaba con lentitud y los minutos, convertidos en una eternidad, comenzaban a hacerle mella al ir en una sola posición. De pronto cayó en la cuenta de que sus hijos tenían que ser avisados de su situación y ni como enviarles algún mensaje. ¿Lo haría Elena, su mujer? Ya empezaba a dudarlo; ¿tendría algunos planes? De seguro que sí, pensó, cómo no los va a tener; empezando porque su suegro, Camilo, el padre de Elena, era abogado y era quien le llevaba los negocios; no en balde por eso Elena se empeñó en casarse con él.

¿Cuántos hijos tenía?, ¿se acordaba? Claro que se acordaba, pues si algo ejercitaba a diario, y hacía gala de ello, era la memoria. Que él supiera, había tenido más de veinte. El mayor de todos se llamaba Rosendo y lo había engendrado cuando tenía dieciocho años, con una señora de Mecacalco que a la distancia no recordaba su nombre; luego, casado con doña Rita González, una mujer adinerada que le doblaba la edad, con quien se casó en la iglesia de Mecacalco, tuvo cinco hijos, cuatro mujeres y un hombre: Luisa, Plácida, Rosa y Aurora; al varón lo bautizó con el nombre de Lucino, en recuerdo de la difunta Lucecita, su hermana. Con doña Carmen Sayago tuvo cuatro hijos, dos y dos: Amalia, Emiliano, Adelina y Agustín. Con doña Maura Domínguez, tres mujeres, pero sólo sobrevivió Piedad; antes y después de Piedad hubo dos niñas, ambas de nombre Consuelo, que murieron antes de alcanzar el año de edad. Con Tomasa Rojo Gómez, oriunda de Pandiello, provincia de Asturias, España, con quien se casó en 1916, teniendo ya 46 años, tuvo siete hijos: Luis Jorge, María Antonia, Esperanza, Guadalupe, los cuates, Ignacio y Máxima, y, por último, Rufina. Y después, muerta Tomasita, como él le decía, tuvo otra hija, con una señora que vivía por el barrio del Centenario, en Altotonga, a la que pusieron por nombre Joselina. Había tenido veintiún hijos, de los cuales, hasta donde se acordaba, en ese momento vivían diecinueve.

El carro comenzó el descenso de Magueyitos hacia Altotonga y la espesa niebla de esa lluviosa noche, 14 de mayo de 1957, le producía escalofríos dentro de su confortable abrigo de cashmere, al acordarse de los cientos de veces que en el transcurso de su vida había bajado o subido de manera temeraria, a caballo, la cuesta de Tatempa, aun habiendo mal tiempo. Al desprenderse las piedras de la calzada, sonaban como guijarros silbantes que el viento se llevaba hasta el fondo del cañón. Era toda una hazaña de ingeniería haberla construido y su abuelo, don Rodrigo Bello Toscano, participó en su trazo y construcción, en su afán de comunicar la tierra fría con la tierra caliente y domar aquellas tierras feraces para establecer su finca. Su abuelo, recordaba bien porque él se lo había platicado, sabía del cultivo del café, ya que de adolescente había vivido en una finca de café en Colombia durante tres años, antes de que su padre, don Miguel Bello, comprara una estancia ganadera más allá del Orinoco. Don Rodrigo, su abuelo, lo quería bien y en sus últimos años, al igual que él, ahora, lleno de remembranzas que contar, lo hizo su confidente, pues habiendo procreado con doña María Antonia Arcos diez hijos, entre mujeres y hombres, su compañero inseparable en sus últimos años había sido su nieto; por eso Emiliano, reservado y de pocas palabras, escribía y sacaba copias a sus cartas y documentos, que luego archivaba en su viejo escritorio tipo secreter de madera de nogal y con una gran cortina de fuelles que se cerraba con un candado —según relataba, había pertenecido a su abuelo—. De todo tenía copia y, si lo deseaba, a voluntad podía recrear la historia de sus días pasados, incluso en el renglón de los gastos y de lo que ese día se había cocinado. Lástima que ahora todos esos recuerdos se perderían, ante la impotencia de heredar a sus hijos todos esos legajos y carpetas que por tanto tiempo había atesorado. A Elena, su mujer, sólo le importaban las letras de cambio, los pagarés, quién le adeudaba, cuánto dinero había en la caja fuerte y los depósitos en los bancos; no en balde ella personalmente se había encargado de cancelar la cuenta que tenía en La Habana, para concentrar todo en el Banco de Londres y México.

Ya en el mes de abril había mandado llamar a su hijo Luis, ingeniero de profesión y que vivía hasta el lejano estado de Sinaloa, porque presintiendo el fin, quiso hablar con él y ponerlo al tanto de todo; pero nada se pudo concretar, porque sabiéndolo Elena, se trasladaron a Xalapa y jamás lo dejaron solo con su hijo; ahora ya no habría tiempo.

Al llegar al pueblo y doblar por la calle de su casa, divisó a su hija Piedad, que, angustiada por algunos rumores sobre su salud, caminaba aprisa hacia el número 57 de la calle de Juárez a preguntar algo acerca de él; al verla, comenzó a recordar cuando su hija le participó sobre las intenciones que tenía de casarse.

-¿Te vas a casar, hija? -le dijo-, ¿quieres de verdad a ese hombre? -le preguntó, un tanto desconfiado-. Ahora que te cases, ama a tu marido, respétalo, dale el lugar que se merece como jefe de la casa y depositario de tu honra. Jamás lo celes, ni le preguntes adónde fuiste, con quién estuviste. Callada, cariñosa, solícita en todo y siempre serás la señora de la casa, la compañera anhelada. El peor defecto que puede tener una mujer es ser celosa- y lo repetía con insistencia. No en vano tenía la experiencia de dos de sus anteriores mujeres: la segunda, Rita González, y la tercera, Carmen Sayago. Doña Rita, como le doblaba la edad, hasta se disfrazaba de hombre para espiarlo y, en una ocasión, trató de matarlo incendiándole una tienda de abarrotes que poseía en Mecacalco. Doña Carmen, por celoso, lo abandonó; él nunca se lo perdonó.

Ya frente a la casa y estacionado el automóvil, Elena salió rápido, como si fuera al encuentro de alguien, y se perdió por una de las escaleras. Llovía menudo y el característico chipi chipi se hizo presente. Con las puertas cerradas y los vidrios empañados, de afuera hacia adentro no se distinguía nada y como no se le había avisado a nadie, el carro en la calle no despertó la menor sospecha. Piedad fue la primera en llegar; luego Agustín, a quien sus suegros, don Ricardo González y doña Lucía Velásquez, padres de Josefina, su esposa, le habían avisado desde Veracruz que su papá se había puesto malo, pero que no sabían en qué estado venía.

Él, sorprendido, contemplaba la escena y escuchaba cómo sus hijos le tocaban el vidrio de la ventanilla a través de la cual, suponían, los escuchaba. Al encender las luces del pórtico y el vestíbulo, oyó con claridad cómo las golondrinas armaban tremendo revuelo al interrumpírseles su sueño; y al contemplar sus iniciales, E.B.R., sobre la herrería del zaguán, sintió una gran alegría al verse de nuevo en casa, de donde no quería salir por la mañana cuando, más a fuerzas que con ganas, lo habían obligado a viajar. Mi casa, pensó. Y, de manera imperceptible, comenzó a murmurar como si el ánimo le volviera a su entumecido cuerpo.

Mi casa, aquí debo descansar, afirmó. Aquí murió mi querido abuelo Rodrigo, mi abuela doña María Antonia Arcos, mi madre, doña María Antonia Rodríguez, mi hermanita Luz, mi esposa Tomasita. Todos ellos están aquí y sus ánimas la recorren noche y día, y puedo sentirlos como los sentía a diario por las tardes y madrugadas, cuando la madera cruje y se filtra el viento por los quicios de las puertas. De madrugada, en las oquedades del tiempo, he escuchado infinidad de veces las risas y cuchicheos de mis hijos jugando y haciendo travesuras bajo la mirada complaciente de su madre, que se quedó para siempre en espera de que ellos vuelvan.

Una lluviosa mañana, el diecinueve de julio de 1924, mientras sollozaba de manera inconsolable ante su inminente deceso, ella, con la sonrisa en los labios y la serenidad que la caracterizaba, se despidió de nuestros hijos; a Luis, el mayor, que cumpliría siete años en el mes de octubre, se dirigió y, acariciándole su pelo, le hizo prometer que todos los domingos él, en compañía de sus hermanitos, le llevaría flores al panteón. Se murió y se quedó como dormida aquella hermosa mujer en la flor de la juventud: veinticuatro años. Contadas ocasiones los niños cumplieron la petición de su madre; eran muy pequeños en realidad y yo no hice nada para satisfacer la última voluntad de Tomasita. Me faltó coraje y voluntad para hacerlo, el recuerdo de la muerte de mi madre, cuando yo también era un niño, nubló mis sentidos y me llenó de abulia. Siempre reprimí mis sentimientos y endurecí mi corazón, cosa de la que ahora me arrepiento, porque hasta que la perdí supe en realidad cuánto la había amado.

Cuando murió, se despidió de todos; pero no se fue, ahí está, ahí se quedó y, en la dimensión de sus recuerdos, disfruta a sus hijos. Recorre la casa, pieza por pieza: es su heredad; yo la reconstruí y la acondicioné para ella. Todas la mañanas, cuando sale el sol, se asoma a la jardinera a admirar las flores, y en la penumbra del tiempo, bajo el claroscuro de la esperanza, cuando todos se han marchado -los que la vieron partir, los que se acuerdan y los que aún no habían llegado-, Tomasita se mece en su poltrona favorita, mientras narra a sus nietos los cuentos de la pastorcita asturiana que desde los Picos de Europa, frente al Cantábrico, vino a estas tierras a tener siete hijos que carga en su regazo, arrulla en sus recuerdos, consuela en su soledad y espera que vuelvan, como las golondrinas, año con año.

Recordaba y musitaba levemente, cuando abrieron la puerta del coche y, entre cuatro individuos, lo sentaron en una silla; pesadamente, entraron a la casa y subieron por la escalera derecha, mientras que por la izquierda pudo ver cómo Elena, su mujer, bajaba en compañía de unos abogados y hasta de un notario que había venido de Xalapa.

Ingenua, ¿a poco creería que él, el señor del orden y la previsión, no había dejado testamento? Desde antes de casar se con ella, sus papeles estaban perfectamente claros y nada había dejado a la casualidad o al olvido. Bueno, lo que ella, hasta cierto punto, podía manejar e incluso alterar con la ayuda de su padre y sus hermanos, eran las existencias de dinero en los bancos, ni modo, parte era suyo, por algo se había casado con él, lo sabía; eso sí, la casa, jamás sería de ella.

Al terminar de subirlo y recostarlo en su cama, una tranquilidad lo invadió y aquella sensación de entumecimiento poco a poco fue desapareciendo. Ya bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe que lo había acompañado toda su vida, se sintió seguro y se fue quedando dormido; los sueños y los recuerdos se disiparon; como las golondrinas, a partir de ese día inició su ciclo de marzo a octubre para, año con año, regresar.

Ya tendido en la sala de su casa, su compadre Ricardo González Landa, su primo segundo y amigo de toda la vida, le dijo quedito, para que nadie lo escuchara entre el barullo de las golondrinas y el murmullo de los rosarios y responsos: “Ganaste la partida de dominó, compadre, y te salvaste de morirte en Veracruz, compadre; porque con la inyección que te pusieron, cualquiera ahí se queda. Te saliste con la tuya, morirte en tu cama”.

Y dándole un sorbo a una copa de oporto que le ofrecieron, brindó por los buenos tiempos; cansino, comenzó a bajar las escaleras y se encaminó hacia su casa.

Al final del camino, en el umbral de los noventa
y con una historia a cuestas que contar,
los recuerdos se convierten en presagios de vida,
pedazos de vivencias
que revolotean sobre mi conciencia y quisiera atesorar en mi memoria.
Cuando el pasado se me revela fresco, lleno de colorido
y parece factible tocarlo con las manos,
sueño y no quisiera despertar
porque disfruto de cada instante, de cada imagen y situación
que me remonta a mi niñez,
a mis tiempos de antaño,
a la nostalgia de otros días.
A medida que he avanzado en el diario caminar por la vida
y mis primeros años se vuelven distantes,
siento nostalgia por los recuerdos y comienzo a soñar despierto.
Yo sueño con mi casa,
y me sueño en ella, adentro,
la recorro y, de octubre a marzo,
me recojo entre sus nidos
y espero a que vuelvan las golondrinas.

E.B.R.