Autorretrato

—Te pareces mucho a tu abuelo —dijo mi madre, refiriéndose a su padre.

—No, se parece más a mi madre —terció mi padre.

—Ni a tu padre ni a tu madre. Soy y nada más —pensé en voz alta.

Pero, ¿cómo soy? Nunca me lo he preguntado.

Frente al espejo me aliso el cabello y lo peino hacia atrás para adelgazar las formas redondas de la cara.

Contraigo los músculos del cuello para disimular la papada pero, por más que gesticulo, no logro desaparecerla; y descubro, entre las comisuras de los labios y las bolsas de los ojos, la muestra inequívoca del tiempo: las arrugas.

Mi complexión robusta habla de mi buen apetito y prueba de ello, mi amplia experiencia y conocimiento del arte culinario. Prefiero las fondas auténticas, sencillas, y disfruto más un buen taco y un vaso de agua fresca sacado de los vitroleros del mercado, que cualquier sofisticado menú de algún restaurante pomposo.

El olor a tierra mojada y a yerba fresca me remite al campo, a mi campiña pueblerina de calles empedradas, de muros de adobe y techos de teja, de paisajes ocres y de viejos estilos, que se pierden día a día al influjo del "progreso".

Me gusta respirar hondo y profundo y, al cerrar los ojos, volar con la imaginación a la infancia y trotar despacio por los recovecos de mi conciencia, tocando con mis manos las vivencias pasadas, las experiencias idas que se quedaron presentes en las circunvoluciones de mi cerebro.

Admiro a la gente que ayuda a la gente, que te da su mano franca, que busca el abrazo fraterno sin distingos de clase, de raza, de color; sin poses manifiestas.

Lo de ahora y el exceso de modernismo, no lo entiendo.

Vivo de manera intensa y quiero sentir lo que otros sienten, piensan, divagan.

Actuar como las gentes del campo, ser como ellos y entender tantas cosas que no entiendo, que no comprendo, pero que al mismo tiempo no quiero entender porque me aterra el desenlace.

Yo nací en el ayer, en medio de las viejas costumbres, y aprendí a caminar por senderos marcados por claroscuros y tormentas, por relámpagos y truenos.

Prefiero lo sencillo, lo sutil, lo de adentro, y si quiero expresar ese sentimiento que me quema y domina, que me recorre entero y fluye por mis venas, escribo.